Del curso de Elías
2025Una novela ambientada en un instituto de COU, donde un grupo de alumnos vive un viaje extraordinario que rompe la monotonía del aula y despierta preguntas sobre la vida, el amor y la identidad.
Lema: Rapsodas 2025
Capítulo 1
La excursión: Viaje a otras culturas
Todos los días, mientras silenciaba el despertador una o dos veces antes de levantarme, vivía unos instantes emocionantes en que se me confundían el sueño, la vigilia y la realidad. Aquel día no fue una excepción pero, una vez puestos los pies en el suelo, enseguida caí en los brazos de la rutina. Creo que me aseé como el gato, como decía mi madre; me miré al espejo como mi tío, como decía mi abuela y bajé las escaleras a toda leche, como me repetía casi todos los días mi primo Tino que me esperaba paciente y fielmente a la puerta de mi casa para ir juntos al instituto. Pero aquel día no llegamos a la clase con el peso de la desidia a cuestas, como solía ocurrir con frecuencia. En nuestras mentes bullía desde hacía unos días la idea de algo que rompería la monotonía cotidiana. Íbamos a cambiar los viajes académicos a los fabulosos mundos de la literatura o a los interesantes mundos de las sociales o a los apasionantes mundos de las naturales, por un viaje real. Íbamos a visitar los restos de castra aestiva de Monte Bernorio, uno de los castros cántabros más importantes de nuestro entorno; por eso, nada más entrar a clase ya se notaba en el ambiente ese estado eufórico que produce lo extraordinario. Así que el profesor de turno, que por suerte era don Andrés, el de literatura, que además de ser nuestro tutor nos acompañaría en aquel viaje, tuvo que capear a duras penas nuestro estado de ánimo y sosegarnos con trucos de maestro experimentado que sabe llevar el agua a su molino: Él, comentaba con frecuencia, no podía soportar la abominable preferencia que sus alumnos manifestaban por lo material y la indiferencia que mostraban ante el enorme caudal de belleza y de pasión sugerida en los textos que nos recitaba, frecuentemente de memoria. Y nos repetía docentemente alguna que otra vez que los verdaderos viajes son los imaginados, no los realizados. Lo más interesante de cualquier viaje es el ir, no el llegar. Tenemos a nuestro alrededor cantidad de paisajes naturales y personales por descubrir y corremos como locos a las antípodas a buscar algo que, por lo general, solo existe en nuestra imaginación. Cualquier objeto de nuestros sentidos que no revistamos con los modelos que la estética cuelga en el armario de la cultura, difícilmente podrá tener la consideración de admirable”. Pero aquel día sus alumnos no estaban para filosofías así que escenificó con cortesía, como de costumbre, las relaciones personales y sociales y, antes de dar pie a esporádicos excesos de confianza, procedió a cumplir con las relaciones administrativas, monótonas pero necesarias. Abrió con calculada parsimonia su manoseada cartera de piel que, según decía con cierta sorna, se resistía a retirar por razones sentimentales que tenían algo que ver con la historia del instituto; sacó la lista de alumnos a la que acompañó las fotografías correspondientes para paliar su consabida desidia para recordar nombres, demasiado comunes a su entender, y comenzó un recitado acariciador: —Alonso García Esther. El sí con el que hizo acto de presencia iba acompañado de una entonación suave pero decidida y subrayaba su presencia administrativa con su imponente presencia física. Ellos la miraron con devoción; ellas, con prevención y el Profe, con cierta expectación no exenta de fruición. —Amador Sierra María. Contestó con un sí tímido, arropada en una sonrisa hierática e inexpresiva. Ella hubiera querido pasar desapercibida. —Amador Sierra Tamara. El Profesor, que había constatado su presencia al levantar la vista en respuesta a su hermana, leyó casi sin pausa el nombre siguiente sin darnos siquiera tiempo de curiosear la carita que ponía Cosme al leer el nombre de su amiguita. —Andreu Simó José Mª. Levantó la cabeza mientras insinuaba confusas gesticulaciones que no pretendían hacer referencias explícitas sino expresar su abulia o sugerir frustraciones contextuales. Inmediatamente su mirada se perdió en los recovecos de su indefinición y aprovechó las prisas que mostró el profe para seguir en lo suyo. —Aragón Gutiérrez Jennifer. Nadie oyó su contestación. Solía ir por libre, aunque a veces seguía el rebufo de las ocurrencias de Cristina y su entorno. Por lo demás conseguía pasar desapercibida tanto si iba a clase como si se quedaba en el bar donde la acompañada frecuentemente Eduardo Chozas con quien compartía, al menos, desidia operativa. El profesor mantuvo durante unos segundos una mirada severa sobre ella como queriendo evitar lamentos ulteriores, pero, como solía repetir frecuentemente, con alumnos de COU no quería polemizar sobre actitudes y procedimientos. Después de todo, su etapa formativa estaba prácticamente consumada. —Arjona Cuesta Avelino. Se puso de pie a la vez que lanzaba un “presente” en su habitual tono profético que removió puntualmente la indiferencia de la cotidianidad. Los compañeros olvidaron momentáneamente sus asuntos y cayeron una vez más en la provocación histriónica de Arjona que permaneció inmóvil como una estatua hasta que el Graciosillo rompió el momento con un irónico: “Ave, Arjona…”. —Silencio, por favor, —dijo el Profe antes de seguir con la lista. —Ballesteros Collado, Daniel. Se levantó parsimonioso en el fondo de la clase donde solía aposentarse. Clavó la mirada en la pared de la pizarra por encima de donde colgaban una foto del rey y un crucifijo que parecían olvidados o ignorados. Permaneció unos segundos a la expectativa por si el Profe tenía a bien dirigirle algún comentario o sugerencia y, en vista de que aquel día tampoco iba a ser sujeto de ninguna consideración, se dejó caer sobre su asiento como mendigando un insinuado gesto que le liberase de aquella decepcionante frustración.
—Barranco González Beatriz. Con un sí rotundo llenó la estancia. Su aplomo quedó patente en su tono, en la firmeza de su mirada y en la suficiencia de su físico. Una mueca misteriosa se columbraba tras su aplomada mirada a través de la cual clareaba a raudales su demostrada inteligencia. —Benito Bascuñana, Blas: —Sí, —dijo agazapado detrás de David Gascón y mirando de reojo hacia donde se sentaba Braulio. —Te he dicho infinidad de veces, Blas, que te pongas en tu sitio. No sé por qué tengo que repetírtelo todos los días. —le recriminó el Profe. —¡Jo, profe, ¡qué más da un sitio que otro! —¡No, no es lo mismo! Las normas están para cumplirlas y ésta no es una excepción. —Pero ¿por qué no puedo estar aquí? El Profe, harto de tanta reiterada osadía, movió los labios expresivamente sin emitir sonido alguno, pero dejando clara a todo buen entendedor su santa y real decisión. Y Blas renqueó de mala gana hasta su sitio. —Borrull García, Teresa. Al pronunciar este nombre fue el propio profesor el que se mostró algo azarado. Teresa, como de costumbre, no dijo nada. Ella sabía perfectamente que su mejor tarjeta de presentación era el exotismo de su incomparable belleza: una gitana morenaza que se confesaba adicta al “marujeo” y cuya lánguida mirada disparaba todos los resortes de la sensualidad, y, aunque don Andrés no era tan vulnerable en estos asuntos como el Profe de teatro, que se embelesaba por un quítame allá esas pajas, su mirada también se entretenía de vez en cuando en la alumna un poco más de lo estrictamente necesario. Era un verdadero milagro que Teresa estuviera en COU, en primer lugar, porque ella, según solía decir, de mayor quería ser ama de casa para disfrutar del encanto de la dorada mediocridad doméstica, y además, porque no sentía la acuciante necesidad de destacar en ningún aspecto que no fuera el físico. —Cañas Muñoz, Cristina. Parapetada en su rincón y enfrascada en su lectura ni se enteró de su nombramiento por lo que Elías, que desde el principio de curso compartía afinidades, simpatías, extraescolares y tiempo suficiente como para que se justificase el genérico de “amigos” con el que se les distinguía, dijo suplicante: — ¡Está embelesada con la biografía de Safo¡ Ella, vuelta en sí, se disculpó educadamente con una sonrisa. El profe alzó la vista, prolongó el silencio unos segundos y, no teniendo nada que añadir, continuó. —Carratalá Checa, Rosaura. —Está enferma —dijo con calculada premeditación Jesús Melgar que compartía vecindad de pupitre y de secretos con ella. —Rosaura siempre había sido un asunto pendiente para Jesús. El primer día de clase sintió una sensación muy especial cuando la vio entrar por la puerta repartiendo simpatía por doquier. Sus grandes ojos negros, su pelo azabache recogido en la nuca con el mimo de una madre diligente, su mueca pizpireta que agitaba las cabezas y los corazones de todos los compañeros no pasaron desapercibidos para nadie, pero a Jesús le sumió en una indescriptible zozobra adolescente. Él, discretamente, fue haciendo valer la prestancia que a esas edades concede el título de chico listo sin caer en las garras del odioso perfil de empollón. Estratégicamente comenzó a frecuentar el entorno de Rosaura hasta convertirlo en propio. Se hizo amigo de sus amigas, ambientador de sus espacios, colaborador de sus tareas escolares y hasta secretario de sus cuitas y, cuando obtuvo la consideración de algo especial para ella, atisbó por primera vez que los cuidados de un diligente jardinero y la fertilidad del paso del tiempo habían convertido en exuberante fruto la semilla de la huidiza felicidad. Por aquel entonces nada le prevenía de los posibles riesgos de las inoportunas tormentas de verano. —Chozas Tortosa Eduardo. A pesar de la nominación, Edu se limitó a observar con ojos expectantes y sonrisa satisfactoria si la nueva circunstancia era suficiente para expulsarle de su feliz mundo lleno de quimeras y ensoñaciones. Levantó la mano para situarse y, cuando comprobó que su presentación no había sido demasiado significativa y que todo seguía bajo el insoportable peso de la monotonía, regresó a su limbo. —Hoy te has dignado visitarnos —le dijo el Profe. —¡A ver cuánto te duran los ánimos! Y, tras incomodarle durante unos largos segundos con la mirada censora, continuó. —Contreras Salas, Sonia. Mientras ella dijo sí, por la mente del Profe pasaron mil circunstancias sobre los innumerables problemas de su madre, una hermosa mujer de no más de cuarenta años, “cuarentañera”, decía ella con cierto retintín, que irradiaba simpatía a raudales y que, en cuanto tenía ocasión, contaba a quien se prestara a hacer de confesor, mejor si era tomando un café y fumando un cigarrillo, los problemas que a la niña le había acarreado su divorcio con el mamón de su primer marido, el padre. Ahora vivía, al fin feliz según pregonaba, con su actual pareja y, “ya sabes, la niña no acaba de aceptar la nueva situación, y eso que Juanma es un sol y se porta de maravilla con ella”. Los insondables ojos de una perpleja Sonia se encargaban de contradecir discretamente a la mamá. —Cuadrado Forriol, Braulio. —Sí, señor —dijo con tono marcial poniéndose de pie y permaneciendo en gesto hierático hasta que el profesor le correspondió con un asentimiento. Se sentó solemnizando y desde su mesa, que siempre escogía al final y a solas, contemplaba el aula como si de un tablero de ajedrez se tratara. Su soledad, en cierto modo elegida, tenía también algo de impuesta: Según decía en alguna de las contadas ocasiones en que se sinceraba. Su padre, brigada del ejército, se había ganado los galones recorriendo, desde muy joven, media España de cuartel en cuartel”. Él, por inercia, seguía acompañándole; su hermana y su madre ya se quedaban en Bétera con la abuela, “por no privarle a la niña de las excelencias del colegio privado, mucho mejor que los institutos”, según repetía con sospechosa insistencia. El Profe siguió pasando lista: —Del Amo Castellano, Rosario… —Escribano Pérez, Ángel. El profesor levantó la vista, sosegó el gesto, aunque se le escapó una leve mueca de interjección. Desde los primeros días del curso había ofrecido a los alumnos en general la posibilidad de que ejercieran de cronistas de aula. La idea sorprendió a la mayoría, turbó a algunos que dudaron de asumir protagonismo, pero, a la postre, sólo Ángel y yo asumimos el reto y desde ese día me he subido de vez en cuando a la atalaya de la observación y he tratado de dejar constancia con mayor o menor fortuna de buena parte de las vicisitudes del grupo. Lo de Ángel se quedó hace tiempo en buenas intenciones. —Fernández Almansa, Diego… —Fernández López, Amparo… —Fernández Santos, Cosme. Leyó estos nombres de un tirón y sin levantar la cabeza de los papeles. Después hizo una breve pausa, dirigió la mirada hacia algunos murmullos y continuó: —Gascón Sánchez, David. Su afán de protagonismo requería, a su juicio, una contextualización adecuada que el profe no siempre estaba dispuesto a concederle, por lo que, a veces, se levantaba parsimonioso o desencajó sus excesos corporales del angosto pupitre que le constreñía, otras veces giraba su rostro para dar la cara simultáneamente a su admirado Profe y a sus presuntos admiradores y se despachaba con alguna lindeza que con frecuencia rayaba en la impertinencia. —¡Julio me ha quitado el bocadillo, profe! —dijo en esta ocasión. —¡Yo no he sido, Gordi, igual se te ha olvidado en casa! —Sí, hombre, a mí se me va a olvidar eso; si fuese el chándal o algún libro pudiera ser, pero el bocata no, que sueño con él. —Lo tiene quien menos te esperas, Graciosillo, —le tranquilizó su amigo Dani —pero yo creo que está mejor ahí que debajo de tu mesa si quieres que te llegue al recreo. El Profe, que ya se sabía de memoria las reglas de aquel juego, concluyó: —¡Venga, venga, no hagas tanto teatro, que a este paso no llegamos al “ite, missa est”! Y continuó pacientemente. —González Santos, Celestino. Sonó un sí rotundo mientras miraba desde su esquina zaguera a todos los que le manifestaban alguna consideración. Su natural simpatía, su demostrada capacidad para todo lo relacionado con las actividades físicas y su ponderado quehacer en reiteradas labores de mediación en conflictos puntuales le conferían un reconocimiento generalizado que él aprovechaba con discreción. —Izquierdo Culebras, Julio. Se levantó, echo una mirada suplicante a Elías que le correspondió con una mueca de aprobación y se mantuvo expectante mientras esperaba a que don Andrés continuase con la lista. —Latorre Torrijos, Isabel. El “sí, Profe” que salió de sus virginales labios sonó a un ¡ecce ancilla domini!, por lo que no sorprendió demasiado el ¡amén! con que remachó, inmisericorde, Seligrat. —¡ …Es justo y necesario dejar en paz a los limpios de corazón, Elías! —fraseó Avelino en tono un tanto engolado. Teresa le agradeció con una sonrisa cómplice la defensa de su compañera de pupitre. El Profe levantó la vista, guardó unos segundos de silencio y, cuando presumió un contexto favorable, prosiguió. —Márquez Mora, Pascual ... —Martínez Medal, Carolina. Se puso en pie como impelida por el resorte de los que siempre tienen algo que hacer. Colocó con un movimiento rutinario un mechón de su cabello por detrás de su oreja. Le dirigió al Profe una sonrisa que fue correspondida con un gesto de aprobación y se sentó de nuevo satisfecha en sus expectativas. —Melgar Chamorro, Jesús. Se levantó a ritmo de trámite rutinario y, cumplida aquella formalidad, volvió a acomodarse en el anonimato de su pupitre. —Montoya Mora, Sabrina. Se tomó su tiempo para ponerse en pie mientras que con dos insinuados y repetidos golpecitos de cabeza puso en movimiento la cola de su pelo atado con un lazo morado que no pasaba desapercibido para la mayoría de los mortales y que arrancaba más de un suspirillo. Una sonrisa aquiescente rubricó su carta de presentación y se volvió a sentar despacito, como quien disfruta de esa sensación del deber cumplido. —Pérez Olivares, Isabel. —Sí, contestó sin darle siquiera al profesor la oportunidad de levantar la cabeza de sus papeles. De Isabel Pérez estaba todo dicho: inteligente, simpática, prudente, participativa. Era el tipo de alumna que cualquier profesor siempre desearía para sus clases. No presumía de sus conocimientos, no atosigaba con su sapiencia, siempre propiciaba la satisfacción de los que la rodeaban. El Profe solía corresponder a Isabel con una mirada cum laude que ella se tenía bien merecida. —Pozo Jiménez, María. — ¡Sí, aquí! —subrayó con un rotundo pleonasmo deíctico su consabida ubicación. El Profesor miró al reloj y continuó como apremiado por el paso del tiempo. —Rodríguez González, Juan Francisco. Don Andrés levantó los ojos y me correspondió con una mirada no todo lo simpática que a mí me hubiese gustado, pero de cierta deferencia, creo, tal vez debida a mi condición de delegado de curso. Esbozó una sonrisa que bien pudo ser de cortesía pero que a mí se me antojaba significativa. Esperé infructuosamente durante unos segundos algún otro gesto, pero continuó pasando lista mientras me evadía. “Otra vez será” pensé. —Sanz Herrera, Joaquina. —Sí… Arrastró la voz como si ya estuviera cansada a pesar de que el día aún era solo promesa. —Seligrat González Elías. Profe y alumno se cruzaron la mirada por unos segundos y con ese gesto se dijeron todo lo que se tenían que decir, y en la mente de los compañeros, rebotaron fugazmente fogonazos biográficos que se intuía en aquellas miradas: Elías era hijo de un profesor de universidad; “de metafísica”, solía añadir desde niño con cierto retintín, y se sentía protagonista en todas las circunstancias en que se encontraba. Su padre, “el catedrático” que decía su abuelo”, vivía solo desde hacía tiempo en un ático próximo a la universidad, “era insoportable la vacuidad de las conversaciones de la casa de los abuelos”. Su madre también estaba licenciada en filosofía, “algo había que hacer”, y se había acomodado a las mil maravillas a su roll de niña bien. Desde que se sintió ninguneada por su marido, “engreído, que es un engreído”, volvió con su niño a vivir en la casa de los abuelos, “unos redomados burgueses” que trampeaban cuanto podían para orientar la veleta de su vida en la dirección de los vientos favorables a sus intereses, y “la vida les iba muy bien”, como podían comprobar los afortunados compañeros de Elías que solían asistir a sus cumpleaños: “piscina, pista de tenis, sala de juegos, etc, etc”. Últimamente, la madre, que dedicaba la mayor parte de tiempo al “dolce far niente, a las boutiques de moda y visitar salones de belleza,” acompasaba su actividad al ritmo de sus jaquecas y el tiempo sobrante lo dedicaba a “acurrucarse puerilmente en el regazo protector” de una asociación, “secta” lo llamaba el catedrático que en esta calificación coincidía al cien por cien con el abuelo, “un elegante señorón” que cuando tenía veinticinco años, y “por su cara bonita”, sorbió el seso de la abuela ricachona, que, “flotando en su nube de ensoñaciones,” subió con urgencias al altar cuando la situación era ya demasiado embarazosa. Y todos estos datos los utilizaba oportunamente Seligrat para justificar algunas de sus actitudes frente a la vida. —Valero Bautista, Salvador. Salva, que solía sentarse en las primeras filas y siempre cerca de Mónica, indicó su presencia con un insinuado gesto que suspendió cuando su mirada se encontró con una sonrisa afable del Profe. Cuando hubo acabado de pasar lista tendió una mirada sosegada sobre todos y cada uno de sus alumnos y con un “vamos a ver” con el que solía motivarse motivando, cogió una tiza y comenzó a escribir en la pizarra
Rima XLI
Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!...
¡No pudo ser!
Mientras escribía en ángulo moderadamente ascendente sobre la pizarra
volvió varias veces la mirada hacia sus alumnos para mantenerles la atención y para adecuar el ritmo de la pedagogía al de la adolescencia. Terminada la primera estrofa paseó por el pasillo de su perfil bueno a la vez que preguntaba: — ¿Quién se atreve con el tema de este poema? —Va de tormentas y de iglesias —dijo displicentemente Blas que seguía distraído entre las zapatillas de Dani y el peinado de Jennifer. —Déjalo, Blas —repetía con paciencia infinita el Profe. En tu caso no es verdad el chascarrillo latino que repetía mi maestro don Severino y que decía así: “Intelectus apretatus discurrit qui rabiat.” Siguió escribiendo:
Tú eras el océano y yo la enhiesta roca que firme aguarda su vaivén: ¡tenías que romperte o que arrancarme!... ¡No pudo ser!
Volvió a darse la vuelta con gesto de interrogación y, antes de concretar la pregunta dijo Rosaura curioseando el texto: —Yo creo que va de amor. —Muy bien, señorita Carratalá, no va usted descaminada. ¿Alguien tiene algo que añadir? —Pues yo creo que el tema es el desamor —corrigió Jesús, tan dado a las antítesis. —Pues también tienes razón, —terció el Profe. —El amor y el desamor suelen vestirse con los mismos ropajes en literatura. —¡Eso es lo mismo que dice mi madre! “que del amor al odio solo hay un paso” —sentenció Teresa que, según sus amigas, en cuestiones de amor estaba algo escarmentada. —Eso mismo que dice tu madre lo dijo Petrarca allá por el Trecento —añadió el Profe —y desde entonces lo llamamos petrarquismo. Dani Ballesteros y Edu seguían distraídos en la última fila, pero, como no molestaban y dado que aquel día tenía algo de especial, esta vez optó por no llamarles la atención, lo que sería compensado con el desarrollo normal de la clase. Y volviéndose de nuevo a la pizarra continuó escribiendo: Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados uno a arrollar, el otro a no ceder; la senda estrecha, inevitable el choque... ¡No pudo ser! Dejó la tiza en la bandeja de la pizarra, limpió los dedos índice y pulgar de su mano derecha con la mano izquierda apuñada y se sacudió con el meñique el polvo de yeso que se vislumbraba en su jersey de angorina. —¡Bueno, ya sabemos lo que nos dice el poeta Bécquer. Ahora… — y tendió su mirada profesoral por el aula —nos va a decir… Diego Fernández lo que tú crees que nos quiere decir! Diego le miró como quien regresa del limbo, sonrió como pidiendo disculpas y voleó una repuesta como si de un jugador de apuestas se tratara: —Pues que a esos dos parece que no les funciona el rollo. —¡Muy bien dicho, Dieguito, ¡así se habla! —dijo Mónica Soler que parecía especialmente revolucionada. —Explícaselo a Rocío, que no se ha enterado de tu repuesta. —dijo el Profe tratando de animar el debate. —Pues que parece que ella hace lo que le da la gana y él no la controla. —¿Y por qué se tiene que hacer lo que diga él? —dijo Mónica dirigiéndose a los compañeros en general e, implícitamente, a alguno en particular. —¡Bueno! –terció el Profe. —No os salgáis del tema ni de la intención del autor. ¿Cuál es la frase más repetida? —¡No pudo ser¡—dijo Beatriz que siempre estaba a lo suyo. —¿Quiénes son los protagonistas, Diego? —Él y ella, un chico y una chica. —¡Muy bien! Aunque como en casi todas las canciones están sustituidas por tú y yo, protagonistas de las comedias, de los dramas y de las tragedias literarias y humanas. Vamos a buscar entre todos una frase que resuma el tema y cuyo sujeto va a ser doble: tú, y yo. ¡A ver, Sonia, tú que todavía no has dicho ni pío! ¿Cuál es un prefijo latino que significa “no”? —Yo lo sé, Profe, —dijo Dani desde la esquina queriendo ganar protagonismo es “a”, como en á-tomo, que nos lo ha dicho el profesor de Física que significa no dividido. —También lo ha dicho Laly, la Profe de etimologías —dijo orgulloso Pascual Márquez. —Exactamente, esa es la alfa privativa griega, que significa lo mismo —puntualizó. Y señalando con el índice a toda la clase siguió buscando el equivalente latino… —“In” —contestó Bea con suficiencia —como en in-sensato. —¡Sí señorita!, o in-presionante que, aunque no son dos palabras, como decía aquel famosillo, si son varias unidades léxicas. —“Seguimos: y ¿cuál es el prefijo que significa “juntos”, “a la vez”. —¿Hay que adivinarlo o saberlo? —bromeó Blas que poco a poco iba entrando en juego. —Seguro que lo sabéis todos —dijo el Profe. —Sí, pero nos pasa como al burro del gitano, que no lo pronunciamos —bromeó David haciéndose otra vez el graciosillo. —¡Os ayudo un poco!: dícese de los que tienen algo en común: profesión, aficiones, ideario… —y miraba en suspensión a todos sus alumnos. —trabajan juntos y por tanto comparten algunas cosas. —¿Podría ser “co”? —dijo modosita Isabel Pérez. —Exactamente. “co” o “com”. Así tenemos co-lega, co-laborador y com- pañero, que etimológicamente es aquel con el que compartes el pan —dijo el Profe que se iba animando. —“Seguimos. Así que ya tenemos “tú y yo … in-com…Ahora vamos a hacer referencia a una de las palabras más importantes de la lengua: la que hace referencia a la pasión. Y cuando se ponía solemne para decirles que iba a hablar de “uno de los pleremas más importantes de la lengua española”, un inesperado timbrazo que salpicó el pasillo de incipientes rumores y de perspectivas inefables sólo le dejó tiempo para la cortesía de “otro día seguiremos”. En cuanto terminó la clase, según lo convenido, debíamos bajar a recepción para estar preparados cuando llegase el autobús; y la creciente expectación de esos momentos convirtió el aula en un coro de pregoneros de emoción que el profesor no tuvo más remedio que atemperar reforzando, a su pesar, los sutiles matices que separa la consideración de amado maestro y odioso dictador. Unos segundos después, la tensión colmó su probada paciencia y el murmullo contenido de los impacientes alumnos, mezclado con las reiteradas admoniciones del Profe, se desbordó por los huecos de los inmensos pasillos empapelados de murales conmemorativos de los más diversos motivos. Por la escalera nos encontramos con los de 3º-C que bajaban con Laly, su profesora de latín y la profesora por antonomasia, elegantemente vestida, discretamente arreglada, eternamente risueña, oscuramente deseada. A su anhelado alrededor pajareaban, como de costumbre, bandadas de ilusos suplicantes de una ración extra de mimo. Xavi, el profe de teatro, subía contracorriente, como de costumbre, (ese parecía ser su sino), probablemente a recoger en su departamento el penúltimo olvido de su enésima ocurrencia. La conserje se desgañitaba por recepción con una reiterada y cansina letanía de “no gritéis”, “no corráis” “no saltéis”, con lo que escenificaba una autoridad que detentaba para compensar la presunta debilidad de algunos profesores, a los que solía referirse con el nivelador tratamiento de compañeros. —Salid al patio, por favor —ordenó sin pensárselo dos veces a pesar del frío que hacía. Durante la espera iba aumentando progresivamente la emoción: para unos, por la extraordinaria sensación de dejar por un día el hastío de lo cotidiano; para otros, por la acuciante ansiedad generada por la tentación de la novedad; y para los ilusos, entre los que me cuento, por la expectativa de comprobar si aquel viaje iba a tener algo de especial o incluso iba a poder ser considerado el viaje de nuestra vida. Con el fin de ayudar a la suerte, siempre tan caprichosa, íbamos tomando posiciones circunstanciales por ver si la casualidad nos premiaba con la compañía, o al menos la vecindad, de quienes con solo su presencia perfumaban todos los espacios de las existencias que compartíamos. Cuando el grado de tensión estaba aproximándose al límite de lo razonable, un “¡ya está aquí!” que anunciaba el inicio del viaje nos bajó del limbo. A la puerta del instituto aparcó un lujoso autobús de línea futurista que enseguida suscitó un minucioso curioseo de los aprendices de mecánica. Era fuerte, era cómodo… —Es alemán —sentenció Pascual que de coches sabía más que nadie. Tras la improvisada puesta en común de opiniones, Seligrat sentenció: —¡Parece un OVNI! Al instante resonó la voz apelativa del Xavi que con un terminativo ¡vamos a subir! daba por iniciado el viaje. Cada uno fue ocupando el lugar que el azar le asignaba por la lógica aplicación del alfabeto corregida por la caprichosa pulsión de la simpatía, y esto, a pesar de las últimas voces de la conserje que, desde la puerta, machacaba con su obsesión: “entrad por orden” y “cada uno ocupe su asiento”; y mientras compartía un gesto cómplice con Braulio y los suyos añadía…”¡si fuesen alumnos míos… de qué…!”, lo que le daba pie al Atleta para cuchichear a modo de saludo y despedida mientras acentuaba el gesto marcial: ¡“esto lo arreglaba yo…!. Pero los profes dejaban hacer. Y, tras los primeros instantes de euforia incontenida, fuimos acomodándonos en la molicie del confortable abrazo de nuestro lujoso autobús. Un grupito entre los que iban algunos de la optativa de Teatro se coló por la puerta de atrás lo que propició un “estos de teatro siempre tienen que dar la nota” que cuchicheó Isabel Pérez para sus adláteres mientras, como distanciándose, se colocó en los asientos de delante. Laly, justificando ante Braulio y la conserje que el desorden no tiene por qué ser lo mismo que el caos, convirtió el coladero de la puerta de atrás en fila provisional y reguló la entrada de algunos que se habían rezagado en la puerta trasera del bus. Por allí entraron Francisco Guijarro, Mónica Ramírez, Pedro López y Laura Rovira, la amiga guapita de Jennifer y Manoli Aranda que fueron los últimos en acomodarse en los asientos traseros.
Capítulo 2
Hora 0. El Éxodo
La mañana estaba inverniza. La pareja de tórtolas que diariamente subrayaban con sutiles piruetas los invisibles latidos con que los dioses envolvieron el regalo de la vida, zureaban en la desnuda mimosa del rincón. A través de los cristales del autobús apenas se divisaba el patio o el parque, apenas los naranjos o el horizonte. En las afueras de la ciudad la repetición de los paisajes y el arrullador sonido del autobús nos traspuso a un mundo paralelo. Se oía el silencio hueco de la ausencia interrumpido por la intermitencia de monosílabos prescindibles que colmaban sofocantes vacíos. Era uno de esos días apropiados para pordiosear una sonrisa, pero, como casi siempre, las regaladas eran insuficientes y las anheladas, inasequibles. Un extraño zumbido casi imperceptible se adueñó del autobús. El tiempo transcurría sospechosamente asincrónico, como encorsetado en la silueta del sueño. Traté de llamar la atención de mis compañeros, no tanto para provocar su asombro sino para salir del mío, pero me pareció que también se había apoderado de ellos un sorprendente hieratismo que distorsionaba la realidad. El extraño zumbido, antes insinuado y apenas percibido, lejos de debilitarse, iba multiplicando su monofonía y conquistando inexorable las mentes de todos. Me pareció que estábamos siendo arrebatados por una gigantesca fuerza que nos proyectaba con un formidable latigazo en vertiginosas órbitas fuera del espacio y del tiempo. Y, de repente, nos topamos con un túnel exento de circunstancias. Una progresiva obscuridad anegaba nuestros sentidos y nublaba nuestras conciencias hasta que llegamos a la divisoria de un difuso muro sobre el que se columbraba un buen puñado de personajes que estaban encaramados en los confusos límites de la realidad mientras representaban un guiñol en el que ellos estaban destinados a ser solo títeres y condenados a no saberlo. …Y una conserje revestida con manípulos y roquetes sermoneaba desde púlpitos colgados de fugaces volutas de incienso. …Y el agorero de turno lanzaba brazados de proféticos temores inconcretos. …Y unos voceros, índice en ristre, coreaban por los rincones de aquel escenario consignas encaminadas a convertir aquel sofocante caos en sosegado cosmos. …Y todos parecíamos bailar al son de aquellos títeres. Las dudosas cortinas de los sentidos velaron los ventanucos de la razón, y la angustia de sentirnos arrojados a lo incógnito hizo germinar la semilla del temor. Aquello podría ser un sueño, aunque podría no serlo. Transcurridos unos imprecisos segundos de suspensión, una tenue luz que se proyectaba desde el exterior del túnel nos alumbró y fue desvelando intermitentemente en nuestras desenfocadas retinas la confusa realidad que surgía entre bostezos y penumbras. —¡Ya hemos llegado…! ¡Ya hemos llegado...! —advirtió Xavi desde su asiento de copiloto. Pareciera que una lluvia fina confundida con la neblina que envolvía el paisaje quisiera retrasar al máximo el inicio de la aventura. A pesar de su persistencia comenzamos lentamente a desalojar el autobús que, una vez desembarazado de nuestra carga, maniobró marcha atrás, dio media vuelta y desapareció en dirección al túnel. Se diría que tenía prisa por romper el cordón umbilical y abandonar a su suerte a aquel embrionario proyecto. Instintivamente nos arremolinamos en torno a los profes para disipar el temor a lo desconocido hasta que poco a poco nos acomodamos a nuestras nuevas circunstancias. Y al cabo de un buen rato de desconcierto contemplamos en el horizonte unos rayos de sol que rasgaban los visillos de la niebla y permitían contemplar su presurosa huida, ladera arriba, hasta perderse entre los resquicios de las escarpadas cumbres. Y nos encontramos arrojados en el límite de un ejido donde situarnos entre la probable nada del pasado y el posible ser del futuro. Y las vibraciones del zumbido que se había superpuesto entre aquellos dos mundos cesaron poco a poco hasta diluir el hieratismo que había encorsetado durante aquel viaje la contemplación de nuestras circunstancias. Todos percibimos una transformación que nos remitía a estadios supuestamente primarios, pero fingimos ignorarla para no sentirnos desprotegidos. La distancia física entre todos nosotros comenzó a ser significativa. La simpatía derivó en amalgama tribal y la antipatía en temerosa zozobra. Intuimos que la fuerza de la razón iba a ceder el paso a la razón de la fuerza, lo que entronizaría los poderosos instintos que pugnaban tensos en nuestros jóvenes cuerpos por sacudir el incomprendido yugo de la norma siempre impuesta y casi nunca aceptada. El triunfo de los instintos supondría una revolución de imprevisibles consecuencias. Para ahuyentar aquellos persistentes temores alguien trató de fijar nuestra atención en tópicas observaciones climáticas o en intrascendentes cromatismos que rayaban el horizonte. La observación no propició la sorpresa pretendida y cada uno siguió ocupado en sus preocupaciones. A todos empezaban a resultarnos axiomáticas palabras y expresiones que en otros contextos pasaron desapercibidas pero que ahora podrían figurar en el frontispicio de cualquier decálogo de supervivencia. Este era el caso de un principio básico en estrategia que previene de que la unión hace la fuerza. Nos miramos con ojos escudriñadores tratando de confirmar fehacientemente las suposiciones sobre los demás que ahora se nos antojaban demasiado provisionales. Entre los exiguos elementos aglutinantes destacaba la autoridad moral que todos otorgábamos a los profesores, al menos a Andrés, como gracioso tributo a un imperativo ancestral. Fuera de ese eslabón surgiría el caos que tanto llanto podría acarrear sobre todo a los más débiles. Y para reforzar sutilmente este lazo de unión, alguien rumoreó la posible existencia de peligros extraños, rumor que pronto se adueñó de algunas mentes ilusas y de corazones timoratos. Como autómatas que se van recuperando del vómito de la existencia nos fuimos dejando arrastrar por una vereda que discurría paralela a un arroyo que se abría paso entre las insinuadas laderas de un incipiente valle. Después, convertida en sendero, atravesaba unas escarpadas laderas que daban paso a camperas matizadas de matorrales que me recordaban al roble, al brezo, a los piornos, aunque no estaba seguro de que lo fueran. Caminábamos, pero sin tener conciencia de estar haciendo camino. Al principio el silencio era el compañero asiduo de cada uno de nosotros. Cuando surgía la conversación adolecía de lo sustantivo, prescindía de lo adjetivo y se jalonaba de interjecciones. Cuanto más imperiosa era la comunión menos necesaria era la comunicación. Los murmullos se iban concretando en los distintos grupos que formaban las circunstancias que barajaba el azar: limitaciones físicas esenciales o accidentales que retrasaban a los patosos e impedían un avance uniforme; recovecos psicológicos con que se rezagaban los que tienden a apartarse de los caminos rectos; distracciones estéticas que malhumoraban a los que sólo son capaces de miradas impasibles. Andrés enseguida percibió el pinchazo del ácido disgregador donde se acorazan los débiles e hizo un aparte con Xavi quien, tras unos minutos de charla, se retrasó disimuladamente hacia el pelotón de cola para entrenar el poder de su mano izquierda, y, al cabo de un rato, en medio de aquel ineludible sentir genérico que bullía en el magma del preconsciente colectivo surgió de entre los rezagados un tarareo que se fue propagando como un escalofrío y contagiando a todo el grupo. Laly se sumó al coro y, a la tercera, ya cantábamos al unísono. Alguien dijo que era el cumpleaños de Blas y se lo deseábamos feliz. Durante unos minutos todos contribuimos a celebrar su ocasional protagonismo y disfrutamos de la intrascendencia de hablar de los años con los parámetros de la adolescencia, aunque algunos solo aportaran la colaboración pasiva que supone evitar que aquella puntual dicha menguara. Ya llevábamos caminando un tiempo impreciso para la intuición, pero suficiente para la fatiga, como se encargaba de recordarnos el Graciosillo mientras señalaba con exagerados aspavientos su reloj multifunción y cantaba la hora con sofocante insistencia, cuando, en un rellano del camino propicio para la contemplación, nos dimos un descanso. Cristina y su inseparable Sabrina, que ya habían manifestado el malestar de su subconsciente con palabras de hastío, gestos de decepción y actitudes de frustración, no tardaron en adentrarse disimuladamente por una estrecha vereda que zigzagueaba hacia el riachuelo. Al poco tiempo Miguel Ángel y Jennifer hicieron coincidir un taimado mutis con el de sus compañeras. Los repiques de los chascarrillos de lengua y habla se codeaban por los corrillos de la tribu, pero nadie se atrevió a aventar supuestas razones o pasiones por las que nuestras aventajadas compañeras se apartaban del camino recto. Para algunos, la ocasional excursión se debería a imperativos cotidianos de la condición humana; para otros, la manera subrepticia de aparecer y desaparecer como queriendo ocultar inconfesables vergüenzas nos remitían a contextos de tentaciones, de manzanas y de serpientes; Seligrat salió al paso de algunos comentarios con la intención de defender a los suyos: —No seáis suspicaces. A pesar de que todo cambia, que diría Heráclito, también es cierto, probablemente, lo que quiere decir el Eclesiastés con su “nihil novum sub sole.” Y miró a Andrés y a Laly para ver si ratificaban las citas. Andrés le miró con satisfacción y contestó docentemente: —Muy bien, Seligrat. Tu observación subraya con perspicacia la síntesis hegeliana entre tesis y antítesis. La fusión entre lo que debe permanecer y lo que debe cambiar. —“Todo pasa y todo queda” —recitó poéticamente Laly. Al poco tiempo regresó Sabrina y hablaba, con la mirada perdida y sin demasiada convicción, de unos extraños ruidos que, a su juicio, parecían señales. Blas, que cerraba el grupo demasiado ocupado en portear las provisiones superfluas con que su previsora mamá había querido eludir los porsiacasos, contribuyó a su manera a incrementar el pelotón de los suspicaces: —Tengo la rara sensación de que alguien nos espía desde que llegamos. Yo no he dejado de oír extraños ruidos durante toda esta caminata. —Estamos acompañados —añadió Sabrina eludiendo adjetivos que paliasen su intención sibilina. Y durante los minutos siguientes el tema bandeó entre bromas y veras por los distintos grupos salpicado por las sospechas de los que creían que lo de los espías no dejaba de ser una fabulación interesada. Los cuchicheos que entretenían los innumerables rincones del paisaje confirmaban la sospecha. Unos pocos pensaban que las esporádicas desapariciones de algunos no eran casuales ni inocentes; ya venían de atrás y, a veces, ciertas necesidades que impone la tiranía de la adolescencia pueden más que las amenazas de las maledicencias, ya que la ciega naturaleza sigue implacable su curso. A los profes y a su entorno les parecían algo infantiles las referencias sobre estas reales o ficticias presencias. Para algunos no dejaban de ser discursos agoreros a los que no había que prestar demasiada atención. Avelino creía que algunas de aquellas argucias eran imposturas interesadas, pero no tenía ninguna duda de que detrás de todo lo que nos estaba sucediendo había otra realidad paralela que intentaba manifestarse. Sin embargo, al Graciosillo todo aquello le resultaba un material idóneo para la recreación posterior de fabulaciones al estilo de los innumerables rapsodas que habían encontrado su inspiración en los cruces de los caminos por donde bullía la vida o en las visiones de enfebrecidos eremitas impelidos por la más absoluta inopia. Braulio esbozó un elocuente guiño sofista y en un alarde de oportunismo calculado dio la razón a la mayoría, pero dejando suelto el cabo del misterio, lo que zarandeó la sutil intuición de Elías que recordó a los suyos, con ironía taimadamente frentista, lo útil que es el recurso al miedo cuando se trata de guardar la propia viña. Laly, sin pretenderlo, era la confidente preferida de todos en cualquier discordia, pero, por el momento, guardaba un equidistante silencio. Andrés observaba y callaba, aunque sus reflexiones eran los salteadores de su camino. Lo cierto es que todas estas relaciones personales empezaban a tejer la estructura de grupo que el paso del tiempo terminaría por configurar. Por entonces las palabras o los silencios de la mayoría todavía no eran especialmente significativas pero cada uno de nosotros iba guardando en sus arcanos las distintas piezas del puzle que posteriormente habría que recomponer. El horizonte que se extendía ante nosotros evocaba murales de paisajes exóticos que pudieran colgar en las paredes de estancias deshabitadas: Nos encontrábamos en un ejido, a espaldas de un bosque frondoso que exhalaba en nuestras nucas el aliento del miedo. El inquietante silencio se turbaba de vez en cuando con presuntos aleteos cortos y torpes que parecían querer impedir nuestro acceso a un escarpado valle que se insinuaba a nuestra izquierda y que, a simple vista, se adivinaba siniestro, aunque, si éramos capaces de superar el irracional miedo a lo inmediato, hasta podíamos oír a lo lejos algo parecido al intermitente e inquietante pe-cu del cuclillo, circunstancia que aprovechó Avelino para lanzar sus primeros presagios agoreros. En el fondo del valle la niebla resistía los envites del sol. El retorno a cualquier parte se nos antojaba imposible además de innecesario. Al frente se extendía un eriazo atravesado por un riachuelo de aguas claras que parecía tener prisa por dejar de ser afluente y anegarse en un río caudaloso que serpeaba en la distancia por un valle frondoso estrangulado en varias masas de agua. Al fondo se abrazaban el cielo y el paisaje bajo el discreto manto de la neblina. Lo que observábamos a nuestro alrededor nos tenía sorprendentemente descontextualizados como si la realidad del hoy perteneciese al ámbito de la ficción del mismo modo que, en situaciones anteriores, nos había parecido que la ficción perteneciera al ámbito de la realidad. Nuestro camino parecía estar predeterminado. Caminábamos en grupos de hileras, puesta la mirada en el horizonte sin volver la vista hacia situaciones postergadas. El pantalón vaquero, la gorrita de marca y la mochila a la espalda nos investían de pioneros a pesar de que el hábito no haga al monje. Pero la condición humana acechaba detrás de las máscaras con que revestimos nuestra personalidad. A mí, y creo que a algunos otros a juzgar por nuestros gestos cómplices, no nos pasaron desapercibidas las intermitentes miradas, penetrantes y morbosas, que lanzaba a hurtadillas Braulio a Cristina: la resolución con que actuaba la compañera ante cualquier imprevisto le dejaba boquiabierto, su desparpajo le anonadaba hasta la incomodidad, su presencia le pasmaba de tal modo que apenas podía evitar el tic de un emergente rictus tras el que se ocultaban unas voraces ganas de comérsela, pero dicen que Cristina decía a sus más íntimas que, en este y en otros asuntos, prefería estar sola antes que mal acompañada Camino abajo todos comenzamos a familiarizarnos con el entorno y a disfrutar de los copiosos placeres sensoriales que se nos brindaban. Yo también me olvidé ocasionalmente de silogismos y me dejé arrastrar por los impulsos hasta sucumbir en la tiranía de la estética. Así que, excitado por la salacidad de Cristina, aguijoneado por los mecanismos de Braulio y animado por los oportunos chascarrillos de Elías comencé a disfrutar de la contemplación lujuriosa de Teresa: sus perfiles dibujados en los ribazos del camino mientras recogía frutas exóticas, las marcas de sus braguitas bajo las finas mallas pidiendo a gritos ser miradas de soslayo y perseguidas con los ojos impregnados de zozobra instintiva, el exuberante escote rasgado tanto por la violencia del sofocante calor externo como por la frustrada pasión interna, la imagen de sus sensuales calcomanías engalanadas con un indiscreto pirsin, tantas veces insinuados y hasta proclamados aunque nunca mostrados, su desafiante sonrisa que a los cuatro vientos resultaba provocadora… engalanaban el paisaje de tal modo que me provocaba inexorablemente una tentación que me remitía con frecuencia a paraísos que creí definitivamente perdidos. Uno de los principales motores de la historia seguía moviendo las bulliciosas pasiones y yo, columpiándome, como de costumbre, en precipicios culposos, sospechaba que estas observaciones mías no serían exclusivas porque, intuía, no podían serlo a no ser que esta rara epifanía por la que atravesábamos hubiera modificado los parámetros de nuestras percepciones. Por el momento el camino lo marcaba la geografía y nadie tenía la menor duda acerca de la dirección en que había que caminar. Todos nos dejamos caer pendiente abajo arropados por la seguridad del grupo. En nuestro éxodo a lo largo de la margen del río se perfilaban afinidades en torno a emergentes liderazgos que Andrés observaba con curiosidad no exenta de pragmatismo ya que estaba convencido de que tarde o temprano se impondría la astucia en alguna de sus oportunas manifestaciones. Al doblar uno de los recodos con que el azar jalona los caminos, después de haber sufrido durante toda la jornada la insoportable monotonía del improvisado principio de Seligrat acerca de que los caminos nunca tienen últimas curvas, Braulio, el atleta, que iba encabezando el grupo, se volvió repentinamente, y con gestos sigilosos, pero a la vez ostensibles, llamó la atención de todos sobre un rumor lejano. Instintivamente tratamos de ocultarnos en los linderos y permanecimos en silencio atenazados por el miedo, pero, pasados los primeros momentos de expectación y a medida que nos fuimos familiarizando con aquel sonido, reiniciamos el camino mientras confirmábamos la hipótesis que al cabo de unos quinientos metros se concretó en una espectacular cascada que culminaba un maravilloso paisaje: la suave brisa que ascendía lamiendo los húmedos huecos de las pulimentadas rocas pulverizaba la cascada que se rompía en multitud de arco iris superpuestos que irisaban nuestras jóvenes siluetas mientras acariciaban con su mimoso guante las praderas de nuestra piel. Más arriba se exhibían estáticos por las frondosas copas de los árboles hasta diluirse en la cima confundidos con los desafiantes rayos del sol. Por todas las partes sonaba aquel espectacular concierto del agua resuelto en una sorprendente sinestesia de sutiles perfumes, de exóticos gorjeos, de inéditas sinfonías. La cascada orquestaba su formidable rumor precipitándose sobre los turbulentos remolinos del fondo que en círculos concéntricos se sosegaban a medida que se acercaban a las orillas donde acariciaban el suave césped de una frondosa campera. Impelidos por la inercia de aquel encantador paisaje decidimos atajar por una red de intrincadas veredas y de difíciles barrancos para poder disfrutar cuanto antes de las transparentes aguas de aquella providencial laguna con que nos tentaba la fortuna y nos agasajaba el azar. Antes de disfrutar de aquella paradisiaca promesa había que superar una prueba de descenso, insignificante para algunos, pero un formidable escollo para otros. El acceso a la pradera por la que avanzaba el río estaba flanqueado por dos escarpadas laderas de roca resbaladiza que había que tantear antes de pisar confiados. La solidaridad entre dispares se generalizó y surgieron sorprendentes colaboraciones en tándem y ocasionales parejas sometidas o bien al yugo de la necesidad o al imperio de la simpatía. Una de las que peor lo pasó fue Laly, la Profe, de quien se fue apoderando una ansiedad vertiginosa que la paralizó. Don Andrés tuvo que utilizar, primero todas sus dotes de persuasión para quebrarle la indecisión, y después, su encantador tono para que se dejase caer en los brazos de la confianza. Pacientemente iba señalándole los oportunos puntos de apoyo cogiendo con mano firme y suave a la vez su pie dudoso e indicándole el lugar seguro donde apoyarse; docentemente iba prestándole la información circunstancial que ella se negaba a percibir por tener los ojos cerrados, como una niña asustada, para no ver el precipicio que ella se empeñaba en agigantar; cariñosamente la motivaba con gratificantes mimos verbales y afectivos por cada paso que daba en la dirección adecuada para el feliz éxito. Todos habían completado ya su particular prueba antes que Laly, por lo que los últimos pasos del apasionante periplo de la querida profesora fueron contemplados por un ocasional coro de espectadores que curioseaban, en algunos casos con inconfesable morbo, lo que para ella era un trago amargo, para él una ayuda desinteresada e ineludible y para unos pocos rayaba la categoría de discreto y sutil manoseo; ya se sabe que siempre hay gente para todo. Cuando, por fin, puso pie en tierra firme, parpadeó reiteradamente conteniendo a la vez el aliento como para disipar su incredulidad, miró atónita y emocionada a Andrés y se echó en sus brazos agradeciendo con una prolongada caricia de todo su tembloroso cuerpo la paciencia de aquel inefable compañero. Aquello bien merecía el efusivo aplauso con que la tribu premió aquel inesperado espectáculo que nos acababan de ofrecer aquellos improvisados actores. Xavi, que se multiplicaba de cuita en cuita como las mariposas que liban entre las flores, acudió presto a sumarse al coro de felicitaciones solemnizando el momento con teatrales aspavientos. Yo miré a la Profe furtivamente a los ojos. Eran verdes y esquivos. Después miré al cielo. Creo que eran vencejos los que recortaron su silueta contra el azul, pero con tanta sutileza que pasaron desapercibidos para la mayoría.
Capítulo 3
Un descanso en la laguna
El entorno había cambiado desde las onduladas colinas que doraron los primeros rayos del sol hasta la fragancia de aquel valle donde bullían las manifestaciones de vida que invitaban a disfrutar de un merecido descanso. Después de las primeras muestras de admiración, los más atrevidos intuyeron una ocasión propicia para enjuagar los lodos del camino. Comenzamos a despojarnos de lo prescindible y a sumergirnos en los abrazos de la inexorable naturaleza que con contagiosa fruición nos invitaba a zambullirnos en indescriptibles sensaciones embriagadoras. Y, como transportados en una burbuja de tiempo imperceptible, nos sentimos inmersos en un letargo existencial. Ante aquella exhibición de espontaneidad primaria se nos obnubiló la razón y nos sobraron las palabras. Algunos de nosotros, demasiados a juicio de Blasillo, nos fuimos desnudando, como a hurtadillas, hasta el límite de lo imprescindible para no ser tildados de desvergonzados. Los profes aún no pudieron desprenderse de la careta que les proporcionaba su rol por lo que Laly les propuso dar un paseo cauce abajo con el pretexto de explorar las inmediaciones y buscar un asentamiento provisional satisfactorio. Los que merodeaban por allí anunciaron al poco tiempo que también estaban aprovechando un tentador remanso del río para reconfortar sus maltrechos cuerpos con discretas abluciones. Al regresar transmitían sensaciones positivas. Aquel descanso resultó tan satisfactorio que Bea y Teresa se me acercaron para preguntarme si me parecía oportuno proponerles a los profes que acampásemos allí. Y, ante la insistencia de los más débiles, la tregua de los más guerreros, la satisfacción del deber cumplido o la sensación de fin de etapa a la que invitaba la sombra de los árboles sobre la campera, decidieron que era el momento de finalizar aquella jornada. La pura espontaneidad aún primó sobre la astucia a la hora de agruparse. Cada uno se dejó llevar por la intuición y apenas hubo sorpresas sobre la ubicación. Unos ocuparon la parte de las camperas que estaban protegidas por las copas de los roblones y de los majuelos y otros nos cobijamos al abrigo de los piornales y de las salgueras que abundaban en las orillas de la laguna. Yo diría que cada uno estaba donde debía estar, pero el resultado no era tan aleatorio como en principio pudiera parecer. En el fondo se perseguía la proximidad de Laly, la exuberancia de Teresa, la prestancia de Bea, la protección del Profe, las credenciales de Xavi el de Teatro, las distancias de Braulio, la marginalidad de Elías o la satisfacción del propio ego. Por supuesto también habría quien pasara de pretensiones, pero incluso para ellos la realidad imponía sus condiciones. El ocaso se acercaba lentamente envuelto en las circunstancias de las tardes de primavera lo que nos prevenía de la necesidad de acondicionar aquel campamento para pasar allí al menos aquella noche. El cúmulo de sensaciones, de percepciones y de reflexiones de todo aquel azaroso día fue tal que salpicaba constantemente los comentarios de los grupillos que alargábamos las últimas horas sentados en los suaves ribazos y en las camperas circundantes mientras observábamos cómo el sol del atardecer doraba las cimas del poniente con arreboles crepusculares que engalanaban las suaves colinas del horizonte. Por entre las hojas de los árboles de los alrededores se colaban revoloteos nerviosos que se fueron apagando mientras la noche imponía su reparador silencio. Y las últimas ocurrencias de compañeros insomnes fueron anegándose en el mecedor rumor de la cascada.
A la mañana siguiente Elías se había levantado con el pie derecho y hablaba animosamente con los profes, especialmente con Andrés, no solo de la agenda para aquel día sino de los planes que darían sentido a la actividad de aquel grupo de jóvenes que comenzaba a escribir su historia desde cero. A este respecto consensuaron que, en la medida de lo posible, miraríamos siempre hacia delante dejando a la juglaría de David y de los de teatro las nostálgicas consideraciones sobre el pasado. Sorprendidos por la cantidad de regalos con que en aquel momento nos agasajaba la naturaleza, nos fuimos diseminando en pequeños grupos por el entorno recogiendo perillas, acederas, tallos, escaramujos, regaliz, carneros, apetrucos, hongos, moras, arándanos… que nos sirvieron, en algunos casos como aperitivo de las últimas provisiones domésticas, y en otros, como lenitivo del cada vez más acuciante apetito. Mónica Soler y Jesús Melgar se presentaron a la hora de la comida con un montón de caracoles que, a la brasa, hubieran resultado irresistibles si no hubiera sido por la inoportuna intervención del Graciosillo recordándonos que “saben a baba”. Cosme y Ángel Escribano nos sorprendieron mostrando como trofeo una piña de truchas hábilmente anudadas en un junco que les entraba por las agallas y les salía por la boca. —Este río es un vivero –dijo Escribano con aire triunfador – y Cosme, el pescador que necesitamos. Por su parte Daniel Ballesteros y Eduardo Chozas se presentaron exhibiendo un panal de miel que habían conseguido al alto precio de la venganza de las abejas. Mientras todos probábamos aquella excepcional golosina ellos trataban de paliar la desazón de sus manos y caras abotargadas con la aplicación de arcilla ensalivada. —¿Dónde habéis catado esta miel tan rica? —preguntó Jennifer que subrayó un interés añadido poniéndole la mano en el hombro a Edu que la correspondió con una sonrisa y le propuso que le acompañara en la próxima ocasión. El silencio mutuo pareció rubricar un compromiso tácito del que algunos pudimos dar fe. En este ir y venir de los más activos, cuando alguien se acercaba a Laly para hacerle comentarios contemplativos, ella le respondía cortésmente, pero a la vez le amonestaba con un “dímelo hilando” en tono proverbial. Pero aún era temprano para hablar de trabajo. El resultado fue que, al final de la jornada, cada uno, solos o en grupo, se presentó en el campamento con algo de provecho: unos aportaban productos para paliar el hambre, otros, complementos exóticos para satisfacer a los sentidos. Cada uno “secundum propriam virtutem” como solía decir Laly. Cristina, Sabrina, Julio Izquierdo y Seligrat fueron de los últimos en llegar, como de costumbre, y, “para más inri”, como observó David, venían con las manos vacías. —Ellas tienen otras cosas en qué ocuparse —dejó caer Isabel Latorre con cierto retintín. El tiempo que habíamos estado dispersos pasó divertido entre la contemplación ingenua de la admirable realidad y la variada pluralidad con que cada uno la interpretábamos. Después comenzó la tarea más entretenida de preparar la comida; “de la gastronomía” que decía Blas”. Jesús, Dani y Eduardo hicieron una gran hoguera de troncos de haya y de roble encamados con cepas de brezo y escoba sobre manojitos de fusca y genistas. Lo encendieron con el mechero de David, (el Graciosillo), fumador a tiempo parcial al que se le había terminado el tabaco por lo que, urgido por la necesidad, tuvo que agarrase a la grana amontonada por el viento y a las hojas secas de menta, de helechos o de gamones. Aquel montón de leña se aburaba envuelto en llamaradas azuladas que lo convertían en brasas doradas, crepitantes, embaucadoras. Al amor de la lumbre, que en aquel lugar casi nunca sobraba, y animados por la presencia de aquellas improvisadas viandas, pasamos el resto del tiempo charlando mientras nos reponíamos de aquel ajetreado día en que, sin pretenderlo, comenzamos a tender los hilos de la red que a la postre tejería el manto de nuestras relaciones. Y este aprovechable entretenimiento se prolongó hasta que una fresca brisa que presagiaba una noche fría comenzó a ascender río arriba. Laura, que estaba examinando unas tentadoras acederas en las trasparentes aguas del manantial de un regato próximo, se puso en pie proponiendo, con el dedo índice pegado al oído, una interrogación anafórica. Oteamos el paisaje y escuchamos entre los juncales del marjal de la otra orilla el croar de las ranas. Mientras estábamos inmersos en nuestro asombro se multiplicaba por todo el valle aquel beligerante rumor batracio con que cada individuo pugnaba por marcar su propio territorio. Los grupos espontáneos que se formaban en torno a los aprendices de protagonistas eran el escenario propicio para irónicos chascarrillos del Graciosillo que, como era habitual en él, se transformaba a la hora de convertir en agradable velada los avatares cotidianos. La sola presencia de Xavi, su profesor de teatro, le transportaba al arrebato de la recreación y resultaba contagioso ver cómo disfrutaban en tándem de recíproca satisfacción. El Atleta preguntó a Andrés si había algún plan concreto para el día siguiente pues tenía pensado levantarse con las primeras luces y, si no había inconveniente, daría una vuelta por los alrededores. Laly aprovechó la ocasión para demostrar su vena organizativa. —¡Eso! –dijo poniéndose en pie en medio de sus múltiples admiradores. ¡Vamos a programarnos para mañana! —Por mi parte —dijo distante Andrés —no hay ningún problema con tal de que seas prudente, no te alejes demasiado y no tardes en regresar. —Si quieres yo te acompaño —dijo Sabrina con una espontaneidad que la dejaba en evidencia. El atleta la miró con no disimulada ternura, pero sin dejar de observar con el rabillo del ojo a Cristina y dijo terminativo: —¡No! Mañana no. Voy a madrugar mucho, caminaré deprisa y no sé qué podré encontrarme. ¡Otro día será! Laly se ofreció a explorar las inmediaciones y propuso descender con un grupo de voluntarios por la vereda que serpeaba paralela al río. Por su parte Andrés se quedaría con el resto por los alrededores de la laguna para acondicionar aquel lugar que, dadas las circunstancias, podría resultar propicio para acampar allí durante unos días. Todos asintieron, aunque sin demasiado entusiasmo, y eligieron cobijo entre los mismos arbustos y árboles del día anterior, sin amontonarse, pero sin alejarse demasiado de la protección del grupo.
Si las ranas dieron la señal para adormecer en brazos de los sueños los ineludibles atisbos de frustración, los insistentes trinos de los pájaros anunciando la aurora fueron los pregoneros de los renovados afanes del nuevo día. Así que, impelidos por la necesidad de una obscura pretensión o manejados por la retórica de Laly y sus incondicionales coristas nos vimos jugando a explorar el río y conquistar nuestro espacio.
Sabrina se había atado el pelo con un pañuelo blanco moteado de flores violetas que rubricaba espectacularmente la elegancia de su porte. Se había aplicado crema por toda la tersura de su piel y disimulaba lo que ella sentía como prematuras ojeras con unas extemporáneas gafas de sol. Todavía conservaba de buen ver el esmalte verde de sus uñas. Las bermudas de Blas provocaron la mordaz hilaridad del Graciosillo. Y la cara de Bea, que comprobaba con sana envidia la facilidad de algunas de sus compañeras para impresionar, entretuvieron nuestra espera. En la primera parte del recorrido el río se rompía en espectaculares cascadas bordeadas por pasos agrestes en los que, si bien no había evidencia de huellas humanas recientes, según observaciones de Jesús Melgar, sí estaba suficientemente presente el rastro de la vida. Descendimos por una alfombra de musgo entre las bóvedas que formaban las copas de los enormes árboles que flanqueaban el río, después serpeamos por un desfiladero de calizas erosionadas empedrado con cantos rodados hasta que, al cabo de un buen rato oímos que Seligrat, que abría la expedición, llamó nuestra atención con una voz tranquilizadora. Entonces pudimos comprobar que el paisaje se despejaba definitivamente ofreciéndonos de repente la tentadora trasparencia de una charca cristalina que premiaría nuestro esfuerzo, y, a lo lejos, la promesa de unas tentadoras praderas de promisión. Laly consideró que los fines de su excursión habían culminado con suficiente éxito y dijo mientras miraba con satisfacción el paisaje que se extendía a la vista: —Esa es la dirección que tendremos que seguir. Creo que cuanto más descendamos por el valle más adecuado será el lugar que encontremos. Aunque creía llegado el momento de regresar, consintió en concederles un tiempo, “sólo unos minutos”, para participar en la liturgia del ocio que había brotado espontáneamente en aquel propicio rincón y se diseminaba entre los fértiles bancales de juventud como contagiosa sonrisa de primavera. Cristina, Sabrina y Jennifer, a las que se sumó de inmediato Miguel Ángel, iniciaron un juego de flirteos acentuados en la ausencia de Xavi y de Andrés y disfrutaban subvirtiendo lo que el consenso de la mayoría consideraba normal a la vez que constataban que el número de los valedores de la virtud menguaba cuando la naturaleza hería con toda la lujuria de su paraíso los vulnerables reductos de nuestra sensibilidad. Jennifer se había descalzado y correteaba por las orillas de la rivera a la vez que agregaba a sus juegos, velis nolis, a todos los que caían en su radio de acción. Los inocentes chapoteos se extendieron entre todos los compañeros como un escalofrío y, ante los sorprendidos ojos de nuestra profesora, fueron generando contacto de paños mojados a cuya atracción todos sucumbimos mientras crecían las sonrisas histéricas con que se adornaban las picardías que a juicio de Laly iban degenerando en eróticas procacidades. Jennifer, sumergida en un mar de pasiones, sacudió su habitual inhibición, se acercó decidida a su admirada Profe a quien cogió por las muñecas con contundente decisión mientras le decía: —Hoy Laly tiene que mojarse con nosotras. —No, hoy no puedo bañarme —contestó profesoral. —Sí, hoy tenemos que bañarnos todos y celebrar que estamos en el buen camino —añadió Jennifer A la Profe le salió a la cara el sonrojo de la vergüenza e insinuó todo tipo de indisposiciones que iba enumerando con un lamento de voz in crescendo a medida que se amplificaba el vocerío que se sumaba en masa a la propuesta de Javier. —¡Por favor, Bea, no dejes que me hagan esto¡ —suplicó adornando su discurso con diafásicos matices femeninos. Pero, a pesar de sus lamentos, un montón de indiscretas y sospechosas caricias manoseaban ya sus ropas y palpaban su cuerpo ahogando en violencia controlada los aldabonazos con que llamaban a la puerta del cielo. Creo que en aquel momento yo también me convertí en masa y la acaricié entre miradas lascivas. De nuevo pude admirar sus ojos. Eran verdes y esquivos y me catapultaban de la realidad al deseo. —¡Mi zapato!, ¡he perdido un zapato! —decía mientras en su rostro se atisbaba una sonrisa consentidora. Cuando se consumó el bautismo de inmersión un clamor triunfal que se extendió por los cuatro vientos la consagró como la musa de aquel viaje iniciático en una ceremonia que resultó tan fugaz como permitió la presencia súbita del Atleta que apareció en lo alto de una roca que dominaba el cauce. —¡Laly!, ¿Qué está pasando? —clamó desde las alturas. Su voz enmudeció el valle como el trueno en una tormenta imprevista. —¡Ostras, el omnipresente! —cuchicheó Cristina. —Este cabrón —añadió Elías que verbalizaba sentimientos inconfesables —es como un dios miserable, envidioso de la condición humana e incapaz de disfrutar de ella. Un elocuente silencio se contagió a todo el grupo mientras él permanecía impertérrito en su improvisado trono. —¡No pasa nada, Braulio! —le dijo Laly conciliadora. —¿Qué haces ahí?, ¡Baja! Pero él se hizo el remolón y, desafiante sobre su prominente pedestal, prolongó un angustioso suspense hasta que la liberadora reacción de Bea nos amasó en la confusa artesa de la muchedumbre. —¡Venga, que ya nos vamos! —dijo con decisión. Recogimos nuestras cosas y progresivamente nos agregamos a la retahíla para regresar al campamento. Braulio, que festinaba el paso por un atajo que confluía en el camino, tomó la delantera, siempre por imperativo psicológico, y marcó el ritmo de regreso. Iba pensativo y solitario, como quien inventa su propia realidad que, por evidente, estaba decidido a imponer a los demás, mientras contestaba con monosílabos desganados los escasos requerimientos de Sabrina y de algunos otros curiosos. David Gascón zascandileaba por los distintos pelotones de la marcha y tanto se afanaba en conseguir unas palabras de su ocasional líder que por fin logró arrancarle una primicia: —“No estamos solos” —le silabeó lapidariamente aprovechando un oportuno silencio. “¡No estamos solos!”, “¡no estamos solos!”, repetía David el Graciosillo con cierto retintín hasta conseguir que el eco se trasmitiese envuelto en un halo de misterio. Avelino se sumó también al juego y, a medida que se rebotaba aquel monótono martilleo, el grupo se comprimía en un irracional porsiacaso que nos aprisionaba en una tribal amalgama de zozobra. Llegados al campamento y apremiados al comprobar en propias carnes las inclemencias del frío y la humedad con que se suele acompañar la niebla que atrapa con mano inverniza las montañas por donde se oculta el sol, nos colocamos alrededor de la hoguera que habían encendido los compañeros que se habían quedado. Todos mirábamos con expectación al Atleta que, celoso guardián de su arcano, se hizo el remolón hasta que Xavi le invitó cortésmente a hacernos partícipes de su particular viaje. Se puso en pie con dudoso aplomo y sus manos traicionaban la pose de su pretendida serenidad, pero, como intuía que tenía que propiciar el tiempo de su epifanía, sacó fuerzas de flaqueza y, con mal trabadas razones, habló de un sobrecogedor silencio que llenaba el inhóspito valle contiguo; habló de humeantes zarzas lejanas que ardían con intermitencia caprichosa que a él se le antojaba significativa; habló, sin demasiada convicción, de rumores ahogados en las escabrosas cumbres donde se emboscaban las nubes…pero pronto se sintió atrapado en su hueca retórica y se aturrulló hasta tal punto que se quedó momentáneamente sin palabras, lo que aprovechó oportunamente David para salir en su ayuda: —Es que hay algunas cosas que son inefables. —Sí, pero también son…(se volvió a bloquear mientras evidenciaba con gestos de desaprobación el mal humor en que su timidez le sumía), son… ¡Cómo diría yo...!, algo que nos sobrecoge porque da miedo. —Formidable, diría don Lorenzo, el profe de griego —apostilló David. —¡Eso! —concluyó Braulio. ¡Formidable! Y en ese momento se dio cuenta de que la naturaleza no le había dotado del don de la palabra que tan útil resulta para los aprendices de caudillo, por lo que resolvió tomar prestado el “formidable pero inefable” del Graciosillo que rasgaba horizontes en la imaginación de los ilusos, pensaba. —¡Formidable pero inefable! —repitió Arjona con tono profético mientras miraba al público, pero sin verlo por tener su mirada perdida en equívocas referencias a lo trascendente. —¡Vaya! ¿Será cierta la maldición que persigue a los abúlicos según la cual uno siempre se pierde lo mejor? —dijo Seligrat que observaba con un atisbo de envidia el inicio de aquella fabulación que empezaba a ser contada y que algunos estaban dispuestos a romancear. Estos relatos calaron en los susceptibles de tal modo que los más timoratos comenzaron a deambular por el improvisado campamento y a contagiar a sus compañeros de un ancestral miedo a lo desconocido. Los comentarios con que unos y otros interpretábamos las nuevas circunstancias que condicionaban nuestra adaptación al entorno amplificaban un miedo irracional a lo extraño, lo que consiguió apiñarnos en torno a los más fuertes. Por su parte el Graciosillo no perdía la oportunidad de aventar, a tiempo y a destiempo, sus fantasías allí donde intuía sensibilidad propicia a lo críptico. Creo que ni él mismo sabía si actuaba de mago, de bufón o de profeta. Braulio, por su parte, aprovechó la ocasión para tratar de impresionar a los débiles y de advertir a los fuertes y preparó junto con Pedro López, Ángel Escribano y Pascual Márquez un plan estratégico que pretendía disipar temores. Con la aquiescencia de los profes se colocaron como centinelas para vigilar los puntos cardinales del campamento. A Elías no le pasó desapercibida la entrega de unas varas de avellano, que no parecían fruto de la improvisación sino de la previsión, y que el flamante aprendiz de caudillo repartió a cada uno de sus elegidos en una ceremonia entre ritual y marcial; y, molesto, pero también decidido a no pasar por alto ninguna ocurrencia de su antagonista, exclamó con la intención de llamar la atención de todo buen entendedor: “Vaya porras que se han echado”, expresión que acentuó con una mueca de desagrado. Algunos comenzaron a percatarse en aquel momento de que Elías, que alardeaba ante sus incondicionales de su inquebrantable disposición de parar a toda costa a aquella tropa, mientras se distraía en insignificantes escaramuzas y batallitas, no estaba dando los pasos necesarios para ganar la guerra. La noche fue cubriendo con su creciente crepúsculo el borroso cromatismo del paisaje, los misteriosos rumores de la vida y los sofocantes anhelos humanos. Nunca sabremos si fue el cansancio del acontecer diario, la lógica de la rutina o la calculada estrategia lo que nos permitió descansar hasta que una titilante aurora nos despertó con unos tentadores matices que desperezaban los poros de nuestra sensibilidad. Aunque, en principio, nuestra estancia en aquel lugar era para algunos tan aceptable que no les importaría prolongarla sine die, todos teníamos asumida la provisionalidad de aquel asentamiento: el ambiente era húmedo; el espacio, exiguo; la defensa, si se hiciere necesaria, difícil; por lo que seguíamos proyectando reanudar la marcha sin precipitarnos en las urgencias que suelen imponer las prisas, aunque acuciados por la promesa de una tierra que, como nuevos pioneros o infatigables quijotes, todos anhelábamos. Pero antes de continuar el viaje se escenificaron algunas polarizaciones que impone la convivencia cuando comienzan a evidenciarse las insatisfacciones. Cada uno nos dejábamos arrastrar por la fuerza de la intuición modulada por la brida de las ideas que improvisábamos sobre la marcha y que, una vez puestas en común, guiaban nuestra agenda cotidiana para seguir por lo que ingenuamente considerábamos un buen camino. Pero esta ilusa consideración se enturbiaba de vez en cuando en el ejercicio de nuestras relaciones. Si uno no es capaz de sortear los escollos que jalonan nuestra ruta, no encontrará remansos de descanso; y el ser humano necesita superar sus agonías para convertir la calma en desazón; la desazón, en polémica y la polémica, en sofocante conflicto que de una u otra manera hay que solucionar antes de volver a empezar. Un soterrado malestar se diseminaba por los espacios de convivencia como nefasta cizaña. Ante las continuas disensiones quedaba patente la incuestionable vigencia del aforismo latino que confirma la premonición de que, a la postre, casi siempre hay “tot opiniones quot capita”. Estas polémicas eran observadas por los Profes con prudente silencio, aconsejados por la experiencia que pronosticaba tiempos más difíciles en los que se haría indispensable su imperiosa mediación. TRES DIAS DESPUÉS
Capítulo 4
La presión de la adolescencia
No pasó mucho tiempo antes de evidenciarse la necesidad de ocuparse de los conflictos internos sin dejar de preocuparse de hipotéticas amenazas externas. Sucedió al atardecer, esa hora en que, por necesidad, por placer o por ambas cosas a la vez cada uno buscaba su rincón favorito para satisfacer las necesidades de la condición humana. Mientras el Graciosillo aparecía por detrás de unos brezos apretándose ostensiblemente la pretina y llamando la atención con un desvergonzado “me he quedao como un reló”, mientras algunas parejas salían como a hurtadillas de entre los escobares con un rubor solo perceptible por ellos, y mientras otros gamberreaban en grupos por los alrededores anónimos, surgieron de entre el inexplorado marjal unos desconcertantes gritos entre lúdicos e histéricos que sonaron como un aldabonazo en el subconsciente colectivo. Las actividades se interrumpieron en el acto y todos comenzamos a reunirnos en el improvisado campamento y a arremolinarnos en torno a los profes. Dirigimos la mirada hacia el lugar de procedencia y, de entre unos matorrales cercanos a la laguna, salió Sabrina corriendo. Llevaba jirones de miedo en el cuerpo y de sorpresa en el alma. Un murmullo creciente disipaba el silencio y entre monosílabos y razones mal trabadas se concretaban las sospechas de algunos y los temores de otros. Todos nos pusimos de puntillas oteando sobre las cabezas de los compañeros y escudriñando entre las perezosas sombras del ocaso algún dato que justificase nuestra sorpresa. Los más perspicaces, mientras buscábamos la corroboración de nuestras sospechas, constatamos algunas ausencias, pero, aconsejados por el sentido común del refranero que previene de que de noche todos los gatos son pardos, preferimos mordernos nuestras conjeturas. Jesús Melgar se atrevió a verbalizar un imprudente pensamiento y cuchicheó inocentemente en su corrillo: —¡Algunas se empeñan en jugar con fuego! —¡Algunos! querrás decir —puntualizó Bea empeñada en mostrar las espadas dialécticas en alto. —Yo solo apunto que las cosas pueden ser lo que parecen…. ¡o no! —Pero hay algunas cosas que están muy claras. —Es cuestión de óptica y de perspectiva, y no tenemos por qué coincidir en todo. Pero ahora no es el momento de discutir eso. En el entorno se produjo una guerra cruzada de miradas que resultaban más significativas que las vaguedades con que cada uno trataba de relajar la tensa situación. La expectación se extendió por la campera en sucesivas ondas del silencio mientras cada uno recreaba su hipótesis. Cristina había salió corriendo a recibir a Sabrina que, desvencijada como una muñeca de trapo, se echó en los brazos de la compañera. Prolongaron unos segundos el abrazo y los sentimientos mientras los demás mendigábamos detalles con que satisfacer nuestra curiosidad y agobiábamos en corrillos a cualquier presunto informadillo en demanda de explicaciones, pero el suspense se alargó más de lo previsto mientras los Profes, a propuesta de Laly, se separaron discretamente del grupo y nos sorprendieron con una contundente elocuencia gestual, especialmente protagonizada por Xavi, que presagiaban que hay algunos momentos a los que se asocia indisolublemente la apelación “que sea la primera y la última vez”. Braulio por su parte aprovechó las circunstancias para proclamar en tono retóricamente amenazante: “esto lo arreglaba yo...” —Todo se puede solucionar hablando —corrigió Bea sin ánimo de polémica. A partir de aquella tarde probablemente iban a comenzar a quedar claras algunas normas de convivencia, a las que algunos se apresurarían a etiquetar de ocurrencias y otros de leyes. En nuestro fuero interno cada uno, con nuestras propias intuiciones, inventábamos nuestra verdad y entre todos tratábamos de reconstruirla sin dejar de echar en falta la certeza que sólo acompaña a los imbéciles que creen, sin fundamento, que los errores pertenecen al ámbito de lo subjetivo mientras que las certezas son objetivas, sobre todo si resultan coincidentes con las propias. Y aquella sensación de preocupante escepticismo la acrisoló Juan Ángel sentenciando con aplomada suficiencia: “El hombre es una pasión inútil”. Entre este y otros comentarios de variable perspicacia comenzó a reanudarse la actividad como acunada por la penumbra que anunciaba el final del día que nadie quiso dar por terminado sin recatarse disimuladamente hacia las distintas veredas para buscar el confuso perfil de una sospechada silueta. Y, cuando la noche se echaba encima y Braulio se disponía a hacer una ronda con sus centinelas por los puntos estratégicos del improvisado campamento, aparecieron por el camino del sur, separados pero juntos, Dani Ballesteros y Eduardo Chozas. Se diría que, en la distancia, su ademán parecía altivo y marcial, como el de quien decide adoptar una postura desafiante, pero, al ver a sus compañeros en posición de escenario, Dani notó que flaqueaba su decisión y tuvo que disimular su paso vacilante en el báculo de los silbidos del que finge venir de ninguna parte. Cuando miré discretamente, pero con ávida curiosidad, hacia donde estaban sus amigas Isabel y Laura apartaron disimuladamente su mirada y la colgaron en lo infinito. Entre el inevitable murmullo general alguien cuchicheó: “Ya estamos todos”, ya no falta nadie”. —¿De dónde venís, tíos? —preguntó Blasillo como quien quiere diluir con la camaradería lo que se intuía como un soterrado sumario inquisitorial. —¡De tomar vientos! —dijo Dani en tono un tanto despectivo y añadió terminativo —¿Por qué tienes que pedir explicaciones de lo que hacemos o dejamos de hacer los demás? — ¿No sabes lo que le ha pasado a Sabrina? —dijo Blas conciliador. — ¿Qué es lo que tengo que saber y por qué tengo que saberlo? — Dicen que alguien se ha metido con ella entre aquellos arbustos. — ¡Se ha metido con ella, se ha metido con ella...!; pues no seré yo quien fabule sobre eso, pero si alguien quiere satisfacer su curiosidad que abra los ojos y mire más allá de sus narices —concluyó Dani que sembraba dudas para aventar incredulidades. Y añadió sentencioso: —Yo también podría contar cuentos que parecieran historias porque todos los cuentos tienen algo de realidad y todas las historias tienen algo de cuento. Por su parte Eduardo se sumó a los argumentos de su compañero y tras lanzar un displicente “Sabrina y sus fantasías” dijo: —Lo que no hay que hacer es crear el fantasma del Tíodelunto y pensar que no se van a asustar los ingenuos. La culpa de todo la tienen los que practican la estrategia de que el miedo, el de los demás, guarda la viña, la suya. Tras unos segundos de desconcierto surgió una voz apelativa, rotunda, sorprendente: —¡Esto no se puede consentir!, tenemos que tomar medidas inmediatamente. No puede ser que cada uno haga lo que le dé la gana. —Era Isabel que consolaba a Sabrina y trataba de incitar a los profes a que actuaran. Yo diría que aquella fue la primera vez que alguien proponía reforzar la autoridad con el asentimiento de la mayoría. Los profes también se acercaron a Sabrina para sumar su preocupación y sus atenciones a las de los íntimos, momento que aprovechó Laly para tranquilizar, relativizar y desdramatizar. Una improvisada conversación entre mujeres, paseada por la Campa, fue suficiente para devolver provisionalmente la calma. Por su parte Andrés y Xavi, tratando de evitar protagonismos y para poder vencer mejor posibles resistencias dialécticas que pudiesen fracturar el grupo, animaban a sus allegados a suscitar coloquios sobre temas diversos para que cada cual, mediante la palabra, pudiese soterrar los demonios de la sinrazón. En el corrillo que se solía formar algunas tardes junto a donde estaban asentados María y de Pascual, Isabel insistía ante sus compañeros en que, aunque en las insinuaciones de Dani hubiera algo de cierto, el consentimiento tenía que ser completo y explicito en todo lo relacionado con el sexo. —Pues yo creo —dijo Elías —que eso nunca ha funcionado y nunca funcionará así. Dos personas sienten atracción mutua, se lo trasmiten el uno al otro mediante miradas o gestos cómplices cuyos códigos son ancestrales y, sin saber muy bien por qué, comienzan a recorrer un camino juntos —Pues yo sé, por experiencia propia y por confesiones de algunas compañeras que a veces nos sentimos intimidadas —insistía Isabel. —Todos nos sentimos de uno o de otro modo intimidados. El hecho de vivir ya es en sí mismo un riesgo, y sobre todo para los humanos —dejó caer Jennifer. Juan Ángel, interesado en cualquier debate en el que se defendiesen ideas, creyó oportuno aportar alguna reflexión: —Creo que es un error querer controlar con la razón lo que la naturaleza ha decidido controlar con el instinto. Y se quedó un poco desconcertado cuando se dio cuenta de que tras aquella reflexión le habían caído encima un montón de miradas con signo de interrogación. Enseguida se recompuso e insistió en sus argumentos: —Infinidad de veces el instinto nos fuerza a actuar antes de que encontremos razones suficientes para asentir completamente. —Pero, a pesar de todo, —insistía Isabel —hasta que no haya un sí claro se ha respetar la voluntad del otro. —Hay muchas maneras de decir sí —agregó sosegadamente Juan Ángel. —Si dos de nosotros suelen estar mucho tiempo juntos, si multiplican entre ellos las miradas cómplices y los juegos propios del cortejo, si abren sus puertas a una discreta intimidad y se adentran en la espesura del valle hasta un poco más allá de lo razonable, y si además comparten techo la mayor parte del tiempo, esos ya han dicho sí, aunque después no quieran asumirlo y traten de eludir responsabilidades. —Yo creo que están algo equivocados los que piensan que hay que hacerlo todo con cabeza. Existe además lo que a veces se ha dado en llamar sexto sentido —Añadió Mónica. Y así, día tras día, mientras sesteábamos a la sombra de la frondosa chopa que se asomaba a las aguas de la laguna frente a la que croaban las ranas, o mientras disfrutábamos al atardecer de la agradable compañía de nuestros amigos y de la sensación que suele proporcionar la agenda cumplida, surgían animados debates sobre temas muy diversos. —¿Pero podemos hablar de todo? —preguntó un día con cierta sorna Elías cuando empezó a cerciorarse de que aquello iba en serio. —De todo —contestó rotundo Xavi. —Pero de todo, todo —insistió Elías, especialista en tensar el arco sin soltar la flecha. —Todos confiamos en tu probada discreción —le devolvió el Profe que aceptaba así el reto. —Ya puedes empezar. —¡No, si el que tiene algo interesante que decir es el matalascallando de Blas! A Blas se le escapó un espontáneo “¡cállate, cabroncete!” que evidenció el pragmatismo de aquella frágil relación, pero enseguida se colgó el gesto político de la moderación y con semblante cínico improvisó: —No, que hemos comentado en algún momento que, para evitar sorpresas desagradables, sería conveniente señalar lugares exclusivos para la satisfacción de las necesidades íntimas. —¡Bien dicho, Blas! —apostilló Elías que se sintió liberado de la trampa en que su osadía le había metido. —Creo que tus palabras justifican suficientemente la delimitación de ese espacio. No podemos permitir que la sorpresa nos interrumpa el clímax del placer cenestésico sumado al de la meditación. Isabel intuyó que se lo habían dejado muy fácil y, modosita, propuso que habría que señalar dos espacios, uno para chicos y otro para chicas; que ella se sentía vigilada desde lo de Sabrina por lo que necesitaba sentirse segura en esos momentos íntimos; que ella creía, por lo que oía, que muchas compañeras pensaban lo mismo; que no costaría nada preparar dos cobertizos junto al último reguero de aquel valle para eliminar todos estos inconvenientes. —Sí mujer, —replicó Elías. —Procuraremos acondicionarla con sales de frutas y otras zarandajas con las que se suelen acicalar diariamente los devotos del culto al cuerpo. —Ducharse todos los días es una costumbre burguesa —dijo Edu dirigiendo una mirada comprensiva hacia Isabel. Juan Ángel que solía avivar la curiosidad de todos a la vez que apandillaba su aquiescencia y apabullaba con sus agudas reflexiones la inconsistencia de algunos chascarrillos sentenció: —Lo único malo que tienen los burgueses es que son ellos.
Poco a poco crecía el interés en participar en estos foros que don Andrés consolidó reivindicando la consideración que la política debería tener entre aquella escuela de aprendices de ciudadanos. Pero las precauciones del Profe, según filtraciones de Bea, eran las propuestas maximalistas que pudieran proceder de algún francotirador solitario que no quisiera distinguir que lo mejor casi siempre es enemigo de lo bueno. La experiencia le había enseñado que las razones para inclinar la balanza hacia una u otra de las alternativas propuestas no siempre eran ponderadas y más de una vez eran inconfesables. Pero la mayoría, aquellos que estaban dispuestos a sintetizar sus propuestas con las de los demás por dispares que estas fueran, nunca serían un problema sino parte de la solución. Al inicio de todos estos debates siempre había unos minutos de distensión en que los más dicharacheros comentaban con los de su alrededor las anécdotas del día, hasta que alguien solicitaba la atención de los demás y adoptaba un tono que sonaba a la señal de que lo siguiente ya iba en serio. —Creo que ya somos mayorcitos —dijo un día con voz temblorosa Jennifer —por lo que propongo que nadie imponga más normas de las estrictamente necesarias. El único límite a nuestro comportamiento debe ser la responsabilidad propia y el respeto a los demás. Aquella obviedad, evidente pero tópica, no suscitó ningún comentario de consideración por lo que se produjo un azaroso silencio que trató de disipar Bea con un oportuno “tienes toda la razón”, sin querer entrar en controversia por considerar que la ocasión ni lo merecía. Teresa, que cuchicheaba con Ana Isabel mientras se subía con el índice y el pulgar el vaquero para ajustarlo a su espectacular anatomía, se levantó parsimoniosa; con un tic que ya resultaba habitual, deslizó sensualmente la mano izquierda por su muslo correspondiente mientras que con la derecha se colocaba un mechón cuidadosamente desordenado detrás de la oreja y dijo: —Pues yo creo que, como ya se ha dicho en algún momento, debemos consensuar unas normas claras y a quien no las cumpla habrá que darle un toque de atención. Y remachó haciendo referencia al consabido tópico de los derechos y deberes. Ella intuía que todo buen regalo comienza por el envoltorio así que nunca olvidaba los detalles. Mientras hablaba solía mirar intermitente y alternativamente a Xavi que se hacía el sueco, y al Atleta, que se apostaba estratégicamente sobre un saliente del terreno y, cruzado de brazos, se fijaba más en las circunstancias que en los mensajes. Se intuía que ella tenía parte, al menos eso creía, en las decisiones importantes que se estaban considerando. Elías, que solía adoptar una actitud y un tono puntillosos para dejar sus perlas, incordiaba constantemente con sus inmisericordes preguntas retóricas. Un día se presentó en la reunión con un listado de preguntas que recitó como si de una letanía se tratara: …¿Quién fijará el criterio para poder distinguir lo verdadero de lo falso? Y miraba a Andrés a ver si le correspondía con el aplauso del asentimiento, … Y ¿Quién decidirá entre lo que es y lo que parece ser? Y señalaba a Avelino para subrayar que muchas de sus apreciaciones le aupaban al retablo de los visionarios. …“¿Quién fijará la sutil línea que separa el bien y el mal?” Y dejaba una mueca colgada en el postrer signo de su interrogación. …“¿Quién juzgará a los que juzgan?” Ahora su mirada se dirigió descaradamente hacia Braulio. …“¿Quién tendrá la última palabra?” Y miraba a Laly que perfectamente pudiera ser la destinataria de todos aquellos interrogantes. …Y el Atleta murmuraba entre los suyos: —“Todo esto lo arreglaba yo...” Cuando comenzábamos a retirarnos a nuestros asuntos tomó por sorpresa la palabra Isabel Pérez quien se atrevió a insinuar el tema que bullía en la mente de todos desde lo de Sabrina pero que siempre era censurado con el velo de lo tabú. —Yo tengo un asunto que tratar —dijo con voz sosegada pero decidida. —Cuéntanos, Isabel —contestó Andrés con tono confidencial. —Me sorprende que después de todos los días que han pasado nadie haya mencionado todavía el hecho más preocupante que, a mi juicio y al juicio de muchas de mis compañeras, ha sucedido aquí desde que estamos en esta nueva situación. Estoy hablando de sexo y en particular de acoso. Los que ya habían iniciado la desbandada hacia sus asuntos retrocedieron como cautivados por la tiranía de la curiosidad. Los profes se miraron, se acercaron entre sí e intercambiaron discretamente información en una mal disimulada confidencialidad. El Atleta dio unos pasos al frente para situarse como guardaespaldas de los tres. Todos pudimos escuchar acompasando a nuestras pulsaciones el elocuente silencio de los momentos previos. Un tordo cruzó la Campa y desapareció entre las salgueras del arroyo por donde se multiplicó el rumor de su precipitada huida. De repente todos rebobinamos para recuperar escenas de secuencias previas. —Primero —prosiguió con tono calculadamente coloquial —hemos mirado hacia otra parte cuando el ímpetu de la adolescencia nos dio el primer aviso. Tal vez fuese lo más prudente pues por entonces cada uno aún nos dejábamos llevar por una mano enfundada en guante de normalidad. Poco a poco la condición humana ha inclinado la balanza con el ineludible peso de la densa gravedad de los instintos que, con el contundente mazazo de las sinrazones, han comenzado a ser la causa ejemplar de nuestros actos. Parecía que estuviera extrayendo el agua de sus palabras del pozo de la reflexión. —La contemplación cotidiana de la naturaleza en estado puro, que en nuestro caso se manifestaba ya ligera del ropaje físico y cultural, —añadió cada vez más segura de sí misma —ha hecho el resto y nos sentimos en la gloria ensimismados en lo nuestro y perdiendo perspectiva, aunque algunas hemos sentido a veces que éramos arrastradas hacia ineludibles precipicios. Pronto nos dimos cuenta de que en todos los paraísos acechan serpientes y el nuestro no podía ser una excepción: primero fueron miradas lascivas repicando en el frágil cristal de nuestra autoestima, la de las mujeres, por supuesto; después, la dolorosa sospecha de nuestro permanente estado de libertad vigilada; finalmente, la amenaza inconcreta del escarmiento en cabeza ajena cuyo sospechoso silencio cómplice otorga carta de naturalidad a presumibles abusos y vejaciones cuya existencia nos negamos a admitir para que nuestras conciencias puedan seguir soñando en el limbo de los inocentes. —Pareces demasiado susceptible —dijo Seligrat desde su rincón. —Yo no veo las cosas tan graves como tú las pintas. Pero Andrés, que aún confiaba en la utilidad de la didáctica para el tratamiento de las especulaciones filosóficas, se sintió obligado a tomar la palabra para procurar conciliar las preocupaciones de todos. —Isabel, —decía en tono docente —el sexo es una necesidad biológica que compartimos con otros muchos seres vivos y la naturaleza nos compensa con un placer añadido tan extraordinario que, si bien se piensa, justifica con creces el calificativo de motor de la historia con que muchos, y no sin razón, le han destacado. El eros lo inventaron los dioses mientras jugaban con el sexo. Después —añadió sin querer demorarse en descripciones —se dieron cuenta de lo maravilloso que era ese juego e invitaron a todos las criaturas a embriagarse de lujuria antes de atender a la pura necesidad. La naturaleza, revestida de sensualidad, hacía el resto. Finalmente, los defensores de lo razonable que tratan de someter a reglas estrictas toda actividad humana en provecho propio, especialmente en lo concerniente a lo del sexo, regularon, tal vez en exceso, este regalo de los dioses hasta convertirlo en cierto modo en gratificante rutina. Nos habían agasajado, pensaron, con lo que alguien denominó ágape. El ser humano, decían, había llegado al estado deseado; al perfecto equilibrio. La historia en cierto modo había terminado. —Lo de siempre —terció Seligrat. —Los que fijan las reglas que debemos cumplir los demás, frecuentemente se acomodan en privilegios excepcionales y alegan todo tipo de eximentes. Todo eso está muy bien, pero tenemos que ser más prácticos por lo que yo quiero proponer una votación para que todos sepamos a qué atenernos, y la disyuntiva sería: ¿Nos dejamos arrastrar por las tentadoras propuestas de la naturaleza, como ya hacen algunos o nos seguimos sometiendo a la tiranía de la decencia? —”¡Beatus venter qui te portavit et ubera quae suxisti!” —pregonó Cristina con una frase que solía usar la Profesora de latín y con la que la compañera del alma quiso destacar la lisura de las palabras de Seligrat. —¿Qué ha dicho? —preguntaba Blas mirando a los compañeros de la optativa de latín. —¡”Viva la madre que te parió y la leche que mamaste”! —le tradujo Bea que no se perdía un ápice de lo que sucedía alrededor. —¡Aclárate, Elías! —le dijo Laly atemperando. —Pienso —dijo el alumno mirándole a la cara a la profesora —que ha llegado el momento de que todos nos manifestemos sobre este asunto y hay que tener la valentía de decir lo que pensamos y no pensar tanto lo que decimos. Ahora es más urgente priorizar la cantidad de individuos que la calidad de ciudadanos si pretendemos que nuestra supervivencia sea un éxito. Hay que darse prisa en poblar, repoblar y dominar estas tierras antes de que potenciales enemigos disfrazados de plagas, de hordas o de catástrofes nos arrebaten el futuro. Vamos a dejar a un lado las cantinelas con las que se suelen disfrazar la verdadera realidad. —Dinos, Seligrat, tú, en resumen, ¿qué propones? —dijo Xavi que parecía exigir concreción con un tono concluyente. —Pues que la sexualidad, eso que tanto y a tantos nos acucia, debe ser satisfecha con la urgencia del instinto, como hacemos con el hambre o la sed, lo que no quiere decir que tengamos que parecer animales. El Atleta, que poco a poco se iba cerciorando de que no estaba interesado en otra erótica que no fuera la del poder dijo lacónico: —Pues yo creo que Dios nos dio la cabeza precisamente para que la usemos oportunamente y no nos portemos como animales. —No, si ya sé yo que tú eres capaz de hacer todo, hasta eso, con la cabeza —respondió Seligrat irónico y despectivo. No fue menor el desprecio y hasta la latente amenaza que se adivinaba en la mirada de Braulio. — ¡Ya estamos otra vez! —censuró Bea aquel rifirrafe con la intención de frenar la beligerancia. Andrés salió en su ayuda y, mirando con serenidad a Elías, dijo para sorpresa de todos: —Si hablas del sexo en solitario ¡que cada uno lo disfrute como le plazca! Si es cosa de dos, digo yo que, al menos, habrá que tener en cuenta la voluntad del otro. La naturaleza presiona para que el sexo sea satisfecho en pareja y para eso hace falta consenso. — ¡También se dan los tríos y las camas redondas! —Fue el chascarrillo de David Gascón que instintivamente lanzó una mirada delatora hacia Laly temiendo una respuesta petrificante, que, en efecto, recibió codificada en gesto de menosprecio. —Pero lo que no podemos es seguir en esta indefinición —añadió Carolina que estaba sentada junto a Yolanda —No podemos aplicar distintos criterios ad libitum. Por eso me parece bien la idea de votar si vamos a seguir fingiendo como siempre respecto a este asunto o vamos a solucionarlo de una vez por todas. Un grupito de los propensos a soliviantarse coreó con entonación de tabarra: ¡qué se vote!, ¡que se vote!... La mayoría silenciosa de los prudentes se quedó un tanto desconcertada ante aquella actitud por lo que Braulio se puso de pie y con tono retador dijo: —¡La mayoría pensamos que no hay nada que votar porque no hay nada que cambiar! ¿O es que os creéis que sabéis más que nadie? ¡Os dejan hablar, os creéis que tenéis soluciones para todo; y algunos ya estamos cansados! Seligrat le lanzó una mirada inmisericorde. Andrés intuyó probables fracturas del equilibrado consenso tanto por el hecho del ejercicio del voto como por el sentido del mismo, por lo que, bien aconsejado por la intuición y por los reflejos, acertó a decir: —Tú mismo lo dices, Seligrat. Esta es una necesidad semejante al hambre o la sed y a nadie se le ha ocurrido proponer votaciones para decidir cómo satisfacer estos apetitos, por ello pensamos que no es necesario fijar nuevas normas mientras no lo consideremos necesarias. Y…“dios proveerá”, o mejor dicho, “la sabia naturaleza proveerá” porque el instinto es la inteligencia operativa con que los dioses dotan a la naturaleza. —¡Dejar que se pudran los problemas! ¡Esa no es buena táctica! —concluyó Seligrat. Y mientras brindaba a su corrillo una sonrisa cínica dio la espalda a sus respetables interlocutores evidenciando una vez más su indiferencia con quien no compartía sus ideas y su desprecio por quien las rechazaba. A pesar de esta actitud provocadora de Seligrat, una intervención oportuna de Xavi dejó entreabierto un resquicio para el acuerdo al proponer retomar más adelante el tema si la mayoría así lo deseaba. En un aparte que la casualidad les propició al poco rato, Andrés se acercó al oído de Laly y le cuchicheó a hurtadillas: “¿tú qué hubieras votado?” Laly guardó silencio, pero le regaló una sonrisa hechicera que hurgó en la nube en la que desde hacía tiempo se había refugiado y en la que, por confusas sinrazones, permanecía obnubilado. Lo cierto es que en estos asuntos a cada uno se le dejó con su cadaunada y en este sentido se podría decir que vivíamos por algún tiempo en un paraíso lleno de tentaciones, pero libre de pecado. Sólo había un límite autoimpuesto, el ámbito del otro, y a veces la pasión se oponía a lo razonable con tanta tiranía que surgían conflictos difíciles de canalizar. Andrés no daba demasiada importancia a estas desavenencias pues sabía que el grupo, dinamizado por la levadura de la juventud, aún era más propicio a la defensa de lo común que a la tolerancia con esporádicos egoísmos. El grupo de Seligrat, al que le encantaba actuar a la contra, se divertía en los ratos libres bien creando eslóganes que condensaban sus opiniones con ingenio, bien zahiriendo a Braulio y los suyos con la repetición de sus proverbiales coletillas del tipo “esto lo arreglaba yo….” o “si llegan a caer conmigo… de qué” con que el Atleta zanjaba sus desaprobaciones. En aquellos corrillos se desgranaban un sinfín de propuestas que a veces sonaban a rogativas por San Marcos, a eslóganes publicitarios, o a consignas políticas: —“Vive y deja vivir” —sentenciaba Sabrina. —“Ser joven es sinónimo de tener ilusiones” —repetía frecuentemente Cristina. —Hay que evitar a toda costa los privilegios —añadió Carolina mirando de reojo a Teresa que la respondía con toda la indiferencia de la que era capaz. —Pues yo creo —apuntó Isabel Pérez con cierta desidia —que hay que tener la misma consideración con todo el mundo, seamos alumnos o profesores, hombres o mujeres, altos o bajos, gordos o bajitos. María también necesitaba dejar frecuentemente constancia de su participación en el diálogo, aunque sólo fuera para ratificar lo dicho por sus compañeros con un “estamos de acuerdo” o “queremos que se tenga en cuenta…”; ella solía defender su opinión parapetada en los guardabarros del plural. Algunas tardes se constataba que no había ideas polémicas qué defender ni suficiente pasión para hacerlo por lo que podíamos disfrutar de esos ratos libres dedicados a propiciar chascarrillos intrascendentes y animadas veladas donde algunos improvisados rapsodas, juglares o raperos, al ritmo de palmas y de cuchicheos corales, recreaban situaciones cotidianas cuyo uso y costumbre resultaba entretenido e interesante. Ante la constatación de que estos momentos restaban protagonismo a los reiterativos y monótonos debates que casi siempre terminaban en disputas personales, Bea comentó entre los suyos que, aunque la contraposición de ideas siempre es necesaria para que cada uno ocupe el lugar adecuado dentro del grupo, habría que establecer una reunión más formal para poner en común las ideas interesantes que surgieran en las ocasionales tertulias. Esta reunión podría establecerse con una periodicidad mensual regida por el calendario que había preparado Gascón teniendo en cuenta procesos personales, sociales o naturales dignas de consideración. El Atleta, por su parte, había intuido que aquellos debates versallescos sobre cuestiones que él consideraba bizantinas solo eran demostraciones de impotencia que no solucionarían los problemas que iban apareciendo por momentos, por lo que trataba de convencer discreta y políticamente a los suyos de que, sin abandonar la ponderación, había que ser resolutivos. —“Aquí, lo que hace falta es un golpe de timón” —les decía cuando se sentía en su feudo. Los profes por su parte preferían no tomar partido en asuntos que no fueran trascendentes y dejaban hacer, pues, mientras la convivencia no estuviese amenazada, se consolidaba la sensación de normalidad que tanta falta nos hacía.
Capítulo 5
Eureka
En estas y otras vivencias pasaron los días siguientes hasta que los profes, para neutralizar la tendencia natural que suele arraigar al terruño a todos los seres y especialmente a los humanos, propusieron reanudar la marcha en busca de un asentamiento definitivo. El entorno, que desde el primer día habíamos definido como insuficiente, anunciaba cercana una tierra de promisión por lo que, sin apenas oposición, decidimos ponernos en marcha con el asentimiento general. Recogimos nuestras exiguas posesiones y aconsejados por los que presumían de expertos exploradores descendimos por el cauce del arroyo que aún se rompía entre discontinuas cascadas y nos acercamos hasta un mirador desde el que se dominaban las prometedoras tierras del sur. Una discreta neblina plateaba el valle que se estiraba de norte a sur bandeado por un río que parecía entretenerse en su recorrido. En las cumbres aún se divisaban los últimos vestigios de nieve que empujaban hasta el cauce del río frescas bofetadas de ventoleras que nos incomodaban. Desde aquella privilegiada atalaya que nos brindaba el camino descendente distinguíamos un macizo majestuoso de rocas volcánicas escoltado a distancia por enormes calizas más erosionadas por el paso del tiempo que formaban el eje en torno al cual irradiaban a borbotones las cárcavas por las que se desangraban los terraplenes, las torrenteras con que los deshielos primaverales habían tajeado el paisaje, los arroyos que pintaban de infinitos matices cromáticos aquella tierra de promisión. Los últimos brochazos de niebla ascendían acariciando las copas de la fronda hasta desaparecer en las crestas de la cima y, a su paso, se llevaban entre sus dedos de nada puñados de nostalgia. Para muchos aquel era el camino que les alejaba de pasadas frustraciones inconcretas y les acercaba a futuras ilusiones confusas. Recorrimos con paso decidido las primeras veredas que acompañaban el curso del río animados por las agradables sorpresas con que el paisaje nos premiaba en cada recodo, pero los inconvenientes aparecieron pronto. El sol comenzó a ser un incómodo compañero de viaje y el cansancio menguó inmisericorde la capacidad de admiración. El grupo se estiraba paulatinamente mientras aumentaban las distancias espaciotemporales y las otras. Camino abajo se acentuaba el prudente silencio de los sabios y el osado alegato de los necios hasta que, en uno de los recodos del camino, se concitaron algunas bajas pasiones y casi sin notarlo saltó la chispa cuya hoguera a duras penas pudo apagar el bueno de Cosme con su probada neutralidad: —¿Cuándo vamos a parar? —repetía cansinamente Blasillo que ya no soportaba su nuevo roll de porteador. Y aquella letanía hacía mella en las filas de los desanimados. —Pero, ¿a dónde vamos? —dijo Cristina con un tono que no lograba disimular la aparente naturalidad de una pregunta razonable con la soterrada explosión de su subconsciente. Hubo unos tensos segundos de silencio por lo que Sonia intentó contemporizar para aplacar aquella deleznable tensión y minimizar con una respuesta intrascendente aquella pregunta retórica. —¡Dios proveerá, Cristina, dios proveerá! Pero Cristina y Jennifer no perdían ni una sola oportunidad de dar escape a su comprimida ansiedad creando con ello un ambiente hasta tal punto reiterado y sofocante que colmó el vaso de demasiados, entre ellos de Teresa que esta vez perdió la moderación y les espetó: —La verdad es que vuestra postura resulta cada vez más impertinente. Ya podíais daros cuenta de que estamos todos embarcados en el mismo viaje que, además de ser extraño, tiene algo de iniciático y mucho de fatídico. Mientras increpaba a las compañeras miraba de reojo al Xavi. Cristina se sintió insoportablemente aludida: —¡Lo que nos faltaba! —dijo en tono despectivo no exento de tufillo celoso –¡ya, hasta esta maruja se permite hacerme observaciones! Una eclosión de antipatía contenida a regañadientes afloró en masa para reprobar las palabras de Cristina. La pasión podría entrar por la puerta ancha como motor ineludible de aquella incipiente guerra. Pero Cristina no se achantó; estimulada por las palabras animosas de Jennifer, por la sonrisa cómplice de Salvador Valero y por su complejo de Eróstrato arengaba a sus incondicionales emulando poses de tribuna. Hasta que Bea, harta de tanta pamplina, las cortó finalmente con tono exabrupto que a algunos nos evocaba retóricas excesivas: —¿Se puede saber qué es lo que queréis? ¡No hay quien os aguante! ¿Aún no os habéis percatado de lo que nos está sucediendo? Ya va siendo hora de que os deis cuenta de que esta experiencia no va a quedarse en una anécdota, sino que se fijará en nuestra agenda como una fecha radicalmente distinta de cualquier otra. Todo el mundo se encuentra alguna vez ante su Rubicón y éste es el nuestro. Ya os podéis ir haciendo a la idea de que no todo va a salir a pedir de boca. Nos encontramos ante una experiencia sin referentes. Hemos sido desterrados, arrojados de nuestro paraíso; nos hemos quedado sin pasado y, a partir de ahora, cada uno tendrá que mirar hacia el futuro desde las propias circunstancias. Seremos lo que queramos y podamos ser. Más vale que tomemos conciencia de ello y que no nos equivoquemos. Cristina no confiaba tanto en sí misma como para continuar la discusión por esos derroteros por lo que prefirió zanjarla con un: “bueno, bueno, no estoy ahora para discursitos”. Salvador Valero sin embargo seguía erre que erre refunfuñando entre los suyos las mal trabadas razones que había oído a Cristina y a Jeni y que él utilizaba más como arma arrojadiza que como vehículo de comunicación. Bea, que conocía muy bien a sus interlocutores por haberse encontrado ya muchas veces en situaciones parecidas, calló aconsejada por la sabia ley que previene de no discutir con un imbécil porque parecerá que él tiene razón. Xavi se acercó a Bea y le susurró al oído alguna sutileza que, a juzgar por la cara que puso, la colmó de halagos a la par que disgustó a Cristina que observó de reojo y con ceño fruncido las deferencias del profe de teatro hacia su rival. Elías agudizaba sus inquietos ojos perfilados por unas cejas acomodaticias, fruncía el ceño mientras soterraba a duras penas la insoportable pulsión que su Tánatos enviaba al azogue de su alma y aireaba la nariz cuyo perfil aguileño traicionaba su pose de fingida serenidad. Luego chasqueaba la lengua para liberar adrenalina a la vez que revoloteaba por el grupo nervioso como remolino por las esquinas. A medida que avanzábamos por el camino predeterminado, el grupo se estiraba suspendido entre las prisas de los que se mueven por lo bueno por conocer y las pausas reticentes de los que se aferran a lo malo conocido. Seligrat, que parecía no tener prisa, se acercó a un tronco carcomido que destacaba al borde del camino y que estaba cercado por brotes de juncos, de espinos y de retamas, y mientras señalaba a las innumerables hormigas que se afanaban por los alrededores dijo parsimonioso: —Mira Blas, tenía razón Braulio; no estamos solos. Se acercaron todos para ver lo que señalaba y al cerciorarse del objeto de aquella consideración se decepcionaron ante lo que, a primera vista, les pareció insignificante. —¡Mirad, mirad, no os perdáis esta maravilla! Son seres reales que comparten nuestro espacio y nuestro tiempo, nuestras relaciones y nuestro ajetreo. En una palabra, viven. A través del silencio condensado por estas observaciones se oía el rumor del agua que repicaba por la torrentera. —Y, si además de vivir fuesen conscientes de ello —continuó en su reflexión —hasta podrían ser nuestras amigas. Imaginaos que en vez de tener la inquietante presunción de estar acompañados tuviésemos la angustiosa seguridad de estar solos. Entonces admiraríamos en su justa medida el maravilloso misterio de la existencia de estos bichitos. Todos guardamos un silencio que parecía otorgar. —Mirad, —decía Dani que hurgaba en el enorme montón de fusca –siempre me he preguntado si lo que existe de verdad son las hormigas o el hormiguero. —Lo que existe de verdad, y las que importan, son las hormigas —dogmatizó Elías. —el hormiguero es una idea, un conjunto de relaciones, una estructura, nada más. —Y nada menos —dijo Jesús Melgar en tono de réplica —sin un hormiguero no pueden llegar a existir las hormigas. A Dani se le pasó por la mente la proposición contraria, pero, en una afortunada intuición, descartó proponerla y menos aún defenderla. A Andrés, como no podía ser de otra manera, le había despertado la curiosidad aquel debate y dijo en tono docente y conciliador: —No sólo es real lo que perciben los sentidos; tan reales o más son las ideas que genera la mente. Es más, la gran diferencia, la sideral diferencia que separa al hombre del resto de los seres vivos tiene mucho que ver con esto. El hombre es capaz de extraer de los objetos su esencia, lo que los clásicos llamaron los universales, y a partir de ese momento toda su actividad teórica y práctica se encaminó a la persecución de lo mejor mientras disfrutaba de lo bueno. Mientras las golondrinas, por ejemplo, se empeñan inexorablemente en hacer sus nidos en los aleros de los tejados expuestos a las veleidades infantiles, los humanos fueron capaces de adaptar a su debido tiempo sus cobijos a las necesidades que imponían las circunstancias y así, precisamente por tener en cuenta este problema de los universales como plan general de actuación, hemos pasado de la caverna al palacio al ritmo de la realización de las ideas. —¿Entonces —preguntó Mónica con cara de interrogación —Existen las hormigas o los hormigueros? —Existe lo uno y lo otro, —le respondió Andrés. —Las hormigas como individuos y el hormiguero como categoría, así que los dos tenéis razón y razones. —Sí, —comentó Juan Ángel —pero creo que al principio de los tiempos era más importante el hormiguero, digamos la tribu, que la hormiga, que seríamos los individuos. Después, tras muchos siglos de progreso adecuado de la racionalidad, llegó un periodo en que el hombre llegó a ser un ejemplo para todo. Esa llama no pudo mantenerse encendida por mucho tiempo y durante otros mil años la oscuridad nos atrapó en la fusca del hormiguero hasta que, por fin, volvió a renacer el hombre a la luz de la razón y libre de las ataduras de la ignorancia. Me temo que ahora corren tiempos en que la viscosidad del hormiguero intenta atrapar al individuo en un laberinto del que cada día es más difícil salir. —En nuestro caso —apuntó Laura, —yo creo que, por ahora, es mejor que vayamos todos a una y que nos olvidemos de experimentos. Braulio, en un arranque de pragmatismo, dio por zanjado el asunto con un “primum vivere, deinde philosophare”; y al decirlo miró de reojo a Andrés e inmediatamente se puso en marcha impelido por esa cadaunada a la que uno suele tener derecho de vez en cuando. La mayoría de los suyos le siguieron sin más especulaciones; el líder había fijado la mirada en el horizonte y los demás le seguían en una fila apretada; para ellos todo estaba bastante claro. Los profes y sus incondicionales continuaron la marcha a un ritmo regular lo que pronto creó distintos pelotones cuya separación se acentuaba por momentos. Unos cuantos se rezagaban al ritmo de Cristina, esclava de sus circunstancias; o al ritmo de Sabrina, que actuaba más por simpatía que por convicción; al de Jennifer, que estaba allí como podía estar en otro sitio; al de el Graciosillo, que preferiría estar en otro sitio pero su orgullo era como un castigo que la amarraba a una roca no deseada; y al de Blas cuyas razones de su posicionamiento no eran otras que su gorra, su mochila, la cantimplora de su precavida mamá y el cayado de peregrino que se había agenciado en unas del último recodo, contra todo lo cual llevaba peleándose todo el camino. También estaban entre los rezagados, y no por casualidad, Javier Cuesta, que se sentía orgulloso con su condición de antagonista y Julio Izquierdo, que no podía estar en otro sitio. Al cabo de un buen rato Elías constató la excesiva distancia de los dos grupos y, sacudiendo toda su frustración, dijo: —¡Déjales que se vayan a la mierda! No nos hacen falta para nada. Ya ha quedado claro que no tienen ni idea de lo que quieren hacer. ¡Saca la petaca, Blas, que nos vamos a liar un pitillo! — ¡Ostras! ¡Como os vea el Atleta organiza una patrulla y regresa para subyugaros! —dijo Jennifer como quien no quiere ser cómplice de algo, pero vigilando el recodo por el que podrían concretarse las sospechas. Con todo se dispuso a liarle el cigarrillo a Elías: con un golpe en zigzag sacó del librillo un papel que acanaló en los dedos de la mano izquierda de la que colgaba la bolsita de combustible; con los dedos de la mano derecha extrajo varias veces picadillo de la bolsa y lo extendió cuidadosamente, como con mimo, sobre el papel, pasó la bolsa de hierbas a Blas y sujetó con firmeza el proyecto con el índice, el corazón y el pulgar de ambas manos; levantó la vista como para llamar la atención y, sin más preámbulo, giró reiteradamente adelante y atrás, y de dentro a fuera con una pericia de la que parecía sentirse orgullosa. Cuando creyó que el proyecto era viable, completó elegantemente el giro, ensalivó el extremo adherente y completó la obra con un “finis coronat opus”. Del bolsillo de su vaquero sacó su encendedor, que prendió con parsimonia, y acarició con la llama el extremo opuesto del cigarrillo. Después dio dos caladas voraces y se lo pasó al compañero con un “toma, Elías, relájate que no merece la pena enfadarse. No pasa nada, nunca pasa nada.” — ¡Ojalá pudiera, pero las frustraciones me vapulean sin tregua; olvidar es una manera de morir, ¡de aniquilarse! —Lía otro, Jeni, que con eso no tenemos ni para empezar —dijo Cristina mientras comprobaba que la mayoría se sumaba a la propuesta. —Ahora nuestro problema es de decisión —dijo Joaquina que empezaba a sentirse encorsetada en aquella situación —Hemos hecho un alto en el camino porque sí, para sosegarnos y para manifestar nuestra frustración, como dice Elías; pero tenemos que aprovechar este momento para decidir con sabiduría y no podemos dar la impresión de que nosotros también vamos sin rumbo, aunque así fuere; solo nos quedan dos alternativas: volver sobre nuestros pasos o seguir adelante. —Seamos realistas –dijo Dani —¿Volver...? ¿A dónde y a para qué? Sólo tenemos la Laguna y creo que no es alternativa. Aceptemos la situación y sigamos adelante aunque sea de mala gana, es otra manera de ir por la vida. El camino está predeterminado y el horizonte se extiende hasta el infinito. Siempre habrá camino por donde ir y horizonte hacia dónde mirar. — ¡Vale! —dijo Seligrat que excepcionalmente se mostraba condescendiente con alguna propuesta si no provenía de algún presunto o declarado opositor. —Sigamos adelante, pero vamos a conjurarnos para que nadie nos manipule, que aquí hay mucho ignorante y no hay nada más atrevido que la ignorancia. —Gracias, Seligrat, da gusto tener amigos como tú —se resignaba Blas. —Ya sabéis a quien me refiero. Si alguien no le para los pies a ese imbécil tendremos que hacerlo nosotros. —No te enfades, Elías —le dijo Sonia mimosa. —No estoy enfadado, estoy decidido a no aceptar imposiciones de nadie si no me parecen razonables. — ¿Eso de la razón y las luces no fue hace demasiados años? —bromeó Javier Cuesta mientras insinuaba con ironía su ocasional escepticismo. —Vale, pero no permitamos que nadie nos manipule. Por eso hay que conjurarse contra los necios –sentenció Elías mientras tendía la mano abierta a los más cercanos en señal de ratificación de un pacto. Completado el rito de consentimiento o de asentimiento, aunque sin demasiada euforia por parte de algunos, decidieron continuar el camino hacia un collado que dominaba el valle desde el que recibían señales de unos compañeros que parecían jugar a exploradores. Siguieron el camino del sol y del río hasta que llegaron a donde les esperaban, eso es al menos lo que dijeron, unos cuantos compañeros que, acompañados de Laly, se solazaban en un claro de la ribera donde una pequeña pradera vestía una tierna hierba recién triscada que estaba salpicada de florecillas silvestres de infinitos matices; unas calizas veteadas, mil veces pulidas por la constancia de la erosión, era el asiento adecuado para olvidarse de contingentes fatigas; las genistas de los aledaños lucían unos reventones zapatitos amarillos y, en el segundo ribazo, los brezos teñían de morado el cobrizo de las arcillas; más arriba, donde las zarzamoras acotaban el bosque, los avellanos y los servales y las hayas apuntaban con sus siluetas las crestas de las montañas que se recortaban en el cielo azul. Continuamos nuestro particular éxodo por el sendero que avanzaba valle abajo cincelando recodos de fertilidad. Cada dificultad del camino que superábamos, íbamos más ligeros de equipaje y más liberados de ataduras que hasta entonces nos habían anclado al pasado con la soga de la inercia. El valle se abría a medida que avanzábamos y se multiplicaban las veredas que serpeaban por los bordes de las arboledas, de las praderas y de los arroyos circundantes hasta que, por fin, confluían en una vasta llanura en cuyo centro destacaba una campera rodeada de unas suaves colinas que cerraban el círculo. En la falda de una de estas colinas emergía una enorme peña redonda semioculta entre unas frondosas hayas que la flanqueaban. David se dirigió decidido a explorar la cara sur y nos sorprendió con un “¡vaya cuevona que hay aquí!” Unos rayos del sol que llegaban del poniente doraban los líquenes de los bordes de la cueva lo que concitó la curiosidad de Sonia que enseguida intuyó que aquella cueva dorada podría ser un buen lugar para quedarnos. Todos nos acercamos para curiosear y enseguida intuimos que aquel era el lugar apropiado para acampar. A unos metros de aquel peñasco marcado por juncos y carquesias y disimulado entre brezos y retamas verdeaba un regato que delimitaba la pradera y que en su borde inferior se concretaba en un manantial cuyo arroyuelo atravesaba borboteando por toda la campera hasta anegarse en el Río Grande que abrazaba con un espectacular meandro una amplia vega antes de desembocar en lo que a primera vista parecía un lago y que a Seligrat se le antojaba el mar. A escasa distancia de la gruta y en provocadora soledad se erguía un majestuoso árbol al que se acercó Julio Izquierdo en actitud profesoral y, después de curiosear su tronco rugoso, sus ramas gruesas y sus hojas de borde aserrado, dijo mientras adoptaba la pose de don José Antonio Fajarnés González, el Profe de Naturales: —Es un olmo. Y Juan Ángel lo ratificó a la vez que apostillaba que, dada su frondosidad y su exuberancia mejor habría que llamarla olma y con la Olma se quedó. La verdad es que su alineación con la gruta y el lago, y su situación privilegiada en medio de aquella pradera lo señalaban como un lugar especialmente significativo. Don Andrés, tal vez por afianzar su rol y adoptando un inusual tono profético, dijo: —¡Eureka! Y por la solemnidad del tono y los ademanes triunfalistas de los próximos entendimos que habíamos llegado al lugar que, en principio, suscitaba el consenso. El cansancio y la panorámica ratificaron la decisión. Cada uno buscó su lugar adecuado y trató de acomodarse lo mejor posible aconsejado por la experiencia previa. Braulio, el Atleta, eligió un lugar prominente e invitó a los profes a que lo ocuparan. Rubricó la toma de posesión arrojando su mochila con gesto decidido en un lugar contiguo a la retaguardia. Teresa, siempre intuitiva ella, miró disimuladamente a Xavi y, presumiendo de su beneplácito, dejó su mochilita en las inmediaciones a la vez que decía: “yo me pongo aquí, que parece un lugar bastante seguro y protegido”. Elías la echó una mirada digna de un tratado de psicología, miró inquisitivo a sus incondicionales y, después de recoger su mochila, les hizo un incoativo gesto de movimiento dirigiéndose decidido hacia la zona marginal sur de la campera donde se abría un claro rodeado de arbustos. Se diría que se distanciaba preventivamente del Atleta, de Teresa, de Xavi, de Laly y de todo lo que representara un límite a la libérrima expresión de su resentido ego. Sorprendido comprobó que sólo le siguieron decididamente Cristina, Sabrina, Jeni y Edu; el Graciosillo se sumó por contigüidad, ya que en aquel preciso momento compartía con ellos circunstancias y no hubiera quedado bien un gesto de deserción que hubiera molestado a unos pocos y no hubiera sido agradecido por nadie, así que, con un “yo me voy con los marginales”, se sumó al grupillo a la vez que alegaba como pretexto que la sombra de los árboles frondosos es traicionera; pero para sus adentros se prometió que la casualidad no debería ser en adelante la que determinase sus decisiones. Algunos, que se sintieron próximos en el contexto pero no en la situación, prefirieron permanecer estáticos en su indecisión en la esperanza de que el fugaz paso del tiempo superase, como siempre viene a suceder, las inconveniencias del momento. Los demás ocuparon poco a poco un lugar calculadamente aleatorio: Unos eligieron la tranquilidad de la periferia aún a riesgo de perder seguridad, otros prefirieron la seguridad del centro conscientes de que con ello hipotecaban la intimidad. Y los indecisos quedaron atrapados en el dudoso “in medio consistit virtus” pero, a la postre, todos parecían satisfechos aunque añorasen vecindades imposibles. Por allí estaban, Isabel Latorre, Pedro López y Cosme entre otros. Pasados estos primeros momentos de la acampada, Rosaura, Carolina, Isabel Latorre, Ángel Escribano y algunos otros que se habían asentado a la sombra de un fresno cercano al manantial, comenzaron a tararear una canción cuya música a todos nos sonaba aunque ignorábamos su letra. Sus cálidas voces invitaron a los melómanos a que se sumaran en aceptable armonía y, poco a poco, la campa palpitó en una especial sintonía que cautivó la atención de todos de modo que le arrancó a Juan Ángel un espontáneo “donde hay música no puede haber cosa mala”. Poco a poco se apoderó de nosotros la sensación del deber cumplido y comenzamos a perder el tiempo con apacible fruición mientras recordábamos las vicisitudes con que nos habían sorprendido aquellas jornadas copiosas en sensaciones. Todos teníamos algo que comentar pero se impuso la locuacidad de David, el Graciosillo, que, como de costumbre, encontraba la oportunidad de formular sus observaciones perfilando entre bromas y veras la psicología de cada compañero. Entonces no nos percatamos de lo decisivas que iban a ser estas manifestaciones lúdicas para fijar la personalidad que los otros nos atribuirían independientemente de la que nosotros inhibíamos, exhibíamos o cohibíamos, según las circunstancias. Aquel podríamos llamarle el juego de la fama. La humedad que surgía del lago cercano nos anquilosaba progresivamente de tal modo que a medida que caía la tarde nos quedaron las fuerzas justas para recoger un poco de leña con que templar el ambiente y poder acurrucarnos en el regazo del grupo mientras nos aposentábamos en la provisionalidad dejando para el mañana lo que malamente hubiéramos podido hacer aquel hoy. Los pocos que quedaban aún rezagados en su indecisión terminaron por convertir aquella cueva dorada y la penumbra que proyectaban las ramas de la Olma en su refugio provisional. El rumor menguaba a ritmo de crepúsculo hasta que el silencio se adueñó de la Campa y nos regaló un profundo y reconfortante sopor.
Los días siguientes nos regalaron amaneceres con los que no se podía coexistir ni aún parapetados en la coraza de la indiferencia. Nos hubiéramos quedado extasiados en la contemplación de lo inefable y prendados en el énfasis de su expresión pero, dadas las circunstancias, aquellos no eran días apropiados para la contemplación y la delectación sino para la acción y había que aplicar el ingenio a la curiosidad y comenzar la tarea de acampar. Exploramos las inmediaciones y tomamos posesión de nuestras circunstancias: laderas soleadas que daban la espalda a las inclemencias del cierzo, tentadores praderas que se asomaban al espejo del río, terrazas abrigadas que dominaban retazos de vega desde las atalayas del atardecer…, nos brindaban la oportunidad de un asentamiento en ciernes; unas lascas de pizarra arrancadas por las inclemencias del tiempo y pulidas en el fondo de los arroyos, unas ramas de salguera de distintos tamaños entrelazadas con los arbustos o con los troncos de los árboles muertos que nos circundaban, unos cañizos cosidos a cortezas de abedul en los hastiales…, estructuraron nuestras chabolas que día tras día se ganaban la denominación de chozas; los brazados de genistas, de carquesias y de helechos aportados por los que destacaban más por la maña que la fuerza, las gavillas de gramíneas arrancadas en los linderos cercanos y convertidas con sorprendente habilidad en colmos para techar mediante ingeniosas ataduras con juncos encordados, el ingenio acrisolado tras miles de años de experiencia superando necesidades…, cubrieron con una cortina psicológica y física las vergüenzas que la cultura asocia a la intimidad. Y en estos quehaceres cotidianos cada uno se inventaba su propio espacio que le individualizaba respecto del grupo. La ropa que cada uno había utilizado hasta entonces como máscara para creerse único comenzaba a caerse a jirones y evidenciaba la cal y la arena de las apariencias. Las chicas hacían discretos apartes donde trataban temas normalmente relacionados con el sexo ya que estos temas cobraban cada día más importancia porque cualquiera podía intuir que ese sería uno de los motores de toda nuestra actividad. Era necesario ponderar la revolución que con aquella nueva situación se les venía encima y tendrían que servirse del gran caudal que aporta la intuición femenina para nadar vacilantes entre el freno del rubor y el acelerador de la osadía. El Graciosillo, cuando se percató del dilema femenino, bromeó entre los suyos: —¡Cuanto más canónicas tengan las tetas menos reticencias tendrán para mostrarlas! La desafortunada observación, merecedora de algún que otro reproche, esta vez se saldó sólo con unas sonrisas cómplices.
En aquel momento nadie sintió la necesidad de mandar o de ser mandado: ni la responsabilidad de Andrés ni la intuición femenina de Laly ni la prudencia de los más sabios ni la osadía de los ignorantes se atrevieron a enmendar los insondables designios de la naturaleza. Tiempo habría de reencarnar a los dioses del Olimpo y hacerlos bajar a la tierra revestidos de mito, de religión, de filosofía o de ciencia, pero eso, cuando se hicieran imprescindibles para explicar lo inexplicable. Intuíamos que aquello era el principio de una apasionante historia por lo que nos dejamos arrastrar por un código ancestral que perfilaba las relaciones y reforzaba las alianzas previas de modo que obviamos la agrupación lógica, la ideal y hasta la aleatoria y nos dejamos arrastrar por la incierta casualidad que se imponía al ritmo de algunos esporádicos profetas del ¡dios proveerá! En los días sucesivos la ocupación se convirtió en costumbre y todos nos implicamos en la aventura de reinventarnos mientras bullíamos en las circunstancias espaciotemporales que la naturaleza impone a la incubación de cualquiera de sus proyectos.
Las primeras chozas las hicimos por necesidad; las mejoras, las completábamos por placer o por conveniencia y así, acondicionamos la Cuevadorada, así nos referíamos ya a ella, con lanchas y troncos que nos servían de asientos para pasar cómodamente junto al fuego el tiempo libre de los días desapacibles, cortamos los arbustos y la maleza de la campera contigua para practicar deportes, marcamos y arreglamos los caminos que comunicaban las distintas estancias del poblado y arreglamos en horas extras las chozas de los Profes y las orillas del riachuelo, cerca de la choza de Pascual Márquez y María Pozo, donde solíamos arreglar el mundo y donde solíamos coincidir todos antes de comenzar actos comunes. David había comenzado a llamar a aquel lugar el Ágora. Con el paso de los días el valle se vestía con un manto cuajado de todo lujo de embriagadores estímulos sensoriales. Los primeros rayos de luz desvelaban un paisaje salpicado de efímeras flores cuya fragancia y color premiaban la sensibilidad de los madrugadores. Una creciente sinfonía de inauditos trinos nos invitaba a participar en aquel armonioso bullicio. Al salir el sol y poco antes de su ocaso se podían observar en los bordes de la pradera una gran variedad de animales de distinta forma y tamaño que carreteaban entre los arbustos participando en los juegos del Eros y del Tánatos. Los más grandes, a los que Juan Ángel denominó con el genérico de venados, nos proporcionaban un espectáculo digno del gran teatro del mundo. Muchos días acudíamos al atardecer a contemplar aquellos maravillosos juegos que con frecuencia terminaban en paradas. Algunos machos que, además de estar dotados de una destacable cornamenta alardeaban de ella con la osadía de su juventud, merodeaban por la periferia haciendo rápidas incursiones hacia las hembras más exuberantes protegidas con gran celo por el macho dominante que babeaba entre sofoco y sofoco persiguiendo a los intrusos y desbravando mientras corneaba a diestro y siniestro los matojos circundantes para defender su territorio. A pesar de su creciente excitación no podía evitar que de vez en cuando alguno de sus contrincantes le plantase cara en accidentales encontronazos, o alcanzara alguna hembra que se había hecho intencionadamente la remolona con lo que, ambos, conseguían el anhelado premio de consolación sin poder evitarle al macho alfa la traidora puñalada colateral que la ironía de Seligrat sentenciaba con un oportuno “cornadas da la vida”. De entre todos estos ejemplares que compartían nuestro entorno los había desconfiados y huidizos que preferían lo más intrincado de la maleza para vigilar, “auribus arrectis, a sus predadores y a sus presas. Otros, menos suspicaces, toleraban las distancias cortas con precaución permitiendo la proximidad de los extraños de tal modo que terminaron por acercar la testuz, confiados y sumisos, a las caricias de las manos amigas y aceptar, como mal menor, el predicamento de animal de compañía. Con la costumbre consintieron el manoseo de sus ubres de donde la curiosidad de Sonia y de Joaquina, la pericia de Mónica y la colaboración de las tres obtenían rica leche que fue completando nuestra escasa dieta de subsistencia.
Las mujeres fueron las primeras que se dieron cuenta de la utilidad de muchos de aquellos animales que compartían nuestro espacio y las primeras que se pusieron manos a la obra en esa tarea de domesticarlos para aprovechar todas sus posibilidades: animaban a las gallinas a poner sus huevos en cómodos ponederos a los que tenían fácil acceso para cobrarse el tributo de su protección y ayudaban a incubar a las cluecas que después alegraban los alrededores con polladas variopintas. Observaban las huras de las truchas para indicarle después a Cosme y a Ángel de dónde podía sacar unas buenas piezas, y estas pequeñas ocupaciones cotidianas justificaban los merecidos descansos con que todos nos agasajábamos al caer la tarde, algunos con excesiva aplicación. Cazaban perdices poniendo trampas en los senderos por los que peonaban y cataban la miel que los enjambres de abejas creían haber puesto a buen recaudo. Algunas veces, cuando alguien expresaba satisfacción por el provecho que nos proporcionaban estas actividades o mostraba reticencias con la monserga de que depredábamos la naturaleza, Seligrat miraba a los profes, especialmente a Laly, su profesora de latín, y declamaba solemnemente: “Sic vos non vobis nidificatis, aves…” Y Lali le seguía el juego con aquel texto comentado en clase: “Sic vos non vobis vellera fertis oves…” Elías entonces se envalentonaba y, para sorpresa de la propia profesora y de todos los presentes, seguía el juego: “Sic vos non vobis melifficatis, apes…” Y remataba Laly con el: “Sic vos non vobis aratra fertis boves…” Este juego era posible por la acertada decisión de Laly de premiar a sus alumnos con un plus de medio punto a quien añadiera en los exámenes algún fragmento significativo de los poemas que comentábamos en clase y que ella, con buen criterio, creía que merecía la pena que fuesen memorizados. Un día en que Dani y Eduardo intentaron con ingeniosas artimañas uncir un burro viejo que siempre andaba pastando por los alrededores de la Campa para aprovechar su fuerza y acercar un enorme tronco que sirviera de puente para atravesar el arroyo, Isabel Latorre criticó el uso, abuso decía ella, de los animales en nuestro provecho; ante lo cual Seligrat tiró de sorna y sentenció: “¡ah, pues que hubiera nacido obispo”! En aquellos entretenimientos, fruto la mayor parte de las veces de la casualidad y del ingenio, se acrisolaban las relaciones humanas y se aprovechaba el tiempo del ocio en cosas útiles, aunque cualquiera podía constatar que no todos los juegos que nos ocupaban eran tan inocentes. Laly empezó pronto a preocuparse especialmente por las parejas aficionadas a los arrabales, cuyo número crecía de día en día y cuyas consecuencias comenzarían a hacerse patentes en breve, y, atrapada en una espiral obsesiva, no podía eludir el tema en las charlas que entretenían sus paseos con Andrés a quien contagiaba de sus preocupaciones. —Creo que podemos hacer muy poco a este respecto —le decía Andrés mirándola fijamente a los ojos una tarde en que la primavera dejaba patente que jugaba en campo propio. —Están atreviéndose a pensar por su cuenta y se sienten dueños de su destino. Ahora inexorablemente nos atendremos a los hechos. Reescribirán su historia amarrados a los dictados de sus circunstancias y nosotros tenemos que formar parte de ella. Con todas aquellas observaciones que nos ofrecía la escuela de la vida aprendíamos a derribar prejuicios, a ordenar ideas y a argumentar a nuestra manera, aunque apoyados en la cimbra de la lógica. —“… Secundum propriam virtutem”? —repetía con frecuencia Seligrat mirando a Laly, a la vez que el Profe ratificaba la idea recordando a Protágoras y su “el hombre es la medida de todas las cosas”.
La cotidiana observación de aquel espectáculo terminó por convertirse en la distracción preferida de todos hasta tal punto que algunas tardes, cuando el ocaso llamaba con los nudillos de la niebla a las puertas de la nostalgia y se hacía propicia la hora de la comunicación, David, el Graciosillo, recreaba fábulas prestadas por la tradición literaria, pero de sorprendente actualidad, que eran dramatizadas con ingenio y picardía por los de teatro animados por Xavi. En aquel rincón del Ágora, gracias a estas improvisadas escenografías, surgía con frecuencia la chispa que encendía el fuego en que la naturaleza se mitificaba a través del arte. Un día comenzó a imitar magistralmente el tono, los gestos y las actitudes del Profe de Ciencias: “Vamos a ver cómo está hoy la pecera”, decía mientras miraba a todos sin focalizar a nadie, “¡hum...!, ¡A ver a quien le pongo hoy un rosco…!, ¡no…!, ¡no…!, ¡no…!” y hacía como si deslizara la mirada por una lista imaginaria hasta que, de repente, se volvía sobre sus pasos y señalaba, como al azar, al primero que veía que, como casi siempre, resultaba ser Blasillo, quien fingió cara de disgusto y siguió la corriente con un “jo, otra vez a mi, profe”. Entonces David se hizo el interesante con un “¡Te he pillado, Bascuñana, te he pillado…!”. Y todos reían las gracias del compañero bufón. La actuación de aquel día resultó un éxito al decir de todos así que, con relativa frecuencia que a él nunca le pareció excesiva, y motivado con la progresiva incorporación a las representaciones de nuevos compañeros voluntariosos, entretenía tarde a tarde el ocio de la mayoría y enriquecía sus sucesivas veladas con la aparición de sorprendentes personajes tópicos que pululaban por la escena concitando sonrisas y sembrando catarsis. David era un especialista en caracterizarlos: aparecía una mujer casquivana, rompedora y algo bobalicona que presumía de lo mucho que poseía a la vez que evidenciaba otro tanto de lo que carecía. En cuanto entraba en escena algunos curiosos cuchicheaban. A Teresa no le hacía demasiada gracia aquel personaje. También desfilaba frecuentemente por la escena un tipo de gesto adusto que se expresaba en un lenguaje excesivamente articulado y amenazante y que cruzaba el escenario con movimientos robotizados y repetía sin ton ni son “esto lo arreglaba yo…”. Durante sus apariciones el público se enardecía con facilidad y a veces le convertían en un pin pan pum al que le obsequiaban con los más sorprendentes y variados despojos. El contrapunto lo ponía una jovencita presumida que erotizaba la representación y tonificaba el humor de los espectadores. Zascandileaba por todo el escenario distrayendo al personal con insinuaciones que sacudían la indiferencia, y sus mutis nunca eran definitivos pues se retiraba a un aparte delimitado por unas ramas encubridoras donde, a la escasa luz de unos tizones mortecinos avivados de vez en cuando con unos brazados de genistas y en la penumbra de unas teas de brezo colocadas en rincones estratégicos, se vislumbraban siluetas en movimientos provocadores. Aquellas procacidades eran la alegría de unos, la vergüenza de otros y una línea roja para los intransigentes. Otro día apareció en el escenario esta desdichada señorita con la mano en el regazo dramatizando su desgracia por las cuatro esquinas y excusando su estado con cien lamentos que hacían reír a unos, indignaban a otros y prevenían a todos. Al escenario se sumaban paulatinamente varios personajes que sucesivamente ocultaban a la protagonista, la señalaban, la consolaban…algunas le ofrecían, como a hurtadillas, tarritos de ungüentos o bolsitas de hierbas mientras ella se debatía expectante en el fiel de una alternativa que se balanceaba entre el sí y el no. De repente se acentuaban los lamentos y se aceleraban los movimientos, y mientras esto sucedía en el centro de la escena, por los rincones del escenario aparecían y desaparecían personajes que, sin decir palabra, movían la mano con el índice extendido en gesto admonitorio y provocaban en los espectadores la catarsis de la tragedia, la sonrisa de la comedia o la carcajada del esperpento según las circunstancias; y, por supuesto, aportando la imprescindible cohesión a la trama, siempre aparecían por allí muchas Beas, providenciales y omnipresentes Beas. De vez en cuando, desde las alturas, hablaba un ser incógnito con un lenguaje críptico, hermético, cuyo significado sólo podía ser intuido. Esta voz misteriosa, impostada espectacularmente por Blasillo desde un hueco de la roca, era ritmada magistralmente por la percusión de improvisados bastones de haya seca seleccionados ad hoc por Tinines. Este espectáculo, que cobraba mayor importancia cuando había luna llena, era a menudo el colofón de una cena aderezada con esmero por todos los que se sentían a gusto entre los fogones, y se convertía con frecuencia en el preludio de algunos juegos de la indiscreción. Alguien le preguntó en cierta ocasión a David por la ausencia en las escenas de un remedo de don Andrés y entonces él se puso serio, controló por unos segundos su espontáneo recurso a la comicidad, adoptó un gesto formal y encogiéndose de hombros en señal de suspensión se disculpó con un: —En algún punto había que fijar el límite de la autocensura. De aquellos juegos que vivíamos en aquellas inolvidables tardes todos salíamos más arraigados en la imperiosa naturaleza que nos rodeaba, más sumergidos en los ritos que en el subconsciente compartíamos con el mundo de nuestro entorno, más confirmados en la esencia de nuestra existencia. A partir de entonces aquel rincón de la Campa comenzó a ser referente para la creación de metáforas y de connotaciones con las que se sublimaban realidades y denotaciones que la rutina había convertido en insignificantes y anodinas. Desde entonces comenzamos a atribuirnos unos a otros, por presencia o por ausencia, cualidades y actitudes observadas en aquel lugar, y aquel inexorable bautismo comenzaba a ser la confirmación de nuestra identidad individual y colectiva. Pero todavía la inercia de la pesada tradición lastraba, ineludible, la imparable rueda de la vida. Después de unas cuantas veladas seguía sin quedarnos claro cuál era nuestra realidad, si lo que pasaba por nuestra mente, las mascaradas representadas en el escenario o las vivencias de primera, segunda o tercera persona que salpicaban el entorno al atardecer. Y a medida que pasaban los días entretenidos en estos juegos se notaba que, al atardecer, una gran parte de la tribu se sumergía en un estado que Andrés no dudó en calificar de eufórico. La escasez de alimentos sólidos unido al abundante consumo de una gran variedad de frutas que fermentaban en provisionales despensas, sin olvidar las infusiones y las inhalaciones y otras hierbas que preparaban los aprendices de químico o los experimentos con las bolitas del tejo cuyo consumo aconsejaban algunos, pudieran ser la causa de este nuevo sorprendente estado. Los más osados se dejaban arrastrar por la inercia de estos caudalosos ríos de pasión; otros trataban de nadar contra corriente anclados en el fondo de irracionales prejuicios y unos pocos, desde púlpitos periféricos, se convirtieron en recalcitrantes agoreros de amenazas inconcretas que salmodiaba Avelino Arjona por la penumbra de las inmediaciones: —¡Se aproxima el tiempo de la cosecha y más de uno se verá con las manos vacías! ¡Entonces ya no servirá de nada lamentarse! ¡Volved a la senda de la verdad! Pero no sabíamos o no queríamos saber si las voces de Arjona eran las de un personaje más de la comedia o las de nuestra conciencia.
Por las mañanas de nuevo nos acuciaba la necesidad de manifestarnos tal como debíamos ser y afrontábamos las rutinas cotidianas con el afán de atrapar la ilusa utopía que acompaña a la juventud; pero al atardecer volvíamos a sucumbir en los tentadores hechizos de las propuestas de los acólitos y los sacerdotes de Baco que nos invitaban a recorrer los caminos de la confusa alienación que conduce inexorablemente al regazo onírico del reino de Morfeo, sobre todo desde que Pascual Márquez y María Pozo improvisaran, bajo la chopa que equidistaba de su casa y el río donde nos solíamos reunir, una chocita con cuatro palos mal atados donde colgaron, escrito a tizón y con primor caligráfico, sobre una tela que aireaba a los cuatro vientos a modo de bandera, la leyenda “Riauiau”. Desde entonces todos y cada uno acudíamos en uno u otro momento a aquel improvisado tenderete donde tergiversábamos con sorprendente frecuencia las experiencias que acarreábamos en las alforjas de nuestras vidas. Una de esas tardes en que la naturaleza derramaba sus tentadores halagos por los perfiles curvos de los sentidos, y el reino de la hiperestesia, aliado del de las sombras, reconquistaba los exuberantes valles de los caprichos perdidos en los silogismos de la razón, Seligrat y Xavi se hacían destacar entre el resto de un grupo mientras charlaban de temas diversos sentados en la campera a la sombra de la chopa que vigilaba las inmediaciones del Riauriau. —¡No sé qué vamos a hacer con esta concupiscencia! —Rezongaba irónicamente el alumno con intención de provocar el debate. —Habrá que aprender a controlarse e imitar a los ascetas —dijo Xavi siguiéndole el juego. —“Nunca son ermitaños sino viejos de cien años” ¿recuerdas? — ¡Bravo, Seligrat,¡ ¡tengo que felicitarte por la oportunidad de la cita¡ —Sí, pero con metáforas solo se calma la ansiedad estética, que no la vital… Nadie puede poner puertas al campo —prosiguió tras unos segundos de silencio. —Pero, por lo que presumo, tú ya tienes asumido que “el hombre es una pasión inútil”. —¡Pues que viva la pasión, que por inútil que sea, seguirá siendo un animado motor de la historia! La conversación, que para obviar referencias ad hominem se diluía en la impersonalidad de los proverbios y convertía en argumentos de autoridad lo que pudiera parecer alienación de citas, se animaba por momentos de modo que enseguida se formaba un corrillo que solemnizaba el debate. Laly se acercó disimuladamente a Andrés a quien dirigía discretas miradas interrogativas, pero éste sólo observaba, con lo que ponía a prueba los nervios de muchos. Sabía que su presencia aconsejaría la prudencia suficiente para mantener el debate en los límites de lo razonable pero no quería marcar el camino ni con la manipulación del dominio despótico ni con las sutilezas del dominio político. Prefería que todos participasen en el juego de la libertad en igualdad de condiciones a sabiendas de que el timón solo lo llevan los pilotos. El Atleta se dejaba ver por los alrededores sin perder la oportunidad de exhibir gestos estratégicos que algunos sospechaban intimidatorios. Pero Seligrat seguía con sus peros: —Cuando al atardecer curioseamos nuestro entorno, al constatar que todo se deja arrastrar por la formidable fuerza de la naturaleza, no puedo por menos de exclamar con aquel poeta que soliloquiaba contra el determinismo fatalista: “¿ y yo, con mejor instinto, tengo menos libertad ?” —Por suerte o por desgracia los animales sólo tienen entorno; nosotros tenemos, además, mundo, y se rige por unas normas —le contestó Xavi. —Yo creo que ha llegado el momento de cambiarlas. Un discreto aldabonazo picó las puertas de la curiosidad de algunos de los presentes. El Profe de Teatro siguió el juego: —Pero hay que dar tiempo al tiempo. Los cambios llegan a lomos de las crisis y no de los deseos. La naturaleza solo reacciona cuando es acuciada por la necesidad y por ahora no se puede decir que estemos acuciados. —¡Bien se nota que vives en otro mundo! ¡Yo sí estoy en crisis, y debías preguntarle también a Cristina; a Blasillo, ¡a Jennifer o a Isabel y a tantos otros que sienten y padecen! Nosotros hemos sido arrojados a estas circunstancias, no las hemos elegido. Dejadnos que seamos también nosotros los que decidamos cómo queremos vivirla. Vosotros vividla a vuestro antojo pero no nos obliguéis a los demás a hacerlo a hurtadillas y sumidos en extraños complejos de culpa. Una parte importante de lo que somos y seremos se hace realidad en los paseos que al atardecer disfrutamos por las orillas del Rivero. Pero vosotros seguís en vuestras trece y no queréis ver más allá de vuestras orejeras. Acompañadnos en este sorprendente paseo y os impregnaréis de realidad. Guardó unos segundos de silencio y tendió sobre sus compañeros una mirada adornada con flecos de simpatía antes de concluir: —El problema de algunos es que tendéis a ordenar la vida de los demás acompasándola al ritmo de vuestras urgencias. La brisa que trepaba por la ribera multiplicó por el entorno mil sensaciones dispersas a cuyo deleite se sumaban el resto de los seres vivos. El Profe, para rehuir la polarización, trató de poner punto y aparte a aquel asunto y añadió: —No olvides que estamos todos en el mismo barco. —Pero donde hay patrón no manda marinero…, a no ser que estalle una rebelión a bordo —remachó Seligrat dispuesto a no dejarse convencer y sobre todo resuelto a no dejarse vencer. Estas palabras sonaron algo provocadoras a los oídos de algunos por lo que el Atleta creyó oportuno intervenir: —¡Pues la mayoría de los que estamos aquí no estamos en crisis y tu problema es que eres demasiado consentidor con tus pensamientos, claudicante con tu imaginación y complaciente con tus deseos, y tú y algunos otros pasáis demasiado tiempo emboscados tras vuestros matorrales en vez de dedicaros a apoyar el hombro! Seligrat, indignado por aquella inoportuna observación, cuchicheó para los suyos: “Habló el buey y dijo ¡mú!”. Y con tono decidido añadió: —¡Lo que nos faltaba, la ignorancia moviendo a un osado a fiscalizar interioridades!, ¡Ni la Iglesia se hubiera atrevido a tanto! —y concluyó tajante —sólo merecen ser libres los que luchan por la libertad. Los robots, las bestias y los imbéciles se limitan a perseguir quimeras. En el expectante silencio que siguió a aquel ocasional envite se acentuó, desafiante, el croar de las ranas, pero el oportuno mutis de los antagonistas, aconsejado por la súbita inflación escénica y por la providencial intervención de Laly, que acariciaba con palabras equidistantes y cuajadas de simpatía el escamoso ego de los dos contendientes, diluyó la polémica.
Capítulo 6
Los nombres a las cosas
Poco a poco conseguimos equilibrar el tiempo dedicado al ocio con el dedicado al no ocio, al que Blasillo, en otro alarde léxico-maníaco y con frase prestada, se refería como negocio destacando más el carácter de realización que el de castigo. El mejor premio que recibíamos al final de cada jornada era la satisfacción de sentirnos inmersos en aquellos improvisados juegos que nos reunían en medio de la pradera en aquel lugar al que ya todos nos referíamos, algunos aún cierta sorna, como el Ágora. Allí inventábamos la convivencia: Nos domesticábamos en torno a la hoguera del campamento, nos socializábamos en la fructífera colaboración, nos civilizábamos en las inevitables confrontaciones, nos embelesábamos en la contemplación de la belleza estática y dinámica. Nos manipulábamos en el juego del roll de las murmuraciones. Nos culturizábamos en una liberadora alienación de las fabulaciones de Blasillo. —¡Nos educamos! —repetía con frecuencia Andrés que aprovechaba cualquier ocasión que le brindasen las circunstancias para recordarnos que aún teníamos que proveernos de báculos adecuados para recorrer nuestro particular viaje. Una de esas tardes Andrés, nuestro profe de lengua, supongo que para distraernos de intuidas acritudes esporádicas, nos propuso jugar, como el Dios del Génesis, a dar nombre a las cosas para ordenar aquel nuevo mundo y así surgió una nueva ocasión propicia para mostrar ingenio y saberes. Teresa, un poco ilusa ella, fue la primera en proponer a voleo nombres como Paraíso y Edén para el lugar en que nos habíamos asentado, pero su propuesta fue ninguneada por los que, presumiendo de connotaciones cultas, optaban por nombres con reminiscencias clásicas, como Arcadia u Olimpia, y no faltaron quienes, actuando a la contra, hablaban de Termópilas o de Limbo. Bea, creo que con buen criterio, objetaba que dar nombre a las cosas es una tarea demasiado importante como para improvisarla por lo que aconsejaba que fuese el acontecer diario y la paciente incubación la que orientara esta tarea y no la intuición más o menos afortunada de osados aprendices revestidos de presuntos maestros. El tiempo y las circunstancias fijarían los nombres más apropiados y limpiarían algunas propuestas de los escombros inútiles. Por lo pronto se podrían generalizar nombres que se estaban consolidando por el acierto de su creación o por la reiteración del uso, tales como la Campa para el lugar donde nos habíamos asentado definitivamente; el Ágora, para el entorno de la Olma donde jugábamos a dialogar y, a veces, hasta dialogábamos. El Salorio, para el punto en que comenzamos nuestro periplo y donde el sol disipaba la niebla al amanecer. Joaquina propuso el de el Soto para el prado donde había unos nidos que pudieran ser de cigüeña, y Elías, el de Pozo de Laly para rememorar el erotismo del día de los paños mojados. También se estaba generalizando el nombre de el Montecino para las crestas calizas por donde se ponía el sol. Día tras día aumentaban las razones para la designación y poco a poco descartamos la grandilocuencia en aras del pragmatismo. Recuerdo un día en que, por insinuación de Xavi y por consenso de todos, acordamos el nombre de El Valle para denominar los prados que abarcaban nuestras miradas: Un lindero de frambuesas y de moras que perfilaba el contorno con precisión de delineante. Dos anchas planicies onduladas, cortadas a lo largo por un río precipitado pero contenido. Tres hileras sucesivas de ceresuelas, de salgueras y de juncos que escoltaban los humedales de los regatos. Varias ondulaciones caprichosas del verde recreadas en la paleta del sol y de la brisa. Bandadas de grajos y de estorninos cuyos graznidos matizaban el silencio del atardecer. Inmenso tapiz de infinitas florecillas libadas por enjambres de insectos. Rebaños de herbívoros pastando al atardecer. Aquel era, sin duda, el Valle por antonomasia. También quedó aceptado sin reticencias el nombre de El Arroyal para el riachuelo que arrastraba el argayo que arrancaba en las barrisqueras de la ladera occidental de Ventanilla, donde crecen las gayubas cuyos frutos rojos y acaramelados hacen las delicias de las totovías. Y así seguimos jugando a verbalizar lugares y circunstancias y consensuamos a modo de corolario otros topónimos que imponía la evidencia: las dos depresiones que formaban las montañas circundantes hasta reclinarse suavemente en las praderas que abrazaban el Lago y donde comenzaban los arándanos las llamaríamos respectivamente Valmedián, por tener todo lo que hay que tener menos lo excepcional, y la Valleja, por insignificante, impersonal e inadvertida; y, puestos a completar aquel campo, Ángel Escribano propuso el nombre de Valderinas y de las Regueras para designar el conjunto de ondulaciones de la montaña opuesta que se veía rayada de torrentes y arroyos disimulados entre brezos y genistas. Con un procedimiento semejante se generalizaron los nombres de Valdelafuente, manantial a la orilla del camino; Valdemorís, un vasto prado salpicado de mureras delatoras de la presencia de ratones y topillos; Valdegrullas donde se reunían algunas bandadas de aves antes de comenzar la emigración. Además ratificamos los nombres que ya habíamos fijado y así se generalizó también el topónimo de El Ejido para referirnos al punto cardinal por el que habíamos accedido y que a todas luces era un lugar por el que no teníamos querencia. El Tejar, promontorio salpicado de enebros y de tejos desde el que se divisaba un espectacular paisaje y al que se habían aficionado Elías y Jesús Melgar, de donde, según decían las lenguas afiladas, algunas tardes regresaban algo transfigurados. Paulatinamente fueron consolidándose nombres advenidos por razones sociales, psicológicas, eufemísticas, populares, contextuales y también lingüísticas. Seligrat le dijo al Atleta que tendría que hincar los codos para buscar nombres apropiados para designar lugares prohibidos: —¡Sí hombre, ya sabes! —le decía con cierta retranca —coges el alfa privativa y cuatro sufijos negativos y ¡a prohibir! A unos se les dan bien unas cosas y a otros, otras; ya sabes: ni todo el mundo para vendimiar ni todos para hacer cestos. Y Braulio guardaba en su interior todas aquellas ofensas. David, con cierta sorna, había bautizado el lugar donde quitábamos la galbana que nos adormilaba después de comer con el nombre de el Sestil de las Camperas. Un roble centenario que proyectaba su sombra sobre el césped del septentrión velaba nuestro sopor. Pronto sentimos la necesidad de secuenciar el tiempo y nos pusimos manos a la obra. La idea surgió porque un día, inesperadamente, dejó de funcionar el reloj multifunción de Blasillo. Hasta aquel momento seguíamos sincronizándonos por nuestros relojes de pulsera, algunos de los cuales seguían por inercia en nuestra muñeca y otros ya habían pasado a las repisas del porsiacaso, pero tanto a unos como a otros ya les quedaba muy poco para pasar al rincón del olvido. De todos los modos ya llevábamos algún tiempo contando las horas por aproximación: …al amanecer, …al atardecer, …al mediodía, visto lo cual, Bea, creo que la iniciativa podría haber partido de algún comentario de Laly, propuso completar nuestro incipiente cómputo horario con el de las horas canónicas que se utilizaba en la Edad Media. Acompasaríamos al tiempo con el ritmo de los rezos canónicos de los monasterios. La salida del sol, cuando despierta la naturaleza, correspondería con la hora prima; a media mañana sería la hora tercia y al mediodía, cuando el sol brilla en lo más alto, hablaríamos de hora sexta; y completaríamos la rueda con la hora nona, próxima a la puesta del sol. La idea fue acogida sin reticencias expresas, sobre todo por considerarla útil, pero al mismo tiempo algunos añorábamos otras subdivisiones cuya belleza eufónica hubiéramos disfrutado. Era el caso de vísperas, maitines, laudes y completas. La propuesta quedó en el aire y a la expectativa de comprobar si se impondrían con el uso. Francisco Javier Cuesta, por su parte, prometió dedicarle algo de su tiempo a construir un reloj de sol sobre la roca del suroeste de Cuevadorada. —Muy bien, Cuesta —dejó caer Andrés como de pasada. —Es absolutamente indisociable la relación entre el ser y el tiempo. Sorprendentemente en muchos temas importantes para la convivencia llegábamos a acuerdos sin necesidad de utilizar la dialéctica ni mucho menos la polémica. El Profe recordó unas palabras del famoso obispo de Hipona que explican en parte el proceso gnoseológico: “para quien quiera creer, tengo mil razones; para quien no quiera creer, no tengo ninguna”. En estos y otros juegos aparentemente intrascendentes se afianzaban las bases de futuros acuerdos y consensos. Aquella tarde habíamos terminado las tareas un buen rato antes de que el crepúsculo tendiese sobre el valle el tapabocas de la penumbra. Cada grupito se dispersó, como de costumbre, por sus rincones favoritos para sus confidencias. El sitio preferido por la mayoría era el que Blasillo había bautizado como el jardín de Epicuro. Laly, que se había percatado de aquella circunstancia y que quería cerciorarse por sí misma de las verdaderas inquietudes que preocupaban a la mayoría, nos propuso a Bea y a mí dar un paseo por el camino más frecuentado, el que bordea el río, para curiosear todo lo que por allí ocurría; ella siempre quería estar informada. Apenas comenzamos nuestro paseo fue requerida por Teresa que la buscada a instancias de Xavi para no sabía muy bien qué. Nos miró como decepcionada y nos dijo que fuéramos andando, que enseguida nos alcanzaba. Salimos de la Campa por la Pontoneja del Arroyal, bordeamos la campera donde practicaban ejercicios los más dados al culto del cuerpo y salimos al descampado por la choza de Pedro López que se entretenía en aparar los colmos del techo del poniente que le removían los vientos beldadores que soplaban de la Varga al atardecer, según nos dijo a modo de saludo. Le correspondimos con la cortesía debida y le dedicamos el tiempo que nos permitió la apresurada llegada de Laly que providencialmente se había podido desentender de sus compromisos. Venía con Cristina y con Sabrina que se habían entretenido en alguno de sus innumerables asuntos. Le dedicó a Pedro un saludo satisfactorio, como solía hacer casi siempre, y añadió como quien lleva prisas: —Ya hablaremos en otro momento. Y dirigiéndose a nosotros añadió: —Vamos a ver eso antes de que se nos haga tarde. E invitó con una sonrisa a Cristina y a Sabrina a que nos acompañasen. Bajamos por la Varguilla hasta la orilla del río y paseamos cauce arriba entre las ceresuelas, las salgueras y los álamos. Por allí encontramos a algunos compañeros que se distraían ad libitum. —¿Vosotras sabéis qué hacen estos por aquí? —preguntó Laly mirando a Cristina, a la que presumía más enterada. Pero tanto Cristina como Sabrina permanecieron en silencio. Como Laly seguía esperando una respuesta fue Bea la que contestó: —Algo sabemos y algo sospechamos. Como dice el Graciosillo aquí todos se sienten iguales pero cada uno a su manera. Un grupo de los de 2º B estaban sentados al borde de un sendero cercano al matorral envueltos en voluptuosas bocanadas de humo. Salvador y Joaquina se hacían carantoñas a la vista de todos y parecían disfrutar de su pasarela. Susi y Julio, recostados sobre el césped, miraban a la luna menguante cogiditos de la mano. Algunas parejas que apenas se podían distinguir estaban fundidos en arrobadores abrazos y otros, embarcados a la deriva en la nave del anonimato, se anonadaban en confusos manoseos. En el penúltimo plano de la espesura Laly creyó distinguir la melena rubia de Jennifer entrelazada con ramas y brazos. —No me imaginaba yo esto —dijo Laly muy sorprendida. —Esta es la otra realidad —acerté a decir —y, si siguiésemos adelante, aún encontraríamos sugerentes murmullos junto a los remansos del arroyo, susurros tras las cortinas de los matorrales y algún que otro suspiro bajo las retamas. Y…, sospechamos que aún queda algo más allá. La mirada expectante y a la vez suplicante con que nos correspondió Laly requería una aclaración. —Díselo tú, Bea. Bea guardó unos segundos de silencio pero, dadas las circunstancias, creyó también llegado el momento de comentar aquella sospecha. —Se dice que hay algunos que…, —guardó unos segundos de significativo silencio… –que se exceden en eso que podríamos llamar cosas de la edad, y lo malo es que no siempre lo hacen por satisfacer las urgencias que a cualquiera le pueden apremiar en momentos puntuales sino porque parece que se están aficionando a ellas de un modo irrefrenable y se compran y se venden favores que cada uno se paga como puede. —Sí, —me quise sumar a los comentarios de Bea. —Se han puesto de moda lo que Blasillo y algunos más pregona por ahí como masajes y que tienen un valor o un precio que depende de si se consideran terapéuticos, relajantes, eróticos o sexuales. —¡Bueno, bueno! —Saltó de inmediato Cristina. —Como tantas veces circulan demasiadas habladurías. Cada uno puede hacer con lo suyo lo que quiera. —Sí, sí, —la miré esbozando un gesto de comprensión, —pero algunos sobrepasan el límite de la decencia. Podrían hacer como las demás, pero no, no se conforman. No sé por qué se creen distintos. —Ya estamos queriendo imponer a los otros nuestros criterios. Si hacen lo que nosotros pensamos que deben hacer entonces está bien; si no, las anatematizamos. Estos asuntos que se refieren a necesidades primarias los tiene que solucionar fundamentalmente el instinto. No debemos estar teorizando día tras día para no llegar a ninguna conclusión. Cada uno en sus relaciones con los demás puede ofrecer y recibir lo que le venga en gana siempre que se respete la libertad del otro y no haya ningún tipo de violencia. Laly nos miró algo preocupada a la par que se le escapaba un suspiro. —¡Tendrá que ser así! —quiso consolarse entre escéptica y meditabunda. Bea se sumó a la resignación y relativizó: —Tendremos que verlo como algo normal. Esto tal vez no sea ni lo que se dice que es ni lo que parece ser. Seguramente esta es otra forma de dialogar, pero el motor de estos diálogos no es la razón sino la pasión y habrá que estar atento a las consecuencias. — ¡Vale!, ¡vamos a volver! ¡Ya he visto bastante por hoy! —dijo Laly Mientras regresábamos al poblado la Profe caminaba ensimismada como tratando de contextualizar las nuevas circunstancias. Solo de vez en cuando los monosílabos con que contestaba a los intrascendentes asuntos que le proponíamos alguno de los acompañantes la distraían de su preocupación. Al llegar a la confluencia de la Cruz de los Caminos se nos hizo el encontradizo Avelino Arjona que venía por el camino del Valle junto a Isabel, Rosaura y Blas, pero a cierta distancia. Cuando nos sintió a tiro de sermón, dramatizó su presencia y multiplicó sus ínfulas mientras clavaba fijamente sus ojos en el recodo del Pozo de Requejo: —¡No podemos consentir estas monstruosas barbaridades! —decía a la vez que levantaba la mirada hacia las montañas que abrían sus filos dorados para recibir el ocaso del sol. —¡Ya no se respeta ni lo más sagrado! Nos ponemos guantes acolchados para amortiguar los golpes con que vapuleamos nuestra propia conciencia. Bordeamos las normas removiendo los límites a nuestro antojo, y hasta nos burlamos de los principios que llevamos grabados a fuego en nuestro sentido común. Pero aquí estamos nosotros para desafiar a los dioses y algún día su venganza va a ser terrible. ¡Allí, allí está el origen de nuestra vergüenza que algún día será la causa de nuestras desgracias! Decía esto mientras movía los brazos como manípulos en los asperges y apuntaba reiterativamente hacía el recodo del río. Isabel y Rosaura miraban también discretamente hacia el punto señalado hasta que terminaron por ver algo que flotaba entre las espumas de los remolinos. —¡Vamos a convertir el fondo del río en un cementerio de inocentes! —seguía con su sermón mientras acentuaba el tono profético. —Tú ves demasiado —dijo Rosaura. —Yo allí sólo veo una cosa que flota, pero pueden ser restos de la naturaleza arrastrados por la fuerza de la corriente y remansados temporalmente en la retuerta del río. También podrían ser cualquier otro tipo de basura de la que hay que desprenderse, pero dudo que sea eso que tú presumes que es. Hubo unos largos segundos de silencio que llegaron a incomodarnos —Creo que algunas de tus visiones son productos de tu imaginación —apuntó Rosaura que no quería polemizar con el compañero-profeta. —¡La pasión os ciega a todos, os ha cortado las alas y ahora sólo veis a ras de tierra! —decía mientras se alejaba por el camino sin descolgar su mirada de la obsesión que vislumbraba en su horizonte. Cuando el profeta ya se encontraba a un tiro de piedra Blas le lanzó esta andanada: —Tú te quieres desentender de la tozuda realidad, pero mientras los demás jugamos en el Jardín a ser humanos tú fisgas entre los matorrales y sólo dios sabe con qué aviesas e inconfesables intenciones. Todos seguíamos curioseando el remolino en el que había centrado sus diatribas el profeta hasta que Cristina dijo: —La curiosidad con que miramos parece darle la razón a ese chalado y yo creo que no es para tanto. —Sí, pero tal vez sería bueno que tratásemos de saber qué hay de cierto en lo que pasa a nuestro alrededor —dijo Isabel que apuntaba un tono acusador. —No serás tú también de las que se cree esas habladurías —contestó Cristina lacónica. —No sé a qué llamas tú habladurías. —Pues, si quieres, lo aclaramos. Pues ahora no es un mal momento —sorprendió a todos Cristina. A Isabel no le quedó más remedio que aceptar el envite. —Sé clara, Isabel, dinos qué crees que hay allí. —La pregunta no es esa. La pregunta que nos debería ocupar, sobre todo a las mujeres, es qué pasa con nuestros embarazos o ¿es que tendremos que bautizar a este valle como el de las estériles? —Los estériles querrás decir —precisó Bea. —Bueno, da igual, ahora no es momento de precisiones gramaticales. —No es sólo cuestión de gramática. Es mucho más. —Pero ahora vamos a centrarnos en el tema, que es mucho más importante. Todos nos quedamos algo atónitos al sentirnos en cierto modo concernidos. Algunos desenfocaron su mirada sin dejar de ver por el rabillo del ojo los movimientos incómodos que torturaban a sus compañeras que bajaban la cabeza oprimidas por el irrazonable peso de presunta humillación. —Yo creo que ese es un asunto personal en el que no debemos meternos los demás —dijo Cristina tratando de contemporizar. Hubo unos segundos de silencio que a Bea se le eternizaron; después dijo como para salir del paso: —Sí, Cristina, pero alguno de nosotros ya dijo en alguna ocasión que el sexo, según lo podemos observar a nuestro alrededor, es cosa de dos y nosotros no somos excepción a esa regla, y las consecuencias afectan a más de uno; es más, nos afectan a todos, por eso todos tenemos que opinar y decidir sobre un tema tan importante. —Pues yo no estoy dispuesta a permitir que nadie se meta en mis asuntos. —No se trata de eso, Cristina, no seas tan susceptible. —Es que eso lo tengo muy claro y no quisiera tener que repetirlo. Laly se acercó entonces a Cristina y le regaló una mirada de aúpa a la vez que la cogió de bracete y le susurró: —No creas que tus problemas te son exclusivos; todos navegamos en un mar de dudas y sobre todo las mujeres que en algún momento hemos compartido tus preocupaciones. Cristina se sorprendió de aquella confidencia, pero añadió: —Por eso ya estoy harta de sentirme señalada como un bicho raro y como si fuese la única atrapada en esta trampa de la naturaleza. Laly la replicó comprensiva: —La naturaleza aplica el mismo rasero a todos los seres vivos, pero a nosotros nos ha dotado de una herramienta incomparable que puede transformar el mundo. Es la razón y de ningún modo vamos a prescindir de ella. Eso es lo que proponemos. Cristina dirigió una simpática mueca a su Profesora y continuó. —Yo no quiero prescindir de lo razonable pero no puedo obviar lo ineludible. Si tengo el deber de portarme como ser racional también quiero tener el derecho de sentirme plenamente animal. Los compañeros miraban a hurtadillas, pero callaban. Mientras, los pájaros se desgañitaban entre las ramas de los árboles donde exhibían sus celos adornados con infinitas piruetas de lujo. —Creo que estáis complicando demasiado una cosa bien sencilla —dejé caer mientras mareaba entre mis dedos un canto rodado lleno de sinuosidades que me servía algunas veces para aplacar mis nervios. —Dinos entonces tú, Juan Fran, cómo crees que debemos enfocar este asunto —me propuso Laly. —Las cosas que no crean problemas no hay por qué cambiarlas, y, por ahora, lo único que tenemos son habladurías de ese iluminado. Nosotros podemos imaginar el futuro y, a poco que lo pensemos, nos daremos cuenta de que debemos dirigirlo y no dejarlo al azar. Meter la cabeza debajo del ala, o no nos conduce a nada o nos conduce fatalmente a la Nada. —Pues yo creo —añadió Cristina —que no hacer nada es dejar que la naturaleza siga su curso y, bien mirado, no le ha ido tan mal hasta ahora; más bien al contrario, lo que podemos comprobar es que, a veces, la aplicación de la inteligencia, con minúscula, a los intereses de unos pocos ha retrasado el progreso del ser humano o le ha llevado al desastre. Dejemos que la naturaleza, o dios si alguien se empeña, escriba derecho con sus líneas torcidas. Durante el camino de vuelta casi todos expresaron por activa o por pasiva distintos puntos de vista sobre el tema. Bea quiso poner puntos suspensivos a aquella polémica con la cita oportuna de la frase que empezaba a convertirse en aforismo: —El instinto… —dijo acentuando el suspense… Y Cristina remachó la sentencia: —…Es la inteligencia operativa de los dioses”. En los diálogos que aquella tarde entretuvieron la hora nona emergieron opiniones que surcaban con vientos favorables los remansos del sentido común: —Lo más natural es tener los hijos que vengan —dijo María Pozo muy animosa —y cuidarlos cada una como dios nos dé a entender. “Los hijos deben ser siempre un regalo y no un problema.” —Como decía mi abuela —dijo Rosaura a su corrillo —A través de los ojos de los hijos se ven muchas cosas que pasaron desapercibidas para los nuestros. Don Andrés nos recordó docentemente que el paso del tiempo había arrastrado alternativamente al hombre hacia el opio del dogmatismo, hacia la ascesis de lo irracional o la agonía de lo racional, a cada cual según sus inquietudes.
CAPITULO 7
Los motores de la historia.
Llevábamos allí un periodo de tiempo que, si bien resultaba insuficiente para poder considerar a aquella tierra como la nuestra, sin embargo algunos ya empezaban a sentir que aquel espacio se les quedaba pequeño. Al principio un miedo atávico nos encadenaba a aquel valle y nos aconsejaba permanecer en la seguridad del grupo pero el afán de descubrir nuevos horizontes pronto conquistó a los más osados que comenzaron a tantear la imprudencia y a bordear los límites. Andrés observaba y callaba. Fueron Elías y Cristina, acompañados casi siempre por Sabrina y algunas otras veces por Jesús Melgar, los que empezaron a disfrutar de los encantos con que les tentaban las excursiones a lo desconocido y algunas tardes retrasaban su regreso al poblado hasta bien entrada la noche. Al principio nadie concedía a este retraso más importancia que a otras anécdotas cotidianas que jalonaban nuestra intrascendente historia pero las alas del rumor que se aireaba en Riauriau dieron rienda suelta a nuestras adolescentes imaginaciones. Unos decían que el famoso trío había hablado de dar un paseo entre las frondosas orillas del río para recoger frutos silvestres que se prodigaban por aquel terrenal paraíso, otros cuchicheaban entre gestos pícaros, sin querer hacer patentes los arcanos latentes, que río abajo se formaban remansos demasiado tentadores. A la mayoría les molestaba el protagonismo del que presumían sin más mérito que el mero hecho de actuar a la contra por lo que, si no despreciaban su imbécil actitud, al menos no la apreciaban en los términos adecuados a sus expectativas. Sin embargo Andrés, dechado de sentido común, no les daba demasiada importancia a estas excursiones y, haciendo gala de su proverbial tolerancia, las comprendía y las justificaba por la acuciante pulsión que impone la condición humana en la satisfacción de las necesidades primarias o secundarias. Curiosamente estas excursiones se estaban poniendo de moda. —Dicen que han descubierto que las semillas de los tejos tienen unos efectos alucinógenos, y que después de masticar un poco esas bolitas te ves arrebatado por el remolino de una indescriptible euforia —confesaba Blas prisionero de su credulidad. —Ellos siempre tienen que estar dando la nota —apostilló Isabel Latorre en un tono puntilloso que no suele dejar espacio a la concordia. —La verdad es que les gusta jugar con fuego —comentó Laly sin ánimo de meter el dedo en la llaga. —Es inútil tratar de frenar a la naturaleza —observó Andrés con calculada ambigüedad. —Pero tenemos que intentar encauzarla —elevó su voz Laly tal vez para preterir algunos fantasmas que cruzaban por su cabeza. —No sirve de nada, mujer; los ríos se desbocan irremisiblemente de vez en cuando. Antes de que se remansen en la desembocadura han superado cientos de cascadas y de barrancos y, si no provocan grandes erosiones en las montañas donde nacen, no podrán fertilizar las vegas de los valles que atraviesan. Y Laly le miraba sorprendida y reconfortada a la vez. Fue una de las escasas tardes en que la casualidad les brindó a Andrés y a Laly una de las pocas oportunidades de estar solos, y él se atrevió a quitarse la máscara de profesor y mostrar su verdadera cara: —¡Laly!, —guardó un segundo de silencio para disimular su titubeo —me gustaría tener las ideas claras y estar más seguro de que todo lo que digo y lo que hago es lo correcto, pero la verdad es que cada día me asaltan más dudas. A pesar de ello no podemos parecer indecisos. La indefinición es la peor sensación que podemos transmitir en estos momentos y lo peor que nos puede pasar. Ahora sí que debemos tener claro que la naturaleza va a imponer su ley severa con embestidas ciegas y nosotros solo podremos evitarlo con normas oportunas y razonables. —¿Seremos capaces de controlar el torbellino que nos amenaza? —dijo Laly preocupada. — ¡Tendremos que hacerlo! —respondió Andrés con una celeridad propia del que quiere aventar los ánimos. —En este asunto lo mejor creo que es dejar actuar a la naturaleza que con la aplicación inexorable de su ley de aciertos corrigiendo errores ha traído al ser humano hasta aquí. Ni siquiera nosotros acertamos a prever los vericuetos por los que zigzaguea el destino pero no debemos ponerle zancadillas. El miedo y la precaución son también condiciones de este proceso y debemos dejarlos actuar sin manipulaciones oportunistas o racionalizaciones precipitadas. Laly se quedó mirando a Andrés que parecía observarla con significativa curiosidad: —Algunas tenemos muy difícil cambiar nuestra suerte —acertó a decir mientras bajaba la mirada para disimular un incipiente sonrojo. —Creo que debes hacer borrón y cuenta nueva, como dice la sabiduría popular. — ¿Y tú? ¿Ya tienes claro lo que puedes, lo que debes o lo que tienes que hacer? —Es que no quiero liarme en esa madeja. La razón debe ser la que corrija a la pasión y no viceversa. Si yo ahora planificase todas mis actuaciones, en adelante la pasión iría siempre del ronzal de la razón y terminaría por ser un aventajado discípulo de todos los maquiavélicos que han revestido sus intereses, muchas veces inconfesables, con sofisticados razonamientos tendentes a orientar todos los vientos a su favor , aunque para ello hubiera que manipular la realidad. —Y entonces ¿tú qué harías si llega el caso? —preguntó Laly que parecía muy interesada en el tema. —Cuando llegue el momento acertaré incluso si me equivoco, ya sabes aquello de que la naturaleza, repleta de objetos, de pasiones y de razones, escribe derecho con las líneas torcidas. Los animales que nos rodean tienen solucionado este dilema porque hacen lo que les da la gana dentro de un sutil equilibrio de fuerzas que ordena el instinto. Laly se quedó mirándole con cara de admiración y de insatisfacción como pensando “yo nunca he hecho lo que me ha dado la gana” pero no hizo falta que lo expresara porque él salió a su encuentro como si lo deseara. —Por ahora no ha surgido ningún problema que altere la convivencia por tanto no es necesario pensar en cambios. —Pero ya llevamos por aquí varios meses y se ha agotado el plazo de provisionalidad —dijo Laly casi suplicante—. A mí también me gustaría confiar en el porvenir, pero ese es un privilegio de la juventud. El inexorable paso del tiempo inclina la balanza de mi ánimo hacia la nostalgia que se cierne sobre mis paisajes y oprime con mano de crepúsculo morado cualquier horizonte hacia donde dirija la mirada. —“Primero vivir y después filosofar”, Laly. Ahora más que nunca debemos hacer nuestra esa máxima filosófica. Vivir es lo único que cuenta y especialmente vivir el presente, lo demás son sólo predicables. Y la profesora se sosegaba en los brazos de las sugerencias de su colega que, inconsciente, comenzó a caminar despacio en dirección a la alameda. —No te quejes, Laly, tienes casi todo lo que hay que tener para sentirte bien. Tú eres la más deseada de este pequeño reino y eso no es poco. —Es posible, pero no se echa en falta aquello que se tiene sino aquello de lo que se carece. —Para carencias, las mías; pero para qué voy a quejarme —repuso Andrés aireando un tono lastimero. —Entiendo que en algunos momentos pienses eso y que lo digas ahora, pero si te oyese cualquiera de nuestros alumnos, no lo entenderían. Eres el más admirado de todos. —Tal vez, pero, por la misma razón que acabas de alegar, a mí, lo que me gustaría es ser deseado, pero esa palma te corresponde a ti por excelencia y podrían compartirla Xavi, Teresa o algún otro que pasan más desapercibidos, pero acepto mi destino. Algunas veces juego a pensar si me cambiaría con alguien de los que me rodean, si estuviese en mi mano el hacerlo, pero termino la partida convencido de que, por una u otra razón, no merecería la pena. —Creo que aciertas en esa partida —le animó Laly regalándole una tentadora sonrisa. —Tienes todo lo que hay que tener, y algo más, para estar razonablemente satisfecho. —No sabes cómo me halagan tus palabras, Laly. Ahora me siento algo más recompensado aunque a mí me gustaría ser tan dios en mi Olimpo como diosa eres tú en el tuyo. Siguieron un poco más el paseo ensimismado en la prolongación del brevísimo intervalo que suele distar entre la quimera de la oportunidad única y el temor a la ocasión perdida hasta que a Laly se le escapó un suspirillo cuajado de sugerentes expectativas y, de repente, se paró. —Volvamos —dijo mientras se recataba para curiosear por el camino. Andrés permaneció unos segundos dubitativo hasta que le rescató la mano acariciadora de Laly que le cogió suavemente por el brazo y le inició en un giro que se interrumpió cuando sus ojos se cruzaron con el hechizo del magnetismo de los de su compañera. Andrés comprendió de un vistazo las reticencias de Laly y atendió cortésmente la sugerencia. —Volvamos, sí, que, aunque cada día que pase se irá viendo todo con más normalidad, por ahora todavía podemos estar en el punto de mira de las recreaciones de David y eso no es conveniente. Con el tiempo todo pasará más desapercibido, pero, en este momento, debemos hacer lo que todos esperan que hagamos. —Creo que con el paso del tiempo estamos dejando de ser el foco de su atención porque cada día cobran más importancia sus cosas. —A propósito de esto, Laly, ¿No crees que esas que tú llamas sus cosas deberían ser coincidentes con las nuestras? —Sí, pero las circunstancias son muy diversas. Ellos no tienen bagaje mientras que yo no puedo desembarazarme del mío aunque a veces me gustaría. Guardaron unos segundos de silencio hasta que Laly acomodó sus inquietudes: — ¿Y tú qué piensas de esta nueva situación? —La mayoría de las preocupaciones que llevamos en la alforja son morralla que no sirven para nada, o son prejuicios que han servido para que unos pocos dominaran las conciencias de los demás en beneficio propio. Ha llegado el tiempo de beldar y de acrisolar. —Ya veo que tienes bastante claro cómo encauzar la convivencia del grupo, pero siento curiosidad por saber lo que piensas de los sentimientos. La cara de circunstancias con que se sorprendió Andrés fue la respuesta más elocuente que su compañera podía esperar, pero enseguida postergó la mueca que se le dibujó en el rostro y acertó a decir: —Es que la timidez siempre me bloquea cuando tengo que hablar de intimidades, sobre todo si es delante de las mujeres. —Pero ahora estás delante de mí, que no soy más que una compañera —dijo Laly tratando de facilitarle las cosas. —Sí, eres una inmejorable compañera, pero además eres una maravillosa mujer y por eso algunas veces me lío la manta a la cabeza y te veo como la mujer por excelencia, esa con la que soñamos los hombres cuando estamos en babia. —Pues no lo había notado —dijo Laly que se ruborizó con el halago. —Es que yo mismo me he propuesto ser discreto para no levantar sospechas, pero cada día me resulta más difícil verte sin mirarte. Le cogió del bracete y aceleró el paso mirando a las montañas. Andrés notó la caricia insinuada de su seno y la correspondió apretando suavemente el brazo contra su costado. “Se sentía bien y había momentos en que merecía la pena vivir”, pensó. Al acercarse a las inmediaciones del poblado confluyeron con los que regresaban de sus excursiones y todos desembocaron con sus inquietudes en el remanso de la Campa. Allí, en la taberna de María, tomaban infusiones de té y de otras hierbas aromáticas que les hacía sentirse a gusto. —Estas hierbas —decía Blas, —además de ser relajantes creo que llevan un secreto toque personal de María. ¿No notáis lo bien que uno se siente mientras lo saborea sorbito a sorbito? —Creo que lo mejor que tienen estas infusiones —dijo David mientras chascaba la lengua para multiplicar las sensaciones —no es su origen o precedencia sino la compañía con quien las tomamos. Allí, al atardecer, surgían con frecuencia momentos propicios para los escarceos. Cualquier actividad que nos ocupase se convertía en una competición lúdica: jugábamos a ser dioses, (Cupido y Marte eran los más representados), a ser reyes y princesas, jugábamos a ser hombres, algunos jugaban a pasar desapercibidos y otros, ni jugaban. Cuando la tarea era tan ardua que requería la colaboración de todos se abría el muestrario tipológico de personalidades. Luis Benito exhibía su colosal fuerza si la fuerza se hacía imprescindible. Le acompañaban en esta exhibición Javier Cuesta, Dani Ballesteros y Salva Valero entre otros aprendices; Manoli Aranda dedicaba más tiempo al proyecto que a la ejecución: preveía inconvenientes, proveía de herramientas; en una palabra, preparaba los caminos. La aconsejaban Isabel Latorre y Rosaura. Julio multiplicaba su presencia donde se la requiriese, sin caer en servilismos; junto a Isabel Pérez y Mónica Soler se ocupaban de la intendencia. David, el Graciosillo, consciente de sus limitaciones para la competición abierta, potenciaba sus cualidades como entretenedor y solía convertir en sainete vespertino los pequeños dramas cotidianos. Pero los últimos días, cuando tramaba las recreaciones para aquellas veladas, comenzó a notarse saturado de farsas y comedias y oteó los desfiladeros de la tragedia desde la atalaya de la otra realidad. Inventó un antagonista astuto e ingenioso, puntilloso y renegón que le ponía peros hasta al apuntador. Los espectadores jaleábamos con frecuencia cada una de sus intervenciones y vitoreábamos las zancadillas que le ponía a todo quisque para que no salieran siempre las cosas como dios manda.
Un día Seligrat le llamó el Alias y con el Alias se quedó. —Ese Alias es un cabroncete, —dijo Jesús Melgar para que le oyeran tirios y troyanos. Hasta entonces habíamos conseguido los alimentos aprovechando la generosidad de la tierra: verduras de los humedales de los regatos y arroyos, frutas de los ribazos y de las laderas circundantes, huevos de nidos abandonados, socializados o expropiados. Ahora ya completábamos la dieta con truchas pescadas a mano o mediante la construcción ingeniosa de torcas que desecaban tablazos en el río Miranda y enriquecíamos los hervidos con carnes que nos proporcionaba la casualidad o la caza y con hierbas aromáticas. Cosme era uno de los que más disfrutaban con la comida y un día en que el trabajo había sido duro y a más de uno se le habían juntado el hambre y las ganas de comer, después de rescatar un churrasquito que parecía querer escabullirse de los tizones, exclamó mientras simultaneaba el paladeo de los matices con expresiones de satisfacción: —¡Por favor, María, danos un cursillo de gastronomía, que esto merece la pena! Está en su punto de aroma, de color y de textura… Y colgaba en la suspensión el certificado de su admiración. A casi nadie le pasaban desapercibidas aquellas apreciaciones y ya éramos muchos los que en privado o en público hacíamos nuestros experimentos e intentábamos mejorar en aquellos menesteres. Las condiciones físicas de cada uno marcaron radicalmente la distribución de las tareas pero nadie hizo consideraciones impertinentes al respecto. TRES MESES DESPUÉS
Capítulo 8
La unión hace la fuerza
En cuanto a la distribución del tiempo del ocio Pedro López, Márquez, David Gascón y algunos otros que por necesidad o por placer utilizaban la actividad como terapia preparaban con frecuencia una pelota con harapos de ropas viejas, se ponían en los brazos unas cintas de colores y reglaban sus apasionamientos tratando de meter aquel objeto lúdico por entre unas marcas delimitadas con piedras en la parte más llana de la Campa. Con el paso del tiempo la frecuencia de aquellos juegos fue in crescendo a medida que despertaban el interés de mayor número de espectadores y servía de escaparate a las habilidades de cada uno. Aquel día, como más o menos venía sucediendo desde el principio, formarían el primer equipo los que Seligrat había bautizado como los incondicionales. En él estaría Bea, Teresa, Pascual Márquez, Isabel Pérez y Laura Rovira... y Blas que, aunque quisiera estar en todos los equipos, en este momento se había sumado por proximidad al de Bea. Algunas veces se sumaba a este grupo el Profe de teatro, bien pudiera ser para lucir habilidades porque, la verdad, es que apuntaba maneras. Ante los intentos de el Graciosillo de asignarles el color azul, Xavi le dedicó una mirada de menosprecio por la que no pudo dejar de sentirse aludido. El gesto más despótico que político quedó disimulado en unas amables palabras: —Hoy no tienes un buen día para las sutilezas, David. Dejémoslo en el blanco y no se hable más de este asunto. Mientras se producía aquel pequeño desencuentro Bea trató de ficharme para formar su equipo pero no se dieron las circunstancias favorables ya que Cristina se adelantó, me agarró discretamente del brazo y, sin darme más opciones, me fichó para su grupo que estaba capitaneado por Seligrat y completado por Tamara Amador, Cosme, Sabrina, Javier Cuesta, Salvador Valero y Joaquina Sanz. Tasio decía de aquel equipo, al que con cierta sorna había empezado a llamar los disidentes, que siempre estaba fuera de juego. Ellos en cambio se consideraban los únicos que se atrevían a estructurar un espacio vital propio y lo defendían con decisión. En cuanto a la asignación de color de sus brazaletes no hubo dudas. El rojo sería su color. El tercer equipo estaría formado por Braulio y sus afines que espontáneamente solían ocupar el tiempo libre en hablar principalmente de deportes, tal era el caso de Jesús Melgar, Dani Ballesteros, Pedro López, Mónica Soler y algunos otros fichados entre los que se parapetaban en ambiguos temperamentos mestizos. Entre los alineados de aquel día también estaba Tasio, que destacaba tanto por su envidiable pero odiosa capacidad intelectual como por sus carencias físicas, por lo que, si bien en lo deportivo actuaba como periférico, a la postre podría llegar a ser un elemento importante como teorizador ocasional de algunas tesis que pudieran tener su oportunidad en el incierto futuro. Mónica dijo que llevarían brazaletes azules, no por nada, sino porque eran los más fáciles de conseguir dada la cantidad de perneras de pantalones vaqueros que desempolvaban los rincones de nuestras chozas. Y en este caso no hubo objeciones. Otro grupo de compañeros, llamados con cierta sorna Intelectuales por Seligrat, solían pasar el tiempo en los perímetros de los profesores entre improvisadas conversaciones en las que se entrecruzaban asuntos de lo más variado que, si bien a veces parecían algo animados, casi siempre resultaban del todo intrascendentes. Entre ellos estaban Gelito, Julio Izquierdo, Sonia Contreras, Diego Fernández y circunstancialmente algunos otros. —Qué color le asignamos a este grupo —dijo Blas. —A mí me gusta el rosa —dejó caer Rosaura como de pasada. —¡No!, ¡que el rosa tiene demasiadas connotaciones! —dijo Sonia como algo chinchada, —es mejor el verde que es más fácil de conseguir! Y con el verde se quedaron. Había otro grupo al que se le llamaba con cierta sorna el cuarto poder. Estaba formado por los sobrantes. Los que no eran ni fríos ni calientes, ni atléticos ni pícnicos, ni blancos ni negros, y que, algunos días, ni querían jugar. Allí estaban Esther Alonso, María Amador, José María Andreu, Ángel Escribano y algunos otros que ni se acordaban del equipo en que habían jugado el día anterior. Se les asignó el amarillo y a todos nos pareció bien. Al principio valía todo pero, después de cada partido surgían con demasiada frecuencia polémicas insensatas y entonces se restringían las normas. Primero se prohibió coger la bola con las manos lo que evitaba forcejeos que pudieran derivar en altercados; después se acordó la regla del fuera de juego que dice que un jugador se encuentra en posición de fuera de juego si se encuentra más cerca de la línea opuesta que el balón y el penúltimo adversario, lo que quiere decir que el jugador se encuentra más adelantado que todos los jugadores oponentes menos uno, que suele ser el portero contrario. (Gascón lo había escrito en un papel para evitar interpretaciones según conveniencias). Finalmente, para las faltas clamorosas, se estableció la pena máxima que consistía en un tiro directo a una distancia de vértigo, lo que suponía un gol casi seguro. Aquel juego que distraía a los participantes y a los espectadores solía terminar en discusiones, a veces acaloradas, acerca de si una mano había sido voluntaria o involuntaria, sobre si un jugador estaba o no fuera de juego cuando recibió la pelota, o si ésta había entrado o no por entre las marcas, y todo esto según el veleidoso entender de la voluntariosa Carolina que, insuficientemente aleccionada por Gascón, actuaba de árbitro que interpretaba aquel equívoco reglamento. Total, que siempre que había partido, la polémica estaba servida y, lo que era peor, con demasiada frecuencia estas desavenencias deportivas se trasladaban al plano de lo personal y terminaban en disputas que solían protagonizar los rojos y los azules capitaneados por Braulio y Elías respectivamente, lo que activó las alarmas de los más sensatos. Aquella tarde no iba a ser una excepción. —¡Gol! —gritó Seligrat tras un chute que enganchó a bote pronto y que pasó por entre las marcas de la portería como una exhalación. —¡Alta, ha sido alta! —replicó Braulio en tono desafiante y provocador. El resultado en aquel momento era de empate a uno y a Braulio se le notaba nervioso porque para él aquellos partidos de balón-trapo ya no eran sólo un juego sino una competición que tenía que ganar para no sentirse insoportablemente frustrado. Encima, aquel día había un grupo de espectadoras que jaleaban con sorprendente entusiasmo, lo que le inyectaba un plus de motivación que, aunque se afanaba en disimular, no pasaba inadvertido para los más perspicaces. —¡No ha sido alto; o es que estás ciego! —dijo Seligrat sin apenas dirigirle la mirada. Braulio, que esta vez no estaba dispuesto a ceder, para meter más el dedo en la herida, le ninguneó sacando de portería como si nada hubiera pasado. Seligrat salió corriendo tras la pelota, la cogió con las manos y, en una decisión que sorprendió a los espectadores que estaban atentos a la jugada, se dirigió hacia el centro del campo: —Estoy hasta las narices de que siempre sea lo que tú quieres. He dicho que ha sido gol y esta vez va a ser gol porque lo digo yo. —¡Eso, eso! ¡Tu real gana! ¡Es tu única motivación! —le contestó Braulio. —No me vengas con demagogias que eso es lo que vienes haciendo tú desde que estamos aquí, pero mediante burdas manipulaciones. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Y puso con decisión la pelota en el suelo y esperó de pie junto a ella a ver si alguien se atrevía a dar un paso en falso para enmendarle la plana y poner de una vez por todas las cosas en su sitio. Carolina, la árbitra, que seguía discretamente la jugada desde la banda donde había más espectadores, observaba estos lances atrapada en un dilema fluctuante pero ni por asomo pasó por su mente interferir en la polémica. —¡Ha sido fuera! —se oyó una voz femenina más lúdica que apasionada desde los alrededores de Rosana, pero no era Rosana. —¡Ha sido gol! —golpeó su eslogan Cristina desde el ángulo opuesto. El sol se aproximaba a la cumbre del Montecino y con el badajo de sus últimos rayos señalaba la hora de la retirada que aquel día, dadas las circunstancias, iba a precipitarse. Braulio se acercó con decisión hacia el centro del campo y, ante la expectación de los presentes, se plantó desafiante ante su antagonista y le aguantó la mirada durante unos interminables segundos. Seligrat, sin perder de vista a su contrincante, cogió la pelota y la apretó entre sus manos con tal fuerza que marcó todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Aquella pose de imponente estatua paralizó por unos momentos el espectáculo hasta que, supuestamente controlada la situación, dio una patadón a aquel montón de trapos y los arrojó por encima de los matorrales que bordean la Campa hacia el arroyo del regato. A continuación, sin mirar a nadie, se dirigió hacia las inmediaciones de su choza de donde llegaban algunos vítores de los suyos. Braulio quedó algo aturdido ante aquella actitud desafiante pero, considerando que tenía que guardar las formas ante Rosana y los suyos, que no debía incomodar a Laly ni a Andrés y que probablemente aún no había llegado su hora, adoptó una sonrisa de suficiencia con la que se arrebujó en su limbo y dio por zanjado el asunto. En todas estas trifulcas se podía observar, observación que por mi parte siempre permanecía in pectore, que muchas de las compañeras, sobre todo cuando se generaba una polémica sobre algún problema crítico, iban abandonando paulatinamente el uso de la palabra y convirtiéndose en activas espectadoras, aunque en un análisis más pormenorizado de cada uno de los casos particulares se podría constatar que todas, por ausencia o por presencia, influían con sutiles dominios políticos en las opiniones y actuaciones de ellos y con frecuencia abocaban enfrentamientos que trascendían lo deportivo y lo partidista para convertirse en un foro público adecuado para dirimir disputas personales. Juegos de roles que decía Xavi. Algunas de estas situaciones que a los más pesimistas les podrían parecer caóticas eran la ocasión ideal para estructurar la convivencia y convertir el entorno aparentemente confuso en un mundo ordenado. La juventud recobraba la importancia que nunca perdió del todo en el eterno equilibrio dialéctico entre lo que se es en el presente y lo que debe ser en el futuro. En una de las muchas ocasiones en que se acentuaron estas polémicas Andrés recordó en una conversación que derivó hacia lo trascendente que, al estudiar la historia de los pueblos, se podía constatar que todos los periodos de paz se habían consolidado después de polémicas y conflictos, a veces cruentos, y, con mirada docente nos transmitió un presentimiento en tono preocupado recordándonos que “la guerra era el padre de todas las cosas”. Al notar el gesto de preocupación que generó la frase en algunos compañeros, principalmente entre ellas, trató de suavizar la expresión citando a Heráclito, el Obscuro, como fuente de tal afirmación, con lo que a la vez conseguía subrayar el contenido. La solemnidad de aquella cita fue toda una propuesta para que cada uno de nosotros rumiásemos, a solas o en pequeños grupos, las reflexiones sobre la conveniencia de nadar todos en la misma dirección aún a costa de renunciar a veces a alguna de nuestras preferencias. Sobre el tablero de la Campa se jugaba una partida en toda regla pero las circunstancias no aconsejaban, por el momento, tratar de destruir al contrario; así que cada uno, como cachorros de manada, iba conquistando su territorio y fijando en los juegos su provisional estatus jerárquico dentro del grupo.
Capítulo 9
Los viajes iniciáticos
Después de una larga temporada dedicados a ordenar las circunstancias que configuraban nuestro entorno, a algunos compañeros les resultaba gratificante lo cotidiano y disfrutaban ocupados en convertir en urbano lo rural, en sorprendentes jardines las exóticas flores que matizaban los ribazos y las camperas silvestres, y en transformar en huertos de mimo las tierras de aluvión de los márgenes del río. Otros tenían su mente ocupada en cómo organizar la convivencia y en remover los obstáculos que aparecían en el acontecer diario, y todavía lo hacían por altruismo, sin afán de abusar de los insensatos que no querían ni oír hablar de la política. Nadie podría afirmar que hubiera alguien que conspirara pero, para no pecar de ingenuos, habría que darlo por supuesto. Elías, Cristina y Sabrina, a los que comenzaban a tildar de raros, iban por libre y se sentían orgullosos de su rareza. Se estaban acostumbrando a ella y la conservaban como las piedras apartadas del cauce del río conservan sus aristas. Últimamente se sumaban con frecuencia a ellos Jennifer y Eduardo, que habían comenzado a salir juntos, además de Melgar. A veces se perdía por allí con ellos Blasillo, que el pobre seguía sin atar cabos. Cuando se aproximaban los equinoccios o se barruntaba el solsticio de verano, a Elías le acuciaba su afán aventurero que contagiaba a todos los de su alrededor. En los últimos tiempos había explorado las veredas y los senderos que se alejaban de la Campa pero en ninguna de sus exploraciones había encontrado el camino que le alumbrara el éxito de una soñada tierra de promisión por lo que, solo o en compañía, seguía buscando al atardecer en dirección a la desembocadura del Río Grande y soñaba con construir una balsa por si algún día sucumbía a la cegadora tentación de buscar nuevos mundos. —¡Ir, necesito ir! —gritaba un día señalando con gesto dramático al viento que soplaba desde el horizonte. —¿Para qué quieres ir a otro lugar? ¿Acaso no te parece suficiente este viaje al que hemos sido arrojados al azar y en el que aún tenemos casi todo por explorar? —observó Jennifer con tono de melancolía. —¡Este rincón se me está quedando pequeño y su ambiente insoportable!, ¡déjame que me invente mis alas! —seguía reclamando. —Sí, pero no dejes de pensar en Ícaro o en las mariposas, y que no te mate la curiosidad, que lo mejor es enemigo de lo bueno. ¡Tal vez no haya otro camino y habrá que llegar hasta el final aunque sea a rastras! —¡No me hables del final; yo no quiero llegar, sólo quiero ir y si lo que busco sólo existe en mi imaginación perseguiré esta quimera hasta el final de mi laberinto infinito pero yendo, buscando, huyendo. Cualquier destino puede ser la meta del viaje aunque a la postre resulte ser el punto de partida. —Si te vas, algún día tal vez quieras emular a Ulises y regresar a Ítaca —Trató de sosegarle Jennifer. —No creo que exista ese lugar donde alguien me espere. —Pero Ulises tal vez no regresó solo para encontrarse con su Penélope sino porque a lo largo de su odisea no encontró lo que buscaba. La decisión de Elías parecía tan firme que ya no merecía la pena tratar de revertirla aunque, como amigos, no renunciaban a atemperar los gritos de su afán. Ante los reiterados intentos de moderar la altura de sus vuelos les decía mirando al infinito: —Pero ¿por qué insistís en razonar si no tenéis razones? Vuestra lógica no podrá anegar de ningún modo esta ciega pasión, esta fatalidad que me empuja hacia delante. Creo que ese es mi sino. —No tener tiempo para disfrutar de los encantos del camino es precipitarse inexorablemente por el angosto desfiladero de la desgracia —observó en aquella ocasión Cristina que parecía hablar de experiencias propias. Todos guardaron unos segundos de silencio para la contextualización pero enseguida reanudaron la marcha mientras hablaban de todo, hasta de nimiedades contingentes. Avanzaban a ritmo de inercia, dispersos pero a la vista, con el punto de mira puesto en la siguiente cumbre hasta que el cansancio o la saciedad les hacía desistir. A veces las imprevistas curiosidades del valle o sus tentadoras exuberancias les obligaban a detenerse en la pura contemplación o les incitaban a tensar y distender el arco de las pasiones, sobre todo el de la concupiscencia, hasta donde el miedo o los prejuicios les permitía, e incluso más allá. Eduardo y Jennifer solían tomar posesión del último risco recién conquistado y desde allí disfrutaban del paisaje y de las circunstancias. Elías, Cristina, Sabrina, Melgar y Blasillo buscaban algo más; a veces, juntos; a veces, aleatoriamente emparejados. Muchas veces Elías seguía, solo o acompañado de Cristina, mientras los otros entretenían la espera y capeaban como podían las embestidas propias de la edad. Era una forma más de distraerse, de evadirse, de alienarse. ¡Bendito opio! Algunas tardes, cuando regresaban al campamento, relataban en ocasionales e improvisados corrillos sus correrías, especialmente Blasillo que convertía con facilidad lo cotidiano en extraordinario, obviaba lo previsible y enfatizaba lo verosímil hasta rayar en la fabulación y hablaba de que ellos, se refería a Elías y Cristina, se pasaban con frecuencia a otro valle con río y paisaje distinto, según decían, donde creía que habían iniciado la construcción de una cabañita donde soñar con proyectos alternativos. Estos comentarios les confería una fama de pioneros que empezaba a incomodar al Atleta a quien molestaba todo lo relacionado con los sueños. —¿Estás molesto porque no hemos visto tu zarza? —le aguijoneaba Seligrat prevaliéndose de un presunto contexto favorable. Y Braulio esta vez se contuvo pero emitió un resoplido oblicuo asociado a un tic de desaprobación. Uno de los días, después del paseo vespertino, Jennifer comenzó a sentirse mal. Tenía el estómago revuelto. —Será un cólico? —se preguntaba Edu. —Será un cólico —repetía Cristina contemporizadora. —¡Eso es un cólico! —remachó Blasillo haciéndose el interesante —habrás comido algo indigesto. Teresa, por su cuenta, había ido a buscar a Laly, quien acudió en cuanto pudo para interesarse por la indispuesta. —¿Cómo se siente mi Jeni —la mimó mientras apartaba con sus dedos un desordenado rizo que disimulaba la evidente palidez de su rostro. La verdad es que Jennifer en aquel momento no parecía tener demasiadas ganas de hablar por lo que la Profe, después de hablar un poco de banalidades domésticas, puso cara de circunstancias, se excusó en sus numerosos compromisos y restó importancia al asunto con un enigmático: —No es nada grave, pronto te sentirás mejor. Y se fue discretamente hacia su choza sin apenas hacer comentarios. El caso es que a las pocas horas ya se rumoreaba por la Campa que Jennifer estaba embarazada. —¡Natural —decía Braulio —en todo este tiempo no ha hecho nada más que jugar con fuego! —¿Y tú…, qué coño has hecho? —le soltó Cristina impelida por el resorte de la indignación. Lo único que sabes hacer es lastrar nuestros pasos y cortar las alas a todos los que pretenden volar más alto que tú y te fastidia que, con algunos, tu estratagema no te sirva de nada, ¡imbécil! No te enteras en absoluto de lo que sucede a tu alrededor. Si no fueses tan miserable te diría que vives en una torre de marfil pero donde tú vives en realidad no es torre ni es de marfil, es más bien un muladar. Se notaba que su tono hervía a borbotones en la olla del apasionamiento por lo que Bea se dirigió amablemente a la compañera con un conciliador “no hace falta insultar”. Elías se apresuró a atemperar las palabras de su compañera aclarando que lo de imbécil no pretendía ser un insulto sino que era la expresión etimológicamente exacta de lo que quería decir “becillis, que en latín significaba bastoncillo, decía mientras miraba de reojo a Laly. Cachavuca diríamos por aquí; y por tanto, in-becillis quiere decir …sin bastón, …sin fundamento; y Cristina piensa que algunos, demasiadas veces, hablan sin razón y sin razones. Braulio prefirió no echar más leña al fuego y concluyó: —He dicho lo que he dicho y no tengo ninguna intención de desdecirme. Aquellos días planeaban por los diversos espacios de convivencia algunos rumores que agitaba intencionadamente Avelino Arjona cuando, al atardecer, repetía en tono profético y a modo de juego no exento de provocación la frase bíblica: ¡hala, hala! “¡Creced y multiplicaos!” que no dejaba a nadie indiferente. Las evidencias de la poderosa fuerza del instinto ya eran palmarias en lo de Jennifer que no podía disimular los frecuentes mareos y las inoportunas nauseas. Patente era también lo de María la de Riauriau que desde hacía semanas tenía que dejar desabrochado el botón de su pantalón por su incipiente tripita. Milagro debía ser lo de Cristina porque presumía de ser la principal apóstol de la predicación y de la práctica del amor libre y sin embargo, para más inri, que decía Isabel Latorre, capeaba el temporal con una habilidad propia de experta navegante: ¿Inteligencia y método?, ¿Aleatoria protección natural? ¿Consecuencia del uso acertado de las hierbas que aconsejaran las abuelas…? ¡Vaya usted a saber! Al resto de compañeras las esperaban al acecho las agonías periódicas que suelen acompañar a esas edades y que con demasiada frecuencia perturban el disfrute de ese preciado tesoro, pero la naturaleza no sabe de especulaciones y sigue su curso impelida por la tiranía de los instintos.
Capítulo 10
Las olimpiadas
Elías nunca quiso cerciorarse de si fue un error o un acierto lo de los Juegos. Lo había propuesto Jesús Melgar y los de su equipo de los aficionados al deporte. Se celebrarían un poco más adelante, cuando crecieran los días y se alargaran los atardeceres. Una de las finalidades de estas competiciones, dicen que había dicho don Andrés, era ocupar el tiempo del ocio y embridar las pulsiones de la juventud que, a veces, se manifestaban insoportables, pero la dilación del evento multiplicó las expectativas de tal modo que alguien comenzó a hablar de olimpiadas y con olimpiadas se quedaron. Serían una buena ocasión para celebrar el éxito de nuestro éxodo, la fundación del poblado, la llegada de la primavera; serviría además para conocernos un poco mejor, para poner a punto nuestras habilidades lúdicas que se habían adocenado al estar tanto tiempo sin meter en vereda, y, tal vez, para jerarquizar convenientemente el igualitarismo en el que se acomodan los débiles con los consensos. A Andrés le parecían muy bien las razones exhibidas para aquella celebración pero además especulaba con otras finalidades que rumiaba en los ratos libres. Para él aquello no dejaría de ser un nuevo experimento del maquiavelismo que todo príncipe practica y que ninguno confiesa. A la postre, la naturaleza pondría a cada uno en su sitio, pero mejor que fuese por medio del juego y no de hostilidades abiertas. El caso es que se habían programado una serie de pruebas al final de las cuales se sumarían los puntos obtenidos por cada participante según un baremo acordado previamente. Cualquiera podría presentarse pero tendría que aceptar íntegramente las reglas de juego, aunque fuera a regañadientes, y superar unas pruebas previas si se considerase necesario, lo que pretendía equilibrar la participación entre la masificación y el elitismo. Unos, el caso de Braulio, se tomó muy en serio aquel juego y comenzó a entrenar sistemáticamente sin que nada ni nadie le apartase de su rutina. Él no se podía permitir un fracaso y entrenaba con total dedicación y, lo peor era que resultaba empalagoso tener que soportar el pregón que hacía casi a diario de los incalculables beneficios que, a su juicio, aportaba la práctica del deporte a la salud física… y a la mental, solía añadir, pero menos convencido. —Yo —repetía hasta la saciedad —me encuentro divinamente. No sabéis lo que os estáis perdiendo. ¡No entiendo cómo os podéis pasar ahí todo el día ociosos! Otros también hacían ejercicio, pero su pragmatismo no les permitía perder el tiempo, que es lo que pensaba Seligrat de ese tipo de ejercicio cuya utilidad no estaba tan clara como algunos presumían: él pateaba los caminos, oteaba los horizontes, ojeaba los ríos, exploraba los límites, “por si acaso” decía, y eso le mantenía a punto. Algunos no tenían nada que ganar; se sentían a gusto con sus circunstancias y se conformaban con su situación; ni se apuntaron. Otros no tenían nada que perder y se presentaron porque sí, “para dar juego” que decía el Graciosillo. Tema aparte fue el de las mujeres. Bea, animada por Laly, planteó desde el principio la conveniencia de su participación. —¡Vaya!, ¡cómo no iba a aparecer el temita! —murmuró Isabel. —¿Pero proponéis competir aparte, o en igualdad de condiciones? —dijo Pedro López algo malhumorado. —¡Bueno, habría que hacer algunos ajustes! —se apresuró a puntualizar Bea que se sabía defensora de una causa perdida. —Tal vez podríamos hacer un concurso que posibilite la igualdad de oportunidades entre ambos sexos, como el techado de chozas, o el tejido de algún tipo de vestidos. —Yo creo que hoy por hoy no estamos para esas disquisiciones —cortó Jesús Melgar en un tono que daba pocas oportunidades al diálogo. —Ese tema resulta ahora totalmente anacrónico. Laly acusó el golpe y guardó un discreto silencio mientras pedía disculpas a Andrés con una fugaz mirada. —Ya llegarán tiempos mejores en que se pueda hablar de lo bueno y de lo mejor, pero éste no es el momento —concluyó Mónica con resolución. —O peores —puntualizó Dani en un arranque inoportuno. —No me provoques, Dani, —replicó Bea decidida a no traicionarse ni doblegarse. —Yo sí voy a participar en alguna competición. —Muy bien, Bea, yo estoy contigo —la animó Laly. —Haz lo que creas oportuno —dijo Dani conciliador. —Lo que me incomoda es que nos perdamos el tiempo en debates intrascendentes mientras tenemos por delante el reto de todo un mundo por construir. Por su parte Teresa, Tamara, Jennifer y algunos otros contribuyeron a enterrar aquel asunto irradiando alegría y contagiando a todos. Ellas lo tenían claro: se encargarían de organizar las salidas y de señalar metas además de participar en algunas competiciones, asistirían a los participantes, prepararían la entrega de premios y facilitarían los juegos según sus posibilidades y postergarían la solución de las dificultades hasta el momento en que apareciese. El resultado fue que las expectativas por aquellos juegos crecían día a día. Y, cuando llegó el momento de las competiciones, la Campa estaba vestida de fiesta principalmente por el milagro de la primavera pero también por el cuidado de las vestales que habían repartido la exuberancia del campo por los caminos y las plazas: los lirones pintaban de amarillo toda la pradera, la salvia y el orégano destacaban su pálido morado en los humedales del regato, las retamas aireaban sus racimos de flores laterales por toda la colina matizando el verde. Aquel regalo para los sentidos era el marco ideal para los juegos. —¿No os dije yo que a este lugar le debíamos haber llamado Edén? —dijo Teresa embelesado en la contemplación de aquel paisaje. Y todos parecieron asentir con el silencio. Y llegó el momento de la verdad. El primer día se celebraría el concurso de pesca que, a propuesta de Elías, perfectamente razonada, comenzaría al amanecer. —Sí, –se apresuró a matizar Bea, —pero a las doce de la mañana hay que presentarse en la plaza para comprobar in situ las capturas. La ilusión que tenían los participantes en comenzar la prueba no dio oportunidad a los dubitativos para oponer peros a lo acordado, así que, sin mediar otras consideraciones, al alba, comenzó la competición. Blas, que no había podido cumplir el propósito de madrugar, merodeaba por los alrededores de la Campa a eso de las once tratando de vender sus buenas artes. Se tumbaba sobre el césped en los bordes del arroyo metiendo las manos en las huras de la orilla pero el miedo a lo desconocido le traicionaba a la hora de la verdad y, si notaba algún roce sospechoso en sus manos, en vez de apretar con decisión, dudaba la fracción de segundo que su posible presa necesitaba para burlarle. —El buen paño en el arca se vende —le mortificó el Graciosillo y remató con sorna: “Tú, de pescador, no tienes ni la pinta”. A pesar de todo Blas seguía exhibiendo sus poses y aleccionando a quien quisiera escucharle: —Están en lo más profundo de lo menos profundo y en lo menos profundo de lo más profundo. —decía orgulloso de su teoría. Pero a la hora de la verdad sólo pudo presentarse con una truchina que daba pena. Otros lo habían intentado y no habían conseguido ni eso. David, Bea y Laura llegaron juntos y entre las que se veían y las que sacaron de los bolsillos sumaron cinco; tres había pescado Bea y los compañeros una cada uno. Braulio venía desde lejos. Se aproximaba con paso firme y ademán atlético. Llegó hasta el lugar fijado y arrojó en el césped un envoltorio de hojas y juncos; dentro estaban las truchas que empezó a contar sin prisa, como para solemnizar el acto. —Cinco…, seis… y siete —dijo Dani mientras se acercó para felicitarle por el éxito. Cuando estaba recogiendo las mieles de su éxito dijo Blas mirando hacia el cauce alto del río: —Ahí viene Seligrat. Sólo faltaban cinco minutos para las doce según comentó Braulio que miraba de reojo su reloj sin poder disimular cierto nerviosismo. Salieron a su encuentro unos cuantos amigos y algunos curiosos que le vitorearon sin razón aparente, como para solemnizar. Elías se entretuvo con ellos lo justo para hacerse esperar y para enervar a la competencia, y una vez que creyó conseguidas ambas cosas se movió con su tropa hacia el lugar designado. —¡Trece! ¡Dice que ha pescado trece¡, —pregonó Blas mirando a los espectadores. Y le fueron haciendo corro mientras unos disfrutaban del cómputo de las piezas que Seligrat se iba sacando de la manga y otros lo sufrían como mazazos reiterados en la sien. —¡Qué arte se habrá dado éste para pescar tantas! —insinuó Jesús Melgar en las proximidades de los profes. Pero nadie quiso dar pábulo a insinuaciones tendenciosas. La tarde transcurrió entre los comentarios que se suscitaban en torno a los juegos y los que surgían al hilo de las conversaciones, y en este sentido se puede señalar que, acerca del primer asunto, se cruzaba con frecuencia entre Blas y Bea alguna impertinencia referente al tema de la participación de las mujeres en las olimpiadas pero con una finalidad más lúdica que polémica; y respecto a los otros temas puntuales pudimos constatar que aquellos días se romanceó un asuntillo que tenía mosqueados al Atleta y los suyos. Era referente al Arroyo de Valmedián que, según decían, había mermado demasiado y se habían enturbiado sus aguas en exceso. —Nada importante —decía Teresa que temía que esos pequeños detalles restasen importancia a Los Juegos. —Pero mañana habrá que extremar los controles —advertía Jesús. —Yo tampoco veo muy claras algunas cosas. Y decidieron consensuar mejor la normativa para la celebración de la segunda jornada: Eduardo Chozas propuso celebrar una competición de lucha reglada que consistiría en tratar de derribar al contrincante sin otras armas que la maña y la fuerza. El que resultase ganador competiría en otra ronda con el ganador de otra serie y así sucesivamente hasta seleccionar al campeón del torneo. La propuesta parecía interesante pero algunos comentarios de Andrés con los de su entorno en el sentido de que aquel juego se nos podría ir de las manos enfrió la euforia de los proponentes y se descartó provisionalmente. Julio Izquierdo hablaba en un grupito de un concurso de doma de los potros que campaban por los alrededores, pero el brío con que pateaban y retozaban disuadió hasta a los más arriesgados. Otra idea que se comentó de pasada se refería a la lidia de un novillo que escarbaba desafiante entre los escobares de los alrededores mientras seguía de cerca los movimientos de la choza de vacas liderada por un formidable semental. En sus encuentros casuales con los viandantes se paraba, se cuadraba, escarbaba y con sus formidables movimientos de testuz convencía a sus fantasmas de que la línea más corta entre dos puntos no siempre es la recta. Todos asumimos que aquella propuesta no era adecuada y que aún no había llegado la hora de la tauromaquia así que pasamos de ello lo que precipitó la aprobación por unanimidad de la segunda prueba: se celebraría un concurso de ordeño que ganaría quien se presentase en la Olma al mediodía con más cantidad de leche. Algunos habían madrugado tanto que sorprendieron a la luna ocultándose por el Montecino cuando los primeros rayos de sol se asomaban por los Callejos, pero la implacable realidad se encargó de demostrar que ni al que madruga Dios le ayuda ni que por mucho madrugar amanece más temprano. Y es que, en unos casos, el día había comenzado mucho antes para las crías y ya habían dejado la leche de las ubres de sus madres a buen recaudo; en otros, porque después de tanto tiempo empleado en escarceos y zalamerías resultaba que las hembras cameladas estaban horras o enjugadas y el esfuerzo había sido inútil; en el peor de los casos, como le había sucedido a Mónica, cuando ya habían extraído una lágrima, un movimiento en falso provocado por el miedo a una coz o a una cornada había echado por tierra el fruto de tanto esfuerzo. Tamara y Cosme, que ya llevaban tiempo compartiendo choza, habían decidido participar en esta prueba y se presentaron en el lugar acordado con una botella de leche que aún se mantenía tibia: una cabra rezongona, lastrada por la exuberancia de su ubre y amodorrada por la posible pérdida de su cría les había brindado una oportunidad que no se esperaban; dicen que había dicho Tamara. Cosme por su parte aprovechó la ocasión para destacar ante todos los presentes la habilidad con que le había sorprendido su amiga en el arte del ordeño. —Habéis tenido la suerte de los novatos —les decía Blas que nunca podía estar callado. Jennifer y Eduardo no habían estado por esa labor. Se habían apuntado, pero tenían otras muchas cosas que hacer y en las que pensar. Juan Ángel y Gelito traían las manos vacías y no era de extrañar porque cuando salían por la Pontoneja ya decían que tenían poca confianza en sus posibilidades. Y David, el Graciosillo, compensó su probada inconstancia con el consabido recurso a lo cómico. Mezcló debidamente arcilla blanca del arenal con agua, y se burló taimadamente de los ingenuos hasta que le llegó la hora de la verdad. —¡No hay más cera que la que arde! —ironizó Melgar, cansado ya de sus monsergas. Y el resto del día lo pasamos comentando las incidencias y disfrutando en cierto modo de la sosegada sensación que produce el deber cumplido. En la tercera jornada se iba a celebrar una dura prueba deportiva que no necesitaba más carta de presentación que su nombre “la subida a la Peña Palomera”. La Palomera era una enorme piedra de perfil animado que la caprichosa naturaleza había colgado en medio de las Barrisqueras. Era el primer hito de un ascenso graduado que podría prolongarse, si las fuerzas acompañaban al ánimo, hasta la Majada Honda o hasta el Coriscao donde las nieblas del atardecer confundía el cielo con la tierra. Pero, a los efectos de la competición que se pretendía, la subida a la Palomera era lo más adecuado: la distancia era razonable; la meta, asequible y el marco, espectacular. Desde allí se podía tener una buena visión panorámica de todo el entorno de la Campa. La prueba consistía en subir y bajar a la peña por tierras areniscas tachonadas de arbustos que quebraban la carrera y rasguñaban las piernas si no intuías el atajo apropiado. Arriba estaría Laura controlando que todos diesen vuelta por detrás de la peña. Las chicas de la organización habían trazado la línea de meta en la Pontoneja. Las siluetas de las montañas cuyas crestas se recortaban en el intenso azul del poniente invitaban a la acción por lo que acudieron a la cita un buen número de competidores que, ante preguntas indiscretas, disimulaban sus verdaderas intenciones con evasivas: —Yo sólo quiero participar para colaborar con la fiesta —dijo Ángel Escribano. —Pues yo voy a aprovechar la ocasión para entrenarme —dijo Julio Izquierdo. —Yo quiero probar si estoy preparado por si algún día hay que salir por pies. —añadió Salvador Valera. Nadie quiso admitir que las verdaderas razones estaban relacionadas con el Eros y el Tánatos aunque no supiésemos verbalizarlo. La campera por la que había que ascender estaba cruzada por veredas trasversales que facilitarían el itinerario si la finalidad de este fuese la delectación, pero en este momento no se podía andar uno con rodeos. Lo mejor era subir ladera arriba a salto de mata, esquivando los obstáculos que iban surgiendo. Así lo hicieron Pedro López y Julio que, a la señal, salieron como una exhalación para acaparar los primeros puestos y poder sentirse efímeros vencedores. Elías, conocedor de sus posibilidades, parecía no tener prisa. Sabía que lo de querer es poder sólo es cierto si la decisión es firme y la voluntad, férrea. Antes de pasar el espino majuelo que corona las primeras cárcavas empezaron a marcharse los fuertes, a rezagarse los débiles y a estirarse los otros. El Atleta vigilaba de cerca a Seligrat que rompía intermitentemente el ritmo para romper las piernas de sus adversarios que, a la mitad de la carrera, ya eran nones y menos de tres. Algunos participantes, bien aconsejados por la tozuda realidad, comenzaron pronto a desistir de sus buenas intenciones y optaron por sentarse a la vera de los brezos para tomar resuello y digerir mejor su fracaso; la medida de sus fuerzas les aconsejó refugiarse prudentemente en un discreto abandono. En la Campa el murmullo era creciente y se multiplicaban las apuestas, equidistantes entre la razón y la pasión. Arriba, Seligrat fue el primero en doblar la Palomera y, al hacerlo, se le doblaron también las piernas que parecieron traicionarle; bajó unos cuantos metros más medio arrastrándose por entre los arbustos, pero poco a poco se rehízo porque a esas alturas ya aventajaba a su contrincante en varios metros y, al cruzarse con él, le espetó una mirada desmoralizadora desde por encima. El aspecto de Braulio era patético. Dicen que, al terminar de circunvalar la peña lanzó un ¡ay! premonitorio y se echó las manos a los gemelos. Era como la asunción de su derrota. Seligrat tuvo muchos metros para recomponerse y pudo llegar a la meta con cierta compostura y ser aclamado como un justo vencedor. Parecía no obstante que, con cada resuello, se le iba la vida a bocanadas y todos los vítores con que le recibieron le pasaron inadvertidos. Cuando llegó Braulio a la meta la presión interna y externa le atiborraban los oídos y apenas pudo escuchar su anhelada aclamación. Prudentemente se retiró con sus incondicionales a rumiar su derrota mientras Elías recibía los laureles. El tercer puesto de Xavi mereció una rosa y un beso de Teresa. Nunca un tercer puesto fuera tan bien premiado. Una de las llegadas más celebradas fue la de Carolina Medal que, a pesar de los problemas físicos que se la habían presentado durante todo el trayecto, logró entrar en la meta dentro del tiempo permitido. Poco a poco fueron entrando los últimos rezagados mientras cada uno reconstruía su espacio y cincelaba con el buril de sus comentarios la fama propia y la de los demás. Pero había dos protagonistas especialmente interesados en reescribir su propia historia. Elías, en su fuero interno, estaba convencido de que él sería el ganador indiscutible de los juegos si se diesen por terminadas en aquel momento, y de que también lo seguiría siendo si se prorrogasen las competiciones, por lo que estaba a la expectativa de lo que decidiesen los organizadores y, mientras, paseaba por todos los rincones el embriagador aroma de sus presuntos laureles. Braulio, por su parte, no disimulaba las ganas de contrarrestar las euforias de su principal competidor llegando incluso hasta la provocación: Primero comenzó afeándole el injustificado triunfalismo que exhibía, continuó criticando su estrategia torticera y terminó con una insinuación impertinente que repicaba los picaportes de la enemistad: —Algunos piensan —dijo en alta voz cuando creyó que era bien oído —que “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Seligrat se dio por aludido, por lo de la pesca, y desenvainó el acero de su herido orgullo: —Tú no eres árbitro de nada. Ya te he dicho en otra ocasión, y me ratifico en ello, que tú aquí no eres nadie o, en todo caso eres uno más. Y añadiré: “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. —Yo sólo digo que hay que jugar limpio y que no voy a permitir que nadie se burle de mí ni de nadie. —Y lo dijo con tono desabrido, como siempre. —No -voy a per-mi-tir que na-die se bur-le de mí —repitió Seligrat silabeando e impostando la voz con una tonalidad lerda. —¡Sí, sí! tú juega a despistar. Pero ya sabemos que la verdad, como la sal en las heridas, escuece. —Y ¿cuál es la verdad? —Sabes perfectamente a qué me refiero. —¡No hay nada más atrevido que la ignorancia! —dijo Seligrat con resignación —tú eres de los de la ley del embudo, ves la paja en el ojo ajeno, pero te niegas a ver la viga que te ciega. —¡Bueno, bueno! —trató de minimizar Laly prevaliéndose de su reputada intuición. —Esto es sólo un juego y no tenéis por qué llevarlo por la tremenda. Siempre tenéis que estar creando tensiones y algunos comenzamos a estar un poco hartos. —“La guerra es el padre de todas las cosas” —bromeó Seligrat. —Tú y tus frasecitas —replicó Laly mientras dirigía a Andrés una mirada cómplice . Las palabras de Laly y el silencio de Andrés sirvieron de bálsamo a los rasguños con que suelen terminar los juegos entre cachorros de la misma manada. A pesar de todo, ellos no se perdonaron una mirada desafiante y retadora que algunos íbamos embalando en nuestro recuerdo. Xavi seguía a lo suyo y distribuía a su alrededor discretas carantoñas que amortiguaban los desencuentros. El Graciosillo agudizaba su ingenio en pro de la calma y bromeaba con todo. Laura se acercó al Atleta y le susurró al oído algo que debió ser halagüeño a juzgar por la sonrisa con que la correspondió, y Blasillo, fiel a sí mismo, recogía con ojos desorbitados las migajas de satisfacción que se desperdiciaban por los rincones. Bea, que probablemente había recibido una insinuación de Andrés, intuyó que había que decir algo para recomponer las adecuadas composturas y se puso en pie para anunciar: —Vamos a interrumpir temporalmente los juegos por…por… David aprovechó la pausa dubitativa que aturdió a Bea para exclamar un “¡oh! ¡no…no!”, sin saber exactamente de qué renegaba. —Habíamos comentado antes de comenzar las pruebas —retomó Bea las riendas de la situación —que haríamos un descanso y yo creo que es el momento oportuno para hacerlo. —¡Qué pena, ahora que empezábamos a enseñarnos los dientes! —siguió molestando el Graciosillo. —¡Bueno, bueno, déjate de bromas, que no tenemos tiempo que perder en tus ocurrencias! Y Elías añadió: —¡Muy bien, que yo no quiero volver a competir con malos perdedores! —¡Ni yo quiero saber nada de tramposos! —replicó Braulio. —¡Venga, venga! Que ahora es ya tarde y no tenemos tiempo para más debates —terció Bea. —Mañana ya hablaremos. Y cada uno se fue con su facción por caminos distintos capitaneando las banderías que comenzaban a preocupar a los que, cada vez en menor número, nos quedábamos en tierra de nadie. Y desde aquel día, los paseos del atardecer, que hasta entonces habían servido de bálsamo a los leves rasguños que suele ocasionar la convivencia, comenzaron a envenenarse con la cicuta de la incomprensión. Yo, por mi parte, y sospecho que a otros muchos les sucedía lo mismo, quería seguir disfrutando del encanto de la dorada mediocridad, y contribuía discretamente a hacer normal lo que nunca debería haber dejado de serlo y a ensordecer el redoble de los tambores de guerra que se disipaban al ritmo con que una neblina gaseosa que descendía sigilosa del Prado de las Cabras arrastraba entre sus dedos de nada el manto de la noche y nos reunía en torno a una buena hoguera donde aquellos gritos de tribu daban paso con frecuencia a relatos de pueblo. A los pocos días llegó Teresa temprano a mi choza con el encargo de que yo, (algunos aún me recordaban a su conveniencia mi condición de delegado de curso), convocase a los organizadores de las olimpiadas. Había que hablar con Elías y Braulio para que flexibilizaran sus posturas y limasen sus diferencias. Tendríamos que transmitir la sensación de que aquellas desavenencias eran meras chiquilladas propias de la edad y de la condición humana, y que no tenían mayor importancia. Procuraríamos no vitorear en adelante sus respectivas bravuconadas para que no cayeran en la tentación de abigarrar con más oropeles la imaginería de sus altares. Limitaríamos la celebración de competiciones personales y fomentaríamos otro tipo de pruebas en que lo individual se diluyese en lo colectivo. No daríamos demasiada importancia a las desavenencias puntuales que algunos querían fomentar para magnificar sus acomplejados egos. Y en aquella visita de Teresa acordamos convertir las conversaciones informales del atardecer del día siguiente en una reunión ordinaria con la intención de proponer el abandono de las tensiones inútiles y la formación de equipos de trabajo similares a los que ya habíamos ensayado en los partidos improvisados frecuentemente en la Campa. Durante la mañana hicimos correr la voz de que al atardecer nos reuniríamos para tratar asuntos importantes. Fue Bea una de los primeras en acudir a aquella cita y, a juzgar por su actitud, venía dispuesta a tomar las riendas para iniciar con paso firme el recorrido de aquel nuevo camino. Así que, cuando llegó la hora de la verdad, propuso que una competición interesante consistiría en construir locales públicos adecuados para realizar actividades que hasta entonces improvisábamos por la Campa y cuya sistematización resultaría muy útil para armonizar los enfrentados intereses y las distintas sensibilidades. Habló de habilitar una parte anexa a la cueva para reuniones consultivas y deliberativas. (Con aquellos oportunos tecnicismos pretendía subrayar su propuesta) Teresa se sumó a la iniciativa de su compañera y señaló un terrero anexo a Cuevadorada como el lugar más apropiado para desarrollar todas aquellas actividades a las que se refería como las de el deleitar aprovechando: dos paredes de piedra sobre las que asentar unos troncos que cubriríamos con abundantes helechos y barro sería suficiente para la construcción de aquel local. Xavi, quien venteaba de reojo el rastro de Teresa, estaba interesado en cómo abordar el problema al que algunos se referían como la otra realidad, la que nos explota en las manos cuando no tenemos explicación razonable de lo que nos rodea, la que se emboza indefinida entre el ser y la nada. Hacía tiempo que algunos reivindicaban espacios para escudriñar estos arcanos. Era el caso David y de Sonia Contreras que propugnaban el teatro para recrear estas ficciones de un modo inteligente. Otros, que eran abanderados por Avelino Arjona preferirían potenciar los ritos para fusionar lo lúdico, lo mágico y lo críptico. Y luego estaba Isabel Latorre que opportune et impportune proponía reiterativamente la religión como el medio más idóneo para acunar a los ingenuos en el regazo de una confortable ignorancia. …Y por debajo de todas estas pulsiones siempre se adivinaba el sinuoso trazo de Xavi a quien Seligrat, seguido por su grupo al que David ya se refería de ordinario como los Marginales, habían bautizado con el pomposo renombre de Sumo Sacerdote. —No veo ningún inconveniente —dijo en aquella ocasión —en que alguno de estos locales pudiera servir como escuela o para cualquier otro uso común. —En la parte posterior podríamos aprovechar una falla en las calizas para excavar una cueva que sirviera para almacén y despensa de provisiones, —observó Carolina. Isabel creyó llegado el momento de insistir en que se acondicionase debidamente, a la orilla del arroyo, el espacio reservado a la higiene personal. —Con todas esas construcciones que acabáis de proponer ya tendríamos todo lo necesario para que haya pueblo, –sentenció Ángel Escribano. —Faltaría la oficina del sheriff y una iglesia. A Isabel aquella observación le pareció impertinente pero no respondió. —¡También hay que arreglar el Chiringuito de María! —apuntó Márquez que estaba recostado a la sombra del avellano del poniente, —¡Que un pueblo sin cantina no es pueblo! —Por ahora tendremos que conformarnos con mercadear por la Campa y aledaños y con disfrutar de los encantos de Riauriau. Luego, ya veremos —puntualizó Xavi. Seligrat no sería Seligrat si pudiera permanecer callado pero esta vez tampoco pudo dejar de ser fiel a sí mismo y replicó: —¿Todos estos proyectos entrarían en la categoría de obligaciones o de devociones? —¡Elías! –dijo amablemente Bea, —¿pero es que a todo tienes que ponerle reparos? —¡Ay, Bea, Bea, nada se soluciona con inquebrantable asentimiento! ¡Qué sería de vosotros si yo y unos pocos más no fuésemos el contrapunto a las taimadas intenciones de los que confunden su opinión con la verdad! Sería imposible el progreso, que es lo que realmente distingue a los humanos del resto de los seres que nos rodean. —Si ya sabemos que, en el fondo, tienes razón muchas veces, pero en las formas dejas casi siempre algo que desear. —Me alegro de que tú también empieces a sumarte al uso de las adversativas. Creo que ya vamos por el buen camino. Nadie tuvo nada que añadir a aquel discreto diálogo, lo que no dejaba de ser una buena señal. Braulio, que también estaba en la reunión pero como quien no estuviera, permanecía estático en un rincón aparentemente ajeno al debate que nos ocupaba, pero su gesto adusto resultaba suficientemente elocuente.
—¡Vamos a organizar las tareas y mañana mismo comenzamos las labores, ¡que no tenemos tiempo que perder! —dijo Bea. Y empezamos a formar grupos de trabajo por consenso, sin que nadie sintiese necesidad de imponer su criterio, aunque, por la fuerza de la costumbre, los equipos fuesen básicamente los mismos del balontrapo: de acondicionar la Asamblea nos encargaríamos Bea, Teresa, Isabel Pérez, Laura Rovira, Pascual Márquez, Joaquina Sanz, yo y algunos compañeros que se sumaron por proximidad. Jesús, Dani, Pedro López, Julio Izquierdo, Sonia Contreras y algunos otros a los que Andrés citaba al principio por el nombre, después por el apellido y finalmente señalaba con el dedo con un tú y tú que evidenciaba la desidiosa memoria del profe, se encargarían de acondicionar el lugar de los Usos Múltiples. Elías, Cristina, Sabrina, Jennifer, Eduardo Chozas, Salvador Valero, las hermanas Amador Sierra, y algunos más que se habían quedado en el rincón de la exclusión voluntaria, porque no consideraban interesante aquella propuesta o porque no querían molestar con sus constantes desavenencias, se pusieron a disposición de Laly para cualquier otra cosa que fuera útil. —Como sois… seis o siete, —dijo Andrés mientras les tanteaba con la mirada —podéis encargaros de la despensa, o darle a Isabel el gusto de acondicionar como lugar de aseos esa zona a la salida del poblado, en el último tramo del arroyo y cerca de donde desemboca en el río Grande, cuyo entorno ya se frecuenta a tales efectos. —¡Bueno, bueno! –ironizó Salvador Valero —que no somos supermanes. Habrá que dejar algo para mañana. —“Mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder mañana” —ironizó Juan Ángel con la cita clásica mientras miraba a Andrés. Y añadió Laly: —¡Salva!, ¡Sin prisa pero sin pausa! Rocío Carratalá se sumó a las reticencias de Salva y añadió: —Es verdad, no somos ni supermanes ni superwomans. —¡Eso, eso! —subrayó Mónica para enfatizar el segundo término de la conjunción. Pero a nadie le pareció oportuno volver a este debate en aquel momento. El resto formaría un grupo que podríamos llamar de intendencia: prepararían el leñero para el invierno, arreglarían los caminos y las veredas, controlarían los rebaños y se ocuparían de otros menesteres que se considerasen útiles para el grupo. ̶ ¿Y yo dónde voy? —dijo Blas sintiéndose excluido. —Tú puedes ir en el grupo que quieras —zanjó Xavi. —No te preocupes, Blas. Tú y yo —terció David —seremos los escribanos de todas estas historias y sus respectivas intrahistorias. —Ah, pues está muy bien —añadió Xavi como quitándose un peso de encima. Nadie polemizó ni tomó demasiado en cuenta aquella observación que pasó desapercibida para todos menos para el Graciosillo que sabía muy bien lo que quería. Laly, a propuesta de Andrés y con la aceptación unánime, fue nombrada coordinadora y supervisora de todos los trabajos, lo que sería un estímulo extra que convertiría la obligación en diversión a expensas de la efectividad. Y es que todos la veíamos, la mirábamos, la deseábamos. Era una curiosa forma de disfrutarla, pero la única…Y todos contentos. —¡Venga, venga! ¡Mañana sin falta empezamos, que no tenemos tiempo que perder! — Enturbió Braulio con voz inoportuna los remansos de paz que de vez en cuando se atisbaban en su entorno. —Sí, pero no pretenderéis que todo eso de lo que se ha hablado se vaya a hacer en cuatro días; que, aunque no tengamos tiempo que perder, tampoco queremos que estos juegos y estas distracciones se consideren trabajos productivos que terminarían por convertir esto en un valle de lágrimas –insistió Salvador Valero que trataba de hacerse oír. —Por supuesto que no, —dijo Laly. —Dedicaremos a estos menesteres sólo el tiempo necesario y procuraremos compaginar el inevitable tiempo del aprovechamiento con los necesarios momentos de deleite. Estas actividades no las propondremos como concurso sino como ocupación y después, si la experiencia es positiva, convertiremos este plan en rutina cotidiana hasta convertir todo esto que nos rodea en algo nuestro tanto en el plano individual como en el colectivo hasta tal punto que lo valoremos y lo defendamos como algo propio de lo que podamos sentirnos orgullosos. Esta última observación subrayada por el indiscutible prestigio de la emisora calmó los ánimos de todos y en aquel punto se dio por terminada la reunión y cada uno se agrupó en torno a los suyos y los rincones de la tarde quedaron salpicados de pulsiones de vida. Isabel la Torre propuso a Carolina acercarse a las orillas del Arroyal para darse un baño. Cuando llegaron a las inmediaciones del río comenzaron a aligerarse de ropa detrás de unas genistas mientras oteaban los alrededores por si eran observadas por algún indiscreto. Después adornaron la campera con juegos de la edad antes de salpicarse en la orilla y acariciar con brazas relajadas los remansos que forma la corriente en la curva de los álamos. Al salir del agua sus paños mojados multiplicaban el erotismo de sus perfiles. Disfrutaron de la fugacidad de aquellos pequeños placeres hasta que oyeron el murmullo de alguien que se acercaba. Era Dani Ballesteros que últimamente mostraba querencia a compartir espacio, tiempo y otras circunstancias con Isabel, y en esta ocasión se acompañaba de Ángel Escribano. —¡Ah! ¿Sois vosotros? —dijo Isabel mientras evidenciaba la sensación de que le faltaban brazos para cubrir su parcial desnudez. Carolina aguanto mejor las miradas de sus compañeros pues, aunque le parecían algo indiscretas, las consideraba como algo normal. —No hace falta que te tapes tanto, Isabel. —comentó Dani con la naturalidad que suele acompañar a la camaradería. —Tarde o temprano vestiremos todos al dictado de la naturaleza. ¿Por qué no puedes hacer tú como hacen muchas de las otras? —Yo no soy las otras. Cada uno tiene una manera distinta de entender las cosas y yo prefiero ir más tapadita —replicó Isabel. —La verdad es que os sientan bien esos trapitos, —observó Ángel. —Resulta más excitante lo que se insinúa que lo que se recarga. —No queremos que nos miréis con lascivia, nos ponéis nerviosas. —Yo no puedo evitarlo insistió Dani. —Vuestros encantos son carceleros de mi libertad. —Así y todo, no quiero que me mires con ojos suplicantes, que me da mucha vergüenza. —protestaba mientras trataba de pasar desapercibida tras las salgueras donde tenía la ropa —No sé por qué no hacéis vosotras lo mismo que la mayoría de las compañeras que frecuentan el Jardín y exhibís alguna vez, aunque sea discretamente, vuestros encantos. —Aquí, como en todos los sitios tiene que haber de todo, —puntualizó Carolina. —Unas necesitan pregonar sus paños y otras confiamos en venderlos en el arca. —Contrólate, por favor, Dani. Por ahora no hay nada que hacer, —concluyó Isabel. —No puedo olvidarme; los nudillos de mis deseos llaman con demasiada insistencia a la puerta de la belleza; pero nadie me responde. —Podría darte muchas respuestas pero seguro que no te iban a convencer, así que, sin pretender desanimarte, te diré que en este caso me mueve la razón más poderosa e inconfesable que siempre ha movido al ser humano y cuya formulación, casi siempre preterida por razones de cortesía es el famoso “…es que no me da la gana”. Dijo esto mirando con misericordia a su compañero quien teatralizó un plañido que terminó con una sonrisa cómplice. —Es que estáis muy guapas —insinuó Ángel Escribano con la discreción que aconseja el temido reproche. —Deberíamos preparar también un concurso de belleza y un desfile de modelos. —Ni se te ocurra plantear eso porque vas a desfilar tú y cuatro exhibicionistas más. Tenemos demasiadas cosas importantes que hacer como para dedicarnos ahora a esas banalidades. —¡También tú tendrías que acostumbrarte a descubrir el encanto de esas otras cosas que llamas banalidades! —contestó Ángel sin mostrar ni la más mínima mueca de contrariedad. —Hay que darle importancia al rito, porque es importante aquello que nos lo parece; por eso, igual que celebramos unas olimpiadas, podríamos dedicarnos, al menos unos días, a disfrutar de los encantos que nos brindan algunos momentos puntuales de la vida. Hay que tener la mente abierta a todos nuestros sentidos, Isabel. No hay que tener miedo irracional a lo nuevo. Seguro que a Xavi y a David no les parecería tan descabellada esa idea. —Es posible, —concluyó Isabel mientras miraba los últimos rayos de sol que doraban la Colladilla, —pero en estos asuntos yo prefiero dejarme llevar por un sexto sentido que tantas veces le ha guiado al hombre por el buen camino. Hay otras muchas cosas importantes en que pensar si queremos algún día sentirnos satisfechos de nosotros mismos. Las primeras sombras aconsejaban el regreso a la Campa por lo que, después de recomponerse tras el exiguo ramaje, salieron y comenzaron a deshacer el camino mientras deshacían a la vez algún que otro malentendido.
Las mañanas repiqueteaban por entre las rendijas de las genistas que, aunque precariamente, nos protegían de la intemperie y marcaban las improvisadas paredes de las chozas con rayas de sol que anunciaban el día pocos segundos antes de que desde el altozano de la Campa se oyese el acuciante ¡vamos!, ¡vamos! con que nos espabilaba Blas que, motu proprio, llevaba días actuando de pregonero. Aquel día, espoleados por una jornada de inconcreta promisión, la pereza fue una enemiga menor y, al salir de las chozas, en más de una cara centelleaba una sonrisa que se extendía entre los vecinos y compañeros con los que se cruzaba en el camino hacia la Olma. Aquella mañana ya esperaban allí los madrugadores, se desesperaban los nerviosos, se distraía la mayoría y se retrasaban los de siempre. Allí permanecía estático el Atleta cruzado de brazos en su torre de vigía e intrigaba Seligrat en su rincón preferido, allí revoloteaban demasiados moscones en torno a Laly y a Teresa y manipulaba docentemente Xavi. Allí estábamos esperando casi todos la señal. Y entonces Bea miró a los profes, comprobó su asentimiento tácito y dijo: —¡Ya podemos empezar! Cada equipo se reunió en distintos puntos y consensuó la estrategia a la que habría de inyectar la euforia necesaria para emular a aquellos heroicos competidores que in illo tempore inspiraron el “pueden porque les parece que pueden”: Cavaríamos los cimientos de las nuevas obras, recogeríamos piedras del río y tierra barrial de los regatos circundantes para dar consistencia a los distintos materiales, cortaríamos troncos de árboles y aprovecharíamos los caídos que nos parecieran útiles para la asegurar la estructura, prepararíamos haces de genista, gavillas de helechos y cordeles de cáñamo y otras gramíneas para techar las cumbres.
La frase motivadora de Laly que recordaba “el dímelo hilando” de su abuela nos acompañaba por doquier. Creábamos y recreábamos, festeábamos y festinábamos, ritmábamos los trabajos con aúpas y canciones y romanceábamos las vivencias de los demás confundidas con las nuestras. Y así nos acostumbramos a pasar los días divertidos en aquellos menesteres. La escasa motivación de algunos de los compañeros que formaron el grupo de sobrantes, según nomenclatura provisional de Blasillo, fue generalizando la muletilla “vale como provisional” con que se coronaban algunas de sus chapuzas que ponían de los nervios a Braulio y a los perfeccionistas. Con todo, con el paso de los días, apuntaron en su haber unos montones de leña para templar los espacios públicos, un embalsamiento del arroyo para propiciar el reconfortante baño del atardecer, la limpieza y poda de unos frutales que prometían abundantes frutos para el otoño y también reforzaron los cimientos de la Pontoneja con unos bloques de calizas que estorbaban en medio de la Campa. Cuando el sol se ocultaba entre el Montecino y Peñas Albas regresábamos todos los grupos de nuestras respectivas tareas razonablemente satisfechos de la distracción en que nos habían sumergido aquellas labores. Significativamente contento regresó uno de aquellos días Seligrat que, después de tomarse unos minutos para asuntos propios en la discreción de su choza, salió a la Campa como con un subidito nivel de euforia. —¡Laly...! ¡Laly! —llamó su atención desde cierta distancia. —Quiero comentarte algunas ideas que se me han ocurrido hoy mientras hacíamos la huebra. —¡Hombre!, ¡Cómo me alegro de que hoy hayas orientado la vela en la dirección del viento! —Es que yo también, a veces, tengo mis buenos momentos. Cuando me siento bien acompañado tengo más claro dónde está el norte. Laly se quedó mirándole fijamente a la cara mientras él dispersaba sus miradas por las circunstancias adyacentes. —Dime, Elías. ¿Qué se te ha ocurrido? —Creo que algunas de estas actividades en que vamos a ocuparnos estos próximos días son producto de una excesiva especulación y, en algunos casos, de consideraciones superfluas. Debemos ser más prácticos y tratar de aprovechar mejor los recursos de la naturaleza para conseguir nuestro bienestar. Deberíamos sumar el bagaje cultural previo a este viaje y la experiencia que hemos adquirido en él. —Y eso cómo lo podríamos hacer? —dijo Laly que parecía interesada en el asunto. —Recuerdo algunos viajes que hemos realizado durante el curso para curiosear culturas antiguas –continuó Elías —en los que a todos nos han sorprendido las ingeniosas construcciones con que nuestros antepasados dominaban poco a poco su entorno. Hoy he estado observando los alrededores y me he dado cuenta de que, si aplicamos ese ingenio a nuestras circunstancias, podemos convertir este valle, que ya empieza a ser nuestro, en un mundo lleno de posibilidades para lo cual habrá que construir caminos, presas, puentes, tierras de labor, canales de riego, cisternas … —Y fundiciones para obtener hierro que nos será muy útil —añadió Dani Ballesteros. —Eso, y fraguas donde forjar herramientas para cultivar nuestra tierra y roturarla, y binar y terciar si hiciera falta, para obtener abundantes cosechas. —Y donde fabricar armas para defendernos y atacar si algún día lo creyésemos necesario —insistió Dani. Seligrat no quiso dar importancia a las insinuaciones del compañero y siguió con su enumeración: —Tendremos que tratar de aprovechar la lana de las ovejas y el cáñamo y el lino para tejer vestidos y protegernos del frío, y aprovecharemos la piel de los animales para cubrirnos. —Mi abuela me ha contado —dijo Tere animosa como casi siempre — que cuando ella era pequeña su madre y las vecinas se reunía en lo que llamaban los hiladeros y allí cardaban la lana, que previamente había sido esquilada en los corrales y lavada en el río, y después la hilaban para formar ovillos que tejían posteriormente con agujas de enebro o de hierro. De allí salían los calcetines, los escarpines, las calzas y las medias calzas y la ropa de abrigo con que minimizaban las inclemencias de los crudos inviernos. —Sí —añadió Elías. —Hay que recuperar esas tradiciones y construir telares donde tejer vestidos que nos proteja del frío y de la indiscreción; molinos y horneras para preparar el pan que nos libre del hambre y hasta balsas que con el tiempo se convertirán en barcas capaces de dominar nuestro entorno y lo ignoto que nos rodea…No en balde hemos vivido antes en un mundo que, respecto de este, podríamos decir que era un mundo ideal en el que tendremos que fijarnos. Había cogido carrerilla y estaba dispuesto a seguir con su enumeración pero Laly le frenó mientras escenificaba un gesto aquiescente: —No seré yo un obstáculo para todos esos proyectos que, no sólo los veo posibles, sino que los creo necesarios. —Yo también creo que es una buena idea —dijo Mónica Soler que había estado pendiente del discurso, aunque de refilón —pero desconfío de las utopías. —Pues yo desconfío del que ha perdido el atrevimiento de soñar el ellas —contestó terminativo Salvador Valero. El laconismo de estas últimas frases enfrió el ánimo de los oyentes y el tema, que prometía interés, comenzó a diluirse a medida en que las conversaciones se enriquecían con otros elementos contextuales que mariposeaban a flor de piel. Laly cerró aquellas reflexiones con un “me parecen interesantes tus ideas” que a Seligrat le arrancaron una mueca de simpatía. Después se acercó a Andrés, que parecía llevar tiempo a la espera de aquel momento, y comenzaron el rutinario paseo vespertino. Cada uno de nosotros, a nuestra manera, nos estábamos acostumbrando a aquellos deliciosos paseos en los que comentábamos las vivencias cotidianas, rememorábamos las pasadas o nos refugiábamos en el confortable regazo de los sentidos mientras escribíamos nuestra historia.
Y durante una temporada aprendimos a convivir a lomos de una sosegada pero fructífera monotonía. La afinidad propiciada por la necesidad de afianzar los lazos que nos unían surgió espontáneamente en los grupos, pero no dejaban de surgir inoportunas ocasiones para destacar las diferencias que nos separaban. En cada uno de estos grupillos surgían líderes ocasionales, a veces oportunistas, que, si en un principio actuaban por altruismo, después lo hacían impelidos por fuerzas de atracción o de repulsión que nos polarizaban un poco más cada día. La puerta del cubil donde habían estado encerrados los instintos se abría con el paso del tiempo y un atisbo de rebeldía comenzó a asomarse en algunos gestos, sobre todo en los de ellos; y las manifestaciones de fuerza, disimuladas en actuaciones lúdicas salpicadas de mañas y astucias, sustituyeron poco a poco a la agudeza y al ingenio. Ellas, por su parte, habían comenzado a engalanar sus actuaciones y frecuentaban las transparentes aguas de uno de los cercanos remansos del río desde donde regresaban transfiguradas.
Capítulo 11
A vueltas con los debates parlamentarios
Bea y algunos de los que estábamos preocupados por la organización del grupo no nos habíamos olvidado del compromiso de organizar la famosa reunión, la Constituyente la llamaba ya con sorna Seligrat, para tratar formalmente de los asuntos que liaban con demasiada frecuencia la madeja de las relaciones y, aunque sabíamos que de esas convocatorias tan anunciadas no se debía esperar demasiado, una tarde, como de improviso, aprovechó las últimas desavenencias, y para que nadie sospechara presiones externas, anunció la convocatoria que discretamente había consensuado con los profes. Para subrayar la importancia de aquella reunión había decidido tener en cuenta hasta los más pequeños detalles. El lugar designado sería la Olma, el olmo que se erguía majestuoso junto a un recodo donde los caprichos de la naturaleza habían tallado en una pared rocosa estalactitas que recordaban iconos de un retablo barroco. La amplia campera delimitada por el trazo del río sería el sitio apropiado para solemnizar aquella reunión que celebraríamos a media mañana del tercer día. —A la hora tercia —solemnizó Javier Cuesta que aún tenía in mente la construcción del prometido reloj de sol. Todos pensamos que el plazo era suficiente para que cada uno se posicionase, a su criterio y según su real gana, en la escala de su relativismo o en el peldaño de sus dogmatismos. Y cuando llegó el día señalado, de buena mañana, empezaron a pulular despreocupadamente por la Campa los que presumían de que no tenían nada que ganar, ni que perder; esos que siempre hablan a la ligera, disparan por aproximación y suelen herrar el tiro, pero se suelen refugiar en un exculpatorio “ya lo decía yo…” o “tenían que haber hecho…”; otros no paraban de hablar, con buena intención pero con escasa astucia, y mostraban sus cartas antes de comenzar la partida; y otros pocos, que iban de presuntos caudillos y se hicieron esperar como los obispos, desgranaban su epifanía con cierto gesto apático, como si la reunión no fuese con ellos. Su juventud anteponía la intuición a la experiencia lo que les convertiría en presas fáciles si la dialéctica o la estrategia se hicieran imprescindibles. Mientras esta manifestación de inquietud bullía por la Campa algunos ya disfrutábamos del sosiego que nos causaba ser sabedores de las intenciones de los Profes porque el día anterior coincidimos con ellos un grupito de alumnos en el rellano que el camino dibuja en el Pasil de Valmedián y nos hicieron partícipes de alguno de sus arcanos dando con ello el primer paso para conseguir los apoyos que se harían imprescindibles para coordinar ideas, dirigir acciones o imponer normas. El tema surgió porque alguien manifestó su preocupación por ciertos rumores que se estaban difundiendo acerca de la intención de algunos de proponer una relativa anarquía como forma de articular la convivencia. Pero Andrés nos tranquilizó con la exposición plástica de sus convincentes previsiones: después de la reunión todo quedaría más claro; habría, como suele suceder siempre, tres grupos, los que tiraríamos del carro, que evidentemente seríamos nosotros y algunos pocos más; los que se subirían al carro, grupo formado por la mayoría discreta y silenciosa, siempre dispuesta a apoyar a los primeros; y un número indeterminado e ineludible de los que pondrían entrampes en las ruedas. Laly le miró con disimulado atisbo de admiración y se alineó discretamente con este análisis: —Y tenemos que respetar todas las posiciones aunque nos parezcan irreflexivas. Dejemos que cada uno se sienta dueño de su destino y pueda exponer y defender sus ideas aunque a los demás nos parezcan equivocadas. Es bueno poder ejercer el derecho a equivocarse y a rectificar. Las aguas recién caídas siempre campan a sus anchas pero, al final, vuelven a su cauce, y nuestros amigos discrepantes terminarán por entrar en razón. A Braulio estas consideraciones tan benevolentes con los que él consideraba adversarios no le acababan de cuadrar porque creía que amenazaban los círculos concéntricos de su imperturbable ego, así que se atrevió a decir: —Pues a esos hay que advertirles de que para convivir es necesario tener en cuenta las opiniones de los demás. Nadie puede hacer lo que le venga en gana. —Braulio...! —dijo Andrés cortésmente, —las opiniones son libres siempre y cuando se expresen con respeto a los demás. Xavi sintió que le tocaba decir algo y mirando a Laly sentenció: —Todo lo que pasa por nuestra cabeza en cualquier momento, y éste no es una excepción, tiene algo de verdad. —Sí, pero no es menos cierto lo contrario porque esas mismas afirmaciones siempre tienen algo de falso —dijo Braulio que miró a Andrés como pidiéndole disculpas porque presentía que invadía territorio extraño. —Estamos hablando —dijo Andrés escalando un peldaño del púlpito de la solemnidad— de algo muy importante. Aunque muchas veces decimos que alguien hace las cosas “a tontas y a locas” esa expresión sólo quiere decir que no entendemos las verdaderas razones que las motivan; es más, la mayoría de la gente no podría verbalizar el último porqué de sus actuaciones, eso es producto de la reflexión y no todo el mundo tiene tiempo ni capacidad para transitar por caminos abstractos. Pero al escucharos he podido reconocer esa voz del filósofo que viaja con nosotros. Todos y cada uno de los presentes nos repartimos el escenario y contribuimos a solemnizar el acto con el silencio que suele preceder a los momentos importantes. —Estas razones poderosas que mueven el mundo —continuó mirando al tendido pero como sin vernos— ya han sido teorizadas en distintas ocasiones. Unas veces se ha llamado interés, bajo cuyo manto se disfraza todo aquello que utilizamos en nuestras relaciones con los demás para desenvolvernos en el mercadeo del “do ut des” y “facio ut facias” que, según los clásicos, condiciona y regula toda relación humana. Con el tiempo esta relación se institucionaliza en las distintas civilizaciones creando monedas de cambio y, cuando aparece el dinero como motor de esa relación, comienza otra historia. Otras veces justificamos medios vergonzantes para conseguir inconfesables fines, sin querer darle la razón a Maquiavelo, lo que quedaría muy mal. Teresa y Laly se echaron una discreta mirada de complicidad pero callaron. Andrés continuó como si le hubieran dado cuerda: —A veces —fijó brevemente su mirada en Cristina— se han inventado sorprendentes nombres capaces de atrapar en sus sutiles redes la confusa sustancia de la que algunos hablan con frecuencia, esa máquina maravillosa y formidable que compartimos con todos los seres vivos sin la cual nada sería igual. Lo hemos llamado sexo, eros, amor… y pienso que, aunque miremos para otro lado o escondamos la cabeza bajo el ala, ella va a seguir dirigiendo nuestras actuaciones le pese a quien le pese. —¿Pero eso quiere decir que estamos inermes y no podemos hacer nada para dominar los instintos, como les sucede a los animales? —preguntó Jennifer entre suspicaz, provocadora y morbosa. —¡No! —respondió Andrés—. Para evitar eso la sabia naturaleza nos ha dotado de otro mecanismo que nos dirige por los caminos que debemos transitar. Y señaló con el dedo índice su cabeza explicitando así aquello de lo que tan orgulloso se sentía. —Eso que algunos pierden con tanta frecuencia —dijo Blas señalando a David. —¡Pero ¡qué pesado eres! —se limitó a contestar el señalado con un tono que subrayaba la intención de ningunearle. —No es inteligente —añadió amablemente Andrés— distraerse con lo anecdótico y olvidar lo importante. Toda esa energía que desperdiciáis en vuestras disputas va a ser necesaria para ponernos a todos a caminar en la misma dirección aunque vayamos por distintos atajos. Todas estas observaciones facilitarían sin duda la puesta en común de nuestras ideas en la reunión. …El caso es que, llegado el momento de la verdad, se llenó la Campa con los que venían de sus asuntos y pasaban de las preocupaciones de los demás. Cada cual acudía a la cita con sus circunstancias al hombro. A unos les acuciaba la curiosidad, a otros les ralentizaba la inseguridad, a los menos, el prurito de hacerse esperar. Un creciente silencio disipaba los murmullos de los caminos y focalizaba la atención hacia un punto inconcreto de las estalactitas; era la señal de que el momento era propicio para el debate y Bea lo aprovechó oportunamente: —Antes de nada, quiero proponer a don Andrés como moderador de esta reunión —ahuecó la voz para disimular la contundencia de su decisión—. Creo que ninguno de los presentes objetará esta propuesta. Todos callaron, aunque algunos tuvieran que tragarse algún exabrupto con el que hubiesen afianzado en otra situación su débil posición personal. Sabían perfectamente que esta inevitable concesión era el primer triunfo de la razón sobre la pasión, de la experiencia sobre impericia, de la ciencia sobre la inocencia, del orden sobre el caos, pero ya llegarían tiempos oportunos para las salvedades. Bea también aprovechó el silencio de todos para recordar que este era el momento de objetar, si alguien lo creyese oportuno, ya que parecía evidente que todas las normas que fuésemos acordando deberían ser aceptadas y cumplidas por todos aunque personalmente no se estuviese de acuerdo en todos los aspectos. Mientras hacía estas consideraciones miraba intermitentemente al Atleta que había tomado posesión de su punto estratégico desde donde dominaba todo el Ágora; piernas abiertas, brazos cruzados y mirada al frente. En los últimos días había ensayado un nuevo look que procuraba exhibir ante sus presuntas admiradoras, especialmente ante Cristina a quien mostraba desde hacía algún tiempo su perfil favorable, según puntillosas observaciones de Seligrat. A medida que fue creciéndole su encrespado pelo negro empezó a dejárselo cuidadosamente descuidado. Lucía una incipiente barba que se atusaba pausadamente mientras colgaba su mirada nerviosa en alguna de sus pretendidas preocupaciones que, a pesar de su pose de ungido, eran prestadas, también según las mencionadas observaciones de Seligrat. Se esmeraba en pavonearse de los atributos con que, en su opinión, la naturaleza le había dotado para defender la razón de la fuerza. Los perfiles de su cara acentuaban una rigidez próxima a la inexpresividad lo que era muy eficaz para que los alineados en la antipatía le guardasen las distancias. Cada día hablaba menos y restringía más las confidencias. Él mismo amplificaba estos rasgos huraños convencido de que toda buena estrategia se inicia en el ámbito de lo psicológico. Muchos ya decían abiertamente que se estaba volviendo un poco raro; otros, que era su manera de expresarse; pero yo creo que los profes le consideraba un raro útil por lo que, en principio, le dejaban hacer. Elías, que se había percatado de la trascendencia que iba a tener para el futuro de todos, sobre todo del suyo, las decisiones que allí se iban a tomar, queriendo disipar las dudas que de vez en cuando le asaltaban sobre su propia prestancia y convencido de la necesidad de ganar tiempo para postergar su temida vacuidad y para conseguir más simpatizantes, propuso aplazar la reunión unos días para lo cual recurrió al tópico de la necesidad de pensar bien las cosas. —¡No! —le cortó Bea con decisión—. Creo que llevamos demasiado tiempo pendientes de este asunto y no tiene sentido posponerlo. Además, lo que hay que hacer, cuanto antes, mejor. Cualquiera diría que nos asusta enfrentarnos a la realidad… —¡Miedos, ninguno, Bea¡, pero cuando se trata de asuntos importantes lo mejor es pensárselo dos veces. De todos los modos, en esto, si de mí depende, tú tienes la última palabra. —Creo que es mejor seguir con lo acordado —concluyó Bea—. Lo que podemos hacer es nombrar un grupo para que redacte las conclusiones a las que lleguemos en esta reunión. —¡Por mí, de acuerdo; aunque no me gusta mucho eso de las comisiones! —contestó Seligrat contemporizador. Para entonces ya todos intuíamos que aquella puesta en común no iba a ser un juego dialéctico más con el que entretenernos, sino que iba a tener más trascendencia de la prevista. Durante el periodo de reflexión, como en otros semejantes que surgían espontáneamente en los distintos rincones de La Campa, solía haber demasiado cotilleo y escasa opinión. Pero lo que se acrisolaba por momentos era la decisión de encontrar la manera de armonizar la libertad de cada uno con la de los demás, si no, nos daríamos mucha guerra los unos a los otros. Ello había contribuido a generar unas expectativas que, en cierto modo, atenazaban la espontaneidad de las manifestaciones y crecía un silencio incómodo. Andrés asumió entonces el roll de moderador y dijo con cierta solemnidad: —Levanten la mano los que quieran intervenir. Por un momento se congeló la escena y los valentones brillaron por su ausencia. Bea se sintió impelida, casi hostigada, por aquella situación que nos enervaba a todos y se apuntó. El Profe le concedió el turno y, con un tono algo nervioso al principio y progresivamente firme después, consiguió atraer la atención de todos los presentes: —¡Compañeros...! Guardó unos segundos de silencio como proponiendo el consenso en el término. “(¡Qué difícil es verbalizar los mundos sembrados de pasión!)” pensaría. —Todos hemos sido arrojados a este mismo lugar y por tanto esto es lo que tenemos en común y lo que tenemos que compartir, así que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa —añadió mientras buscaba en los profes un gesto de implicación, y prosiguió reconfortada tras aquella ilusión—. Como veis, al principio, el camino nos vino en cierto modo determinado y la ciega necesidad apenas nos ofrecía alternativas, pero el paso del tiempo se ha aliado con nosotros y ahora nos brinda la oportunidad de fijar nuestro rumbo. Si nos equivocamos no tendremos a quien culpar. Es cierto que estamos aquí arrastrados por azarosas circunstancias pero ahora se nos brinda la oportunidad de fijar nuestra meta. Seremos lo que creamos que vamos a ser. Los compañeros escuchábamos en incómodo silencio disimulado entre miradas ausentes y carraspeos complementarios. Bea ganaba confianza a buen ritmo: —Seguro que de todo esto que vamos a hablar ahora ya hemos hablado en distintos momentos, y por tanto, nada va a ser totalmente nuevo. Los acuerdos y consensos a los que lleguemos en estas reuniones se convertirán en normas, si preferís las podemos llamar leyes. Cada vez va a haber menos oportunidades para la rectificación; Creo que podemos ser comprensivos con el error pero no con la persistencia en él. Volveremos a tratar cualquier tema siempre que sea necesario para solucionar cualquier problema que surja; no daremos un paso adelante sin haber analizado todas las consecuencias que ello pudiera acarrear, pero las decisiones acordadas deberán ser aceptadas y cumplidas, por duras que sean, y no queremos que olvidéis que “el que calla, otorga” por lo que si alguien tiene algo que objetar deberá hacerlo constar ahora. Tal vez en el lapsus del queremos plural en que se arropó Bea y en la silueta impertérrita del Atleta cruzado de brazos estaba el secreto de la contundencia de su argumento. El techo cóncavo de aquella gruta que la naturaleza había decorado con caprichosas estalactitas confería un tono mágico a sus palabras. Salvador Valero emuló a su amigo Elías, y aprovechó la ocasión para objetar cortésmente: —No quiero contagiaros de mi ocasional escepticismo rayano en el pesimismo, pero nuestra situación tiene más de naufragio que de viaje. Más que caminantes somos náufragos. —Pero, aún si naufragamos, lo hacemos a favor de corriente —puntualizó Bea— lo que nos obliga a nadar encauzados y limando aristas que es precisamente lo que intentamos con estas reuniones y con todas las que surjan en adelante. El sonido de las palabras de Bea se mezcló con el eco que las rebotaba en el muro de rocas, en el murmullo expectativo de los compañeros, en el runruneo de la naturaleza hasta divertirnos ensimismados en los mundos paralelos que a veces recrean las conciencias. Andrés estaba discretamente atento al desarrollo de aquella reunión. No podía desplazar sobre los hombros de nadie la carga de sus preocupaciones, no debía soltar las caprichosas riendas del azar ni quería perder la oportunidad de amasar en la artesa de la juventud la harina de las sensaciones y la levadura de la razón. Jesús Melgar comentó que recordaba una frase que había oído en alguna ocasión, aunque no recordaba dónde, que le había llamado la atención porque creía que era oportuna para muchas ocasiones y, en especial, para la nuestra. Con la intención de solemnizar aquella intervención, Bea le preguntó modulando la entonación entre la simpatía y la curiosidad: —Recuérdanos esa frase, Jesús. —Creo que es de la Biblia y dice algo así como “la letra mata y el espíritu vivifica”, y la considero muy oportuna porque, aunque debemos tratar de fijar las normas básicas de convivencia como algo de obligado cumplimiento, sin embargo también hay que tener en cuenta que los hombres, y sobre todo en la adolescencia y la juventud, aprendemos siguiendo el esquema básico de ensayo-error, y por ello es muy útil tener en cuenta que en toda regla hay que considerar la excepción como algo normal. A Andrés no le debió parecer mal la observación a juzgar por el asentimiento gestual. Por su parte Isabel aprovechó la ocasión para reconvenir, no quedaba claro si solo entre los suyos o para toda la audiencia, la tediosa costumbre que tenían algunos de apostillar. —Es que me resulta insoportable esa manía —remachó. —¡Qué bien se os da a algunos pontificar! La recriminó con voz tajante Cristina. —¡Si de algunos dependiese, aquí no se podría ni rechistar! ¡Pero eso no lo vais a conseguir! Bea no se había enterado con detalle de lo ocurrido pero, a juzgar por las periscópicas miradas que lanzaba, algo intuía. En el extremo norte, junto a una genista de exigua sombra, intentaba llamar la atención Tamara Amador. Levantaba la mano para indicar la intención de intervenir, pero como quien quiere pasar desapercibido y disimular alguna que otra intención latente. Dio unos cuantos pasos hacia el centro, se atusó el flequillo con un espontáneo tic, dirigió una fugaz mirada hacia donde estaba Cosme y dijo con voz algo entrecortada: —Algunos pensamos, yo creo que la mayoría de las mujeres, que… los chicos tenéis que poner algo más de vuestra parte para que cosas como las que le pasaron a Sabrina (volvió a hacer otra pausa y respiró profundamente), no se vuelvan a repetir. A algunos, el temita les pareció reiterativo y los corrillos empezaron a alternar comentarios y chascarrillos intrascendentes con algunos silencios elocuentes. Me pareció observar que las distintas posiciones se balanceaban entre los que disfrutaban de la melodía de una mudanza y los que padecían la monotonía de un estribillo. En aquella situación y a medida que el sol se escondía por Ventanilla nos dimos cuenta de que las ideas, sobre todo las buenas, no suelen ser fruto de la improvisación sino de la reflexión, así que, después de varios intentos fluctuantes entre lo intrascendente, lo presuntuoso y lo insignificante, todos y cada uno pudimos extraer un memorándum de lo que allí se comentaba, cuestiones que, por otra parte, no eran muy distintas de las que hablábamos en nuestras conversaciones cotidianas aunque de un modo más informal: En resumen, deberíamos ser muy serios en el cumplimiento de las decisiones acordadas en estas reuniones. Habría que dar alguna oportunidad a la rectificación. Las apetencias individuales se someterían a las razones de grupo. Las reflexiones consensuadas no deberían correr de boca en boca como dogmas de catecismo pero deberían ser la horma de la mayoría de los discursos. Por supuesto que habría que permitir contextos propicios para expresiones viscerales, pero en situaciones puntuales, nunca en función conativa. No deberíamos dar un paso adelante sin haber analizado las consecuencias que ello pudiera acarrear. Aquella reunión no dejaba de parecer una más de las muchas que celebrábamos ocasionalmente a propósito de cualquier desavenencia así que algunos ya comenzaban a retirarse por los caminos de la tarde cuando, de repente, a galope de los inconfundibles rumores de la ribera, surgió de un rincón de aquella amalgama humana una voz que cortó las reflexiones y los comentarios de la mayoría. Después de unos segundos de tensa expectativa Javier Cuesta levantó la mano para pedir la palabra. Todos focalizamos nuestras miradas para no perder detalle de lo que iba a decir, de cómo iba a decirlo y de las caras que ponían Carolina y Rosaura. Con aires de suficiencia cimentada en la seguridad que le proporcionaba al argumento prestado y con una pizca de ironía dijo en tono conciliador: —Seguro que alguno de vosotros recordáis el comentario de Laly sobre la levedad etimológica de ese refrán que acabas de citar frente a la contundencia del aforismo latino correspondiente que dice “qui tacet consentiri videtur”. El castellano —continuó mientras engolaba la voz— al eliminar el sentido del “videtur” impone un dogmatismo sin matices que elimina la subjetividad del término “parece” que es lo que aporta el “videtur”. Con todo esto quiero aclarar que no es verdad que el que calla otorga, sino que el que calla, parece, solo parece que otorga. Y, sin más, se calló. Quedaba claro que con esta observación Javier se quería reservar el derecho a persistir en la discrepancia sin necesidad de evidenciarlo de un modo grosero. Aunque no teníamos a mano un tratado de psicología que lo ratificase podíamos asegurar que necesitaba sentirse en la intersección entre la norma y la excepción. Más de uno se quedaría atolondrado con esta reflexión que suponía una carga soterrada contra la argumentación de Bea que se dio por aludida y, aunque para sus adentros acusase el golpe, no contestó; “una verdad débil que se discute puede llegar a convertirse en irrefutable”, pensaría. Por otra parte el discurso del compañero tenía suficiente coherencia como para no exacerbar; bien es verdad que era un jarro de agua fría para la autoestima de cualquier persona normal, pero Bea estaba por encima de esos miramientos así que, sabedora de que aquellas asambleas ya servirían de poco, después de hacer la debida concesión a la cortesía de preguntar si alguien tenía algo que añadir, salió airosa del traspiés animando a todos a aclarar estas ideas en las conversaciones que surgieran en los distintos grupos, y, en un alarde de intuición política, anunció, creo que motu proprio, la conveniencia de nombrar una comisión, de lo que ya se había hablado, para articular todas aquellas reflexiones que se habían desgranado en los últimos días. Y, sin más contemplaciones, dio por terminada la reunión a lo que todos tácitamente asentimos. El crepúsculo mecía el valle en el abrazo de una halagadora primavera que urgía los remansos de insospechados paisajes. Cada uno comenzaba a regresar ya a sus rutinas pero Andrés, a quien le había sonado bien aquello de nombrar una comisión y que empezaba a estar un poco saturado de palabrería hueca, se acercó confidencialmente a Laly a quien le susurró alguna observación pertinente que la compañera, elevando un poco la voz, correspondió con un lapidario “pues lo hacemos ahora …porque verba volant, scripta manent”. En aquel momento Andrés decidió ponerse manos a la obra y ejecutar la propuesta; y, para evitar las cadaunadas de Seligrat, de las que hablaba Blasillo, y para que nadie tuviera nada que reprochar a aquella decisión, animó a los presentes a que presentaran candidatos a tal efecto.
Braulio, sin dilación y sin titubeos se sumó al proyecto e, ipso facto, propuso a tal efecto a Isabel que, sin terminar de asimilar la sorpresa, ratificó su aceptación con un gesto que evocaba el “fiat” de un “ecce ancilla domini”. Blas por su parte se apresuró a presentar a Elías como el más indicado para esas tareas que, con retranca, bautizó con el pomposo nombre de parlamentarias, pero éste le devolvió aquel regalo envenenado envuelto en el rótulo de “el mejor candidato sería Blas…” y como candidato a delegado se quedó. Alguien propuso a Luis Bascuñana, por imparcial, decían; y fue aceptado sin reticencias aunque los que estábamos cerca de Seligrat pudimos oírle decir algo así como “si quieres conocer a Luisillo dale un carguillo”. —¡Qué bien se te da lo de dinamitero! —le recriminó Blas que con esa puya quiso resarcirse de la jugada anterior. Bea y Andrés asistirían por consenso de todos, y Teresa, porque, además de llevar una ostensible tarjeta de presentación de Xavi, ya actuaba de elegida desde el principio de la reunión. Y la verdad es que nadie le discutía esa condición. —¡Buena secretaria! —le cuchicheó María a Pascual Márquez marcando una sonrisa picarona — ¿No te decía yo que el Xavi se ponía algo nervioso cuando la miraba, a hurtadillas? —¡Como cada quisque! —respondió Pascual devolviéndole una mueca cómplice —. ¡Ya, ni disimula! Tus intuiciones comienzan a confirmarse. El caso es que estas vicisitudes permitían a Teresa trepar en la escala social, o, al menos, creérselo, lo que incomodaba a Seligrat que se vengó rebautizándola entre sus compinches con el malintencionado sobrenombre de la Favorita, alias que la acompañaría en paralelo al crecimiento de su fama. Aquella noche nos fuimos a nuestras chozas con la comisión nombrada y facultada para tomar las decisiones que creyeran oportunas conforme a lo hablado. Para algunos de nosotros fue sorprendente ver a los profes pasear en animada conversación por las orillas del Lago en los ratos libres de los días posteriores. Esta constatación disparó las suposiciones de muchos sobre los temas de aquellas charlas y sus futuras consecuencias. Ellos, por su parte, sin ánimo de querer emular a avezados políticos, aunque persiguiendo el mismo fin, hicieron trascender discretamente las ideas conflictivas para ponderar la aceptación que tendrían cuando fuesen propuestas a la vez que para fomentar su maduración en la reflexión colectiva y, cuando sospecharon que aquellas ideas pudieran estar suficientemente maduras, a los pocos días, según lo acordado, convocaron para la hora sexta del día siguiente la reunión informativa que sería, como de costumbre, en la Olma junto a la gruta de estalactitas. Todos estábamos allí con desacostumbrada puntualidad a la hora fijada, pero los de la Comisión continuaron aún un buen rato reunidos. Probablemente estarían ultimando el comunicado. —Se hacen esperar como los obispos —susurró Seligrat a su entorno cuando empezó a sentirse empalagado de tanto formalismo. —Déjales que jueguen a aparentar. No merece la pena enfadarse – contemporizó Juan Ángel. A pesar de aquel bienintencionado consejo, Elías no dejó de sembrar cizaña por los entornos mientras los profes y sus acólitos salían de la reunión y ocupaban el centro de la Campa. —¡No me gusta nada la escenografía! —comentó Salvador que permanecía a la expectativa mientras Bea y los suyos multiplicaban ya su presencia por todos los ámbitos. Yo diría que nadie de entre los elegidos pretendía solemnizar el acto, pero Braulio se hacía visible por los alrededores marcando un territorio que, con demasiado descaro, consideraba su protectorado y contribuía con esa estrategia a crear un estado de ánimo que configurase a la postre una nueva situación. —Parece que salen satisfechos —comentó Joaquina apenas los vio salir. —Estos días estaban algo apáticos, pero ahora parecen más eufóricos. No sé qué les habrán dado —fue todo lo que se le ocurrió a Seligrat. Pero los comentarios se disolvieron al ver a Teresa que parecía que se disponía a informarnos del desarrollo de la reunión. Todos dirigimos hacia ella nuestras miradas mientras seleccionaba como escabel una piedra que la providencia había rodado por casualidad hasta los juncos del regato de la campera; se subió a ella y se plantó delante de todos como si de una exaltación se tratara. No necesitaba bisutería ni oropeles; era apabullante el encanto de sus harapos que apenas cubrían su ebúrnea figura. Su sola presencia impuso un elocuente silencio. Daba gloria comprobar que uno se sentía en la gloria ante tanta expectación. Ella imponía su presencia y todos los demás manifestábamos una creciente curiosidad tanto por lo que iba a decir como por lo que iba a hacer así que se pidió, primero a instancias de Isabel y después por aclamación no exenta de cierta sorna, que se subiera a una piedra más alta que estaba junto a la gruta de estalactitas. —¡A la escena! —gritó David con bienintencionada imperiosidad. Ella no se hizo mucho de rogar y, desde aquella perspectiva, sus ojos eran más grandes y profundos, sus perfiles más insultantemente perfectos, su anatomía más insoportable. Aquella aparición sobre la improvisada tribuna fue tan apoteósica que se podría decir con palabras de Bea que, si el mensaje no fuese tan importante, ella sería el mensaje. Los reiterados e inútiles intentos de sofocar los murmullos iniciales se extinguieron con su impresionante presencia. Con palabras entrecortadas y en parte prestadas acertó a decir: —Hemos hablado… (hizo una pausa a medio camino entre el miedo y la táctica), hemos hablado digo de… (a muchos, en esta segunda pausa, no les pasó desapercibido el plural con que intentaba afianzar su discurso)…de todas las propuestas que han surgido en las distintas conversaciones de estos últimos días y… (volvió a hacer otra pausa motivada esta vez por el dilema que bullía en su inconsciente cautivo entre la tiranía de la estética y lógica del discurso)…y hemos acordado unas normas que…que creemos que nos van a ser útiles. —¿Útiles para quién? —le soltó Cristina de sopetón. Teresa se sintió vapuleada de improviso hasta tal punto que se tambaleó en su improvisado pedestal del que estuvo a punto de caer si no hubiera sido por la proximidad de Bea y su inquebrantable disposición a echarle una mano de amiga en cualquier circunstancia. —Para entenderse es necesario escuchar, Cristina, y a ti, parece que te importa poco lo que tenemos que decir, —subrayó Bea escueta y lapidaria. Y con un gesto amable animó a Teresa a continuar con su discurso. —Hemos propuesto tres grupos —continuó Teresa dubitativa— que se ocuparán de organizar las distintas tareas necesarias para hacer más fácil nuestra estancia aquí. Uno se encargará de concretar las propuestas de las que ya hemos hablado; otro, de tratar de realizarlas y el último, de vigilar su cumplimiento. —Hay algunos que, remen donde remen, siempre quieren tener la corriente a favor—dejó caer Julio Izquierdo como si nada. Elías no quiso dejar pasar aquella oportunidad y añadió: —Para que los acuerdos sean aceptables y aceptados deben ser propuestos, debatidos y aprobados por todos. No parece que este sea el caso. Os reunís unos cuantos y decidís que el único mundo posible es el que vosotros tenéis en la cabeza, y a los demás nos dejáis al margen. ¡Por lo menos, a mí, nadie me va a tratar como a un mentecato! —Ya estás inventando teorías que no tienen ningún fundamento. A todo el mundo se le ha dado la oportunidad de hablar durante mucho tiempo y el que no lo haya hecho es porque no ha querido —respondió Bea que no pudo dejar de exteriorizar cierto hartazgo—. Además, nada dijiste cuando propusimos crear la comisión y ahora vienes a crear problemas. Pregúntale a Blas cómo se ha desarrollado la reunión si es que quieres estar bien informado. —Más de lo mismo. Eso es lo que ha pasado —dijo Seligrat. —No hay peor ciego que el que no quiere ver —replicó Bea. Un silencio incómodo recorrió toda la Campa. La mayoría seguía expectante. Braulio se dejó notar en su rincón dando unos pasos al frente. Laly miró suplicante a Andrés que se llevó por dos veces el índice y el pulgar a la barbilla y dijo después de haber comprobado que se hacía escuchar: —Hay ocasiones en que se presiente que las palabras no van a lograr el milagro de comunicar adecuadamente todo lo que uno tiene que decir, y creo que ésta es una de ellas. Desde hace tiempo —continuó con templanza— pensamos que había que hacer algo y es lo que hemos intentado. Sabemos que, aunque es propio de humanos equivocarse, también es propio de sabios rectificar, por tanto, aunque estas decisiones son sólo opiniones aprobadas en la reunión, yo creo que debemos tenerlas en cuenta, y si alguien cree que se pueden mejorar, lo debatimos sin problemas. Estoy convencido de que de cualquier debate siempre surge una realidad que supera la anterior y este proceso es lo que nos hará progresar por el buen camino. En cuanto a lo que se refiere a la reunión de hoy tengo que deciros que, además de lo que os ha contado Teresa, hemos propuesto, y hemos acordado por unanimidad que Isabel presida el grupo de las propuestas, Bea, el de la realización y Luis Bascuñana, el de la vigilancia. Cada uno de ellos podrá elegir sus colaboradores. Pero esta decisión no es inapelable. Si alguien tiene una idea mejor la expone y, por nuestra parte, no habrá inconveniente en considerarla. Y antes de ceder la palabra dejó caer, como quien improvisa, que estas comisiones se reunirían periódicamente para aclarar los distintos temas que surgiesen. Pasaron unos largos segundos de rumia de novedades hasta que Arjona levantó la mano a la vez que decía: —¿Por qué no habéis formado una comisión para que se encargue de los asuntos; que podríamos llamar metafísicos si no queréis llamarlos religiosos? —Eso vamos a dejarlo para otro momento —contestó Bea sin querer dar muchas explicaciones. —Pues a mí no me parece bien que ignoréis ese asunto o que lo pospongáis. Yo hablo con muchos compañeros a los que estos temas les parecen más importantes de lo que vosotros creéis. Y algunos vamos a seguir hablando de ello como lo hemos hecho hasta ahora. —Creo que nadie va a controlar vuestras conversaciones con tal de que seáis respetuosos con las opiniones de los demás. Pero tampoco debéis esperar trato de favor. —¿Y por qué no presidís vosotros todas las comisiones? —preguntó de sopetón Joaquina con la mirada fija en los tres profes. —¡Ingenua de ti! —le susurró Elías—, los reyes reinan, pero no gobiernan. Es lo que podríamos llamar poder en la sombra. Y cruzó una decepcionante mirada con los suyos sin poner ni un punto de interés en disimular la contrariedad que estas decisiones unilaterales y, a su juicio, arbitrarias le habían ocasionado. Dudó entre dar una respuesta acérrima o callar. Esta segunda opción le hubiera hundido en la nada, lujo que no se podía permitir. Así que optó por dejarse llevar por la intuición y dijo: —¡Ya constato que sigue siendo cierto aquello de que no hay nada nuevo bajo el sol! ¡Solo quisiera que nos dieseis alguna explicación acerca de estas sorprendentes decisiones! Andrés, que ya hacía ademán de retirarse, le dio la callada por respuesta mientras se dirigía hacia sus aposentos compartiendo confidencias con los que le acompañaban. Seguramente Elías hubiera preferido una respuesta en forma de perorata o de filípica antes que aquel ninguneo con el que se sentía un tanto apocado. La reacción de Seligrat a esta presunta humillación fue sembrar la cizaña por los distintos foros de debate con algunas preguntas retóricas que dejaba caer a ritmo de letanía: ¿Quién fijará los criterios para poder distinguir lo verdadero de lo falso? ¿Quién establecerá los límites entre el bien y el mal? ¿Quién vigilará a los vigilantes? ¿Nos dejaréis soñar un poco con nuestros gigantes o tendremos que comulgar con aspas de molino? El ineludible paso del tiempo haría germinar las semillas sembradas en tierra fértil y agostaría las caídas en baldío. Aquella última reunión no había allanado completamente los caminos de la difícil convivencia cotidiana así que por los rincones de la Campa aún se afilaban las espadas dialécticas de los que consideraban prematuro envainárselas. Entre los periféricos se rumoreaba que Andrés, que en sus clases siempre se manifestó entusiasmado en la defensa de la tolerancia en sus distintas manifestaciones, ahora utilizaba a Bea y a algunos más para convertir aquel espacio, por el momento de discreto epicureísmo, en un lugar donde se valorase más la utilidad del trabajo y del esfuerzo para ordenar el entorno que ya comenzábamos a considerar nuestro. Esas intenciones de pragmatismo alertaban a los más hedonistas contra los excesos de posible ascetismo militante, por lo que decidieron polemizar en las conversaciones para servir de contrapunto. —Frecuentemente hemos oído y repetido nosotros mismos —decía Bea en algunos de sus diálogos con los compañeros— que el tiempo es oro. Yo creo que esta ecuación ha quedado inadecuada; por supuesto, a favor del tiempo. Vamos a intentar dirigir todos nuestros esfuerzos a conseguir que, en el futuro, todos y cada uno de nosotros nos sintamos orgullosos de nuestra historia personal y colectiva. Tenemos todo por hacer, pero también tenemos todas nuestras energías intactas para intentarlo. Si así lo hacemos podemos estar seguros de que lo conseguiremos y nos sentiremos orgullosos de ello. —Eso es lo que, desde hace tiempo, para algunos se llama hacer patria. ¿No? —dijo Elías tratando, como siempre, de minar aquel alarde de magisterio que algunos detentaban. —Será patria o lo que sea, pero es lo que queremos y aquí lo que cuenta son los deseos de la mayoría y eso se debe cumplir le pese a quien le pese —saltó Braulio en actitud provocadora y desafiante. —Ya estamos hablando en nombre de la mayoría. —Aceptó Elías el toma y daca. —Pues sí, hablo en nombre de la mayoría. —A ti no te entra en la mollera eso de que el que calla sólo parece que otorga. —¡No me vengas con cuentos! —Cuentos son los tuyos. Esos que siempre han contado gente como tú para adormilar a los ingenuos y que unas veces tienen como protagonista a los dioses, otras veces a los reyes y otras, a las patrias o a los mercaderes… ¡Cuentos de nunca acabar! —Eso que tú llamas cuentos —terció Bea—, y que la mayoría de las veces hemos recibido de nuestros padres y abuelos esconde realidades y verdades dignas de tenerse en cuenta. Yo creo que es útil hacer caso a lo que nos han contado nuestros mayores. —¡Bea, Bea! Ser mayor es garantía de sensatez la mayor parte de las veces, pero ser viejo es un estado catastrófico —remachó Elías. En la periferia del grupo algunos manifestaban una discreta disconformidad, pero sin necesidad de evidenciarlo con palabras o con hechos, y, por supuesto, sin querer faltar a la cortesía que siempre merecían las opiniones de Bea.
TRES AÑOS DESPUÉS
Capítulo 12
Creced y multiplicaos
Hacía ya bastante tiempo que se runruneaban por los espacios de la Campa chismes sobre embarazos que, si no siempre se confirmaban, algunas veces terminaban por evidenciarse. Era el caso de María Pozo que ya lucía desde hacía un tiempo una tripita difícilmente disimulable, de la que cada día se sentía más orgullosa. Por su parte Jennifer confesaba abiertamente que Eduardo y ella ya se estaban preparando para cuando viniera la cigüeña, y Marta había convencido ‒vencido decía él‒ a Vicente para ir a por un Vicentito. Hasta Cristina se colgaba de una quimera cuando salía a relucir el tema, y Sabrina y algunas compañeras preparaban desde hacía tiempo una choza para guardería, por lo que se avecinaba. Y una mañana en que resultaba irresistible la tentación de desperezarse con regusto, antes de comenzar la rutina diaria se oyó un extraño murmullo en las proximidades de la Pontoneja. Laly y Teresa entraban a toda prisa en la choza de María y de Pascual Márquez, que permanecía estupefacto en la entrada sin saber qué hacer. Dentro se mezclaban las expresiones de celebración con llantos de niño y sollozos de madre. —Ya ha nacido y es una niña —dijo Teresa tras asomarse a la puerta y respirar profundamente antes de abrazarse a las compañeras que se felicitaban efusivamente. —Se llamará Eva como mi abuela —dijo Pascual. Y aquella tarde improvisamos una fiesta espontánea en la Campa y celebramos en los distintos corrillos, cada uno a su manera, aquellas venturosas expectativas. Y poco a poco nos frecuentó la palabra niño porque el tiempo nos atropellaba en las rutinas diarias y la naturaleza, atada a la rueda del destino, hacía su trabajo mientras alternaba al azar golpes de ciego con golpes de previsión. Poco a poco se multiplicó su uso porque casi nadie podía resistirse al encanto de aquella adorable realidad que llenaba de sentido todo lo que estábamos haciendo en aquel valle desde que comenzamos el viaje; si bien algunas noches de otoño se salpicaron de sollozos que, al principio conmovían las sensibilidades y al final terminaron por remover los sueños. …Nos reconquistó la palabra madre porque a través de los resquicios de las chozas y por los rincones del poblado se empezaban a oír con frecuencia tarareos infantiles y tonterías amorosas que, si no te ponías en modo diafásico, te parecían un tanto ridículas. …Luego apareció la palabra enfermedad porque las frías y húmedas neblinas que ascendían desde el río cercaron nuestras exiguas defensas y los primeros sueños se interrumpían con estornudos, toses y carraspeos que enturbiaban el descanso de la mayoría. Más tarde comenzaron a acechar nuestra existencia brisas de hastío que aireaban las heridas del presente y las cicatrices del pasado, y que, cuando arreciaban las tormentas, se convertían en ventoleras que hurgaban en los ineludibles arañazos cotidianos que acarrea la convivencia. Y apareció la palabra culpa porque algunas tardes de paseo Avelino seguía viendo flotar en el recodo de Requejo algo inconcreto y sospechoso que no dudaba en señalar como la causa de todas nuestras desdichas: —¡Arrojamos a nuestros hijos al río en el rebufo de la desesperación y sin dar una oportunidad al moisés de la esperanza! ¡Los dioses se vengarán de nosotros por no cumplir nuestros pactos de alianza con la cordura! —repetía sin cesar desde sus improvisados púlpitos mientras golpeaba el suelo con la vara en que pretendía cimentar y afianzar su aureola de profeta. También apareció en los foros de los chascarrillos la palabra amante…, pero esa ya es otra historia. En la cara de algunos de nosotros se adivinaba que, llegado este momento, todo iba a ser igual pero nada iba a ser lo mismo. El tiempo en que se vive acunado en el regazo de la tribu siempre tiene sus días contados y nuestra historia no iba a ser una excepción a esta ineludible ley. Cada grupo y cada individuo debe gestionar sus periódicas crisis si quiere ser dueño de su destino. Por esta razón, después de cada confrontación, fuera esporádica o radical, los antagonistas conspiraban por los rincones y maquinaban propuestas, a veces capciosas, que estaban dispuestos a defender con uñas y dientes en la primera ocasión que se presentase. En el Ágora se comentaban frecuentemente estas propuestas, lo que fomentaba un creciente malestar que preocupaba a los prudentes. Los Marginales se procuraban los apoyos de los indecisos y creaban un estado de opinión que juzgaban favorable para sus intereses. Los equilibrios de la estructura social que inventábamos día a día estaban asentados sobre las arenas movedizas de la oscilante prueba del acierto y del error. Y Bea, dentro de sus posibilidades, era la que apuntalaba aquel estatus quo para lo que no dudaba en consultar a unos ya otros y principalmente a Andrés, lo que solía hacer a través de Laly. —O tempora, o mores —repetía Avelino por los caminos y por las plazas. Se había desentendido prácticamente de otras ocupaciones y recorría los caminos y los corrillos mientras agitaba el cayado, las ínfulas y los manípulos con que se revestía algunos días en que le daba una ventolera y se sentía con ganas de cambiar el mundo. Anhelaba los tiempos pasados que su añoranza recreaba desde el limbo de la infancia o del recuerdo, y que se resistía a enterrar en la dura realidad. Interfería desde la distancia en todos las polémicas y debates que se escenificaban en su entorno y lo hacía con arcanos argumentos sibilinos. La verdad es que con el paso del tiempo cada vez eran menos los que le consideraban pájaro de mal agüero y aumentaba el de los que le consideraban útil para según qué circunstancias.
Algunos, los que tenían proyectos in mente para el inminente futuro, se sentían confortables en el estado de tensión incontrolada en que nos instalaban los augurios de aquel oportuno arúspice; otros callaban, pero su silencio pudiera parecer cómplice de calculadas estrategias. A Braulio le interesaba potenciar aquel personaje lleno de recovecos donde enmascarar su sinuosa personalidad y sus verdaderas intenciones y, desde hacía tiempo, le recompensaba con el apoyo implícito de su neutralidad y con la aquiescencia a algunas de sus prédicas. El Graciosillo, que en un principio había tratado en sus parodias al compañero Avelino como un elemento decorativo y algo estrambótico, últimamente había codificado muchos de sus mensajes a través de un tono intencionadamente profético. Cuando la lluvia invitaba a disfrutar del hechizo de la palabra en el abrigo de la Cuevadorada, David, con la colaboración de Blas y de Rosaura y en el entorno favorable de la Comisión de Cultura, comenzó a convertir expresiones rescatadas de los diálogos académicos del pasado y de los debates acalorados del presente en argumentos de las jácaras y sainetes que Julio Izquierdo solía anunciar y pregonar, en parte para fastidiar a Braulio, con un “vamos a disfrutar del opio del pueblo”. Solía iniciarlas con el introito de “in illo tempore…” y las acrisolaba con una hermosa cobertura que evidenciaba la pericia de aquel aprendiz de juglar que conseguía deleite y aprovechamiento de todos con aquellas anécdotas referidas a particulares, a parejas o a grupos, y que se proponían como ejemplo o escarmiento para cada uno de nosotros. En ellas se entremezclaban lo humano y lo divino, lo heroico y lo villano, lo atinado y lo errático, y todos le dábamos argumentos para que destilara en el alambique de su subjetividad aquella confusa amalgama de realidades y ficciones: Allí se crearon y se normalizaron algunos alias cuyos referentes casi todos conocíamos. Un día apareció el famoso zoon politicon con el que Seligrat había mortificado cortésmente a Juan Ángel después de alguna de sus brillantes intervenciones. Su presencia tuvo buena aceptación y se quedó con nosotros entre bambalinas. Otro día era el Ora et labora con que Bea se refería con frecuencia a Blas cuando le recordaba el “dímelo hilando” con que Laly le devolvía desde sus evasiones hasta la realidad de sus obligaciones. También pululaba por el escenario un personaje al que denominaba mutatis mutandis haciendo referencia a Mónica Soler porque con esa coletilla solía rasear las distintas opiniones que emergían en los debates. No menos famoso era el don Dudas con que se refería a Pedro López cuando observó que Xavi le zahería con el afortunado “por un lado ya ves y por otro ¿qué quieres que te diga” en que le enredaba su frustrante indefinición. Pero la verdad es que todos, en mayor o menor medida, habíamos manifestado en alguna ocasión rasgos de aquellos personajes que aparecían en la escena. Allí, en aquellas representaciones, recreaba la naturaleza para convertirla en el escenario adecuado para las peripecias de sus personajes que a veces emulaban a los mitos clásicos y eran vapuleados por el amor y por otras pasiones, envueltos en los ropajes de la comedia, del drama o de la tragedia. …Allí, nostalgias del Jardín de Epicuro que, aunque habían perdido atracción y actualidad de día en día a medida que se normalizaban todas nuestras relaciones, aún servían de referencia para encauzar la formidable fuerza del amor que en aquellos cuerpos jóvenes se manifestaba en ocasiones como la razón última y, a veces, como una pesada fuerza de la costumbre que suele convertir a los débiles en acomodaticios. …Allí, las fantasías adivinadas en las chocitas construidas por algunos compañeros junto al arroyo a donde habían trasladado los arrullos con que engalanaban los mimos verbales y gestuales a poco que la situación fuera propicia. …Y las referencias más concretas que se focalizaban sobre las vidas de aquellos que, para bien y para mal, empezaban a merecer el título, sambenito lo llamaba David, de famosillos. Todos estábamos en alguna ocasión en boca de los demás, esa era nuestra fama, pero todos los atributos humanos tienen su cara y su cruz y el caso de Rosaura y Jesús Melgar no iba a ser una excepción: él, en tiempos recientes, pero pasados para su desgracia, había convertido a la compañera en la niña de sus ojos; era ella quien protagonizaba sus sueños y, a veces, quien los interrumpía; y era él quien velaba los de ella aún a costa de algún frecuente insomnio. Compartían la proximidad en los actos públicos, la intimidad en el recodo del jardín de Epicuro y el secreto de lo suyo, pero un día se cruzó Julio, del que decía el Graciosillo que tenía los ojos velados por melancolía, en el camino de Rosaura, y Jesús se vio atrapado en la espiral de un vertiginoso remolino que le sumió temporalmente en la misantropía de la que a duras penas pudo rescatarle el buen hacer de Bea y su grupo. Hacía tiempo que, cuando veía a Rosaura, se le escapaba un suspiro existencial. —No te preocupes, Jesús —le dijo Laly un día en que la melancolía se le escapaba por las costuras de una expresión algo patética— la naturaleza es tan sabia que siempre termina por anegar nuestras preocupaciones en el calendario del olvido. Algunos nostálgicos seguían en sus trece y de vez en cuando se citaban en sus cubículos de costumbre aún a sabiendas de que “en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. Isabel Pérez y Carolina también se veían reflejadas en algunas de aquellas farsas. Desde hacía tiempo compartían paseos solitarios vespertinos y se habían asentado definitivamente en un rellano formado a la orilla del río, cerca de Riauriau. Su choza era esencial: dos ramas largas de roble apuntaladas sobre un pino enorme y entrelazadas con retamas que encubrían su intimidad y mal cubrían su desparpajo. Contrastaba el interior, arcano y personal, con el exterior, cuidado y primoroso. Habían arrancado los arbustos circundantes, y la hierba, empujada por las frecuentes y oportunas lluvias, encampecía el entorno donde, a la salida del sol, ramoneaba un atajo de cabras y triscaba un pequeño rebaño de ovejas que se familiarizaban paulatinamente con los que compartíamos aquel césped matizado de flores de manzanilla y campanillas que competían en la infinita gama de los lilas y de los morados. Habían adornado con cantos rodados el sendero que unía la choza y el río. Habían señalado los lindes con variedades de árboles del monte cercano, todo lo cual había contribuido a que, desde que construyeron aquella morada, una atracción inconcreta que se le escapaba al Atleta y, por ende, le molestaba, había convertido aquel lugar, velis nolis, en una sucursal del Jardín de Epicuro principalmente cuando se retrasaban los anocheceres y brillaba en el cielo la luna llena. El Graciosillo, en sus últimas recreaciones, había bautizado este lugar como la islita de Lesbos, pero, salvo estos pequeños detalles, las compañeras mantenían su reputación en los parámetros de la normalidad. De Luis y Carlos se rumoreaban sus aficiones compartidas. Madrugaban juntos para contemplar la aurora desde las colinas cercanas y paseaban por las afueras del poblado para contemplar el crepúsculo. Se habían construido dos chozas contiguas desde donde compartían sensaciones con prudente discreción. Echaban adelante las vecerías según conviniera para coincidir.
También resonaban por los decorados del atardecer algunas preguntas retóricas sobre las interioridades de las chozas de los profes, pero muy disimuladas en figuraciones y metáforas. Ellos vivían muy bien en sendos aposentos del Montículo suficientemente endiosados por los aduladores y razonablemente protegidos de la indiscreción romancera y, aunque de vez en cuando se observaban movimientos sospechosos por aquellos pagos, a nadie se le ocurrió nunca airearlos; ni siquiera el Graciosillo y su parnaso habían osado hacer referencias aún a ello en sus recreaciones. Pero secretos…, seguro que los había como en todas las casas. Un día en que me tuve que acercar a la choza de las vestales para recibir información por parte de Bea sobre la estrategia para suavizar las relaciones entre Seligrat y Braulio, cuando estaba ya muy cerca, me atenazó la indecisión sobre el oportuno modo de presentarme. Me detuve un momento en el umbral, pero la indecisión primera se convirtió en curiosidad postrera al oír entre los abedules cercanos unos susurros femeninos disimulados entre sonrisitas engalanadas con tonalidades sensuales. Guardé absoluto silencio no queriendo ser inoportuno ni romper el encanto que se intuía. Y se evidenció lo intuido: —¿Por qué apenas me hablas cuando estamos en público? —decía Teresa poniéndose mimosa. —Ya sabes que debo guardar las formas —dijo Xavi demasiado lacónico. —Pero podías hacer una excepción conmigo —añadió—, sobre todo en determinadas situaciones. —Tú sabes de sobra que no dejo de mirarte, aunque sea de soslayo y sobre todo de sentirte. Aun así, no hemos podido evitar las maledicencias. También sabes que no dejo de pensar en ti —añadía evidenciando en el tono agónico la lucha que se libraba en su interior. Pero Teresa le estaba reduciendo el espacio hasta un límite insoportable. Así que la ofreció un abrazo al que ella correspondió cogiendo con sus dos manos el antebrazo del profe y girando su cuerpo hasta acomodar su espalda en el pecho de Javi que colocó delicadamente su mano izquierdo en los senos de Teresa mientras que extendía la palma de la mano derecha por la presilla del vaquero hasta acariciar reiteradamente el pirsin y las inmediaciones del secreto que presagiaba. Imagino que aquel rito, que tenía toda la apariencia de estar algo ensayado, terminaría, a tiempo ritmado, en los brazos de la ineludible pasión. Pero yo preferí no ser testigo por más tiempo de aquella sorprendente revelación y regresé a mi choza cariacontecido. En cuanto a Tere y a Bea, su reputación continuaba incólume en consideración a su buen hacer en aras de la cohesión del grupo. Pero los Marginales acumulaban munición para cuando llegase el momento de presentar batalla y a veces, cuando se sentían apuntados en el pimpampum de los cotilleos, ya la utilizaban oportunamente. Ellos presumían de actuar siempre a cara descubierta, pero a Bea la sacaban de quicio la parcialidad de sus juicios instalados por lo general en un confortable relativismo. Andrés guardaba un discreto silencio, pero prestaba mucha atención a todo lo que sucedía a sus alrededores y sobre las conclusiones de algunas de sus observaciones solo hacía partícipe a Laly. Los demás se convertirían en protagonistas de aquellas historias a pocos méritos que hicieran para ello. A Teresa, por ejemplo, le preocupaban por aquel entonces la realización de actividades que ella llamaba Extraescolares “No porque fuesen maravillosas sino porque no pertenecían al ámbito de lo cotidiano”, aclaraba. Tenía conciencia de sus limitaciones para convencer con argumentaciones académicas, y menos delante de Xavi. Tampoco sentía la necesidad de ensayar con eficacia la técnica de tergiversar la realidad con sofismas más o menos creíbles que llevaran el agua a su molino, pero en cambio se sentía capacitada para concitar simpatías en torno a esas causas que, en su ingenuidad, la juventud califica de intrascendentes o de causas perdidas. Había conseguido que todos fuesen sus confidentes cuando se hablaba de fiestas, excursiones, juegos, recreaciones, y eso apuntalaba su peana en aras de su entronización. Bea sin embargo era esclava de su clarividencia. “A veces es un castigo tener las cosas tan claras”, pensaba y decía. Estaba obsesionada con su escala de valores que consideraba incuestionable, y con su contundente dialéctica arrollaba a todos los que la rodeaban. Al adversario solo le quedaba hacer mutis para no salir trasquilado, o agarrarse a aquello del “predícame cura, predícame fraile…” Menos mal que entre estos valores también estaban el respeto a la opinión ajena, la tolerancia hacia lo distinto, la comprensión para con los débiles y la proximidad al otro en cualquier circunstancia. Nadie podría discutir lo bien ganado que tenía su escaño, del que, como toda persona inteligente, nunca presumía. Lo de Cristina era punto y aparte. Siempre andaba buscando foros apropiados para defender sus posiciones: “Podréis reíros de mí, pero yo pienso, y estoy segura de que no soy la única, que todo lo relacionado con el sexo tiene mucho más que ver con las relaciones humanas de lo que algunos pensáis o decís. Yo, cuando sueño, bordeo las crestas de este precipicio; cuando me despierto, me sorprendo vapuleada por las olas de esta pertinaz tormenta que agita la mar de todas mis sensaciones; si paseo sola, mis pensamientos afluyen a los cauces de este caudaloso río, si lo hago acompañada, arrastro a mis compañías al hechizo de esta alienación. Y me gustaría preguntaros si soy yo acaso la única que estoy contagiada de este maravilloso virus, o vosotros también os veis afectados y preferís enmascararlo con el velo de los tabúes” …Pero su pregunta se quedaba una vez más sin respuesta. Blas tenía algo así como un síndrome de dependencia; nunca le parecían suficientes las compañías que le tocaban en suerte, él siempre quería estar donde no estaba y siempre necesitaba buscar nuevas situaciones. La posible satisfacción que esto le proporcionaba le compensaba en parte, eso es lo que él creía, del menosprecio con que a veces los otros le cobraban sus rarezas. “Tú tienes aburrido al personal”, le espetaba Seligrat cuando las impertinencias del ingenuo colega perturbaban los círculos concéntricos de su susceptible ego. Sabrina era periferia de casi todo. Su suerte probablemente era su amiga Cristina, y sus desgracias tenían algo que ver con Seligrat. Poseía todo lo necesario para sortear los escollos de su periplo y velas suficientes para llegar felizmente a puerto, pero se había dejado llevar por el viento fácil y a veces tenía la sensación de ir a la deriva. Algunos días pensaba que Cristina la utilizaba para guarecerse de los escollos y de las tempestades que acompañaban al carácter de Elías, y otros, que era la pareja la que la necesitaba porque se sentían superados por la cruda realidad que ellos mismos propiciaban en su entorno. Ella siempre se había sentido recompensada por la satisfacción que suele acompañar a la dedicación altruista y por la sincera amistad con que la correspondían. Pero se había percatado de que, por las noches, necesitaba darles la espalda para poder conciliar el sueño y después se desvelaba espoleada por las dudas que aguijoneaban las incontables vueltas de cuerpo y de alma. “¿Tenía sentido su vida tal y como la estaba viviendo o algún día se arrepentiría de no haber dado a tiempo un golpe de timón?” Ella misma había notado que en los últimos tiempos las cosas no eran lo que fueron. En los paseos vespertinos les faltaba la complicidad que tanto les satisficiera en otros momentos y con frecuencia ya preferían disfrutar cada uno de la propia soledad antes que sufrir la compañía de los otros. A Cristina, la relación con Seligrat la había agriado el carácter y a Seligrat su relación con el mundo le estaba dejando fuera de juego y las consecuencias las estaba pagando ella que se sentía incapaz de contener todos los frentes. Y un día de otoño en que la noche oscurecía los arreboles de Valderinas, el retraso de Sabrina encendió las alarmas de su compañera que comenzó a acuciar a Seligrat para buscarla inmediatamente porque se temía lo peor. —No debíamos haberla dejado sola —decía como admitiendo una difusa culpabilidad mientras aceleraba el paso por el camino de las Labiadas que bordea el Valle por el norte. —¡No, si tendré yo también la culpa de lo que la pase a ella! —No te estoy echando la culpa, Elías, pero la pobre tiene unos días muy malos y nosotros somos su único apoyo. Tiene también derecho a pedirle algo más a la vida. —Y Blas, y Bea y Javier… y yo…, también me gustaría comerme el mundo, pero ya te he dicho alguna vez que es algo indigesto. —Las cosas son más sencillas de como tú las pintas —dijo Cristina como para concluir la conversación. Seligrat aceptó de buen grado la sugerencia de posponer por enésima vez las desavenencias. Después de todo ya se lo tenían todo dicho y, por tanto, casi estaban preparados para vivir en pareja, pensó. Caminaron unos minutos con el silencio a sus espaldas hasta que, al doblar el primer recodo de las Labiadas, la encontraron sentada bajo una salguera del lado opuesto del camino ensimismada en lanzar margaritas deshojadas al agua del arroyo que se remansaba en sucesivos abrazos a aquella pradera vestida de otoño. —¿Qué estás haciendo aquí tú sola? —la espetó Cristina. La respuesta fue una mirada estupefacta perdida en una mueca hierática con la que preocupó a la compañera. Al abrazarla se sintió correspondida con un zozobroso escalofrío que culminó en una confiada sonrisa. Llevaba leves rasguños en la cara, algún moratón en el cuerpo y jirones en la ropa, y se obcecaba en la imperiosa necesidad de hacerse invisible detrás de sus nerviosas manos. —¿Qué le habrá pasado? —se preguntó Cristina que parecía querer encontrar respuestas en Elías. Pero él no hacía más que mirarla y tratar de encuadrar aquellas enigmáticas evidencias en el laberinto de su perplejidad. —¿Qué te ha pasado? —la increpaba Elías buscando insistentemente algún atisbo de explicación. La respuesta de Sabrina seguía siendo una sonrisa imbécil. —¿Qué les vamos a decir ahora a los otros? —se lamentaba Cristina. —Les diremos la verdad. —¿Y cuál es la verdad? —Vamos a acordarla tú y yo ahora y así se la contaremos a los demás; después ¡que cada uno piense lo que quiera!, pueden renegar de ella o sacralizarla —exclamó Seligrat alardeando de sofística—, de poco servirá nuestra verdad si no coincide con la que le interesa a Braulio o a Teresa, a Blasillo o a Xavi. Pero todos y cada uno tenemos derecho a nuestra verdad que es como las raíces de los enebros cuyas ramificaciones se extienden por todo el monte si la casualidad ha dejado una almuerza de humus en cualquier hueco de la caliza. Podrás sacar un enebro con raíces, pero nunca lo sacarás de raíz. —Pero tú ¿qué crees que ha pasado? —insistió Cristina. Elías guardó unos segundos de meditabundo silencio y dijo: —Creo que todo tiene algo que ver con el sexo. —¡No digas barbaridades, Elías! —Pues entonces no me preguntes. —¿Quién hubiera podido hacerle daño? —dijo Cristina reconsiderando su postura y escudriñando los alrededores. —Pues cualquiera de entre los propios o de los extraños; alguien conocido o desconocido, real o imaginario. Cualquier hipótesis es posible. Yo creo que alguien se ha metido con ella. Eso es lo que diremos: Se fue a dar un paseo y, al ver que tardaba demasiado, fuimos a buscarla y nos la encontramos así. Dicho y hecho. Inmediatamente regresaron al poblado por donde la noticia se extendió como la brisa del atardecer; y todo sucedió tal y como habían previsto. Desde entonces Sabrina habita la casa de las vestales embelesada en ser sacerdotisa de lo trascendente, báculo de los necesitados, cuidadora de niños y la mejor colega entre las suyas, satisfecha como nadie con el prurito de sentirse imprescindible.
Capítulo 13
Nosotros y nuestras circunstancias
El paso del tiempo modelaba las relaciones de aquella unidad en la pluralidad y a ello contribuía en gran parte la dedicación de Laly que, ante cualquier desavenencia, solía repetir aquello de que “la unión hace la fuerza”, y el tiempo evidenciaba que todo tipo de relación reforzaba la conciencia de grupo y la confianza en nosotros mismos. Algunos se habían labrado a las orillas del río unos huertos donde podían cultivar hortalizas y tubérculos que complementaban la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres con que habíamos sobrevivido desde el principio. Estos huertos estaban delimitados por frutales silvestres que trasplantaba Pedro López y que, a veces, injertaba en menguante de febrero, que decía su abuelo Justiniano. Con todo ello la naturaleza nos regalaba cada primavera sus frutos. Paulatinamente habíamos comenzado a domesticar algunos animales del entorno, labor en la que habían sido pioneros Julio Izquierdo y Salvador Valero que con paciencia, constancia y mimo habían camelado a las novillas del entorno hasta el punto de comenzar acariciando su testuz y terminar manoseando sus ubres: —Con el tiempo, estas novillas me aceptarán como a sus terneros —decía orgulloso. Y efectivamente, cuando parieron por primera vez le permitieron ordeñarlas y compartir la leche con sus crías y, a la vista de la utilidad que prometían, comenzó a pastorearlas y, con la ayuda de los de la comisión de los Asuntos Sociales, las acostumbramos poco a poco. A las indómitas hubo que domarlas, obligarlas a que prestaran su fuerza para el acarreo de materiales pesados para lo que preparamos unas cornales con las que uncíamos a un yugo al que atábamos los materiales de construcción para arrastrarlos por las camperas o deslizarlos sobre corsas. Los animales útiles cobraban importancia en el quehacer diario hasta tal punto que pronto merecieron un nombre propio adecuado a sus cualidades. Para las vacas surgieron los de Majita o Garbosa, Cornigacha, Parda, Voluntaria o Taconera. Con el tiempo todos descubrimos el aprovechamiento de la lana de las ovejas, la leche de las cabras, las proteínas de otros animales herbívoros y omnívoros y todo lo favorable que nos ofrecía el entorno y así pusimos los fundamentos básicos de una agricultura e industria, aún rudimentarias, que día a día nos facilitaba la supervivencia y un cierto bienestar. Mediante el método de trabajos de huebra habíamos construido unas empalizadas en las inmediaciones del Porquero, a la que se sube al Salorio, donde recogíamos por la noche a nuestros animales para el recuento y para echarles un vistazo. Por el día los pastoreábamos desde la salida del sol hasta su ocaso. Para ello habíamos establecido unas vecerías que consistían en vigilar por turnos las incidencias que pudieran acaecer cotidianamente: dar el toque de salida, carearlas por los distintos pagos, recogerlas al atardecer, para lo cual Blas había adiestrado a Canelo, un perro que nos prestaba una ayuda inestimable en estas tareas de cuidar los huertos, de reunir los atajos y de recogerlas al atardecer. Su trabajo le había costado al adiestrador: Un día en que nos habíamos acercado el Graciosillo, Joaquina Sanz, Salvador Valero y yo a pasear por la vereda que une el Coriscao con la Colladilla del Salorio oímos una voz que se manifestaba en tono suave y persuasivo. Guardamos silencio para saber de qué se trataba y para no entorpecer la comunicación y, al reanudarse el discurso, observamos que iba subiendo de tono y entrecortando el discurso: —Voy a empezar otra vez, Canelo, y ¡a ver si te enteras! —decía Blasillo un poco decepcionado. —Mira, subes allí, donde la Garbosa, y la vuelves para este lado porque ya se está alejando demasiado. Después subes un poco más, donde la Voluntaria, y la bajas hasta el roblón de la Campera. Y se hacía un silencio sofocante, pero con el suficiente suspense como para continuar a la expectativa detrás de las escobas donde nos habíamos ocultado. Al cabo de unos largos segundos continuaba la perorata. —¡Canelo!, que te he dicho que vayas donde la Garbosa y la des la vuelta, y que después subes donde la Voluntaria y que la bajes, que si no, tendrás que ir al Alto del Monte y será peor. Todo volvía a quedarse en un silencio incómodo mientras nosotros permanecíamos ocultos, pero sin dejar de curiosear los datos del contexto. El perrillo estaba delante de su dueño todo sumiso, con la cabeza gacha y los ojos perdidos mirando la vara que el dueño movía nervioso entre sus manos. —¡Canelo!, —añadía ya en tono abiertamente amenazante, —que te he dicho que vuelvas a la Garbosa y que después vayas donde la Voluntaria y la bajes. Y el pobre Canelo permanecía allí un poco más encogido y redoblando los temblores por lo que se le avecinaba. —¡Canelo! —gritó Blas decepcionado y muy enfadado—, ¡Me cago en la madre que te parió! Y le dio dos zurriagazos con la vara que, por lo que cimbreaba, parecía recién cortada. El perro lanzó dos aullidos de dolor y se alejó preventivamente del dueño que muy decepcionado y un poco arrepentido terminó por llamar al chucho amistosamente como pidiéndole disculpas por el maltrato. El perrito se quedó clavado en la distancia hasta que su dueño se acercó como desenfadado y le hizo una caricia en la pinta blanca de su cabecita color canela. —Canelo, —continuaba Blas docentemente—, que me tienes que obedecer, tonto; que te he dicho que... Y volvía a repetirle otra vez la misma cantinela. Nosotros preferimos no interrumpir aquella lección de adiestramiento y volvimos sobre nuestros pasos mientras comentábamos aquello de que “cada maestrillo tiene su librillo”; de que educar tiene algo de domesticar y de manipular, y de que también tiene su lógica el principio tantas veces aplicado de que la letra con sangre entra. Es todo cuestión de perspectiva.
Las tareas del careo de los rebaños se realizaban por turno y a veces sucedía que, en los sestiles, se producían coincidencias fortuitas entre los veceros y veceras y, también a veces, el dios Eros hacía acto de presencia por el entorno en forma de cortejo y entonces se amalgamaban y enardecían confusamente las pasiones. Las paradas del macho cabrío con sus cariciosos pateos a los flancos de una preciosa cabra primeriza que parecía receptiva a aquellos juegos, con sus embriagadores olisqueos a sus cuartos traseros y con sus intermitentes acosos para poner a prueba de fuego aquellas temblorosas carnes, eran espectaculares y resultaban casi insoportables. Pero no le iban a la zaga la rudeza del encuentro entre los caballos y las yeguas o el abotonamiento de dos perros encarretados. Ante la contemplación de aquellos lúbricos espectáculos a cualquiera se le aflojaban los broches y se le apretaban las carnes…y, algunas veces por aquellas camperas pasaba lo que tenía que pasar. Y, si cuando te tocaban las vecerías la batalla se libraba entre la realidad y el deseo, cuando te tocaba pueblo, las cosas no iban mucho mejor; también tenías que enfrentarte a guerras y guerrillas de distintos tipos que cada uno solucionaba a su manera
Aquel día las horas del sestil se habían puesto interesantes por varias razones: la primera, por lo que Juan Ángel había llamado feliz coincidencia y es que nos había tocado la vecería a Carolina, que se pasaba todo el día preguntando como una niña pequeña sobre todo lo que sucedía alrededor y propiciaba los más sorprendentes temas de debate, al propio Juan Ángel, de todos admirado por saber condensar como nadie ideas brillantes en palabras precisas, y a mí mismo. Por la tarde el interés se centró en la última pregunta que se le ocurrió a Carolina mientras observaba una cabra que, tumbada al fresco de la arcilla de una vereda, rumiaba a la sombra de un brezal: —¿Qué piensas tú que está pensando esa cabra, Juan Ángel? —Le lanzó a bocajarro. —Pues… como diría el don Dudas del Graciosillo… por un lado ya ves, y por otro… ¿qué quieres que te diga? —contestó con cierta sorna. —Yo creo —tercié—, que la pobre no disfruta de la maravillosa posibilidad de pensar, así que sólo está pendiente de lo que la dicta el instinto. —Pues yo creo —reaccionó Carolina— que ella ve lo mismo que nosotros. Sus sentidos son iguales que los nuestros y recibe unas impresiones semejantes a las nuestras. —Pero los sentidos nos engañan muchas veces, Carolina, —añadí— y a los animales más que a nosotros, porque ellos no están dotados de razón. —También esa herramienta humana, con frecuencia sobrevalorada—, observó Juan Ángel— nos engaña o, al menos, no nos explica la realidad tal y como la vemos. Imaginaos que, como si de una fábula se tratara, pudiéramos mantener una conversación con esta cabra y que nos preguntásemos, por ejemplo, qué es un acebo. Ella diría que es alimento, sombra, refugio, protección. Nosotros, por nuestra parte, diríamos que es una planta que, por tanto, tiene raíz, tallo y hojas y que gracias a un proceso que se llama función clorofílica aprovecha el carbono para fabricar materia orgánica en presencia de la luz … y la pobre cabra se quedaría estupefacta y con una cara de sorpresa indescriptible al oír aquello de las raíces y de la función clorofílica. —Pero —continuó con sus argumentos como embriagado por su incontinencia discursiva—, si seguimos fabulando y nuestra protagonista la cabra contraargumentara algo así como “¿…Y quién te asegura a ti que no estás tan engañado como yo? Y…¿Por qué no puede ser cierto que cada uno nos inventamos las categorías convenientes para construir nuestra realidad? O… ¿Es que tú te crees que tienes explicación para todo lo que te rodea? ¿No podría haber otro ser en alguna otra latitud que se riese a mandíbula batiente de tus razonables explicaciones?” Podría enumerar aquí las humillaciones memorables que ha tenido que tragarse el ser humano en sus reiterados intentos de objetivar las impresiones de los sentidos, pero no es necesario porque es evidente para la mayoría o al menos para todos aquellos a los que les gusta buscar la verdad en los senderos de la Crítica. Así que, podría concluir la cabra: “me puedes llamar ingenua, pero nadie podrá garantizar que lo pensado por ti no adolece de la misma provisionalidad que lo imaginado por mí”. —¡Una buena argumentación, Juan Ángel! —le respondí—. Podríamos concluir que cada uno es la medida de todo lo que le rodea. —Sí, —asintió Carolina—. Muy interesante la fábula de la cabra y del hombre. Yo también me he preguntado algunas veces cuando veo, por ejemplo, una película del oeste si los caballos que allí aparecen son capaces de distinguir entre la realidad y la ficción. La verdad es que ni yo misma tengo respuesta clara para esa pregunta. —A los hombres también nos pasa a veces lo mismo, no distinguimos claramente entre lo que somos y lo que nos imaginamos que somos. En estas y otras consideraciones semejantes nos entretuvimos aquella apacible tarde hasta que la sombra de los canchos de Robledo abrazó el terraplén bajo el que brota la Fuente de la Llana. Arreamos un atajo que pastaba en las últimas solanas de los prados de Valdelloso y regresamos al poblado con la sensación del deber cumplido. Encerramos el rebaño en los corrales del Porquero y nos sumamos enseguida al resto de compañeros que, animados por Bea, por Tere y por Laly, entretenían el ocio en otros asuntos que podríamos denominar domésticos, lo que no quiere decir que fueran menos importantes. Bea se había ofrecido voluntaria para dedicarse a todo aquello que merecía dedicación, la cultura, según repetía con frecuencia Laly para enfatizar la realidad en la que estaba consiguiendo implicarnos a casi todos y que no era otra cosa que el cuidado de todo aquello que merecía la pena ser cuidado y que comenzábamos a considerar nuestro. Teresa, con su sola presencia, dulcificaba las relaciones públicas y personales de los que participábamos en aquel juego de aprendices de ciudadanos que con frecuencia se deterioraban en los ineludibles ajustes entre derechos y deberes. Esta era una tarea compleja y delicada y cada día más necesaria por lo que Laly vio conveniente convencer a Sabrina, por quien los compañeros sentían cierta debilidad y simpatía desde lo del presunto acoso, y animarla a que aceptase colaborar con Teresa en estos menesteres. El silencio de todos, en especial el de los profesores las ratificó día tras día en sus flamantes cargos. El Graciosillo por su parte no desaprovechó la ocasión de airear su particular vena dramática y comentó para los suyos: “ ya tenemos vestales para la próxima representación”. Fue curioso constatar que don Andrés, que además de ser un excelente profesor de literatura se declaraba amante de la filosofía, y que en circunstancias anteriores simpatizara con rigor intelectual no exento de cierto apasionamiento contenido con el famoso “el hombre es la medida de todas las cosas” de su admirado Protágoras, ahora estuviera cediendo a las insinuaciones de Isabel para crear una comisión que se encargara de asuntos religiosos. ¿Estaría a punto de descubrir la utilidad de la teocracia para todo el que se mueve en los aledaños del poder o más bien podríamos decir que, en cuestiones políticas, del dicho al hecho siempre hay un trecho? Lo que sí se podía constatar era que en las conversaciones cotidianas que surgían por las calles y por los caminos se tejían relaciones personales y sociales que paso a paso articulaban la convivencia y que, al sentir de muchos, iban por buen camino con el punto de mira puesto en el bien común.
Hacía ya algún tiempo que David había hecho notar que los pájaros habían venido con nosotros y habían decidido multiplicar su presencia por los abedules de las colinas, por los frutales de los senderos y por los álamos de la ribera y, apenas percibían que se asomaban por el Salorio los primeros rayos del sol, armonizaban sus infinitos trinos por todo el valle.
La aldea se despertaba envuelta en estos innumerables gorjeos y la mayoría de nosotros abandonábamos los aposentos que habíamos improvisado en nuestras chozas convencidos de que era mayor la satisfacción que producía la sensación de haber vencido a la pereza que la que pudiera producir la entrega a la penúltima media vuelta y al último bostezo en aquellos improvisados lechos que con esfuerzo no exento de ingenio nos habíamos preparado. Pero otros, tiene que haber de todo, comenzaban a utilizar esta primera hora de la mañana para demostrar su desacuerdo con lo acordado.
—¡Arriba! ¡arriba! —gritaba Blas por entre las chozas con una impostación imperiosa de la voz propia de quien se sentía designado por el dedo divino. A medida que pasaban los días, la rutina se le hacía más tediosa sobre todo al observar con cierta decepción que los partidarios de poner entrampes en la rueda no tomaban tan en serio como él esperaba la destacada función que le habían asignado, más bien utilizaban esta primera hora de la mañana como campo de batalla donde ensayar sus estrategias encaminadas a posicionarse en la ambigüedad.
Un día en que a juicio de los más prudentes la paciencia había excedido los límites de lo tolerable, el Atleta, antes de que se organizasen los trabajos cotidianos de cada grupo, hizo esperar a todos en la Campa en estado de creciente expectación hasta que Seligrat, Cristina y Julio Izquierdo hicieron acto de presencia. Salieron juntos de la misma choza y, al sentirse observados, a una indicación de Seligrat, ritualizaron con cierta marcialidad ensayada unos extraños gestos, vociferaron arcanas expresiones y alardearon de una camaradería que, a su entender, por una parte les consolidaba como grupúsculo y por otra, pensaban, debilitaba aquellas rígidas estructuras con que algunos querían embridarnos. El Atleta, con paso firme, se acercó a Seligrat ignorando al resto; se plantó delante de él con la intención no disimulada de cortarle el paso, le miró fijamente a los ojos y le espetó: —Estas tonterías hay que cortarlas de raíz. El tono que utilizó fue tan contundente que Seligrat enmudeció mientras que los suyos retrocedieron unos imperceptibles pasos hacia el anonimato, lo que evidenciaba la inseguridad en que se estaban moviendo. Por si acaso la situación no había quedado suficientemente explícita, antes de que nadie pudiera reaccionar, el Atleta añadió: —No estamos dispuestos —enfatizó el plural— a que nadie haga aquí lo que le dé la gana. Y el que no esté de acuerdo debe largarse o pagará las consecuencias de sus caprichos. —Mira cómo tiemblo —dijo Seligrat, plantado y en gesto desafiante, y añadió decidido después de unos segundos de desconcierto, —¿A ver si el que sobras eres tú? El Atleta se quedó algo sorprendido por aquella inesperada reacción e intuyó que aún no había llegado su momento por lo que moderó el discurso. —Es un acuerdo de la mayoría y hay que cumplirlo. —¡La mayoría y los acuerdos…! Te estás arrogando atribuciones que no te corresponden. No te sientas ungido que no necesitamos mesías de tres al cuarto que nos guíen. ¡Bien se nota que estás en una torre de marfil y no oyes lo que algunos, más de los que tú te crees, piensan de ti! —No me importa lo que piensen de mí. Tengo la conciencia muy tranquila. —Lo que tienes es pocas ideas, pero confusas, como decía un ingenioso maestro a alguno de sus obtusos alumnos. A pesar de lo que a ti te importe o no te importe, la realidad tiene más que ver con lo pensado por los demás de lo que tú te crees. Podrás tener buena conciencia, pero tienes mala reputación. —¡Bueno, bueno! Digas lo que digas, aquí, en este asunto y en otros del mismo jaez, no va a haber más realidad que la que se parezca a lo acordado. Así que, si no te parece bien, ya sabes lo que tienes que hacer. —Ya me lo pensaré pero que sepas que tú y esa monserga de lo acordado no tendrán nada que ver en mi decisión. —Así y todo, tienes que decidirte y, cuanto antes, mejor para todos. Bea, de un modo más pedagógico, pero no exento de contundencia, comentaba por distintos grupos que eso que los Marginales llamaban con cierta sorna real gana debía quedar definitivamente enterrado en un pasado del que ni siquiera deberíamos preguntarnos si existió en realidad o fue una ilusión; y quien no aceptara este principio debería pensar muy en serio en buscar su propio camino. Después de aquellos desencuentros que paralizaban momentáneamente la actividad en la Campa todos comenzábamos a movernos mecánicamente de acá para allá como queriendo dar tiempo a que se fuera apoderando de nosotros la rutina tantas veces vilipendiada y en la que ahora necesitábamos instalarnos. Sólo hablaban, mejor diré balbuceaban, los no comprometidos. Teresa recogió en el regazo de su indescriptible sonrisa las miradas de su gente, hizo un gesto de complicidad a Bea, le dio la mano a Sabrina y se dirigió hacia la Sala de Usos Múltiples, que decían los empoderados, mientras tarareaban una melodía. Cuando Tere pasaba junto nosotros, Juan Ángel, supongo que para no escandalizar a los imbéciles, le susurró en latín: —“Beatus venter qui te portavit…” –y miró suplicante a Laly que sonreía por el rabillo del labio. Ella le correspondió con una agradecida sonrisa de las que animan los caminos extraños y se disculpó por no tener más tiempo que dedicarnos. —Ahora —decía mientras nos mantenía la mirada —vamos a arreglar la Cuevadorada. Después limpiaremos la fuente que mana en los barriales de Valdegrullas, y, si nos da tiempo, nos acercaremos al río para buscar el lugar más apropiado para los servicios, asunto que tanto preocupaba a Isabel. Cada día parecía más vocacional el empeño que ponía en la realización de sus actividades. Estaba habituándose a programar su agenda interna en esos dos momentos que el destino nos regala a todos, el que se prolonga desde que nos echamos a descansar hasta que llega el sueño reparador y el que prolongamos desde que nos despertamos hasta que terminamos de desperezarnos y ponemos los pies en el suelo. Les deseamos un buen día y, contagiados por su fervor, nos pusimos también manos a la obra. Mi labor era más gratificante, al menos eso me parecía. Tenía que recoger por las tardes el plan de trabajo que me comunicaban los encargados de actividades, lo anotaba en una pizarra y al día siguiente pasaba por los distintos grupos para comentar con ellos cómo iban los trabajos. De vez en cuando, aunque esto lo ignoraba la mayoría, me reunía con los profes que cada día mostraban más interés no tanto por la cantidad sino por la calidad de los trabajos, por las circunstancias en que se desarrollaban y por el grado de satisfacción que generaban.
Hacía algún tiempo que Andrés había observado que las necesidades básicas del ser humano y de los grupos que se forman en torno a esta relación necesitan muy poco para estar satisfechas. La naturaleza es suficientemente generosa como para dar pie a la creación del mito del paraíso terrenal y lo único que exige a cambio es la renuncia a los egoísmos mezquinos y a los abusos inútiles. En principio todos habíamos podido constatar que esta opinión podíamos compartirla y, por tanto, podría convertirse en una de las tesis que orientaría toda nuestra actividad de los próximos años. Estábamos cerciorándonos de que si recogíamos los frutos que la naturaleza pone a nuestra disposición y renunciábamos a la esclavitud que impone la sociedad de consumo tales como el lujo, la presunción y otras banalidades prescindibles, podíamos aproximarnos al ideal de felicidad al que tendemos; aunque de la observación de esporádicas conductas de algunos compañeros se podía intuir que el cainismo es un constituyente de esa misma naturaleza humana y que la aparición de un nuevo Caín en este nuevo experimento sería ineludible. Algunas mañanas de niebla el bullicio del poblado me evocaba recuerdos nostálgicos de una infancia añorada. De los distintos rincones de la Campa brotaba el pulso de la vida en forma de bocanadas de humo de las chimeneas que señalaban los núcleos de la convivencia donde se calmaban las tensiones diarias, se satisfacían gran parte de las necesidades primarias y donde se fraguaba el espíritu de pueblo que se estaba construyendo en la medida que lo íbamos necesitando. Día tras día nos acostumbrábamos al reiterado canto de los urogallos que pregonaban con precisión astral el amanecer. Era la primera hora y anticipaba la aparición del sol por el Salorio. Poco después salía a pasear el Atleta que solía coincidir con la hora en que atizaban en la choza de Riauriau, pero algunos madrugadores ya regresaban a sus lares con hatillos de leñas muertas para avivar la lumbre a partir del rescoldo persistente y poder cocinar sobre improvisados llares las viandas recolectadas. Las veredas que unían las distintas moradas recobraban paulatinamente el pulso que perdieran la noche anterior con cordiales saludos matinales y tarareos recreativos de insinuantes melodías apenas perceptibles. Una de las estancias donde antes se observaba la actividad era la de los Profes. La edad y las preocupaciones asaltan el sueño, decía Laly. Se les había construido de huebra, juntos pero separados, tres chozas que, por indicación de Bea y con la aquiescencia de todos, ocupaban la parte más elevada de la Campa, a unos pasos de Cuevadorada, donde se había reservado el suficiente espacio para posibles ampliaciones y tal vez para no tener que sentir la constante presión de la muchedumbre. Tenía un acceso por la parte de atrás y, a unos pasos, creo que la casualidad nunca es la explicación de nada, había fijado su residencia el Atleta y sus compañeros afines. Entre esta morada y la cueva se había acondicionado un espacio al que nos referíamos como de Usos Múltiples y que estaba muy cerca la choza de la Vestales en cuyo acondicionamiento Teresa y Sabrina ponían un gran interés y que Avelino crucificaba con dos palos de roble clavados en la parte alte de la cumbre en forma de cruz y que volvía a clavar cada vez que un anónimo compañero se encargaba de quitarla. Muchos éramos los que suponíamos que las últimas razones de estos indicadores estaban en los arcanos del Xavi, pero desde los percances del Atleta y Seligrat, había temas que se habían silenciado por lo que pronto pasarían por derecho propio al limbo de los tabúes. El resto de los compañeros se habían agrupado, según las pesquisas pseudocientíficas pregonadas por todo el valle por el Gracioso, ateniéndose a sutiles criterios que impone inexorablemente la sociología y que con el tiempo se evidenciarían. Yo, por mi parte, me sentía recompensado pues en la elección de mi espacio habían tenido algo que ver los profes, el Atleta y Teresa, o al menos eso me parecía a mí. Estaba a medio camino entre la Gruta y la zona noble que David había dado en llamar el Palatino. Algunos habían elegido su lugar a la contra, pero con todas las de la ley. Se jactaban de su condición de arrabaleros e ironizaban con las enormes posibilidades que les ofrecía su posición si algún día, dios no lo permitiera, había que salir de allí por pies. Otros necesitaban espacios más privados para sacudirse la modorra en que nos sumían aquellos juegos democráticos con los que se decidía el sí o el no de algunos asuntos importantes, aunque se nos velaban con frecuencia algunos matices que podrían llegar a ser decisivos; para eso ya estaba el reducido coro de aduladores que llevaban la voz cantante en medio del silencio calculado de Andrés, de la ingenuidad existencial de Xavi y del fácil irenismo conciliador de Laly. El ser humano no está programado para la monotonía. Necesita el cambio, el progreso, ese maravilloso método que consiste en dar siempre pasos hacia adelante aún a riesgo de tener que corregir de vez en cuando con un paso atrás. El ser humano necesita inventarse cada día y para que esto suceda tiene que liberarse de la alienación que acecha tras la rutina del trabajo, la del amor, la de la existencia. Esa rutina que nos amarra a situaciones insospechadas, útiles en el plano social pero corrosivo en lo personal. Para darle vueltas a todas estas preocupaciones yo había comenzado a frecuentar río abajo un rellano con unas vistas privilegiadas que colmaba las expectativas que buscaba para tejer mis sueños. Era aquel un lugar muy apropiado para esos menesteres; alejado igualmente de los afanes del Ágora y de la ociosidad de las chozas, me permitía ordenar mi tiempo libre, ocupado en convertir aquel rincón en un “locus iste”. Y realmente lo estaba consiguiendo con lo que, con el paso del tiempo, todos comenzaron a referirse a mi espacio preferido como el Huerto del delegado. Solía decir que en aquel lugar se confundían el trabajo y el ocio y, cuando alguien me alababa el gusto, se lo agradecía con el acariciador recitado de una de mis estrofas preferidas: “Del monte en la ladera, Por mi mano plantado tengo un huerto Que, con la primavera, De bella flor cubierto, Ya muestra en esperanza el fruto cierto” Poco a poco había cimentado, con los canchos que objetaban mi plan, los muros que levantaba con las piedras que tenían una cara buena y aplomaban. El centro del muro lo rellenaba con piedras relengas, grava mezclada con arena y arcilla y hierba seca arrancada de las linderas que proporcionaban consistencia, aislamiento y estanqueidad. Respecto de la techumbre, había empeñado en ella todo mi ingenio y habilidad y me sentía orgulloso del resultado. Lo suyo me había costado convencer a los amigos para la huebra de levantar el tronco que formaba la cumbre y los cabrios estructurados sobre los que se sujetaban las latas de ramas flexibles cubiertas de helechos en que se apoyaban las hileras de ramitas de escoba trenzadas con cuidada geometría. Una de las cosas de las que más orgulloso me sentía era la chimenea construida en un rincón que caldeaba los atardeceres de neblina con un chisporroteo de brezo que iluminaba toda la choza. Enfrente había preparado sobre unos troncos de haya una trébede con varas de avellano trenzadas con retamas y juncos sobre los que, en las horas de la siesta, revivía los aconteceres cotidianos. Luego estaba el huerto propiamente dicho: había delimitado sus lindes con diversos frutales silvestres que había recogido en el entorno y los había trasplantado en otoño, cuando ya era casi nula su actividad. En las tablazos de tierra arrompida, binada y hasta terciada ya se adivinaban en ciernes las hortalizas y verduras que se alternaban con los tubérculos y otras hierbas verdeando entre las besanas de los surcos y las presas de riego. Mi trabajo me costaba, pues, para abonarlas, tenía que dedicarme furtivamente al acopio de boñigas y cagajones que practicaba entre dos luces para no exponerme al escarnio de las farsas de David. Al atardecer solían deambular por los alrededores de mi huerta algunos curiosos que muchas veces observaban sin perder el paso pero que, si veían propicia la ocasión, se detenían a conversar. Un día pasó por allí Braulio quien, después de los saludos de cortesía y las observaciones pertinentes, me dijo en tono sentencioso: —Un sitio estratégico este que has elegido para la observación. Desde aquí se pueden controlar perfectamente los movimientos de todos, principalmente de los merodeadores, que suelen ser los más significativos. Desde esta privilegiada atalaya se pueden controlar los movimientos de todos y de cada uno de nosotros. —Braulio, el único control necesario para ser feliz es el de las propias pasiones. Es aconsejable no vivir la vida de los demás, que bastante tiene uno con la propia. —Sí Juanfran, pero también es necesario escarmentar en cabeza ajena. Si no fuese por la observación de todas nuestras circunstancias no sería posible ni el progreso ni el éxito. Mas vale prevenir que curar —replicó —El único éxito que merece la pena es el que no tiene recovecos. —Añadí sin entusiasmo. No pude ignorar la mueca polisémica que pregonaba la cara de mi ocasional interlocutor que insistía en preocuparse por la vida de los demás, pero preferí callar y seguir regando los frutales lo que para aquel buen entendedor fue la señal de que se podía dar por terminada la conversación. Otro día se acercó por allí Seligrat. Creo que no era por casualidad, pero lo fingía, y, sin más preámbulos, me dijo: —Este es un lugar idóneo, el mejor lugar diría yo, para caer en la tentación de lo prohibido. Con el tiempo, cuando restrinjan el uso de las cosas con el pretexto de evitar su abuso y nos obliguen a ser furtivos, serás el único que puedas comerte unas perdices a la brasa, unas truchas fritas con torreznitos, unas senderinas tiernas o cualquiera de esos incomparables manjares que nos brinda la naturaleza. —Pues es verdad, no lo había pensado —contesté sin querer desviarle lo más mínimo de la proyección de sus pensamientos. Seligrat, que siempre llevaba la agenda apretada porque sentía la necesidad de estar en otro sitio, al notar que yo no tenía demasiado interés en profundizar en aquellos asuntos me recordó que había quedado con Diego para ir a pescar. Se levantó parsimonioso, alabó la labor que yo estaba realizando en aquel paisaje, y se despidió mientras reemprendía en regreso por el camino del Porquero. Cuando se alejaba no pude por menos de reconocer que, a pesar de los pesares, Elías no era un mal tipo. Una tarde apacible de otoño bajaban David Gascón y Jesús Melgar de probarse en el desafío de la ruta de Juan de las yeguas y se pararon un ratito a reponer fuerzas a orillas del arroyo del huerto. —¿Qué tal os ha tratado la montaña? —les pregunté mientras seguía a lo mío. —Muy bien, —me contestó David—. Todo el mundo debía aceptar ese reto alguna vez. No entiendo cómo se puede perder alguien esta excursión. —Cada uno disfruta de su tiempo libre como le place. Yo, por ejemplo, donde más a gusto me encuentro es aquí, en mi huerto; le dedico mi tiempo y mi esfuerzo y él me compensa en otoño con sus frutos, lo cual no quiere decir que renuncie a ninguna otra posibilidad. Cambiar de ocupación es una buena vacuna contra el aburrimiento, y, si llega el caso, contra el hastío.
Este argumento no exento de sentido común le dejó a Jesús algo desconcertado por lo que optó por tomar el atajo de la broma: —Digo yo, Juanfran, y, hablando de todo un poco, que este es un sitio inmejorable para disfrutar de un ocasional ligue. —Sí, —subrayó David—, aquí las circunstancias contribuirían decisivamente a llevar a buen puerto cualquier aventura. —Si algún día se os presenta esa oportunidad no dudéis en aprovecharla. Sin duda, este es un sitio más discreto e íntimo que El Jardín de Epicuro, y por eso tal vez tenga más encanto. —contesté sin querer profundizar en la materia. —Pues te cogemos la palabra —añadió Jesús mientras se ponía en pie. Bebieron un trago de agua del arroyo y se alejaron despacio hacia el poblado. Más de una vez, cuando la tarde invitaba a perseguir por entre los arreboles del crepúsculo las quimeras de la adolescencia, había llegado por el camino que une el pueblo y el río mi primo Tino. El insinuado saludo que nos brindábamos evidenciaba de inmediato la simpatía mutua. Aquel día se sentó en el césped a la sombra de un álamo blanco y dijo con melancolía: —El día está tan precioso que se hace insoportable la desgracia de no tener con quien compartirlo. —¡Haber invitado a alguien que te acompañase! —Las compañías que merecen la pena no siempre están disponibles y las que están disponibles no siempre merecen la pena. —¡Ya apareció el misántropo! —Ya sabes lo que pensaba a este propósito el tío Sergio cuando decía “a la mí María y a mí nos gusta juntar solos” —Pero a este respecto también yo te quiero recodar el vituperio bíblico que amonesta con un “ay de los solos.” —Eso es válido para la soledad impuesta pero no para la elegida. La peor soledad es la que descubres en medio de la multitud, pero yo, cuando paseo solo, me siento acompañado. —Acompañado de tus circunstancias. —Las circunstancias, esa es la verdadera realidad, tanto las experimentadas como las pensadas. —Esas circunstancias son, a veces, como una máscara con que nos disfrazamos para creernos únicos, pero se nos agrieta cuando la naturaleza impone su implacable estética y nos anonada sumergiéndonos en la inmensidad de un mar de instintos. Le miré sorprendido y, con un poco de sorna, le dije: —¡Cuando bajas de la Tejada te obnubilan las visiones! ¿No te habrás pasado experimentando con las bolitas del tejo? La pregunta le dejó algo perplejo, pero se recompuso al observar la cara franca con la que se la formulaba. —Vengo de cultivar la melancolía. —dijo melancólico— y he pensado que esta choza es una buena posada para calmar penas. —Hay penas que no tienen redención. Solo podemos aspirar a que nuestra jaula sea de oro. Los dos callamos, aunque seguíamos pensando en nuestras cosas. —Aunque esto no sea el paraíso sí que es un lugar ameno para disfrutarlo con los amigos. Tú has sabido elegir, primo —sentenció Tino. Preferí guardar silencio y no hurgar en los inconsistentes arcanos sobre los que se bambolea la intimidad. Mientras, repasaba para mis adentros la lista de los afanes que, por presencia o por ausencia, me perturbaban. Este primo mío, pensé para sus adentros, tiene algo de poeta. Otro día pasaron por allí Cristina, Sabrina y Jenni. No sé muy bien si iban o venían, pero estaban de paso. —Hola, Juanfran —me dijo Cristina centelleándome una sonrisa capaz de disipar un mar de reticencias, si las hubiere. —¡Hola! —contesté arqueando una sorpresa— ¿Qué hacéis por este pago? —Sentíamos curiosidad por tu refugio y ahora que te hemos visto por aquí y que tenemos tiempo libre hemos pensado que era el momento apropiado para verlo. No sé por qué aquellas razones, aunque parecían oportunas, no acabaron de convencerme. —Pues aquí lo tenéis todo a vuestra entera disposición —dije complaciente. Y se pusieron a curiosear como quien no sabe qué curiosea. Contemplaron el entorno, admiraron el huerto, entraron en la caseta aunque salieron enseguida. —¿Has dormido aquí alguna noche? —dijo Jennifer. —No, aquí sesteo. —¿Y qué otras cosas haces, además. —Ser lo que sueño y soñar lo que soy. Las tres se miraron tratando de escabullir el impacto de aquella paronomasia revestida de oráculo. Después de unos segundos de justificado silencio Sabrina miró a sus compañeras y dijo: —Este sería un buen lugar para disfrutar de nuestros sueños y sufrir nuestros insomnios. —Este sería nuestro refugio ideal, Sabrina, —contestó Cristina—. Nosotras, como todos los que vivimos en ascuas, podríamos estar aquí de la única manera que sabemos, sin estar del todo. —¿Vendéis nostalgia o melancolía? —pregunté preocupado por el sesgo que tomaba la conversación. —Supuramos crisis, esa especie de patología que solo se supera contagiándosela a los demás, —dijo Cristina. —Pues habéis venido a mal sitio a curar vuestras dolencias. Yo también soy algo misántropo. —Todos somos eso y cien cosas más, —añadió Jennifer. —Pues hay que estar prevenidos porque la nostalgia puede llevar a la ansiedad y esta, si no se ataja, a la esquizofrenia. Unas torcaces zureaban entre los abedules atentas a las alertas que lanzaban los estorninos que barruntaban la presencia de rapaces en las alturas. —Yo prefiero hablar de sueños, que suelen ser más seductores que las realidades. —Precisó Cristina bajando los ojos. —Los sueños se refieren al futuro y al pasado y nosotros sólo tenemos presente —se lamentó Sabrina. Las tres guardaron unos segundos de silencio hasta que, un poco desconcertado, me sentí obligado a romper el hielo. —El pasado dije docentemente —es como el vino añejo, tiene historia y aromas embriagadores, demasiados, diría yo. El futuro es solo un montón de hojas en blanco sobre las que tenemos que escribir nuestra particular odisea de la que nunca nos sentiremos totalmente satisfechos. —¿Y entonces qué es para ti el presente? —curioseó Cristina. El presente es los sucesivos pilares sobre los que se construye el camino que nos traza el veleidoso destino, pero es tan efímero como el punto donde bota el globo de nuestra existencia, que sólo sirve para señalarnos el punto de dónde venimos y hacia dónde vamos. Sabrina seguía con su mirada las ondulantes crestas de las montañas que serraban el azul del cielo. —Oye, Juanfran, —me espetó Jennifer mirando hacia el poblado como urgida por la premura del tiempo—, hablando de todo un poco, cuando nos estalle la primavera en las manos ¿podremos venir a la discreción de tu huerto a curar nuestras heridas? —Podéis. Ya que parece que compartimos preocupaciones, este puede ser también vuestro refugio. —dije mientras les regalaba una sonrisa. —Gracias —contestaron al unísono. Y se fueron río abajo. Parecían un poco más animadas. Mientras apuraba el encanto de aquellos efímeros momentos me pasaban por la mente los infinitos anhelos de aquellos compañeros que, al atardecer, repasaban los afanes que cabalgan nuestros días y se sinceraban en mi huerto, que en cierto modo era también el suyo, ante la constatación de que cada noche, y cada luna, y cada primavera incuba en nosotros semillas que germinarán convertidas en espigas de promisión o en cizaña de frustración que, con el tiempo, pudieran enturbiar nuestros caminos. De regreso al poblado yo también repasé la historia de mis aspiraciones, creo que coincidentes con las de la mayoría de mis compañeros, y recordé aquel triciclo verde con guardabarros amarillos que los Reyes Magos me trajeron cuando cumplí cuatro años. Fue el primer objeto en el que puse todas mis ilusiones, pero al poco tiempo me di cuenta de que se me quedaba pequeño y pasó a ocupar los rincones de mi corral. Enseguida comprobé que lo que yo quería de verdad era una bicicleta como la de mi primo Carlitos y porfié día tras día hasta que satisfice mi deseo, pero otra vez estaba equivocado, tampoco era la bicicleta la que estaba buscando con tanto ahínco y, cuando se dibujó en mi cara un fugaz relámpago de frustración, mi tío Emiliano me tendió otra vez su mano acariciadora y me acomodó en el regazo de sus reflexiones: —El día en que te canses de la bicicleta —me dijo— pedirás una moto como la de Eufrasio y, más tarde, un coche como el de don Jesús, el señorito. Y cuando hayas conseguido el coche querrás un ultraligero y entonces tal vez cobren sentido las buenas intenciones de aquellos que han inventado a los dioses para que todos podamos tener siempre un nuevo objeto del deseo.
Capítulo 14
Jeni
Cuando se reunían los de la Comisión de Asuntos Sociales, los otros, especialmente los de deportes, se echaban a temblar. Siempre aprobaban una norma nueva que, por lo común, suponía una nueva prohibición. En una de las últimas reuniones habían acordado dedicar periódicamente un día de huebra para mejorar el entorno: las veredas habían quedado definitivamente delimitadas y despejadas de tal modo que invitaban a agradables paseos vespertinos. Habíamos hecho acopio de abundante leña que bajo la atenta supervisión de Márquez habíamos colocado primorosamente en la zona denominada los Leñeros; habíamos preparado torcas para llevar el agua del arroyo de la Llana hacia las camperas circundantes; habíamos despejado una amplia zona en el Arroyal donde disfrutábamos de los juegos de agua y de los baños relajantes; y habíamos convertido los espacios públicos más frecuentados en zonas de admiración, como era el caso de la caliza del manantial de Arriba donde Javier Cuesta había construido su reloj de sol, o las camperas del Riauriau que Carolina mimaba como si de un jardín se tratara. A pesar de los que se quejaban de casi todo, las cosas iban mejorando sin prisa, pero sin pausa. Aunque la impresión de cualquier observador apresurado pudiera ser la de que en aquel nuevo mundo se daban pasos en la buena dirección para conseguir lo que Julio Izquierdo llamaba con reiterada y a veces hiriente sorna la Nueva Arcadia, la condición humana imponía poco a poco su ley dentro de la tribu y recordaba a los ingenuos que, a cualquier estado de bienestar, siempre provisional, se llega después de haber superado íntimas ascesis, soterradas polémicas o alguna que otra cruenta yihad. Tal vez por esta fatalidad de la condición humana la actividad de los Marginales, lejos de menguar, se manifestaba pujante a la más mínima ocasión. Pasaban los días y el tiempo convirtió en gratificante rutina lo cotidiano. Pasaban las semanas y las relaciones se acrisolaron con la satisfacción que a veces proporciona la convivencia. Pasaban los meses y ya estaban suficientemente definidos los caminos y las veredas que perseguían el horizonte por los puntos cardinales de aquel valle, cuando llegó aquella tarde de otoño que iba a quedar señalada para siempre en la memoria colectiva del grupo. Las amigas de Jennifer comenzaron a moverse nerviosas por las calles del poblado y a buscar útiles inconcretos según las indicaciones que el sexto sentido de la ocurrente Teresa transmitía a su cohorte. Laura Rovira y Rosana Carratalá, a las que perseguía Blasillo en actitud de imprescindible, corrieron hacia el arroyo para poder transportar agua en abundancia con el acopio de las contadas botellas que quedaban y los cuencos que los ingeniosos habían fabricado con las arcillas de los regatos circundantes. Rosaura pregonaba sus prisas mientras transportaba un brazado de prendas de vestir aptas para el porsiacaso cuya procedencia era similar a la de los panes y los peces del milagro. La mayoría de los compañeros interrumpimos nuestras faenas y nos arremolinamos en el centro de la Campa a la espera de algunas noticias que procurábamos relativizar con el cuchicheo de intrascendencias que nos liberaban de la tenaza de la incertidumbre. Xavi supervisaba todo lo que sucedía en el exterior y permanecía atento a las órdenes de Laly que controlaba con mano experta y serenidad pasmosa aquel nacimiento que iba a suponer un acontecer importante para la organización de la convivencia. La tensión aumentaba por momentos a medida que se afianzaba la incertidumbre. Cristina decía que aún no había salido de cuentas. Sabrina añadió que llevaba varios días con dolores y no había dicho nada. Laly se mostraba preocupada y movía la cabeza en señal de contrariedad. En los alrededores de las chozas de Eduardo y Carlos se multiplicaban las prisas y en el interior se amplificaban las expresiones de sorpresa y de dolor. La espera se alargaba algo más de lo razonable y alguien, creo que fue Rosaura, comentó que conocía a una amiga de una prima suya que había muerto en el sobreparto lo que puso en ascuas a los que ya no podían soportar por más tiempo la espera. —Pero ¡qué está pasando ahí! —dijo Dani Ballesteros con un vozarrón que nos arrebujó a todos en un puñado de compasión. Al poco tiempo salió Bea con cara de circunstancias y le habló al oído a Andrés que inmediatamente entró en la choza sin mediar palabra. Al cabo de un rato salieron las compañeras de choza que ya no podían aguantar más y rompieron a llorar. El niño había nacido muerto y la madre estaba muy mal, había perdido mucha sangre y, a pesar de los esfuerzos, aún no habían podido detener la hemorragia. El silencio anegó los murmullos de la Campa y todos esquivábamos las miradas de los compañeros para eludir tanto las preguntas como las respuestas. —¿Pero no podemos hacer nada más? —protestó Carolina Medal que ya no podía soportar por más tiempo la tensión que se estaba acumulando. Laly, que ya entraba con menor frecuencia en la choza, trató de consolarla con un abrazo que cada uno sintió en sus propias carnes. El tiempo transcurría muy despacio a la espera de que se produjeran nuevas noticias y nos consolábamos mutuamente mientras compartíamos nuestros mejores deseos y poníamos el futuro en las manos de dios, según expresión preferida de Isabel y repetida con frecuencia durante toda la tarde. Pero las noticias esperadas no llegaban por lo que poco a poco cada uno comenzó a refugiarse en su soledad o en la de sus íntimos para equilibrar sus emociones. Cristina salió un momento de la choza y Elías acudió inmediatamente a su encuentro por si traía alguna novedad. Ella sólo dijo que necesitaría un caldo y un poco de agua fresca para la compañera: “Está muy cansada y no tiene fuerzas para nada, tiene que recuperarse cuanto antes”. Seligrat coordinó la intendencia para que, a la mayor brevedad posible, se cumplieran aquellos encargos. El Atleta y Blasillo corrieron a los alrededores del poblado en busca de manzanilla, té, ruda, apio y otras hierbas medicinales por ver si podían facilitar el milagro de la farmacia. Los demás pasearon sus nervios por el poblado mientras la noche extendía su negro velo desde los arreboles del crepúsculo. En las primeras horas de aquella aciaga vigilia no se había asomado a nuestro valle ni un rayo de luz ni un rayo de esperanza, pero durante toda la noche nuestros interrumpidos sueños estuvieron poblados de fantasmas apresurados, de sombras emboscadas, de llantos reprimidos…
Cuando apuntó el alba aquella mañana parecía la más brumosa de todas las que habíamos vivido en nuestro Valle. La niebla se había abrazado a las lomas de las montañas y velaba con pertinacia las puntuales insinuaciones del sol. Por las cumbres del Montecino se asomaban unos nubarrones que amenazaban tormenta. Braulio, Blasillo y Edu habían madrugado para cumplir con el encargo de Bea: “En la parte más alta de la Campa, allí donde crecen las malvas y empiezan los enebros, hay una camperita desde donde se divisa el poblado, el río y el horizonte. Escoged el mejor sitio posible y cavad una tumba donde enterrarles”. Y a Bea se le había hecho un nudo en la garganta que conmovió ipso facto a los compañeros que, sin perder tiempo, se pusieron manos a la obra. Caminaron silenciosos hacia el punto señalado y comenzaron su tarea en la solana del noroeste, a la vera de las hojas plateadas del mostajo bajo el que solía descansar Jeni cuando pasaban por aquel lugar con alguno de sus amigos. La tierra excavada era suelta, fresca, fértil; Hablaban lo imprescindible y, cuando la situación lo propiciaba, se entrecruzaban miradas anegadas. A pesar de la penuria de las improvisadas herramientas tenían todo a punto cuando se formó una procesión que, desde la choza de Jenni, confluía en la entrada de la Cuevadorada y después se estiraba ladera arriba en un hilo de sollozos que el valle repetía in crescendo. Rosaura, Sonia y Teresa recogían flores de las linderas que trenzaban en ramilletes y guirnaldas con las que adornaban las improvisadas andas que servía de ataúd. Cada uno salmodiaba en la lira de su silencio los momentos vividos con su malograda amiga, a la que acompañaban en su último viaje. Braulio, Juan Ángel y Blas porfiaban por llevar las parihuelas por más tiempo de lo razonable. Elías, Cristina y el Graciosillo caminaban por los bordes de los rezagados sin perder de vista a Sabrina que a duras penas podía engancharse al rebufo de aquel calvario de emociones. Cuando la comitiva se acercaba al lugar escogido por los compañeros comenzaron a exteriorizarse los lamentos y a multiplicarse los aspavientos. Andrés, con las manos recogidas por delante, caminaba despacio con la mirada discretamente atenta a su alrededor. Cogida de su brazo avanzaba Laly que apenas levantaba su mirada del suelo. Por su cara rodaban algunas lágrimas a duras penas contenidas. Xavi recorría la comitiva de atrás adelante y viceversa para coordinar todos los tiempos. Al llegar junto al hoyo recién excavado el entorno de Cristina elevó el tono del patetismo: —¡Jeni¡, ¡Jamás te olvidaremos! —gritó Sabrina con desgarradora emoción. Y espontáneamente se fundieron en un abrazo creciente que se apretaba como el remolino con el que se vacía un estanque profundo. Seligrat y algunos de los suyos, desde un rincón estratégico, se resistían al empuje de aquella vorágine mientras el Atleta perdía su mirada en las cumbres como si quisiera evadirse de aquella punzante realidad. Para el resto, lo más elocuente era guardar un respetuoso silencio y colaborar en la ingrata tarea de enterrar a la compañera y al niño. Cogieron los cuerpos inertes con la delicadeza que les permitían las circunstancias y los colocaron en aquella tumba, primero la madre y en su regazo el niño. A continuación, procedieron a cubrirlos con la tierra excavada y amontonada alrededor. Después, algunos de los compañeros recogieron en los terreros circundantes unas almuerzas de tierra suelta y la sembraron sobre la tumba. Encima colocaron unas ramas de genistas sujetadas con unas lanchas arrancadas de los canchales cercanos ante la atenta mirada de los demás. En aquel momento el sol se ocultaba por encima de las resquebrajadas calizas de Canales y su ausencia empujaba río arriba una brisilla fresca que invitaba al recogimiento. Todos nos refugiamos en los brazos del desaliento durante unos segundos que aprovecharon Avelino e Isabel Latorre para colocar sobre la tumba dos palos de roble atados en forma de cruz antes de que la noche pasase inexorable la hoja de aquel funesto día. Entonces la comitiva regresó sobre sus pasos y recorrió a la contra, silenciosa y meditabunda, el camino que va desde la paz del cementerio a la polémica de la coexistencia.
Capítulo 15
Algunos brotes de cizaña
Durante los días siguientes un abanico de manifestaciones de luto se hacía palpable por presencia o por ausencia en todas las circunstancias en que se desarrollaban nuestras rutinas. —¡No tenemos tiempo para lamentos! —decía Bea cuando barruntaba en el ambiente nostalgias estériles—. Seguro que a Jennifer no le agradaría vernos en este estado. —Tienes razón, —añadió Teresa. —Ella nunca se recataba para echar la vista atrás, porque como solía decirnos en los momentos de indecisión “el que no mira para delante, atrás se queda”. Y en los corrillos de los ratos libres se comenzaba a tejer la fama de la compañera que había sido protagonista destacada de nuestra reciente historia, y aquel zarpazo fatal comenzaba a ser referencia frecuente para contextualizar en el antes y en el después aquel relato que el Graciosillo y otros cronistas se encargaban de recrear: siempre la recordaríamos como decidida cuando se salía de la seguridad del camino y experimentaba la probabilidad de las veredas; la recordaríamos como osada cuando dirigía la inmersión de Laly en el sugerente juego de los paños mojados; como temeraria, cuando disfrutaba del jardín de Epicuro más allá de los límites aconsejables; como ilusa, cuando prometía hospedarse en mi choza para convalecer de sus nostalgias. Pero ahora algo había cambiado y algunos achacaban la creciente sensación de desidia y la galopante monotonía de aquel otoño a la ausencia del estímulo de los aguijonazos de compañeros como Jennifer. Andrés callaba. Pareciera que las cumbres de aquellas montañas circundantes se hubieran constituido en límite inexpugnable de nuestro horizonte, que la razón de ser comenzaba a claudicar ante la razón de estar, que en el cómputo general de nuestro presente tenía más peso el pasado que el futuro. Laly observaba. La falta de polémica primero, de debate después y de comunicación por fin, acentuaba la polarización hasta en los detalles más insignificantes y los tibios se sentían obligados a tomar partido entre disyunciones excluyentes. Ante el calculado silencio de los profes, la actitud del Atleta y de su entorno cada día era más prepotente y menos dialogante; los gestos de Elías y de su grupo, más displicentes; las opiniones de la mayoría, más escasas y parcas. En las tertulias del atardecer las propuestas que surgían eran expresadas en formato de súplica y las concesiones eran otorgadas a modo de gracia. Los grupos, que en su día se formaron espontáneamente por afinidades, comenzaron a diluirse por razones inconfesables o por sinrazones incomprensibles, y aquellos improvisados juegos de pelota de las tardes apacibles se ensombrecían en cuanto un lance de juego desataba las desavenencias. En este orden de cosas la disputa que se estaba haciendo esperar, aunque ya casi nadie dudaba de que se produciría, estaban a punto de protagonizarla Braulio y Elías. Según comentaban los allegados, la antipatía mutua se arrastraba desde los patios de la Primaria donde Elías revolvía el colegio con sus ocurrencias e inquietaba a los indolentes. Era la alegría de los amigos y la preocupación de los demás, pero los maestros, a pesar de esas pequeñas cosas, aplaudían alguna de sus ocurrencias y practicaban la tolerancia hasta el límite permitido. Eso, al principio, porque, al final de esta etapa, algunos percances personales, familiares y escolares agriaron su carácter y enterraron su inocencia. Por su parte Braulio siempre estaba persiguiendo a la maestra en busca de protección o para esquivar la marginación. Y al fin, tras varios enfrentamientos abortados por un prudente temor, por las inseguridades de uno y de otro o por la oportuna intervención de algunos de los compañeros, llegó lo que suponíamos el inevitable encontronazo. Nadie sabía cómo había comenzado, pero todos coincidían en que había sido por nada; esa nada a la que recurrimos cuando no sabemos lo que nos pasa, pero sabemos que es algo insoportable y la causa de todo lo que nos hunde en la insoportable levedad del existir. —No haces más que presumir de lo que careces y te pasas todo el día mendigando consideraciones que no te llegan porque no las mereces. A pesar del servilismo con el que te arrastras tú no pintas nada aquí, —le zahirió Elías disparándole con bala de menosprecio. —¡Yo sí pinto nada! —balbuceó Braulio elevando el tono para disimular la confusión en que se veía atrapado. Elías le dedicó una sonrisita de las que congelan la sangre así que el Atleta explotó mientras adoptaba una postura entre agresiva y defensiva que suponía toda una provocación: —¡Me tienes hasta las narices! Aquel exabrupto paralizó la Campa como un rayo que rasga la expectación previa a las tormentas de otoño. Elías aguantó la presión del momento inyectando rabia en los ojos, apretando los dientes y jadeando como un perro rabioso. —Eres tú poca cosa para intimidarme. Si quieres algo nos vamos a la orilla del río y allí te vas a enterar —dijo guardando las distancias, pero sin retroceder ni un solo paso. —Cuando quieras, ¡chulo de mierda! —le insultó Braulio poniendo todo su desprecio en el tono a la par que daba un paso adelante: —¡Eres un hijo de puta! —remachó Elías sin medir bien las consecuencias. Como impelido por un ciego resorte Braulio saltó sobre su rival dispuesto a imponer la ley del más fuerte que presumía favorable. La embestida fue brutal. Los dos rodaron por el suelo, más pendientes de infligir daño al contrario que de evitar los propios. El dramatismo de aquel momento quedaba plasmado en los gritos histéricos de ellas, en la expectación estratégica de ellos y en las magulladuras y arañazos de los protagonistas que, a decir de David, parecían unos adefesios. Todas estas circunstancias contribuyeron en parte a evitar que aquel percance resultara una tragedia aunque hay quien piensa que hubiera sido mejor haberlos dejado dirimir sus diferencias a la orilla del río hasta una solución más radical ya que, con el paso del tiempo, esta herida abierta podría provocar fatales consecuencias. —¡Se va a enterar ese chulo cabrón! —decía Seligrat mientras paliaba con las manos las heridas del cuerpo y con un gesto de dolor las del alma—. ¡Ese a mí no me conoce; no sabe con quién se las está jugando, pero… que se ande con cuidado! Y, mientras lanzaba estas amenazantes palabras que reforzaban la contundencia de su decisión, se retiraba con los suyos al sosiego de su periferia. Braulio, que también llevaba su parte de lesiones, estaba siendo discretamente vitoreado por sus incondicionales y parecía exhibir sus presuntos laureles en la sonrisa de su cara. Andrés guardaba un clamoroso silencio.
Un día cualquiera Pascual Márquez y María Pozo se levantaron como de costumbre a las primeras luces con la intención de dar su paseo por las veredas del Salorio al abrigo de la brisa. Después de haberse ocupado de las rutinarias necesidades esenciales y existenciales salieron a la Campa pero algo les impidió aquel día completar su rutina. Desde la salida por la Pontoneja el camino estaba crucificado de pintadas que oscilaban entre lo ingenioso y lo abiertamente insultante. En el hastial de la casa de las vestales se podía leer: “la favorita está preñada”. En una ramita seca de la Olma de la Campa ondeaba un trozo de tela blanca en la que se podía leer escrito con letras mayúsculas “DICTADORES AL PAREDÓN”; Más adelante, en una pizarra colocada al borde del sendero por el que se accede a la Fuente de la Mina otra pintada decía “¡Ojo, cabecilla, ni se te ocurra tocar nuestra libertad¡”. En la arcilla de los alrededores de la Fuente de los Barriales alguien había escrito con el dedo: “Haz el Amor y no la Guerra”, lo que suponía que aquello no era una ocurrencia de un solitario malhumorado, sino que se trataba de más de un provocador. Un poco preocupados por lo que estaban viendo y tal vez para evitar malentendidos sobre la autoría de las pintadas, decidieron regresar al poblado donde, para su sorpresa, se encontraron con que ya corría una polvareda de conclusiones que se había levantado a raíz de aquellos carteles. Las conjeturas sobre el origen y la finalidad de estos se multiplicaron por doquier de tal modo que lo que comenzó siendo un intrascendente chascarrillo se estaba convirtiendo en un torbellino que amenazaba con minar la convivencia. —Debe de ser algún chiflado y, a juzgar por lo que dicen —dejó caer Melgar como restando importancia— tienen más de envalentonamientos adolescentes que de posiciones revolucionarias. Fue el Atleta, esta vez parece que motu proprio, el que inmediatamente convocó en la Cuevadorada a los más representativos de los distintos grupos y sondeó su opinión acerca de estos hechos. La primera en manifestarse fue Bea quien con tono conciliador animó a los presentes a tratar estos temas con ecuanimidad: —El tiempo juega a nuestro favor y podemos permitirnos ser generosos con los indecisos. A continuación, el Atleta me cabeceó el turno con una mirada algo desenfocada. Lo imprevisto del gesto me sorprendió y me costó recomponerme: —Yo creo —dije mientras me rascaba inconscientemente la cabeza— que esto será un intrascendente pecado de juventud de alguien y que no hay que hacer de ello una tragedia. El Atleta me dirigió una mirada apática que me retiró de inmediato; dio unos pasos hacia el centro de la sala y mirando a los profes, que no podían disimular su perplejidad, dijo: —Pues yo creo que ha llegado el momento de dejar las cosas claras. A quienes hayan sido hay que obligarles a que comparezcan en público y expliquen lo que dicen las pintadas y lo que quieren decir, y si sus explicaciones no son convincentes se tendrán que atener a las consecuencias. Hizo unos segundos de significativo silencio. —Llevamos demasiado tiempo siendo excesivamente tolerantes con los conspiradores —añadió mientras levantaba progresivamente el tono de su voz y como quien se siente orgulloso de llamar a las cosas por su nombre— y creo llegado el momento de dejar claras las normas de comportamiento. Y, desde luego, si no se toman las medidas adecuadas aquí y ahora, algunos actuaremos por nuestra cuenta. No les vamos a pasar ni una más a esos chulitos. A ninguno de los presentes se le pasó por alto que estas palabras estaban formuladas en tono abiertamente amenazante, que estaban arropadas en un confuso plural y que sonaban claramente a ultimátum por lo que Andrés se levantó y, tras breves segundos de significativo silencio, dijo en un tono manifiestamente contemporizador: —Ahora no debemos perder la calma, pero es cierto que ha llegado el momento de actuar con decisión. Vamos a redactar y publicar las normas de actuación para que cada uno de nosotros tangamos claro qué esperan los demás de nosotros y así nadie pueda justificarse en la ignorancia. Xavi estaba muy atento a todas las propuestas y, aunque estaba dolido por alguna de las referencias, no le pareció oportuno exteriorizar su malestar. Laly por su parte permaneció unos largos segundos sumida en una expectante suspensión hasta que oportunamente Avelino propició el anhelado paso de página con un oportuno: “o tempora, o mores” que diluía la confusa realidad presente en una difusa añoranza del tiempo pasado que, también a nuestro parecer, fue mejor.
Si las primeras chozas se hicieron por necesidad, muchas de las reformas que se emprendían en los últimos tiempos estaban destinadas a mejorar nuestra estancia en el poblado y en los alrededores. Por aquellos días, una vez terminada la huebra programada, algunos compañeros, cada uno según sus posibilidades, se dedicaban a mejorar los asentamientos o a construir unos nuevos en los alrededores de la Campa, a solas, en parejas o en pequeños grupos. El hecho de poder disfrutar de tiempo libre hizo posible que estas nuevas chozas armonizasen la pura necesidad de satisfacer las necesidades primarias con el placer estético que produce todo aquello que es digno de admiración. El lugar preferido para los nuevos asentamientos se extendía entre la Fuente de Arriba y las tierras areniscas del poniente, al abrigo de los vientos del norte y desde donde se divisaba una espectacular panorámica del levante con vistas al Valle y a la Peña Redonda. El modelo que con frecuencia se imitaba era el de mi Caseta del Barrio, que así se había dado en llamar la que yo me había construido entre el camino y la rivera, con vistas despejadas, enfocadas al amanecer sobre la Peña Redonda, acostadas al mediodía en las sombras del Salorio, doradas al atardecer por el poniente sobre el Montecino y arropadas por el crepúsculo que se apresura por la Taramada; entornos ajardinados, interiores con toques personales que sorprendían a los invitados. Sonia había adornado un rinconcito de la entrada de su choza con unas rocallas y unas raíces de brezo debidamente limpiadas y distribuidas que desde cualquier perspectiva rasgaban horizontes a la imaginación. —Eres una artista— la alabó Laly el primer día que se fijó en aquel rincón. Y desde entonces los comentarios de los ocasionales espectadores prestigiaban más y más aquellas pequeñas composiciones en las que ya se atisbaba el arte y que despertaron las aficiones estéticas de unos cuantos, aunque no todos vieran coronada su obra con un el ponderado “finis coronat opus” con que a veces Laly ratificaba el mérito cum laude de aquellas curiosidades. —¡Vaya palacio que os estáis montando algunos! —les decía el Graciosillo con una tonalidad cargada de intenciones a todos los que se habían embarcado en aquella tarea. Con ocasión de estos nuevos asentamientos que últimamente se producían con cierta frecuencia se evidenciaba la conveniencia de remover hasta los cimientos de las antiguas chozas y empezar de cero, y también, en algunas ocasiones, algunos aprovecharon la ocasión para replantearse vecindades y compañías en función de las nuevas alianzas o por razones de conveniencia. Y pasaba lo de casi siempre, había quien se quedaba en evidencia pordioseando proximidades imposibles; había quien intrigaba discretamente por conseguir sus deseos, y los conseguía; había quien, estoicamente, era capaz de celar sus inconfesables apetencias y aceptar el discreto encanto de la discreción; a la larga, esta postura pudiera ser socialmente rentable. Respecto de las relaciones interpersonales hacía tiempo que se había aceptado el aforismo latino que sentencia que “de internis, nec ecclesia”, pero el hecho de no hablar de una determinada realidad no la anula y la sabia naturaleza desarrollaba su inexorable estrategia siempre dirigida a la conservación de su maravilloso secreto, la vida. Lo que en un principio avivaba la curiosidad de todos y se convertía inmediatamente en el tema preferido de los chascarrillos poco a poco se relegó al ámbito de lo privado sin que ello desmintiese la confusa verdad tantas veces sacralizada o demonizada que propone al sexo como motor de la historia. Seligrat llevaba una temporada en una actitud sorprendentemente pasiva de tal modo que provocaba en todos los suyos una reacción de compasión que con frecuencia se resolvía en la necesidad de preguntarle por lo suyo. Sus respuestas nunca llegaron a concretarse tal vez por la sencilla razón de que ni él mismo sabía a ciencia cierta qué le sucedía: A la invitación a participar en actividades respondía con cara de perplejidad; a las conversaciones intrascendentes hacía oídos sordos; ante situaciones sorprendentes no decía nada; y, si la respuesta era urgida por la educación, por la cortesía o por la simpatía, decía muy bajito “nada, no me pasa nada”. Y entonces Andrés se ratificaba en que, sin duda, algo preocupante le estaba pasando. Buscaba con frecuencia la soledad de los senderos menos transitados con el pretexto de que tenía que aclararse: se fiaría de su intuición que tantas veces le había sido fiel aliada en momentos difíciles, no podía desistir y dejar en la estacada a los que habían depositado en él la ilusión de lo diferente, sería prudente en sus actuaciones pero inflexible en sus convicciones, y, sobre todo, jamás aceptaría que el Atleta fuese el paradigma de la fuerza de la razón y de la razón de la fuerza. Por lo demás, los ritmos de las distintas actividades se armonizaban paulatinamente. Teresa y Sabrina, a quienes el Graciosillo había revestido con el antonomástico de las vestales, habían convertido su tabernáculo particular en un arcano al que solo tenían acceso unos pocos privilegiados. La función críptica que se adivinaba últimamente en todo lo que sucedía en aquel lugar confería al grupillo un halo de distinción que empezaba a molestar tanto a los que querían pasar desapercibidos como a los que soñaban con frecuentar las pasarelas del famoseo. Yo aún no estaba entre los elegidos, pero he de confesar que, en parte debido a mi caseta del Barrio, disfrutaba de la confianza de los entronizados, principalmente de Bea y de Teresa, por lo que ya era tratado como iniciado y gozaba de alguna consideración. La actividad de aquel pequeño grupo comenzaba a ritualizar el camino de lo trascendente y de lo misterioso. Cada día se hacía más críptico y se dejaba influenciar más por las prédicas de Avelino y las orientaciones de Xavi que últimamente cogía el báculo de las grandes representaciones y se revestía de sacerdote o de sibila. El secretismo de algunas de sus actuaciones multiplicaba las razones por las que los críticos se dirigían ya abiertamente a ellos como la Secta. Por su parte el Atleta y algunos de sus partidarios habían convertido los ejercicios previos de la mañana en coordinados ejercicios marciales a los que se iban sumando cada día más adeptos ante la sorpresa de unos y la preocupación de otros. Cristina y Sabrina se afanaban por seguir por sus derroteros que algunos consideraban descarriados, pero, a pesar de su comprobada capacidad de liderazgo, se estaban quedando sin plebe con quien jugar a tribunas. Multiplicaban sus paseos vespertinos, siempre por las afueras de todo, solas o acompañadas de Seligrat y algún despistado ocasional. Por los distintos corrillos presentaban propuestas, muchas de ellas sin duda interesantes, pero solo recibían el cortés reconocimiento que aconseja la lógica, tan dolorosamente distante de la inquebrantable adhesión que conlleva la simpatía. —La mayoría siempre tiende a concentrarse en torno a los prudentes y a evitar a los osados —decía Juan Ángel. Ellas, aconsejadas por su probada capacidad de adaptación, solían frecuentar los distintos círculos en los que aún no se sentían orilladas, dispuestas a minimizar la marginación en que las situaba las nuevas circunstancias. Pareciera que la fortuna les hubiera vuelta la espalda, aunque dudaran de que alguna vez la hubieran tenido de cara.
Las relaciones de los distintos grupos que espontáneamente se habían formado en el poblado podrían considerarse las adecuadas, al decir de Bea. Se había improvisado un calendario de actividades que tenía como base las apreciaciones intuitivas a las que unos consideraban provisionalmente válidas mientras que otros las consideraban insuficientes por lo que repetían con frecuencia la cantinela de que un día de estos habría que sentarse a fijarlo definitivamente. El caso es que ya celebrábamos la fiesta del Ejido, en recuerdo del origen de esta nueva etapa; el día del Éxodo, para conmemorar los caminos que nos trajeron hasta el asentamiento actual; la noche de la Luna Llena, siempre misteriosa y sorprendente, una fiesta diferente impregnada de ritos y de misterios que organizaban las del tabernáculo con la total implicación de Xavi.
Capítulo 16
La fiesta del solsticio de verano
La celebración de esta fiesta, que ya se había ensayado en otros momentos, iba a tener su cabal puesta en escena en la próxima luna llena que coincidiría con el solsticio de verano, según observaciones del calendario de Gascón. Aquella mañana los ilusionados y los ilusos se movían con prisa calculada por los senderos del poblado. Los participantes activos se transformaron en actores según las necesidades exigidas por el improvisado guion. Las vestales seleccionaron durante toda la mañana, entre el exiguo vestuario que nos quedaba, los disfraces más apropiados para su revestimiento y enmascaraban con pinturas y con caretas la agobiante monotonía de lo ordinario. El resultado fue un sorprendente equilibrio entre la autenticidad de una improvisación juvenil y la magnificencia del rito que remite a lo anacrónico. A la hora nona, que era la señalada para el inicio de la fiesta, comenzó a animarse la Olma con variopintas sorpresas que engalanaban el arranque de aquella fiesta de promisión y, a esa hora, un calor húmedo y sofocante que anunciaba tormenta de verano comenzó a ascender desde la ribera por las copas de los árboles hasta teñir el azul del cielo con matices de color nube. Por todos los resquicios de aquellos disfraces se insinuaban cuerpos salvajemente bellos. Detrás de aquellos harapos y máscaras cada uno intuíamos en los demás una belleza que, aunque sólo estuviera en nuestra imaginación, era capaz de llevar en volandas la euforia de aquella procesión. Se encendieron antorchas de ramitos de brezo cortados al borde del camino y mezclados con otras plantas aromáticas a las que alguien atribuyó propiedades extraordinarias que, desde aquel momento, si no las poseían, iban a empezar a poseer; y se comenzó a dar una vuelta por el poblado mientras se invitaba a todos a abandonarse en los brazos del improvisado rito. De vez en cuando, a una señal de Xavi, se detenía la marcha y alguien decía unas palabras entre crípticas y mágicas que se acompañaban con flexiones exageradas e hisopazos oficiados con un pequeño manojo de tomillo impregnado en ungüentos preparados ad hoc por Teresa. En algunas paradas adoptaba posturas de experto exorcista y en otras, de profeta visionario, y siempre se acompañaba del correspondiente trago ceremonial del brebaje preparado en la taberna Riauriau. Seligrat la llamaba ambrosía por la sensación casi divina que producía, y mientras reía y desparramaba por los alrededores miradas lascivas salmodiaba: —El dios Baco nos ha revelado esta fórmula maravillosa de cuyos hechizos nadie podrá librarse. Estos tragos que eran compartidos por todos y reiterados con demasiada frecuencia debido al calor y a las circunstancias consiguieron la comunión tribal que propiciaban los calculadores dioses y los alienados hombres. La comitiva exhibía sus disfraces por la Varguilla que baja al río y ritmaba sus movimientos con golpes acompasados de ramas secas de escoba, de pizarras en formato de castañuelas y con los sonidos de flautas de cañas y chiflitos de fresno que coordinaba con gran acierto el primo Tinines y unos cuántos que habían terminado por animarse. Xavi estaba totalmente sumido en la fiesta y lo manifestaba en cuanto la ocasión le resultaba propicia. Andrés y Laly participaban pasivamente a una discreta distancia; Mónica y Melgar merodeaban en tierra de nadie y hasta Braulio, que parecía sentirse a gusto en el roll de enmascarado y que sorprendentemente no perdía comba en el turno de bebida, disfrutaba la inmersión en aquella procesión festiva que zigzagueaba entre la orilla del río y los bordes del camino mientras se difuminaban las distancias personales y se confundían en los abrazos de camaradería. Aunque los más parcos sentíamos cierta vergüenza ajena ante alguna de aquellas improvisadas representaciones, y aunque algunos otros coreaban sutiles mofas que oscilaban entre lo sagrado y lo profano, la verdad es que la mayoría nos sumamos sin objeciones a la magia de los ritos y al hechizo de lo misterioso abandonados al rebufo de aquella corriente inexorable. A todos nos impresionaba el hecho de que Xavi y los suyos se lo tomasen tan en serio. Nadie dejaba de observar atentamente las miradas, los gestos, la actitud del Profe que, camuflado tras reconocibles caras de circunstancias, caminó decidido hacia lo desconocido sin perder ni un solo turno del brebaje. Al llegar cerca del nido de la cigüeña, Cristina, Teresa y Sabrina, que hasta aquel momento se habían manifestado como las discípulas aventajadas de Xavi, ya se habían convertido en las protagonistas indiscutibles de la fiesta. Extendían sus abrazos por los diversos círculos y entonaban canciones para las que pedían el acompañamiento de la fanfarria de Tinines. A medida que el telón de un caprichoso crepúsculo comenzó a difuminar el escenario de aquella carnavalesca mascarada, se acentuó la picardía, se vitoreó la procacidad y se multiplicó la sorpresa. A instancias de Xavi comenzamos a recoger leña de los alrededores y la amontonamos en la orilla del camino. El efecto hormiga convirtió inmediatamente en hoguera las aportaciones de cada uno de los presentes: brazados de ramas de escoba, piornos secos, cepas de brezo, troncos de distintos tamaños aportados individual o colectivamente hicieron el milagro. Cristina, en un arrebato de euforia, se quitó uno de los contados harapos que cubrían su cuerpo y lo convirtió en antorcha. A continuación, comenzó a girar y girar sobre sí misma y en torno al fuego como satélite de la hoguera. Las luces y las sombras de las llamaradas que lanceaban el cielo acentuaban sus perfiles cobrizos y atraían las zozobrosas miradas hacia sus recovecos. También Braulio se sintió seducido por el balanceo del ritmo ondulado de aquella danza que, a veces, le parecía dedicada a él pero no con la evidencia suficiente como para perder el control y dejarse llevar por aquella corriente a la que se sumaban vuelta a vuelta todos los compañeros. Fue la espontaneidad de Sabrina la que, en una de sus voluptuosas exhibiciones le cogió de la mano y le sumó a la rueda que le sumió en aquel torbellino. Hasta Laly esbozaba alguna discreta insinuación a la que correspondía Andrés un tanto azarado. Se sumaban al rito, a la magia, al hechizo. Se asomaban a la intersección de las luces y las sombras, se sumergían en los abismos de lo consciente y de lo inconsciente hasta bordear los límites confusos de lo prohibido. Con todo, no terminaban de darse por satisfechos. Algunos de los participantes en la fiesta comenzaron a estirar la noche entre los arbustos del Jardín, en los aledaños por los que ya sentían querencia. Otros, impelidos por el ciego subconsciente humano que había aflorado en brutal y divina amalgama, decidimos despedir a la luna llena confundidos entre los frondosos salgueros que crecen en las graveras de los meandros del río, o seducidos por el eterno afán de no perdernos lo mejor, que en la mente de los ilusos está siempre por llegar, o arrastrados por una formidable inercia que sólo cesa cuando la flecha se clava en el blanco fijado en un punto de mira. Cristina, emulada por Sabrina y por Carolina y por muchos otros, giraba y giraba en torno a la hoguera y jugaba incansable con los chisporroteos de los últimos rescoldos. Se insinuaba a los que aún participaban en mayor o menor grado en sus juegos y repartía esperanzas o desilusiones a su antojo.
Elías nunca fue un experto en presentar batallas en campo abierto por lo que, constatado el tesón con que el Atleta cortejaba en el entorno de Cristina, multiplicó la camaradería con los incondicionales con los que solía frecuentar sus rincones preferidos, y esta vez lo hizo con la precipitada decisión que suele aconsejar la frustración y apoyado en el báculo del despecho. Mientras Cristina seguía a lo suyo envuelta en el aura de su vanidad, Sabrina se había soltado la melena y le achicaba el terreno a Braulio a quien situaba paso a paso entre las cuerdas del fuego y las de su inopinada osadía. El Atleta no pudo sustraerse a las palmarias insinuaciones de la osada danzarina, al sofocante calor de aquella noche de verano ni a la tiranía de los brebajes así que siguió en el remolino de aquel azaroso juego y se dejó arrastrar, río abajo, en pos de las promesas de aquellos cantos de sirena. Cristina por su parte, para no dejar sola a su veleidosa compañera ante la previsible e ineludible cuita, como por inercia, también se dejó llevar hacia los lugares de querencia y arrastró disimuladamente en el hechizo de sus encantos a Dani mientras prorrogaba sus ritos por el camino que marcaba Sabrina y que se iluminaba intermitentemente con los relámpagos de la tormenta lejana. Por su parte los que pensaban que aquellos ritos y manifestaciones habían pecado por exceso se retiraban discretamente hacia el poblado mientras, entre algún que otro comentario maledicente, parecían querer olvidar el cúmulo de sinrazones que, a su entender, se habían producido aquella noche. Pero antes de dar por terminada definitivamente la fiesta, prorrogaron su presencia un buen rato por las inmediaciones de la Olma mientras beldaban contra viento y marea comentarios imgeniosos, alardes de perspicacia, aportaciones de circunstancias eximentes, vapuleos indiscriminados que no estaban sometidos a la cortesía que aconseja la buena educación, lo que suponía hablar claro de lo divino y de lo humano. —Llamar a las cosas por su nombre. Al pan, pan y al vino, vino. —Decía Melgar deletreando enfáticamente. Allí estaba el grupillo de los más tolerantes, los que estaban dispuestos a ignorar la viga del ojo propio y la del ajeno; estaban también los que pensaban que el único secreto de la vida es vivirla sin recatarse demasiado para comprobar lo que vamos dejando atrás en el anterior recodo del camino. El de los que nunca se hacían preguntas trascendentales, sino que se sentían a gusto en el compás de la improvisación: “¡Que piensen ellos, que decidan ellos, que lo hagan ellos!” pensaban. Y así fueron pasando las horas hasta que el clarear de la aurora comenzó a poner nervioso a Elías que, por el momento, no tenía ninguna intención de retirarse. Y cuando el sol se encaramaba por los Callejos regresaban por Requejo los últimos rezagados. Eran Cristina y Daniel Ballesteros que caminaban delante bandeando el camino, y Braulio y Sabrina que venían por detrás abrazados y que, a medida que se aproximaban a la Varguilla, se sintieron observados por lo que comenzaron a guardar las formas y disimular la complicidad. Blas se tragó sus ocurrencias y la prudencia le aconsejó guardar silencio pero puso cara de recordar las miradas con que el Atleta crucificaba a Sabrina cuando aparecía o desaparecía de entre la maleza de la ribera, sola o acompañada de Cristina y Elías; de cuando se ofreció a acompañarle en una de las primeras excursiones exploratorias en que se embarcaba el Atleta; de cuando contaba con admiración retórica la piña de truchas con que el compañero se presentó al concurso de las olimpiadas, o de cuando terciaba junto a su amiga Cristina en las discusiones para diluir la acritud de la antipatía que se profesaban los dos antagonistas. Ahora callaba, pero no le pasó desapercibido el gesto mohíno y desazonado con que Elías masculló entre dientes unas palabras inconexas que a buen seguro sustituyeron a su tan temida explosión incontrolada. Por su mente zigzaguearon preguntas que pretería con alguna frecuencia:
“¡Qué pintaba Cristina allí! ¡Por qué venía abrazada a Dani! ¡Qué dirían los demás…! y en lo más profundo de su ego volvió a resurgir la duda que le atormentaba desde siempre: ¡Quién sería la verdadera Cristina, la del hoy, la del ayer, la del mañana? El Graciosillo multiplicaba su presencia por doquier y aventaba la curiosidad de aquel momento con chascarrillos que, tal vez sin pretenderlo, contribuían a urdir una trama: ⸺Braulio anda con frecuencia a la rebusca y hoy no se le ha dado mal la faena. Blas se quedó mirándole con sorpresa y le devolvió una ingenua pregunta: ⸺Pero si no vienen de rebusca, que vienen de fiesta… El Graciosillo le miró con ternura y añadió: ⸺Blas, Blas, estoy hablando del paraíso y del árbol de la fruta prohibida del que cogió Eva la famosa manzana. Seligrat observaba atentamente todo lo que sucedía a su alrededor y con miradas de embozada presunción irradiaba una discreta censura: ⸺Más vale que no te metas en berenjenales, Blas. Estos caminos están plagados de sorpresas y no todas son agradables. Pero la sorpresa de Blas iba en aumento y apenas acertó a decir: ⸺No todo lo que se hace debe tener su porqué. Hay muchas cosas que hacemos sin pensarlas, y, a veces, hasta salen bien. Isabel quiso aportar su granito para normalizar la situación y mirando a Blas recitó en tono proverbial: “bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Elías, que se sentía en tierra amiga, aprovechó su sentido de la oportunidad para tratar de remendar los hábitos de la compostura y añadió: ⸺Echo en falta una bienaventuranza que ensalce a los hijos de Caín porque sin ellos no sería posible distinguir entre buenos y malos y este mundo sería de una simplicidad insoportable. Al ver que ya se aproximaban los ocasionales protagonistas se amplificó el silencio que subrayaba la expectación. Se les notaba atrapados en las garras del improvisado desenlace de aquella fiesta y perplejos por aquel recibimiento que no se esperaban, y ahora arrastraban la mirada como humillados por el peso de la duda. Sabrina, que caminaba como embaucada, y Braulio se habían rezagado un poco; y Cristina, al sentirse focalizada por la morbosa mirada de posibles agoreros, aprovechó la ocasión para soltarse de Dani y adelantarse al encuentro de Seligrat que la esperaba con ansiedad mal disimulada. —Menos mal que hemos ido nosotros —se adelantó Cristina a cualquier otra consideración—, porque si no, no sé qué hubiera pasado con la pobre Sabrina. Seligrat se quedó algo perplejo con aquella observación y se acercó a Dani como para buscar más explicaciones, pero este se limitó a hacer un gesto genérico de desaprobación de lo vivido las últimas horas y después de comprobar que todo estaba más o menos en su sitio dijo con determinación: —Ahora me voy a descansar; que, por hoy, ya he tenido bastante. Y se dirigió hacia el poblado mientras miraba con el rabillo del ojo si Braulio, su vecino de chozo, hacía lo mismo. Por su parte Cristina apremiaba con la mirada a Sabrina para que se escabullera de los abrazos de Braulio, cosa que hizo de inmediato, para sumarse al grupo de los suyos que, encabezados por Seligrat y Cristina que confidenciaban en escuetos mensajes, ya se dirigían hacia sus respectivas chozas.
En las proximidades de las casas de los profes el día después del solsticio de verano llegaba despacio y sin sobresaltos. Sus moradores, que se habían retirado a sus chozas a una hora prudente, preferirían subrayar las primeras impresiones en la elocuencia del silencio. Era buen remedio rumiar en la intimidad lo sucedido y digerirlo poco a poco. Para Xavi todo aquello no era más que la expresión del cúmulo de razonamientos y de pulsiones que bullen en la mente humana especialmente cuando el instinto campa a sus anchas. Dejaríamos que la naturaleza plasmara el gran diseño de su maravilloso capricho. Nosotros seríamos sus mudos testigos y, mientras, disfrutaríamos de aquel emocionante proyecto. Por su parte Laly, ante la contemplación de aquel caudaloso y fructífero, aunque tempestuoso, torrente de juventud, empezaba a incomodarse porque, por sus circunstancias, se sentía fuera de juego aunque intuía los insospechados mundos de posibilidades que se abrían en el horizonte de los otros mientras se topaba con los muros de prejuicios que vedaban las posibilidades del suyo. Con todo, se le volvió a cruzar de nuevo por la mente la idea de ser una más y preterir el melancólico lamento de don Quijote que la agobiaba con lo de los nidos de antaño… Por el momento prefirió ser prudente y refugiarse en la nostalgia. Sobrellevaría con dignidad los empinados tramos de su particular calvario. Sabía a ciencia cierta que el hombro de Andrés siempre estaría a su disposición para lo que hiciera falta. Andrés por su parte ya guardaba in pectore la decisión que había tomado al respecto. Creyó llegada la hora de sujetar con firmeza las riendas de la situación para que aquel brioso potro no se desbocara. A tomar esta decisión le habían ayudado y animado de una manera discretamente pasiva el grupo de incondicionales que confiaban plenamente en su criterio y se sentían muy bien representados por él. Reuniría todos los datos que había recogido a lo largo de esta experiencia que ya comenzaba a ser significativamente prolongada. Haría un análisis ponderado de cada uno de los mensajes, de los contextos y de los hechos acaecidos en esta breve pero intensa etapa de nuestra historia. Haría partícipes de estas reflexiones, en primer lugar a Laly; no podría ser de otra forma porque sabía que ella siempre había estado incondicionalmente a su lado y porque sentía una especial satisfacción en que ella fuera copartícipe; también se lo comunicaría a Xavi, aunque con algo menos de implicación; y se lo comunicarían por primera vez y a modo de ensayo, a los suyos, quienes sabrían retrasmitir su mensaje por los distintos ámbitos de influencia.
Al reloj de sol de Javier Cuesta le costó aquel día subir los peldaños de números romanos algo más de lo acostumbrado. Pareciera que la proverbial pereza que suele acompañar al mozo dominguero que no quiere lunes hubiera boicoteado aquella mañana todos los resortes de la actividad programada, y como si la galbana que suele acompañar a la hora de siesta hubiese agostado con su implacable sopor los escasos propósitos de enmienda. Pero aquella tarde fue la amenaza de tormenta la que nos convocó en la Olma con aparatosas y sonoras señales eléctricas y nos entretuvo un buen rato en la ponderación de los formidables latigazos que rayaban el cielo a la par que atenazaban las mentes y anquilosaban los ánimos. La secuencia de tormentas se repitió durante unos días, pero a última hora de la tarde nos ofrecía una tregua que aprovechábamos para salir al campo a contemplar los paisajes, a curiosear los huertos, a observar los rebaños que pastaban las camperas o a completar alguna tarea cotidiana pendiente, aunque tomábamos la precaución de regresar al poblado antes del anochecer, por si acaso. Y cuando ya llevábamos tres días de tormentas, Avelino, que regresaba de pasear por los alrededores de la caseta, al acercarse al poblado por el arroyo de las Palomeras y encontrarse en la Pontoneja con los que estaban recogiendo un poco de leña para el avío diario les comunicó mientras aireaba excesivos aspavientos: —Allá arriba, donde sestean las vacas, en una rama del roblón del cruce de los caminos de El Salorio y Las Lamas, alguien ha colgado un monigote con una pizarra al cuello a modo de sambenito donde han vuelto a escribir algunas pintadas ofensivas. La difusión de estos eslóganes que rubricaban la persistencia de unos pocos en la rebeldía y en las discordias sorprendió a algunos de los presentes y en cierto modo perturbaron a la mayoría que se refugió de inmediato en los rumores que cohesionan a los grupos cuando se sienten amenazados. A Blasillo le faltó tiempo para sembrar aquella provocación por los feraces campos de la imaginación, campos ya roturados, binados y terciados con primor de labrador a fin de recoger en el momento oportuno los frutos de aquellas semillas del chismorreo: —¡En el Roblón han ahorcado a Braulio, pero sólo en efigie! —añadía para quitarle un poco de hierro al asunto después de haberle dado demasiado bombo. —¡Por malnacido, dicen que dice un letrero que le han colgado al cuello! Y cada uno de los presentes, dándoles vueltas a aquellos datos, recreaba una historia que o bien la archivaban en los arcanos de los recuerdos o la ofrecían a la inventiva del Graciosillo para que las incorporase al romance colectivo con que se forjaba nuestra tradición y nuestra historia. Laura, que formaba parte del grupo de las que solían pasar gran parte de su tiempo libre en los remansos que el río forma en el soto antes de fundirse en los abrazos del Lago, creyó conveniente tratar de apagar aquel fuego que amenazaba con abrasar la convivencia: —¡Otra vez lo mismo, —y echó una mirada censora a los que la escuchaban —¡Ya se están pasando! ¡No se puede decir lo que dicen ni hacer lo que han hecho ni de bromas! Todos actuamos alguna vez cegados por las pasiones y hemos protagonizado situaciones que para los demás están muy próximas a la indecencia, pero eso no nos convierte en seres deleznables. Nos necesitamos los unos a los otros, al menos como circunstancias. Sabrina y Braulio, y Cristina y Dani, han coincidido una noche de fiesta. Habrá sido su sino o su destino; seguramente ellos no han podido ni han querido hacer nada para evitarlo, y los demás no tenemos nada que decir. —Tienes razón, ⸺decía Carolina en tono relajado —pero, a pesar de ello, hay algunas a las que les gusta mucho la provocación y eso sí se puede censurar. —Algunos, querrás decir— saltó Bea, harta de las imprecisiones discriminatorias del lenguaje. —Se puede hablar de eso y de todo —terció Teresa—, pero Elías se pasa cuando convierte la anécdota de una peripecia personal en categoría y habla de lo suyo como de un drama del honor propio de otros tiempos. Eso es un anacronismo y creo que ahí se equivoca. —A mí me parece —dijo Valero— que no debemos proyectar la idea de nuestras relaciones previas sobre las de la actualidad; han cambiado totalmente las circunstancias y seguro surgirán sucesivas crisis de las que tendremos que aprender a eliminar de la pirámide de las necesidades lo que en cada momento resulte superfluo, y defender lo imprescindible porque en ello nos va más de lo que pensamos. Ineludiblemente va a llegar el tiempo de la bielda y habrá que separar el trigo de la paja. —Tampoco es tan grave lo de la pintada —añadió Joaquina que, como de costumbre, observaba prudente—. No deja de ser un eslogan, y su intención estética y pregonera diluye la importancia de lo expresado. Al menos estas expresiones golpean con el guante de la palabra y no con el nudillo de los hechos ni con la contundencia del garrote. —A mí me parece que Cristina necesita estar siempre en el candelero y ese afán de protagonismo suele acarrear algún que otro problema —dejó caer Isabel. Mónica aprovechó la ocasión para remachar: —El tributo de la fama es estar en boca de la gente. Y eso siempre tiene riesgos. —No entiendo bien vuestros comentarios —añadió Carolina⸺. Si aplicamos esa lógica todos somos provocadores en cierta medida y nos quedamos más de una vez en evidencia. Parecía que las dos compañeras se sentían a gusto en aquella discusión:
—Sí, pero nos diferencian los matices ⸺continuó Mónica⸺. Una cosa es la provocación que trata de remover las aguas estancadas del espejo de la laguna en que nos miramos para que sus aguas no lleguen a corromperse y otra muy distinta sentirse orgullosos de actitudes casquivanas y mentecatas que sirven en bandeja un cóctel de despropósitos. —¿No querrás decir que las acciones que se protagonizan en los márgenes de una determinada situación son más o menos aceptables dependiendo de quién las haga? Porque entonces se lo pones fácil a los egoístas: las propias son leves y las ajenas tanto más graves cuanto más antipáticos me caigan sus actores. —¡No te escores, Mónica!, dicho así parece que condenas a todo relativismo al rincón del pensamiento sobrante y eso no es justo! —¡Pues me he explicado mal… sólo pretendo ser moderada en los juicios y tolerante con las actuaciones de los demás, de ninguna manera pretendo sentar cátedra! —Ya, pero lo que dices tiene algo de simplificación y la verdad siempre es compleja. Todos conocemos suficientemente a Cristina como para deducir que tiene más de guija que de canto rodado. Pero es como es y no hay que darle más vueltas. Si nadas junto a ella te añusga el oleaje que provoca, y parece que Elías, que va de liberal cuando se refiera a los demás, tiene una zona en el talón donde también le aprieta el zapato. —Lo malo que tiene Cristina —dije mirando a Carolina— es que no le importa parecer irreverente con los sermones de los predicadores del cotilleo que pontifican desde sus improvisados púlpitos sobre lo que es o no es ético, eso sí, siempre con el ojo puesto en el retrovisor de cualquiera tiempo pasado. Para estos lo más importante es parecer honrado y luego, si se es, miel sobre hojuelas. A algunos sólo les importa la buena reputación, aunque sea a costa de no tener buena conciencia. Mónica hizo una breve pausa como para contar hasta tres y dijo: —La ética y la moral no sólo tienen parentesco etimológico con la palabra costumbre, sino que sobre todo son eso, usos y costumbres, y no podemos, ni debemos, ni queremos que los hábitos que subrayamos con la etiqueta nostálgica de “cosas de otros tiempos” encorseten el proyecto de nuestro propio camino. —Bien se nota que eres una discípula aventajada de don Andrés. He estado a punto de apostillar con un amén⸺ contesté mirándola con cierto desenfoque. Los compañeros habían permanecido atentos a esta conversación distendida de las dos colegas mientras rumoreaban en los respectivos entornos algunas apreciaciones que les sugería el tema. Laly, que había permanecido muy atenta a la conversación anterior, esta vez se decidió a intervenir y, en tono docente, trató de sintetizar: —Nuestro entorno se tendrá que parecer bastante a un patio de colegio infantil. Hay que dejar que cada uno de los niños se cree su espacio y lo defienda con uñas y dientes si es preciso. Por supuesto que alguien tiene que supervisar lo que allí sucede, pero desde la distancia y sin interferir demasiado. Sería ingenuo pretender que allí se impusiera lo razonable. Lo razonable en ese contexto es el instinto humano en su más auténtica expresión. En nuestro caso miraremos con nostalgia al pasado y con esperanza al futuro y tendremos que buscar un equilibrio entre la inapelable ley del más fuerte y la armonizadora fuerza de la ley protectora del débil. Muy filosófica está hoy ésta, pensó Beatriz Barranco que, sentada a la sombra del mostajo, no se perdía detalle si la conversación giraba en torno a temas de su interés pero que, cuando se volvía intrascendente, se distraía en la observación del juego de las sombras que proyectaban sobre nosotros las hojas de aquel árbol sorprendente, verdes por la cara del sol y blanquecinas y vellosas por el envés; o en la contemplación de un petirrojo que jugueteaba entre las ramas de un escaramujo de la ladera y que, tras unos revoloteos nerviosos, se perdía suspendido en una elegante cabriola. ⸺Si prescindimos de las muletas de los dioses, de las patrias y de los reyes no nos quedará más alternativa que inventarnos un estado, ⸺lanzó Juan Ángel que se había sentado en la roca que algunos ya habían empezado a llamar la cátedra. —Muy bien dicho. Terminemos de una vez con esas muletas —sentenció Joaquina. El tema monopolizaba las conversaciones intrascendentes, concitaba las preocupaciones diarias, jerarquizaba las opiniones y los estatus y, lo que fue más significativo, supuso un punto de inflexión en la actitud de Andrés que creyó llegado el momento de armonizar, dentro de lo posible, los intereses de todos y de cada uno.
Capítulo 17
La tormenta
Aquellos últimos días la canícula se había hecho sentir con todo su rigor de estío. Al amanecer, la pradera se engalanaba con el encanto de una chispeante gasa de rocío que flirteaba con la brisa para fundirse en abrazos líquidos y gaseosos mientras el azul del cielo rutilaba sobre los perfiles de las montañas. Cuando el sol brillaba en su apogeo atemperábamos nuestra galbana en la tranquilidad de las chozas, a la sombra de los piornales o tumbados en las camperas de las orillas del arroyo pero, al atardecer, el cielo se pintarrajeaba de tonos grisáceos que se concretaban en nubes amenazantes que se rasgaban en los rumores de crepúsculos lejanos hasta que la luna llena se adueñaba de la noche de El Valle y las disipaba sin contemplaciones. Ellas, pertinaces, insistían día tras día hasta que una de aquellas tardes el viento que subía del Lago olía a tormenta. Bocanadas de aire caliente ascendían apresuradas por la rivera y desmelenaban las crestas de los árboles reviradas por los remolinos. Una espesa cortina de agua que barría las laderas opuestas se acercaba amenazante mientras las últimas cornejas batían sus inseguras alas en retirada. El paso de los compañeros que regresaban de sus excursiones vespertinas se aceleraba por segundos hasta convertirse en desconcertadas carreras que no siempre conseguían evitar las caladuras a pesar de que cada uno buscó el cobijo que la intuición le proponía como más adecuado. Los truenos, cuyo fulgor multiplicaba la prematura oscuridad, no ofrecían síntomas de tregua, lo que atenazaba a los timoratos. Una zurra de agua vapuleó las chozas tendidas a la intemperie mientras que las que se amagaban al abrigo de las copas de los árboles evitaron con mejor fortuna las embestidas de viento y la lluvia. Tras este primer momento de desconcierto los más intuitivos corrieron a sus respectivos aposentos en busca de la seguridad que brinda lo malo conocido y otros, los más precavidos, temiendo lo peor, se refugiaron en la Cuevadorada. La noche, que exhibía toda su trompetería apocalíptica, se adueñó por sorpresa de todo el Valle e impuso un silencio roto sólo por las rachas de lluvia que se colaban en todos los intersticios de nuestras circunstancias, arrancaban las hojas de los árboles y rasgaban sus ramas que, al caer, golpeaban el suelo cercano con manotazos de destrucción. El arroyo cercano, hasta hoy susurro del día y rumor de la noche, se convertía por momentos en un torrente pregonero de crecientes lamentos, y cada relámpago que enfocaba nuestros rostros iluminaba en ellos un nuevo gesto de sorpresa. La naturaleza nos colocaba en nuestro lugar y nos obligaba, por las malas, a tomar conciencia de que, al menos en aquellos momentos, nosotros no éramos ni los dueños de aquellos valles ni los dioses de aquel paraíso, y comenzamos a sospechar que en cualquier recodo del camino puede estar agazapado un desastre. En medio de aquella tormenta, desde la lejanía, nos llegaba una voz apagada que trataba en vano de hacerse oír en medio del caos de la noche y que repetía con angustiosa y creciente insistencia: “Cristina” “Cristina”. Aquel grito intermitente sonaba como un latigazo que fustigaba la modorra de aquellas conciencias que suelen contemplar el mundo que las rodea desde la seguridad de sus atalayas. Laly, algo nerviosa, contagiaba preocupación a todo su alrededor y preguntaba como por preguntar: —¿Dónde está Braulio? Un relámpago cegador anegó la respuesta en una explosión de interrogaciones. —¿Dónde están Elías y Cristina? Creo que faltan también Teresa y Sabrina y algunas más— apuntó en un recuento de urgencia. Ante el atisbo de preocupación alguien dijo con la intención de tranquilizar: —Creo que algunos están en la choza de Bea. Me pareció verles ir hacia allí cuando empezaba la tormenta. Andrés parecía algo confuso por los gritos lejanos y por la furia con que se manifestaba la naturaleza y se mostró por primera vez inseguro e indeciso. Dani Ballesteros, cuyo nerviosismo crecía ostensiblemente, fue el primero en reaccionar y con paso decidido se dirigió a la salida de la Gruta: —Voy a ver qué pasa —dijo a la vez que salía desafiando a la tormenta. Yo, creo que bien aconsejado por un sexto sentido, me eché también a la espalda la prudencia, me dejé llevar por la osadía de la juventud y le seguí sin más consideraciones. Al instante nos siguió don Andrés que con su imprevista reacción agitó el mar de dudas en que naufragan los indecisos. Echada la suerte corrimos hacia donde se oían los gritos. Los torrentes habían reconquistado las veredas y en el paso de algunos barrancos destacaban evidentes las señales de peligro. Guiados por unos gritos cada vez más apagados sorteamos los impedimentos con que las inclemencias del tiempo habían tachonado el camino y en un sendero que descendía hacía el lago nos encontramos a Sabrina que con el cuchillo de un grito entre los dientes y sin dejar de recatarse corrió hacia nosotros sin dejar de mirar de reojo hacia atrás como quien huye de fantasmas de carne y hueso. Un relámpago oportuno dibujó en su cara un garabato de alivio y sus lágrimas fundidas con la lluvia subrayaron la mueca de un suspiro. Se abrazó al cuello del Profe como una niña aterrorizada y permaneció allí con los ojos cerrados durante unos interminables segundos. Al cabo de un buen rato llegó Braulio. Jadeaba como un sabueso azuzado por la frustración de una correría inútil y parecía querer disimular heridas inconfesables entre la intermitencia de los relámpagos. Sabrina, al verle, se anudó con más ahínco en el abrazo de Andrés. —¿Dónde está Cristina? —le espetó Bascuñana al atleta a modo de beligerante saludo. —¡Yo no sé nada de ella! ¡Y no soy guardián de nadie! —contestó con énfasis de pocos amigos, pero sin retardar el paso. Don Andrés, tal vez por cortesía, trató de conseguir algo más de información sin provocar con expresiones suspicaces e interrogaciones fiscalizadoras, pero Braulio iba tan ensimismado que se limitó a saludar con una mueca apenas perceptible sin apartar la mirada de aquel horizonte que seguía negro y amenazador; así que, en un agobiante silencio, regresamos al campamento al ritmo marcado por el Atleta que, sin mediar palabra, se dirigió hacia su choza. Dani abandonó el rastro del compañero cuando llegamos a la Campa y continuó hacia la Cuevadorada donde sabía que estaban cobijados la mayoría. Don Andrés y yo le seguimos. María, que se temía lo peor, antes de que el compañero consiguiera guarecerse en su choza le preguntó a bocajarro: —¿Dónde está Elías? —¡No tengo ni idea! —contestó lacónico Braulio. —¿Y Cristina?, ¿Dónde está Cristina? —¡Tampoco sé dónde está! ¡No la he visto en toda la tarde! Faltaba alguno más pero no se les echaba tanto en falta. —¡Tendremos que ir a buscarla! —subrayó la compañera con preocupación. Un silencio hueco rebotó contra el fondo de la estancia mientras la tormenta seguía marcando el pulso de la noche. María trajinaba por los corrillos para insistir en su propuesta, pero la persistencia de la lluvia, la perplejidad de algunos compañeros, las respuestas evasivas de unos y el elocuente silencio de otros terminaron por aplacar la insistencia y aplazar las urgencias. —Al mediodía me dijo que se iba a acercar al lago porque quería estar sola…, que había encontrado un rincón donde sentía el sosiego que necesitaba…, que quería ordenar su mundo… Un ruido de pasos precipitados interrumpió estas observaciones de María. Eran Bea, Teresa y algunos más que corrían desde las veredas de Requejo mientras sorteaban obstáculos imprevistos. Venían calados y ateridos de frío, y saludaron haciendo referencia a la tormenta que clareaba la Campa con frecuentes relámpagos. Una vez refugiados en la Gruta, María retomó la conversación interrumpida y comentó que había visto unos días atrás a la pareja en la retuerta que forma el río donde el camino cruza los abedules y, a juzgar por los reproches mutuos y los silencios prolongados, el penacho de la crisis ondeaba por el campo de sus polémicas. —¡Cómo se os da fabular! —dijo Joaquina—. Yo creo que Cristina y Elías tienen los mismos problemas que todos tenemos en nuestras relaciones, ni más ni menos. Pero a algunos nos encanta presumir de psicólogos y proyectar nuestras miserias sobre las relaciones de los demás. —¡Bueno! ¡bueno! ¡No ha querido ofender! Sólo trata de explicar qué ha podido pasar. Es una suposición como otra cualquiera —dijo Laly para calmar. Blasillo, que con frecuencia desaprovechaba las ocasiones de callar, aunque no tuviese nada que decir, no quiso perder la oportunidad de hablar y romanceaba algunas situaciones descontextualizadas en las que Cristina había insinuado su hartazgo. Yo también sentí la necesidad de sincerarme ante los que estaban a mi alrededor y les confesé que hacía unos días había pasado por mi caseta y me había comentado que tal vez había querido pedirle demasiado a la vida y que algunas tardes tenía que inventarse la realidad para no hacer una locura… y, cuando se cruzaron nuestras miradas, noté que desvió sus ojos enaguados.
Advertí que mis palabras zarandearon el subconsciente que se asomó a algunos rostros en un insinuado escalofrío. Pascual Márquez, que a decir de Laly casi siempre andaba a lo suyo, esta vez creyó oportuno desdramatizar: ⸺¡Bah¡, ¡pues habrá querido imitar a su admirada Safo y no habrá podido resistirse a la tentación de arrojarse al Lago desde su particular roca¡ —comentó en una desafortunada referencia erudita. —¡Sí, hombre¡ ¡Igual han sido arrebatados en un carro de fuego como le sucedió a aquel famoso profeta tocayo de Seligrat —añadió Rosario del Amo como si quisiera quitar hierro al asunto. —Tan real podría resultar una hipótesis como la otra —dijo Julio Izquierdo que últimamente parecía más participativo—. Yo no descartaría ninguna posibilidad, ni siquiera la que algunos estamos pensando. Ester Alonso y Sonia Contreras se cruzaron una mirada cómplice y ningunearon con un cuchicheo inoportuno las palabras de los compañeros, pero ni se les ocurrió polemizar. Bea creyó oportuno distraer los malos pensamientos y añadió: —Vamos a tranquilizarnos y presumir la explicación más lógica. Les habrá sorprendido la tormenta y se habrán resguardado en el primer lugar que hayan encontrado. Después de todo, aquí tampoco estamos del todo seguros. En un momento en que la lluvia nos dio un respiro se acercaron a la Cuevadorada Juan Ángel y Gelito. El contraluz impedía verles la cara y el viento centelleaba contra sus siluetas: —La tormenta se ha llevado las chozas que estaban cerca del arroyo —dijo Ángel. —¿Qué ha pasado? —preguntó Joaquina Sanz que se sentía afectada por el desastre anunciado. —Ha caído un terraplén sobre el arroyo y el agua se ha desviado y ha inundado toda la zona. Los techos de las chozas han desaparecido. Los cabrios y las latas de los tejados están por el suelo y las genistas, han volado por los aires. —¡Bueno, no os preocupéis demasiado por eso¡, ¡Ojalá que todos los males vengan por ahí¡ —comentó don Andrés con un punto de resignación. La ansiedad se asomaba a la barandilla de silencios clamorosos, de cuchicheos entrecortados, de miradas perdidas. Laly, con la colaboración de Xavi, hizo un recuento de urgencia y Bea enumeró a los ausentes. —Hay que llamarlos —sugirió Mónica que sin pensárselo dos veces llamó a gritos a Rosaura y a Yolanda. Y Latorre terció en el reclamo y completó la lista de sus ausencias con el nombre de Rocío. En un momento que amainó la lluvia Dani hizo un paréntesis en las pesquisas y nos regaló una involuntaria distracción. Salió sin decir nada de la Cuevadorada y se adentró por el Camino de Abajo sin importarle las inclemencias ni la oscuridad de la noche. Durante los minutos siguientes las miradas enunciativas, los gestos exclamativos y los cuchicheos interrogativos bulleron por los rincones de la Gruta hasta que, para sorpresa general, regresó con un brazado de leña con lo que encendió, (el brezo hace milagros, aunque esté mojado), una lumbre ante la expectación de todos los presentes. Algunos otros nos apresuramos a imitar su ejemplo y, aprovechando aquella escampada, terminamos por acarrear una buena cantidad de troncos que apilamos en un rincón. Pronto nos sentimos todos atraídos por el encanto del fuego y formamos un corro alrededor a pesar de la humareda que produce la leña húmeda. Cuando hubimos recobrado el sosiego volvimos a echar en falta a los compañeros y a preguntarnos por ellos. —¡Seligrat, Seligrat! —gritaba por enésima vez Sonia, ansiosa por cerrar el círculo. Pasaron unos segundos de expectación sin obtener respuesta. María nos sorprendió con un silbido entrecortado que atravesó la tormenta. Algunos compañeros trataron de imitarla con desigual fortuna, pero, al fin, los silbidos obtuvieron respuesta. Desde la otra punta llegó un lejano pero tranquilizador “estamos aquí”. Eran Yolanda, Rosaura y Rocío, y su presencia nos reconfortaba, pero a partir de ese momento quedaban subrayadas dos temidas ausencias. Faltaban Cristina y Elías. —¡A ver si estos llegan pronto! —comentó Blas que de vez en cuando compartía con ellos excursiones vespertinas— porque si no, tendremos que ir a buscarlos. La observación rebotó contra el techo de estalactitas y saturó todos los rincones de la Cuevadorada. Pero ya estaba todo sospechado y todo dicho y la discreción aprendida se impuso en todas las conversaciones y la noche se nos pasó entre puntuales observaciones pertinentes, vagas generalizaciones intrascendentes y reparadoras concesiones al sueño y a los sueños. De vez en cuando los pregoneros de insomnios avivaban el fuego que dibujaba en el techo retazos de luces y sombras que competían en fulgor con los relámpagos de la tormenta que nos rondó toda la noche. Con este trasiego nocturno, algunos, no solo pretendían asentar los propios cuerpos que habían estado toda la noche en busca de acomodo entre las irregularidades del suelo, sino que también buscaban el sosiego de las mentes que suelen vagar de la realidad a la ficción mientras persiguen querencias improbables o imposibles. Por mi parte, cuando vi que los primeros reflejos de luz clareaban en la Gruta, me incorporé y me acerqué aterido al rescoldo que humeaba en el rincón. Me senté en un saliente de la roca, pulido por la erosión como misericordias de coro, y curioseé: Laly dormía cerca del fuego, de espaldas a la roca y a media braza de distancia de Andrés que, atrapado en su incapacidad de decidir entre dar la cara o la espalda, especialmente si de asunto de mujeres se trataba, se había quedado boca arriba, expuesto al peligro de apneas intermitentes o de ronquidos inoportunos. Tenía descompuesta la figura; si se viese, pensaría que estaba en postura indigna, pero dormía como un bendito y no estaba para las contemplaciones del qué dirán. Laly, sin embargo, era elegante hasta cuando dormía. Teresa, por su parte, tenía la cabeza cerca del regazo de la Profe y, como guardaespaldas, a Bea, que miraba hacia la pared. La distancia entre Xavi y Teresa oscilaba entre la normalidad de la consideración objetiva y la proximidad del apriorismo subjetivo, pero las diagonales y la perspectiva se me antojaron intencionadamente expeditas. No quise avanzar más por la tortuosa vereda de la morbosidad y me distraje añadiendo un tuero de roble al rescoldo mortecino. Blasillo dormía a pierna suelta a los pies de Laly. No le importaban en absoluto ni los chascarrillos de el Gracioso que, tal vez porque se sentía celoso le zahería con mofas envenenadas, ni los menosprecios de Julio que, en su intermitente estado de malhumor, le calificaba de perrito faldero. Él prefería hacerse el tonto y disfrutar del mimo de aquella proximidad que olía a infinitos matices. Cosme y Tamara Amador compartían rincón y abrigo, y en el centro de la estancia dormitaba el resto de la tribu que comenzaba a palpitar al ritmo del alba. El Atleta, que había pasado la noche solo en un saliente que dominaba el panorama, bostezó discretamente y comenzó a hacer una serie de ejercicios físicos para desperezarse. Pero la mañana no ofrecía visos de cambio por lo que avivamos el fuego y nos dispusimos a pasar el día con la tormenta que, convertida en temporal, se había agarrado en las cumbres. De vez en cuando la lluvia amainaba, momentos que cada uno aprovechaba para acercarse a su choza, o lo que quedaba de ella, y recoger todo lo que pudiera resultarles útil. La tormenta había arramplado con casi todo, aunque casi nada puede perder quien poco tiene. Así que enseguida regresamos a Cuevadorada con lo puesto o con un exiguo hatillo que habíamos conseguido hacinar. Cristina y Elías seguían sin aparecer El segundo día la tormenta ya nos tenía aburridos y la bóveda de la cueva se resolvía en un confuso murmullo: —¡Olemos a tigre! —le confiaba Teresa a Bea que se venteaba las axilas mientras fruncía el hocico y husmeaba en su hatillo. —Los olores naturales también tienen su encanto, Tere; mira a los ciervos cómo se embelesan en las berreas olisqueándose hasta culminar los febriles arrebatos de sus paradas. —¿A alguien le sobran unos calzoncillos? —provocó Julio Izquierdo semioculto en la penumbra de un rincón. —Si te sirven de algo te dejo mis braguitas, —bromeó Mónica Soler que siempre tenía las antenas bien orientadas. —¡Estarán más sobadas que el picaporte de Venta Pepín¡, —remató Salvador Valero desde el fondo. ⸺¡Qué bruto eres! ⸺dijo Laly poco convincente. —¡Oye! —continuaban las confidencias de Tere a Bea? —el Julito está más rico que un puñado de arráspanos. —Sí, pero es demasiado infantil, a mí no me serviría ni como aperitivo. —Pues a mí no me importaría hacerle sudar un poco. —¡No, ya puestos, que se dé una buena sudada! —le susurró Bea a su compañera. En la orilla opuesta, cerca de la entrada, Blas hacía aspavientos mientras exageraba la postura de hacer sus necesidades fisiológicas menores y fingía unas risitas extemporáneas que a más de uno le sacaban de quicio.
⸺Mirad para otro sitio, que voy a mear! —decía como reventando de fruición. —¡Ni se te ocurra hacerlo aquí! Te vas a la calle como hacemos los demás! —dijo Laly dispuesta a preservar las buenas costumbres. —¡No me puedo aguantar más, que tengo cistitis y me ha dicho el médico que evacúe con frecuencia! —No te lo volveré a repetir. —¡Sí, hombre, con el día que hace, cualquiera sale a mear afuera!, ¡y que se me muera el pajarito! —¡Blas, tío, vete fuera y no seas pesado —dijo Eduardo conciliador. —¡Mira quien fue a hablar —replicó Blas que se sintió fustigado por fuego amigo— él, que mea todas las noches a través de las escobas de la choza porque dice que lo único que necesita que se le enfríe es el pito…! ¡No entiendo por qué me tengo que ir! Andrés, que no se solía perderse los detalles le dedicó una severa mirada y con unos movimientos expresivos de los labios le dejó claro el mensaje que, por si fuera insuficiente, le tradujo Jesús con un rotundo: —¡Que no nos da la gana, coño, a ver si te enteras! ¿Vete a tomar vientos de una vez! —remachó taxativo sin dejar la más mínima oportunidad a la réplica. Así que no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia y, aunque rezongando, tomó las de Villadiego y, mientras escenificaba su derrota, musitaba consigo mismo: “me voy a hacer mis necesidades fisiológicas menores”, y con socarronería no exenta de cinismo solemnizó de cara al tendido: “y de paso puede que cague”. ⸺¡Qué bruto eres! —le reprendió Bea. —Hay que darle alguna oportunidad al placer cenestésico, que, con el panorama que se nos presenta aquí, se nos han escabullido casi todos los apetitos. Algunos, ensimismados, ni apreciaron estas observaciones; otros, unos pocos, las despreciaron explícitamente y la mayoría las menospreciaron con elocuente silencio, pero Blasillo, arrebatado en su particular nube, no solía darse por aludido. —¡Vaya día para ponerme mala! —seguían las confidencias de Tere a Bea. —Y encima sin tener que ponerme. Hace mucho tiempo que no hay rastro de papel por ningún sitio así que ¡vaya lata! —Yo, desde in illo tempore en que se le terminaron las compresas a Laly, hago como ella, utilizo un trozo viejo de camiseta que lavo a hurtadillas en el arroyo y seco en discretos rincones. —¡Ah, pues es un buen invento, voy a tener que prepararme yo también unos pañitos! —Dentro de poco no nos servirán ya ni los harapos. —A este paso, será lo único que nos pueda servir. Aunque, desnudas, no estaríamos nada mal, —añadió Teresa picarona. —Sí, pero más de uno perdería el juicio, —advirtió Bea—. A veces olisquean como cazallos. Teresa se quedó callada con los ojos fijos en ninguna parte… —¿Qué vamos a comer hoy? —dejó caer David Gascón como si nada. —¡Dios proveerá, Gordi, Dios proveerá! —quiso zanjar rápidamente Xavi que trataba de ganarle con camaradería y de prevenir así un embarazoso contagio. Providencialmente regresó en ese momento Blas que se hizo notar con un “me he quedado como un reloj” que, en cierto modo, nos volvió a todos a los antecedentes. —Estábamos hablando de cosas útiles, pesado. —Le dijo Bea con afectuosa acritud. No hace falta que vengas a entretenernos con tus monsergas. A veces los silencios también son elocuentes. Blas calló reconociendo con su silencio la probidad de su compañera. Se hicieron unos segundos de silencio tras los cuales tuvimos que soportar, por enésima vez, las insistencias infantiles del Gordi: “Dios nos ha abandonado esta vez, profes,” decía. Y Xavi trataba de calmarle docentemente y con cierto retintín repitiéndole lo de la inefable previsión de Nuestro Señor y lo de su infinita providencia. Laly intuyó que la ociosidad casi siempre es mala consejera, sobre todo cuando se suma a la fogosidad de la juventud, así que aprovechó la primera solanada que nos concedía la tormenta en los tres últimos días para animar a la tribu a buscar provisiones. A medida que los primeros rayos de sol disipaban nuestra galbana nos fuimos poniendo todos en movimiento. —¡Pero quedaros alguno —dijo Pascual Márquez que en aquel momento atizaba el fuego para preparar unas brasas—, que aquí también hay cosas que hacer! Cundió la indecisión y se fueron formando grupitos de interés. —Pero tampoco os quedéis todas —remachó al observar que sólo salían los hombres. Al cabo de un buen rato la realidad parecía darle la razón al Xavi, pues la naturaleza y el ingenio se habían aliado para remediar satisfactoriamente nuestras necesidades gastronómicas: Primero llegaron los proveedores de frutas, en cuya recolección ya éramos todos expertos, incluso los más torpes. Curiosas y extrañas eran las que traía Javier Cuesta y comenzaron las disquisiciones léxicas: —Yo creo que son albaricoques —sentenció Julio. —Pues yo…, me parece que son albérchigos —dijo Gelito dubitativo. —¡Eso es lo mismo! ¡Tú, en cuestiones de lengua, estás un poco perdido! –molestó David como de costumbre. —Mi abuela lo llamaba amasquillo, pero en cuestiones de lengua no me fío mucho de mi abuela —apuntó Joaquina. —Pues mi madre creo que los llama bresquillas —dijo Mónica. Don Andrés aprovechó el resorte de su intuición para aleccionar: —Si os fijáis, albérchigo y albaricoque recuerdan la etimología de pérsico, a sea, relativo a Persia, que es de donde procederían probablemente estos frutos. Lo mismo le debe pasar a los tales bresquillas, pero más deformado o evolucionado. En cuanto a los amasquillos, casi seguro que proceden del topónimo Damasco con pérdida de la “d” inicial y el incremento del sufijo “illo”, tan meridional. —¡Jo, Profe, ¡tenemos mucha suerte con las cosas que se te ocurren! —dijo entusiasmada Tere. Laly le miraba boquiabierta hasta que se sorprendió de estar tan sorprendida. —¡No, no son ocurrencias, son datos! —respondió el Profe. Isabel se sumó a los comentarios de etimologías curiosas y comentó que había leído, no sabía muy bien dónde, que cuando los soldados romanos conquistaron “Kerasous”, una ciudad de Asia Menor, se sorprendieron de la belleza de un paisaje cuajado de árboles de unos frutos carnosos, arracimados, de color rojo intenso y de sabor exclusivo que, como no habían visto antes comenzaron a nombrar con el topónimo de aquella ciudad, y, con el tiempo, ha evolucionado hasta la palabra cereza. —Muy curioso esto de las etimologías —comentó Mónica. Mientras estábamos en estos comentarios seguían llegando los recolectores: —¡Vaya nealada que trae Chozas! —dijo Lucía entusiasmada. De la manga de su jersey comenzó a sacar huevos mientras le vitoreaban contando a coro entusiasmados: ¡nueve!, ¡diez ¡once!, ¡doce! y ¡trece! —Esperad, que todavía tengo más en este bolsillo. Pero con estos hay que tener cuidado porque pueden estar hueros. —Ponedlos con ese montón de tubérculos que ha traído Isabel —se aprestó a mandar Bea. Entonces llegaron Pascual, Laura y Eduardo que traían una buena piña de peces. Apenas tuvimos tiempo de sorprendernos y de aplaudir la probada pericia de nuestros pescadores porque, por la vereda que baja de los Callejos, hizo una entrada casi triunfal Julio Izquierdo que traía al hombro los despojos de un ciervo que, “se lo acababa de arrebatar a unas alimañas”, decía Blas que decía. —¿Qué vas a hacer ahora con eso? —le preguntó Bea ante los arremolinados. Julio callaba pero seguía en acción. Colgó al ciervo por las corvas en un saliente de la roca, sacó la navaja de su inseparable mochila y comenzó a despiezarlo como si lo hubiera hecho toda la vida. Ante la pericia mostrada, Xavi le halagó con un merecido cumplido: —Observa, David, la diferencia entre despellejar y quitar la piel. Parece igual pero no es lo mismo. El Graciosillo sonrió irónico pero esta vez calló. El destazador siguió sorprendiendo a los compañeros mientras le extraía las vísceras, parte de las cuales mandó guardar entre hierba fresca en lo más oscuro de la cueva “para evitar a la mosca” y en despensa “por si venían mal dadas”. Muchos de los espectadores no pudieron por menos de hacer ascos y se alejaban del escenario, pero él prosiguió sin titubeos hasta que consiguió que aquellos despojos fuesen poco a poco abriéndonos el apetito sobre todo después de que, dando por terminada la tarea, echase a las brasas unos trozos de carne cuyo imperioso, devastador e irresistible aroma, golpease inmisericorde nuestras pituitarias. —Traedme tomillo y romero, por favor, —dijo Xavi eufórico—, que esto huele a fiesta. —Sí, y que nos prepare alguien unos cigarritos con esas hojas milagrosas que recoge Javier—, bromeó a conciencia David. La preparación y la degustación de aquellos alimentos multiplicaba la concordia en el grupo. Las aportaciones sensoriales de espontáneos aprendices, aunque no cambiaban esencialmente aquellos alimentos, sí que contribuían a convertirlos en manjares llenos de color y de aromas dignos de todo tipo de consideraciones que abrían el apetito y postergaban los problemas que los avatares de aquel azaroso día habían desperdigado en nuestras mentes. Las vestales habían acondicionado lo mejor posible el centro de la estancia y habían colocado en las esquinas unas teas de brezo que disipaban la penumbra. Ya estaba, pues, todo preparado para la satisfacción y, mientras que cada uno iba pugnando por escoger el entorno elegido, lo que a veces lleva al desencanto a través de la desazón, pareció llegado el momento oportuno de comenzar el banquete. Al principio el apetito enturbiaba las formas más elementales de educación, pero la abundancia y variedad de alimentos encauzaron las conductas de la mayoría, excepción hecha de aquellos casos perdidos que, fingiendo frugalidad, disimulaban la propia glotonería mofándose de la de los demás. Por supuesto que el objetivo preferido de las mofas era David, pero, pasados los primeros momentos de escarceos, la necesidad impuso su ley severa y todos nos aplicamos a disfrutar de aquellas viandas mientras el tiempo seguía acompasado por la lluvia que repicaba el hastío de su monotonía por la desolada Campa. Poco a poco hizo acto de presencia la satisfacción y enseguida nos olvidamos de inclemencias temporales y comenzó a abrirse paso el ingenio y la vis cómica del Graciosillo que empezó a jugar con sus ocurrentes recreaciones. Se exhibía entre las luces y las sombras con poses provocadoras que conseguían la satisfacción de unos y la saturación de otros. —Represéntanos la farsa aquella titulada “De la panza sale la danza” o el divertido sainete “Esto lo arreglaba yo” —añadió Salvador mientras rendía pleitesía a David y observaba de reojo a Braulio. Nuestro animador esta vez se hizo algo el remolón, pero pronto quedó claro que todos estábamos dispuestos a sumarnos a aquel juego bien como actores, bien como espectadores o como comparsas. —Hagamos un guion, —propuso Xavi. Bea se dio enseguida por aludida y dijo: —¡Venga! Vamos a hacer un turno de intervenciones y que cada uno proponga un juego en el que podamos participar todos. Y señalando con el índice a Teresa le concedió el envenenado privilegio de ser la siguiente en continuar la rueda mientras, por su parte, proponía: —Yo creo que podemos jugar a…filósofos y a políticos. Teresa, algo sorprendida por la indicación de su amiga, decidió seguir el juego y, sin pensarlo, añadió: —A profesores y a alumnos. Y continuó aquella letanía en una rueda imparable por la que nadie quería ser atropellado. —A médicos y a enfermeras, —dijo Blas. Y hubo risitas. —O a curas y monjas –continuó Laura con una vocecita camuflada entre el rumor y el siseo. —Sí. Y nos confesamos para curiosear los pecadillos de unos y otros —dijo Gelito que aventó con esta observación la última oleada de risas. Bea dio la vez a Carolina que sin pensarlo demasiado añadió: —Puede ser interesante jugar a adivinar los horóscopos. Nos llevaríamos una sorpresa al comprobar la influencia de los astros y sus posiciones en el devenir de nuestras vidas. Deberíamos tener más en cuenta la astrología. —¡Podemos jugar a dioses; ¡juguemos a dioses, que a mí me habéis saltado! —gritó desde el fondo de la gruta Jesús Melgar que quería participar en el juego de todas todas. —Para eso ya está Braulio —susurró Javier Cuesta en un improvisado aparte y después de mirar de reojo hacia las esquinas. —Yo prefiero jugar a los hombres —añadió Joaquina que estaba empezando a hartarse de trascendencias. —En realidad jugar a los hombres es lo mismo que vivir —dijo Andrés. —O que soñar —añadió Xavi. Braulio, que había escuchado pacientemente las intervenciones de los compañeros, aprovechó su turno para embarrar en la medida de lo posible aquel terreno de juego y sentenció con tono descontextualizado: —Pues yo creo que debemos ir a dormir, que es otra manera práctica de vivir y de soñar, porque mañana habrá mucho que hacer. Con esa actitud quería romper la baraja con la que jugábamos y expresar, a su manera, que no estábamos allí para jueguecitos ni para pasar el tiempo, que nuestro destino era mucho más trascendente que todas aquellas macanas con las que nos alienábamos al anochecer como borregos. —Preferimos vivir como autómatas animales que como iracundos dioses en constante venganza contra los humanos —dijo Javier en tono porfiador y contundente—, y, si quieres dormir, ya puedes buscarte otro lugar, porque nosotros no renunciamos ni renunciaremos a vivir a medida de nuestras posibilidades. Así que resultó que la mayoría seguimos con nuestra velada mientras fumábamos los últimos cigarrillos y prolongábamos nuestras conversaciones hasta que el sopor con que abrazan el fuego y la noche aconsejaron dar por finalizada aquella jornada.
Capítulo 18
La última excursión de Elías y de Cristina
Había estado lloviendo con intensidad variable y con escasas interrupciones los últimos días con sus respectivas noches, pero al fin, aquella mañana nos permitió inspeccionar el entorno. Dimos un paseo por las inmediaciones y nos quedamos desolados. —¡Habrá que hacer borrón y cuenta nueva! —dijo Carolina mientras miraba al sol que doraba las crestas de los Callejos. Pero ni las ruinas que asolaban el poblado ni el hechizo que parpadeaba por las colinas eran motivo suficiente para frenar las reiteradas preguntas que surgían por todos nuestros rincones en cuanto escarbábamos en nuestra memoria. —No debemos permitir que nuestra historia nos la escriban visionarios, romanceros o profetas que la trivialicen —dijo Sonia en tono preventivo. La verdad es que algunos habíamos observado que, desde el percance con el Atleta, Seligrat había acentuado su autoexilio, lo que, por distintas razones, nos tenía preocupados. Se había convertido en un jeremías que aireaba sus lamentaciones por doquier. Cuando le envalentonaba la euforia amenazaba con hacerla más gorda que la de Ramales, mientras que cuando le invadía la melancolía amenazaba con quitarse de en medio. Los que mejor le conocían concedían las mismas probabilidades a cualquiera de las dos opciones, pero en esta ocasión, creían que había que movilizarse en su búsqueda, dadas las circunstancias en que se había producido su desaparición. Algunos de sus allegados movilizaban casi a diario a sus incondicionales para hallar alguna prueba de su paradero y abogaban en las conversaciones por la necesidad de disipar las dudas sobre lo que pasó aquel nefasto día de la tormenta. Había quienes empezaban a incomodarse por algunos inoportunos silencios que condicionaban nuestras conversaciones. Especialmente significativas eran las evasivas del Atleta a quien iban dirigidas muchas de las consideraciones. Él, a veces callaba; a veces, con el debido respeto, remitía a los demandantes a que preguntaran a los profes, que también se empezaban a incomodar ante aquellas preguntas para las que no tenían respuesta; pero, cuando intuía una impertinente actitud inquisitoria, adoptaba un gesto despectivo y en tono proverbial concluía: “quien mal anda mal acaba”, mientras que en otras ocasiones reiteraba la consabida exculpación cainita del “¿soy yo acaso guardián de mi hermano?”
El caso es que esas evasivas se prorrogaban en exceso entre las protestas de los amigos, los silencios de los enemigos y la creciente preocupación de Bea que, arropada por la simpatía de las vestales y la solidaridad de todos los de buena voluntad, organizaba también frecuentes excursiones dirigidas a conseguir datos sobre aquella misteriosa e inexplicable desaparición. Una tarde regresó Julio de una de sus particulares exploraciones y comentaba que le había parecido ver al otro lado de Valderinas, en las tierras de más hacia el sur, un hilillo de humo que se levantaba por entre las copas de los árboles, aunque pudiera ser niebla; pero nadie aportó ningún detalle nuevo con que poder confirmar aquella sospecha, así que pasaron los días entretenidos en los quehaceres cotidianos salpicados de alguna que otra pesquisa intermitente mientras la rueda de aquella imparable rutina fundía inexorablemente las historias del pasado con las fabulillas del presente y con las perspectivas del futuro a la par que borraba los recuerdos de aquella noche en que los hombres quisieron jugar a dioses y estos se vengaron con olímpica indiferencia. David empezó a tirar del hilo de aquellos detalles que los compañeros habían observado, intuido o recreado sobre la desaparición de los compañeros y durante las veladas de aquel monótono otoño fue tejiendo un relato a partir de los escasos hechos y de las sobradas sospechas que contribuían día a día a afamar la memoria de aquellos compañeros que protagonizaban no solo aquellas representaciones vespertinas sino también los cantares con que la fanfarria de Tinines revestía con ropajes de mito y de leyenda aquellos hechos de un pasado no muy lejano que, aunque no hubieran sucedido exactamente tal y como se contaban, al menos se desarrollaban en el ámbito de lo posible y de lo verisímil. Laly y Andrés observaban atentamente todo lo que sucedía a su alrededor y comenzaban a pensar que había que poner de algún modo punto final a aquella historia que amenazaba con arraigarnos en una provisionalidad que pudiera desviarnos de nuestra meta. De ninguna manera deberíamos aferrarnos al pasado ni anclarnos en el presente sino desplegar las velas que nos habrían de llevar hacia ese futuro que ya habíamos empezado a construir y al que debíamos dirigirnos con empeño y con ilusión. Lamentar las ocasiones perdidas, añorar los valles preteridos o llorar la pérdida de nuestros compañeros no contribuiría a despejar nuestro horizonte, así que obviaríamos dentro de lo posible las miradas retrospectivas y nos concentraríamos en seguir los caminos que nos habíamos trazado para ordenar nuestro mundo. Pero antes sería necesario tratar de despejar definitivamente las dudas sobre el paradero de Cristina y de Elías de los que no sabíamos nada desde el día de la tormenta así que, cuando comenzó a manifestarse la primavera, los elegidos como miembros de la Comisión propusieron organizar una última jornada de rastreo para tratar de conseguir datos a partir de los cuales se podrían confirmar algunas tesis o, al menos, se afianzarían unas hipótesis y se descartarían otras, pero era urgente retomar el pulso de la normalidad cuanto antes, así que, descartada la posibilidad de que los dos compañeros hubieran vuelto sobre nuestros pasos en dirección al primer asentamiento en la Laguna, lo que nos parecía altamente improbable, decidimos hacer excursiones en todas las direcciones para tratar de salir de la duda.
La mañana de aquel día señalado amaneció muy propicia para llevar a buen puerto la actividad propuesta. El nerviosismo palpitaba por el poblado desde muy temprano y, en cuanto comenzamos a formar grupo en torno a la Campa, pudimos comprobar que el empeño que se adivinaba en nuestra actitud sería capaz de superar cualquier obstáculo. A la señal de Laly comenzó la búsqueda. El primer tramo lo teníamos ya suficientemente pateado como para no tener que entretenernos demasiado. Obviamos las poco tentadoras vallejas que nos ofrecía el camino y enfilamos nuestros pasos hacia aquellos paisajes que se adivinaban en el horizonte y de los que ya nos habían hablado alguna vez los aprendices de viajeros. Para que la búsqueda fuese más efectiva decidimos organizarnos en tres grupos. El primero extendería su curiosidad por toda la ribera del río desde los Linares del Pozo Grande hasta las Canales de calizas. El segundo grupo extendería su búsqueda hasta lo que Julio Izquierdo y Javier Cuesta habían dado en llamar los Hayedos del Otero. El tercer grupo, formado por voluntarios que tendrían que tratar de llegar hasta donde las circunstancias lo permitieran, seguirían hacia adelante por el camino del Valle de los Cerezos y perseguirían más allá de Montesierra lo que podría ser la última oportunidad de esclarecer el misterio que se cernía sobre nuestras cabezas y que amenazaba con convertirse en un referente de nuestras desgracias; pero tendrían dos condicionamientos, no arriesgar innecesariamente su seguridad y regresar al menos una hora antes de la puesta del sol. Y antes de que el calor limitase nuestras posibilidades comenzamos la búsqueda. Cada grupo salió decidido a cumplir responsablemente el encargo recibido y, dadas las circunstancias e impelidos por muy diversas motivaciones personales, nadie dudábamos de que la dedicación iba a ser total, aunque a nadie se le ocultaba que la abundancia de pequeños valles, de sorprendentes rincones y de infinitas veredas sería un considerable obstáculo para llegar a ver cumplidos nuestros objetivos. El pujante entusiasmo juvenil de las primeras horas se acomodaba paulatinamente al paso del tiempo y, donde la mañana había puesto un brote de ilusión, la inexorable prisa del sol prevenía de que el atardecer se llevaría con el crepúsculo unos buenos brazados de rayos de esperanza. Los del primer grupo comenzaron a rebajar sus expectativas a partir de la media tarde. Habían recorrido los regatos adyacentes, las veredas, las lomas insinuadas hasta llegar a los últimos rincones donde buscar algún rastro significativo. Pero sus pesquisas no habían dado los frutos esperados. Después llegaron los del segundo grupo que habían descendido por los precipitados estrechos del río y habían inspeccionado concienzudamente los remolinos de las retuertas, las profundidades arenosas de las espumosas cascadas, los remansos disimulados entre los arbustos de las umbrosas orillas. Todo su esfuerzo había resultado inútil. A última hora llegaron los del tercer grupo que habían sorteado como pudieron lo desconocido con la vista puesta en el horizonte. Decían que habían seguido el camino del sentido común mientras prestaban especial atención a cualquier movimiento o rumor del entorno hasta que llegaron a un collado desde donde se divisaba un paisaje monótono y repetido donde las tentaciones brillaban por su ausencia. Decían que al fondo se extendía una interminable llanura salpicada de lomas y de alcores que comenzaban a acunar en su regazo los últimos rayos de luz y de esperanza por lo que decidieron regresar animados por la penúltima reflexión de Juan Ángel: —Si han decidido pasar este Rubicón es porque ya tenían claro desde hace tiempo que su suerte estaba echada, por lo que creo que ya no merece la pena seguir adelante con la búsqueda. Decían que todos habían dado por buena aquella reflexión y que, tras unos minutos para reponer fuerzas, habían decidido regresar, aunque de vez en cuando alguien no pudiese resistir la tentación de recatarse por mor de vislumbrar algún signo de interrogación en el horizonte. Y una vez reunidos todos los grupos y, después de sacudirnos el polvo de las frustraciones que suelen acompañar a los caminos de vuelta, comenzamos el regreso a la Campa. Una luz crepuscular pasaba su mano ensangrentada sobre nuestros hombros, recortaba nuestras siluetas sobre los apagados matices del paisaje y encubría nuestros gestos en la penumbra de la desilusión. Andrés se sintió en la necesidad de dar cierto sentido a aquella situación y, recogiendo el sentir de los pocos que hablaban y de los muchos que callábamos, intentó resumir la situación con la habilidad que le prestaban sus enciclopédicos conocimientos, especialmente los de la Lógica y los de la Psicología: —Yo creo —decía mientras caminaba rodeado de sus incondicionales —que la curiosidad ha sido la definitiva y la más importante razón por la que Cristina y Elías han decidido emprender una nueva experiencia. Nunca se sintieron plenamente satisfechos de su situación personal ni han estado completamente adaptados a estas nuevas circunstancias así que este les habrá parecido un momento oportuno para elegir su propio camino. El prolongado silencio que siguió a aquellas palabras se me antojó repleto de suspicaces interrogaciones. Esta vez fue Joaquina la primera que replicó: —Pues yo creo que en esta ocasión no han sido ellos los que han elegido. Continuó el silencio durante unos segundos hasta que Andrés, después de haber prolongado adecuadamente el suspense, añadió: —Seguro que ha habido circunstancias ajenas que les han ayudado a decidir, Joaquina, pero no se puede descartar ninguna posibilidad. También es probable que hayan querido experimentar una odisea en sus propias carnes, que el afán de aventura también es a veces motor de la historia. —Pero una decisión tan radical se la hubieran comunicado a alguno de sus allegados o, al menos, no hubiera podido pasar desapercibida —contestó Joaquina. De repente se oyó a lo lejos la voz de Avelino que bajaba de sus latitudes exhibiendo su extravagante silueta y sus anacrónicos atuendos: —Los dioses comienzan a vengarse de nosotros porque nos saltamos sus designios —decía mientras blandía su cayado en tono admonitorio—. ¡Tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados o éstos arruinarán nuestro destino! La mayor parte de nosotros seguimos a lo nuestro sin prestar demasiada atención a las palabras de aquel molesto predicador que parecía disfrutar mientras intentaba confundir las reflexiones que entretenían nuestro camino de regreso. Francisco Javier Cuesta, que también se había manifestado especialmente interesado en aclarar lo que había sucedido con los dos compañeros, retomó el diálogo anterior: —Yo, en esto, me sumo al relato de David. Lo lógico es pensar en un accidente, sobre todo teniendo en cuenta la tormenta de aquel día; otra cosa sería preguntarse en qué circunstancias se haya producido o si alguien sabe más de lo que dice… y se calla, o incluso si merece la pena darle más vueltas a este asunto. También el azar tiene mucho que ver con el destino de las personas y de los pueblos. Algunas miradas se dirigían discretamente hacia Braulio que aún inspeccionaba rincones inverosímiles sin prestar demasiada atención a lo que sucedía a su alrededor. Otros miraban hacia Sabrina por ver si en algún momento salía de aquel estado que Juan Ángel había comenzado a calificar de catatónico, y nos revelaba algún secreto. Rosario, por su parte, no pudo resistir la tentación de referirse de nuevo a lo trascendente y volvió a recordar lo del famoso personaje bíblico arrebatado en un carro de fuego y esta vez lo enfatizó de una manera especial e hizo referencia a nuestra propia experiencia. —Muy oportuna observación, Isabel. –Aprovechó la ocasión Andrés para contemporizar—. Cualquier posibilidad debe quedar abierta mientras no se encuentren evidencias que nos lleven a las certezas. Por el tono se podía colegir que él intuía más de lo que decía, pero sabía que lo oportuno en aquel momento no era echar leña al fuego sino tratar de apagarlo. Otros se encargarían de provocar las chispas que pudieran iniciar algún incendio si no lo remediábamos entre todos. Y entre las reflexiones de todos, los silencios de muchos, y los diálogos de unos pocos llegamos a la Campa agobiados por la imperiosa sensación de poner fin a uno de esos aciagos días con que frecuentemente nos sorprende el destino. Y cada uno se retiró a su choza en busca de la anhelada protección de sus lares.
En los días siguientes se comenzó a retomar el pulso de la normalidad que ya comenzaba a ser añorada. Braulio volvió a madrugar y a patear con mal disimulada marcialidad los espacios comunes del poblado y merodeaba también por la residencia de los Profes por ver si encontraba pistas que encajasen con sus planes de reconquistar la prestancia que presumía haber tenido antes de que los desafortunados acontecimientos del día de la tormentona abriesen un inesperado paréntesis en la historia de todos y de cada uno de nosotros. Era consciente de que en aquel momento su reputación cotizaba a la baja por lo que se armaría de paciencia y adoptaría taimadas estrategias encaminadas a recuperarse y, si fuese posible, a encumbrarse después. Primero lo haría entre los suyos y después, si lo considerase oportuno, abriría el punto de mira y ampliaría la perspectiva. Por otra parte, se rumoreaba que los Profes se estaban reuniendo en sus chozas con relativa frecuencia, pero con calculada discreción y, por lo que trascendía desde sus allegados, estaban formalizando algo así como un decálogo para tratar de evitar en lo sucesivo que las pasiones de algunos se impusieran a las razones de la mayoría. —Tendrás que grabarlo en piedra, Cuesta, que ahora sí que va en serio. —Le animaba el Graciosillo a su buen amigo que le correspondía sentencioso. —Podríamos grabarlo a fuego, pero ya sabes que a pesar de todo seguirá siendo más importante el espíritu que la letra. Esta vez, a juzgar por las circunstancias que se daban, sería algo definitivo porque nunca había estado tan claro el consenso general acerca de que el bien común debería estar por encima de los de cualquier interés personal. Los ecos concéntricos de aquellas reflexiones comenzaron a trascender a los pocos días cuando Bea dejó caer entre los de su confianza que los Profes habían decidido poner las cosas claras de una vez por todas y pensaban activar las Comisiones propuestas tiempo atrás para que plasmasen los consensos que se habían fraguado durante todo aquel tiempo, nuestro tiempo que decía orgulloso David, en el que habíamos practicado la dialéctica de la convivencia unas veces en actitud creativa y, otras, en actitud recreativa. Y uno de aquellos días que la costumbre empezaba a señalar como día de concejo, Bea convocó, como de improviso, una reunión que concitó las expectativas de la mayoría porque, en el fondo, todos pensábamos que, desde lo de Elías y Cristina, necesitábamos tener claros los pasos que deberíamos dar y los caminos que tendríamos que recorrer. Esta vez fue Bea la que tomó las riendas de la reunión y habló sin intermediarios y con la confianza de sentirse arropada por la presencia de los tres profes, por la adhesión de los amigos, especialmente de Teresa cuya implicación animaba definitivamente las inmediaciones, e incluso por la presunta tutela de Jesús Melgar y de Dani Ballesteros que acompañaban a una distancia prudente a Braulio que parecía querer pasar desapercibido. —En realidad —ratificó con rotundo aplomo la fama que día a día se había ganado a pulso, —lo que voy a deciros ahora no es nada nuevo, pero creemos que es el momento de tomarnos muy en serio todos los acuerdos que ya hemos consensuado anteriormente y cuyo estricto cumplimiento no debemos posponer ni un minuto más. Vamos a poner en funcionamiento las Comisiones que nombramos hace algún tiempo y que os recuerdo que estarían presididas por Isabel, por Luis Bascuñana y por mí misma; pero, dadas las circunstancias, con el fin de hacerlas más efectivas, creemos conveniente que las supervisen Andrés, Xavi y Laly respectivamente, lo que dará lugar a que se acuerde lo que es más conveniente, a que se realice lo que es más útil y a que se armonicen las discrepancias que surjan entre lo que se debe hacer y lo que se haga. —Muy filosófica te nos has puesto, Bea —dijo David que observaba atentamente desde las proximidades de Riauriau. —Es que algunos pensamos que ha llegado el momento de que nos tomemos todo más en serio. Seguro que será para el bien de la mayoría —concluyó Bea con la contundencia a la que nos tenía acostumbrados. Por los extremos de los corrillos aletearon algunos gestos insignificantes que no tuvieron eco ni en los chascarrillos de el Graciosillo. —En cierto modo se echa en falta la épica de las grandes batallas, el dramatismo de las agrias polémicas o las sutilezas florales de las porfías dialécticas —dijo Juan Ángel que pretendía subrayar la importancia de aquel momento al que se le daba tan poca importancia. —Pues yo —dijo Javier Cuesta insinuando un tonema de malestar —sí que echo en falta objeciones, corolarios, escolios o alguna oportuna observación de las de in illo tempore. Pero ya veo que ahora parece que eso no interesa. —Todas esas digresiones de los indecisos crónicos y las intuiciones de algunos iluminados transitorios, hasta ahora, sólo nos han acarreado problemas —observó Ángel Escribano. Se veía perfectamente que en aquellas disquisiciones no se estaban contrastando opiniones antitéticas por lo que, con buen criterio, los Profes no quisieron terciar en el debate, y los amigos de Braulio prefirieron prolongar el statu quo que en su opinión les favorecía, así que Bea, que intuyó enseguida que aquella manifiesta falta de interés zancadilleaba la deseable y deseada solemnidad de aquel acto, prefirió contemporizar con la nueva realidad sobrevenida que diluía la reunión en corrillos y en hileras de desinterés no sin antes formalizar un cierre aunque pudiera parecer precipitado. —Antes de que os vayáis —trató de confundir sus palabras con un creciente murmullo —os informo de que la Comisión se pondrá inmediatamente a trabajar en un documento que resuma todo esto de lo que ya hemos hablado. Y dirigiéndose a los más cercanos, y especialmente a Javier Cuesta, añadió: —Ya no será necesario volver a comentar de nuevo los peros concernientes a aquello de que “el que calla, otorga”, pues de ahora en adelante ya no tendremos en cuenta tantos matices. La mayoría de los compañeros, dado que la reunión había sido más breve de lo esperado, no quisieron desaprovechar la ocasión de disfrutar una vez más de los paseos vespertinos que con frecuencia les encaminaban a sus rincones preferidos. Yo, con el pretexto de que la primavera se estaba insinuando en los frutales de mi caseta, seguí río abajo por el camino que lleva hasta los huertos del Barrio. Luis y Carlos se fueron a ritmo de marcha a ver si por la rivera del arroyo de Valmedián veían peonar las perdices que, según decían, habían proliferado este año como ningún otro. Ellos se ensimismaban en la contemplación de cualquier tipo de curiosidad, unas veces eran las perdices, otras, Sabrina deshojando margaritas a la orilla del arroyo del Valle y algunas veces, Avelino que volvía no se sabe muy bien de dónde, pero, como casi siempre, demasiado revestido y recolocado. Laura, Dani, Sonia, Javier Cuesta y un grupo bastante numeroso se perdieron río arriba tal vez buscando nidos de antaño. Por su parte las beas, los juanángeles, las isabeles, los melgares de turno siguieron jugando a cortesanos y filósofos mientras completaban el paseo del que tantas veces habían disfrutado. Y por la mente de muchos de nosotros pasaban y seguirían pasando durante mucho tiempo las imágenes de Elías y de Cristina que tan bien supieron aprovechar siempre sus ratos de ocio. Aquella tarde reiteramos por enésima vez las experiencias que durante los últimos tiempos habían configurado nuestra convivencia y pudimos volver a comprobar que, mutatis mutandis, seguíamos siendo los mismos, aunque un tanto cambiados. Y, cuando el sol comenzaba a ocultarse por el Montecino, todos a una intuíamos que se acercaba la hora de regresar a la seguridad de nuestra Campa. Yo, no sé muy bien por qué, decidí quedarme aquella noche a dormir en mi caseta y, cuando la penumbra comenzó a difuminar el huerto, encendí una buena lumbre, colgué en un cuartón una tea de brezo y me acosté en la trébede dispuesto a pasar aquella noche de la mejor manera posible. Antes de conciliar el sueño eché un poco en falta la relajante compañía de la tribu y la sosegada conversación con los amigos, pero me recogí en mí mismo mientras que poco a poco empecé a olvidarme de todo lo demás. De improviso percibí un reconocible extraño zumbido casi imperceptible. En los repliegues del paisaje se oía el silencio hueco de la ausencia interrumpido por el aleteo de algunos gorriones que revoloteaban entre las acacias mientras encontraban su rama preferida para pasar la noche. El tiempo transcurría sospechosamente asincrónico, como encorsetado en la silueta del sueño. Por entre mi adormilado parpadeo se colaban de nuevo las sombras animadas que garabateaban sobre un confuso muro de ensoñación.
El extraño zumbido iba multiplicando su monofonía y reconquistando mi consciencia que se balanceaba por columpios de lo incognito. …Y la conserje lanzaba brazados de manoseados sintagmas inconcretos. …Y Avelino, enredado entre montones de roquetes y manípulos, sermoneaba desde púlpitos encaramados en fugaces volutas de incienso. …Y Braulio advertía, dedo índice en ristre, de que estábamos destinados a eludir el zarpazo de la contingencia y a convertir el caos en cosmos. …Y las dudosas cortinas de los sentidos velaron los resquicios de los ventanucos de la razón. Aquello era un sueño, aunque podría no serlo.
F I N