Isidro Díez
La Literatura es «el fingimiento de cosas útiles cubiertas o veladas con muy fermosa cobertura» según definición del Marqués de Santillana en la Carta Proemio al Condestable de Portugal.
Esta definición, que además de ser la primera en Lengua Castellana no ha variado sustancialmente desde su formulación, ya fue enunciada casi en los mismos términos dieciocho siglos antes por Horacio con su famoso «delectare ac iuvare» como finalidades de la Literatura.
Larga vida, sin duda, para una definición y su correspondiente realización poética, pero en nuestros días el mundo del arte está impregnado de esnobismo y hay demasiados poetas, llamémoslos así porque ciertamente elaboran sus mensajes, que defienden, mejor dicho pontifican, que todo lo que sabe a tradición, a historia es sospechosamente sinónimo de caduco sin considerar que todo gran poeta y todo gran artista es producto de lo que recibe de las generaciones anteriores y de lo que él es capaz de aportar de nuevo a estas corrientes.
Innovación y tradición, he aquí el secreto de todo movimiento estético que, como no podía ser menos, cumple inexorablemente el paradigma de todo proceso dialéctico: dialéctico es el pensamiento, dialéctica es la realidad, y dialéctica es la historia y el arte, como demuestra irrefutablemente Hegel.
A este libro de poemas se le podrá objetar que no es útil. En esto estoy de acuerdo si por utilidad entendemos aquello que aprovecha: No, estos poemas no pretenden educar. Que eduquen ellos —otros— diríamos copiando la sintaxis de Unamuno. Lo que tienen que hacer los poetas es insinuar caminos, señalar matices, simpatizar.
La poesía, al menos esta, no tiene como fin enseñar a los lectores sino expresar el mundo interno del poeta. Este es el peaje que hay que pagar por escoger la Lírica como vehículo de expresión. Vestirse de poeta es desnudar al yo y lo único que me halagaría es que los fragmentos vitales, temporales, locales, emocionales que se insinúan en estos poemas fuesen como pequeños espejos que están en el camino de sus lectores para que cada uno vea reflejados en ellos pequeños retazos de su propia intrahistoria.
En cuanto a la otra finalidad del arte, «la fermosa cobertura» de la que hablaba el Marqués de Santillana «no hay nada nuevo bajo el sol» que dice el Eclesiastés. «A lo irracional en el arte sólo se llega después de dominar lo racional» o sea a través de la Preceptiva, como apunta agudamente Torrente Ballester, insigne profesor y gran creador de Literatura. Así que he de confesar que cuando escribo un poema no puedo obviar la Teoría Literaria, v.g. figuras literarias, extrañamientos poéticos, métrica, rima, ritmo, etc. Porque en esto de la Literatura también se puede hacer esta traslación de M. McLuhan «el medio es el mensaje». O sea que el canon o el modelo sigue siendo insustituible.
No creo que sea innovadora ni por supuesto tradicional la poesía de algunos noveles que, por desconocimiento de los más elementales procedimientos de la teoría literaria o por irracional rechazo de ellos, escriben poesía como prosa, sin que uno acabe de encontrar las diferencias entre las dos formas de expresión. A este propósito se me ocurre citar las ingeniosas e irónicas palabras de Albert Boadella sobre algunas obras de un famoso pintor moderno catalán cuyos «cuadros se diferencian de una pared vieja y desconchada solo por el marco».
Pero quiero confesar un secreto: este poemario, como podréis comprobar, no es producto de una crisis personal ni la expresión de un imperioso influjo de lecturas ajenas ni la necesidad de un nuevo planteamiento estético sino más bien una catarsis para liberarme de estos textos, algunos de los cuales fueron creados para ser cantados; otros, como meros juegos florales y los más, dictados por la osadía que a veces nos arrastra a cometer pecados de juventud. Pero tienen algo de testimonio existencial que además de ser como la huella de un camino en cierto modo me amordazan y me encadenan y que, mientras no me purifique y me libere de ellos como en un acto traumático de confesión o de purgación no me voy a sentir libre para iniciar nuevos caminos.
Después de su edición probablemente me quedaré con las manos libres y la sensibilidad como una tabla rasa y entonces podría empezar de cero.
Otra solución hubiera sido su destrucción pero he preferido indultarlos teniendo en cuenta el consejo que nos da Tomás de Aquino en la teoría de las propiedades del ser donde se justifica que todo aquello que existe, por el mero hecho de existir, es bueno, es único y es hermoso.
El autor